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Fusión Omniversal: Un Saiyajin entre Marvel y DC - Capítulo 439

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Capítulo 439: El Mundo que Respira y el Grito de un Padre

Ego hablaba como quien pronuncia una profecía que él mismo se ha concedido: con calma, con certeza, con el desprecio sereno de quien se sabe absoluto. Su voz resonaba por cavidades vivientes; el planeta respondía con latidos, con corrientes de roca que fluían como sangre. Peter Quill escuchaba y su rostro se contraía con cada detalle: los hijos asesinados, la mentira del tumor, la sembradura de su semilla por galaxias enteras. Lo que le contaban era peor que el fuego: era traición envuelta en orgullo divino.

Mientras Ego desgranaba su historia. El soldado sombra, apostado en secreto con Gamora, sintió la cosecha de muerte germinar. Su mensaje fue una sola línea directa a la conciencia de su señor: “Mi señor, hay problemas con Ego.” No había ornamento. Solo urgencia.

Sholan recibió el aviso con extrema molestia, pero no había tiempo para miradas, preguntas o diplomacia así que se lanzó hacia la tormenta.

En la superficie del mundo viviente, Quill ya estaba sometido a la voluntad de su padre-planetario. Ego había tejido una prisión de memorias y promesas en la mente de su hijo: le ofrecía un lugar en su absoluto si cedía su luz. Peter, confundido, cedía a un sueño de pertenecer. Mantis, atada por la empatía que la hacía vulnerable, intentaba avisar a Drax; consciente de la traición en la actitud de Ego, intentaba que la furia de Drax se encendiera con la verdad. Nébula y Gamora, enfrentadas por la historia y el pasado, se movían como dos cuchillas que ya no estaban seguras de en qué dirección sangrar; su pelea terminó cuando encontraron juntos, en las entrañas del planeta, una cueva repleta de esqueletos —restos de los niños que Ego había asesinado por desesperación y ambición—. La visión cerró la boca a la sospecha y abrió una herida antigua: el horror era palpable, y los dos rostros se suavizaron con una alianza incómoda y frágil.

Ego, con esa tranquilidad de maestro absoluto, soltó la última pieza de su confesión como quien suelta una bomba. Había plantado semillas en miles de mundos; cada una de ellas podría, con la activación de dos Celestiales, brotar y convertir un planeta en otra extensión de su carne y su conciencia. Había llegado a violar cuerpos, a sembrar hijos, y a ordenar que los que no heredasen el don fueran eliminados. Y, con una desfachatez que heló la sangre de Peter, admitió que fue él quien le dio a Meredith el tumor. Entonces la mentira se transformó en verdad atroz: Quill rompió. La palabra “padre” explotó en su garganta como una herida que se abrió de golpe.

En la oscuridad, Ego intentó beber la energía de Quill para lanzar su red de activación. Los brotes en mundos remotos comenzaron a cocinarse: pequeñas voces dentro de rocas, semillas que inflaban su hambre. Los sistemas solares fueron tocados por corrientes de alteración. El universo mismo se inclinaba al modo de una máquina que iba a despertar.

Y sin embargo, cuando la voluntad de Ego buscó absorber a Peter, algo más irrumpió en su santuario: una presencia ajena, fría, concreta. Un vacío que no podía prever.

Sholan apareció en un borde de la cámara central como quien corta la escena con un puñetazo. No hubo saludo; su presencia fue una sentencia. Sus ojos eran piedra. En ellos ardía la ira que da forma la venganza. Antes de que la incredulidad pudiese tomar a los Guardianes, la realidad se partió en dos por la acción de Sholan: sin fanfarrias, sin explicar cómo, arrancó de la pesadilla a Gamora, a Nebula, a Drax, a Rocket, a Groot, a Kraglin y a Mantis —todos— y los colocó en la cubierta de la nave como si nadie en la sala hubiera movido un músculo. Ellos despertaron jadeando, sin entender cómo llegaron a la seguridad del casco metálico; sus miradas buscaron respuestas en la nada.

Yondu, que había llegado con el resto y que se negó a ser títere, iba en la vanguardia; su flecha y su orgullo aún vibraban en su pecho. Cuando la pelea en el corazón se volvió carne y mente, Yondu se puso entre Quill y la explosión que Ego tramaba. Ego, en un ataque de furia, lanzó una estaca de luz contra Quill y que fue a clavarse en el cuerpo del viejo Ravager. Yondu vio a Quill fijado en la órbita de la mente del planeta; comprendió que, si Quill moría, quienes quedaran perderían la línea para salvarlo. Con la nobleza dura de su clan, Yondu se arrojó. Fue empalado. Su cuerpo se convirtió en una bandera roja que onduló un segundo y luego cayó.

