Fusión Omniversal: Un Saiyajin entre Marvel y DC - Capítulo 421
- Inicio
- Fusión Omniversal: Un Saiyajin entre Marvel y DC
- Capítulo 421 - Capítulo 421: El Hombre Que el Mural No Pudo Mirar
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 421: El Hombre Que el Mural No Pudo Mirar
A veces las cosas malas pasan demasiado rápido para entenderlas, y eso fue exactamente lo que sintió Ben Hanscom cuando Henry Bowers y sus matones lo acorralaron.
Ben no logró correr.
No logró defenderse.
Todo fue un torbellino de gritos, insultos y el ardor repentino del corte en su barriga.
Después vino la caída por el puente.
La caída y la soledad.
Pero antes de perder la conciencia… escuchó pasos.
Una bicicleta chirriando.
Gritos de chicos.
Y luego el mundo se volvió confuso y cálido.
Bill fue el primero que vio a Bowers.
Fue también el primero en agarrar una roca enorme sin pensarlo.
Richie gritó algo que en cualquier otro día habría sido un chiste, pero ese día sonó como una orden de guerra.
Stan se inclinó, agarró un proyectil pequeño, tembloroso pero dispuesto.
Eddie sudaba tanto que parecía a punto de desmayarse, pero aún así tiró una piedra como si su vida dependiera de ello.
Beverly apuntó con precisión quirúrgica.
Mike llegó corriendo desde el camino, levantó una roca del tamaño de un balón y la lanzó con toda su rabia acumulada.
Las rocas volaron.
Golpearon caras, brazos, piernas.
Dolor.
Gritos.
Y Henry Bowers —que solía caminar sintiéndose invencible— huyó con su pandilla, cubriéndose la cabeza y gritando insultos que se ahogaron en la distancia.
Cuando todo acabó, Ben estaba en el pasto, respirando rápido y tratando de no llorar.
—Estamos contigo, Ben —le dijo Bill, tocándole el hombro.
Y eso, por primera vez en mucho tiempo, fue cierto.
—
Seis niños cargaron a uno.
Llegaron al callejón viejo donde el mural de Derry contaba la historia de la masacre de los ladrones.
Era un lugar que olía a humedad, pintura vieja y polvo… pero tenía sombra, tenía paredes y tenía silencio.
Richie observaba el mural tratando de no pensar en el payaso que lo perseguía en sueños.
Eddie abrió los suministros que acababan de tomar “prestados” de la farmacia con manos temblorosas.
Beverly, sin decir nada, tomó la iniciativa y colocó los paños limpios sobre la herida.
Stanley apretó los dientes al ver la sangre.
Mike respiró profundo para no recordar las llamas.
Ni las voces.
El grupo trabajó en silencio, limpiando, presionando, vendando.
Pero entonces, antes de que alguno de ellos pudiera comentar que Ben estaba empezando a verse mejor…
Sintieron a alguien detrás de ellos.
Ninguno lo oyó llegar.
Simplemente… estaba ahí.
Un hombre alto.
Joven, pero no joven como un adolescente ni como un adulto cualquiera.
Tenía una presencia extraña, como si el aire alrededor de él intentara hacerse a un lado.
Cada niño lo percibió distinto
Bill lo vio como alguien que cargaba algo enorme dentro de sí. Algo que ardía como un faro. Y por un momento, Bill sintió que podría confiar en él sin dudarlo.
Beverly lo vio como reposo. Calma. Como si los ojos del desconocido reconocieran el dolor que ella llevaba sin que necesitara decir nada.
Richie lo vio como alguien que no encajaba en Derry. Demasiado perfecto, demasiado extraño. Una especie de superhéroe sin disfraz.
Eddie lo vio… limpio. Purísimo. Como si nada malo pudiera tocarlo. Eso lo tranquilizó más de lo que quería admitir.
Stanley sintió que su mente ordenada encontraba, por fin, una figura que no contradecía la realidad… sino que la expandía.
Mike sintió fuerza. Una fuerza que no venía del odio, sino de algo más grande.
El hombre pasó junto a ellos sin pedir permiso ni explicar nada.
Se detuvo frente al mural.
Su mirada se dirigió hacia la parte inferior del carro pintado en la pared.
Los niños siguieron su mirada.
Ahí estaba el payaso.
Sonreía desde el mural.
Sonrisa amplia.
Ojos amarillos.
Algo que antes no estaba ahí.
Lo supieron al instante.
El mural estaba… vivo.
Richie retrocedió.
Eddie apretó su inhalador.
Ben contuvo un grito.
Stanley sintió que la pintura lo observaba.
Mike tragó saliva.
Beverly sintió que el corazón se le detenía.
Y Bill dio un paso adelante, como si su cuerpo se moviera por él.
Sholan levantó el puño izquierdo.
Su guante blanco se volvió negro.
No como sombra…
como tinta viva.
Los niños lo vieron fascinados y horrorizados.
Sholan respiró hondo.
Y golpeó el mural.
El sonido no fue un golpe normal.
Fue un rugido.
Un grito animal atravesando concreto.
Un sonido que el mural no debería producir.
El payaso pintado se deformó.
Retorció los labios.
Los ojos se encogieron como si algo lo estuviera quemando.
Un segundo después, desapareció.
La pintura volvió a ser pintura.
Sholan retiró su puño.
La pared tenía un cráter.
Ni un adulto podría haber hecho eso.
Ni diez.
Los niños estaban congelados.
Sin decir palabras, Sholan levantó la mano derecha y la abrió.
Una luz dorada brotó de su palma.
Cálida.
Suave.
Esa luz tocó el cuerpo herido de Ben. Su piel se cerró. La sangre desapareció y la herida se desvaneció como si nunca hubiera existido.
Ben se quedó sin palabras.
Los demás también.
Sholan caminó hacia el fondo del callejón.
Los niños, impulsados por algo que no entendían, lo siguieron.
Lo vieron detenerse.
Flexionar las piernas.
Y despegar.
Un salto que no era salto.
Más alto que cualquier edificio de Derry, rompiendo el aire, desapareciendo en un punto del cielo.
Nadie dijo nada durante varios minutos.
Pero sin que se dieran cuenta ese hombre les había dejado algo dentro.
Una semilla.
Una chispa.
Algo que no sabían cómo nombrar.
Pero que pronto llamarán valor.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com