En ese instante crudo, Sholan regresó a la escena. Nadie lo había llamado: apareció como la tormenta que no anuncia su trueno. Tenía ya el portal a la nave: lo abrió rápido, sin ceremonia, sin permitir que Quill ni los demás preguntasen, y con una patada perfectamente calculada lanzó a Peter dentro de la sala de mando. Al mismo tiempo empujó el cuerpo de Yondu; la carcasa del Ravager lo recibió con un golpe seco. Cerró el portal con la misma rapidez. La nave se llenó de un silencio brutal. Quill encontró a Yondu, tocó su cara, gritó. La nave no había sido el lugar del sacrificio; el sacrificio había quedado en la lava de Ego. Pero Yondu seguía respirando con escasos latidos: la sangre de Ravager no se seca tan fácil.

Sholan no se detuvo a contemplaciones. Subió al exterior del mundo viviente. Ascendió hasta perder la vista de la corteza. Atemorizó a la atmósfera con un grito antiguo: el rugido de un Saiyan. No había espectadores. No hubo poemas. Solo una furia concentrada, un músculo cósmico contra un dios. La energía brotó en su cuerpo, se volvió dorada, quebró la presión, y la transformación se completó: el aura se volvió fuego y acero. Con una concentración que sugería años de hambre contenida, reunió el ki en sus manos y desató un Galik Gun que atravesó capas, que horadó carne planetaria, que volcó el latido de Ego. El disparo fue una constatación: la fuerza de un guerrero frente al delirio de un dios. El planeta gimió, su torso vibró y, en la fractura que fue su grito, se encendió en una desintegración que arrancó la piel de la realidad y antes que este se destruyera por completo Sholan se teletransportó a casa.

Yondu murió con honores de los Ravagers que, impulsados por la noticia y la lealtad, llegaron al sistema. Decenas de naves rasgaron el vacío para rendirle honores. Su funeral fue salvaje y honrado: cintas azules, canciones lastimeras, una vigilia de fuego y naves que murmuraron el nombre de un padre al que la justicia de los suyos volvía ahora a aceptar. Los capitanes que lo habían juzgado años atrás llegaron con los ojos húmedos; el juramento del Ravager fue de nuevo concedido en su memoria. El clan lo reclamó y lo elevó; su sacrificio curó una herida en el orgullo de los vagabundos del espacio.

Nébula, sin reparar en besos ni reconciliaciones afectadas, tomó una decisión que no sorprendió a nadie que la conociera: su sed por venganza la llamó de nuevo. Se despidió sin grandes gestos; su camino regresó a un propósito más oscuro: cazar a Thanos allí donde estuviera. Gamora no la detuvo; la entendió. No todo puede cerrarse con flores.

Los Guardianes lloraron y honraron. Mantis, con los ojos hinchados, tocó la frente de Yondu y deseó que su calma lo acogiera. Peter, con el rostro destrozado, prometió odios y perdones entrecortados. Rocket juró beber por él y nunca olvidar la flecha roja. Groot plantó un pequeño brote de su propia rama en la cubierta, y dijo con la voz simple de la lealtad: “Yo soy Groot”.

Entonces, la flota Ravager llegó. No fue una procesión formal: fue la multitud de quienes reconocen un sacrificio que los redime. Yondu fue acogido como hijo suyo otra vez. Hubo llanto, música y pirotecnia en el vacío. Las llamas ardiendo contra el negro del espacio parecían llamas en un entierro vikingo: ceremonia y furia mezcladas.

Mientras la nave se alejaba con las cenizas, la galaxia sintió un hueco. Algo había terminado. Algo había cambiado. Los Guardianes se abrazaron, pobres y heroicos. Mantis sonrió con ojos mojados; su luz había ganado un lugar. Nébula partió, y Gamora la vio ir con la misma pena que siente quien pierde a una hermana de sangre y de acero.

—–

En un rincón más sereno del cosmos, una pequeña nave cruzó silenciosa. Thor, Loki y Valkyrie seguían su búsqueda de asgardianos perdidos. Las señales se habían vuelto esporádicas, los rastros diminutos. Sus riñas cotidianas estaban ahora teñidas por la fatiga de la guerra y la añoranza de un hogar inexistente. Mientras revisaban un mapa estelar, algo enorme interrumpió su ruta: una sombra metálica, gigantesca, se interpuso frente a ellos. No era un cometa ni una estación común. Era una nave-constelación que, por su tamaño y forma, anunciaba que la galaxia iba a entrar en otra fase oscura.

Loki observó primero. Su sonrisa fue irónica, y no buena.

—Parece que no hemos terminado —dijo con voz baja—. No es un simple viajero… Esto huele a precaución.

Valkyrie tomó la espada un poco más fuerte.

—Si nos vigilan, no será por cortesía —replicó.

Y Thor apretó sus nudillos con el peso de todo lo que habían perdido. La nave que ahora hacía sombra contra su curso no era una promesa: era un aviso. Era la llegada de algo más grande que ellos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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