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Fusión Omniversal: Un Saiyajin entre Marvel y DC - Capítulo 438

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Capítulo 438: La Reina Vestida de Luz

La luz del portal se abrió como una rendija cósmica y, al cruzarlo, Sholan y Hela regresaron a su punto exacto en el mundo Marvel. El bosque seguía igual. El viento seguía igual. Las hojas seguían igual. Pero ellos… no.

Habían pasado casi tres décadas para ambos.

Para el mundo Marvel apenas habían transcurrido dos días.

Hela respiró y notó cómo, al pisar el pasto húmedo, algo se despertaba dentro de ella. Algo inmenso. Algo antiguo. Su esencia —ahora purificada— vibró como un cuenco tocado por la mano de un dios. Sholan, a su lado, sintió la onda que surgió de ella. Era poder. Poder real. Poder de diosa nacida en Asgard.

—Sí… —murmuró Hela con una exhalación que parecía un suspiro y un rugido a la vez—. Asgard me está llamando.

Sholan no perdió tiempo.

Levantó el rostro.

—Heimdall.

El cielo se abrió.

Un rayo puro, dorado y ciclónico descendió sobre ellos como un dedo divino. El Bifrost rugió, los rodeó y los arrancó del bosque en un torbellino de luz. Y en un instante, estaban en el observatorio.

Heimdall estaba en guardia, espada en mano. Pero lo que vio lo dejó totalmente desconcertado.

—Hela… —dijo como si no supiera si debía atacar o arrodillarse—. ¿Qué… te ha ocurrido?

La Hela que recordaba, la que había visto romper el Bifrost y ejecutar dioses sin pestañear, jamás habría aparecido con un vestido blanco, irradiando calma. Jamás habría tenido esa mirada limpia, ese temple quieto, ese… equilibrio.

La nueva Hela apenas inclinó la cabeza.

—Heimdall.

Él bajó la espada por pura intuición. No porque confiara, sino porque podía sentir algo nuevo: no había maldad en ella. Ni odio. Ni oscuridad invasiva.

Era otra cosa.

—Tenemos que ver a Frigga —dijo Sholan, con voz firme.

Heimdall asintió permitiéndoles el paso.

El viaje fue un soplo.

Asgard los recibió con sus torres doradas, sus puentes brillantes, sus guardias confundidos que apenas acertaban a mirar sin entender cómo la diosa exiliada había regresado… así.

Frigga estaba en el palacio, reunida con varios consejeros, cuando la entrada se abrió.

Y vio a Hela.

El silencio se volvió sólido.

Frigga se puso de pie tan rápido que la silla cayó hacia atrás.

—Hela…

No era un grito. No era miedo. No era alegría. Era incredulidad absoluta, mezclada con un instinto materno que ella misma había creído muerto.

Sholan avanzó primero.

—Frigga, escúchame antes de sacar conclusiones —dijo—. Hela ya no es la mujer que conociste. Ni la que temiste.

Frigga miró a Hela como quien mira un fantasma.

—¿Qué eres ahora?

Hela no bajó la vista.

—Libre.

El solo tono era distinto al de la antigua diosa de la muerte. No había arrogancia. No había hambre de poder. Solo una claridad helada, suave y peligrosa como un lago en invierno.

Frigga pidió privacidad en el salón del trono.

Solo Sholan permaneció en la distancia, silencioso como un guardián.

A su lado, Aldrif—la hija perdida de Frigga y hermana mayor de Thor y Loki—se mantuvo firme, observando a Hela con una mezcla de cautela, respeto y curiosidad.

Frigga avanzó unos pasos hasta quedar frente a la mujer vestida de blanco.

Su expresión era tranquila, pero su mirada era la de alguien que ha visto caer reinos enteros.

—Antes de considerar nada —dijo con suavidad— debo entender quién eres hoy… y quién has decidido dejar de ser.

Hela asintió con un leve movimiento de cabeza.

—Pregunte, Reina Madre de Asgard.

Aldrif cruzó los brazos.

No había hostilidad en ese gesto… solo el instinto natural de una guerrera que cuida a los suyos.

Frigga abrió el interrogatorio sin rodeos.

—Hela… ¿qué es el poder para ti ahora?

—Una herramienta —respondió Hela al instante—. No un derecho divino. No una espada que se clava en quien se opone. El poder se justifica solo cuando protege, nunca cuando oprime.

Aldrif ladeó la cabeza.

Era una respuesta que no esperaba escuchar de la antigua ejecutora de Odín.

Frigga prosiguió.

—¿Y cuál consideras que es tu deber?

Hela entrelazó las manos con calma.

—Acompañar a los que llegan al final de su camino. Guiar, no empujar. Ser guardiana, no verdugo. Mi deber es la paz… incluso en el último momento.

Frigga sintió un leve estremecimiento.

Esa forma de hablar… no era fingida.

—¿Qué valor das a la vida? —preguntó la Reina.

Por primera vez, en la voz de Hela hubo un matiz emocional.

—La vida vale precisamente porque se rompe. Porque es breve. Porque cada instante puede ser el último. Antes la veía como un recurso. Ahora la respeto como un milagro.

Aldrif bajó la mirada un instante.

Había perdido amigos, compañeros de batalla…

y escuchar a Hela hablar así despertaba algo incómodo, pero esperanzador.

Frigga continuó.

—¿Qué significa ahora la muerte para ti?

—La transición final —respondió Hela con solemne serenidad—. No castigo, no amenaza. Es la puerta que se abre cuando la historia de un alma ha sido escrita por completo. La muerte no es mía. Yo solo soy su guardiana.

Frigga respiró hondo.

Era la respuesta que jamás imaginó escuchar de la antigua conquistadora.

Aldrif intervino por primera vez.

Su tono era firme, como un acero que no temblaba.

—Dices que has cambiado. Bien. Entonces dime: ¿cómo gobernarías Asgard, si se te confiara el trono?

Hela sostuvo su mirada sin parpadear.

—Con firmeza, pero no con guerra. Con sabiduría, pero no con soberbia. Gobernaría sabiendo que Asgard no es su oro ni sus muros, sino su gente. Un reino que vive con miedo… está muerto. Un reino que vive en paz… perdura.

Aldrif respiró lentamente, evaluando cada palabra.

Frigga retomó.

—Y si llegara un momento en que otro fuera más apto para gobernar… ¿sabrías ceder el poder?

—Sí —respondió Hela—. Porque ahora sé que retener un trono cuando alguien más podría proteger mejor a nuestro pueblo… es traición. No deseo ser reina por ambición. Solo deseo servir al equilibrio.

Aldrif abrió ligeramente los ojos.

Ese era el punto clave.

Y Hela lo había respondido sin vacilar.

La Reina Madre formuló la última pregunta.

—¿Eres capaz de perdonarte a ti misma?

Hela tardó más en responder que con cualquier otra pregunta.

—No del todo —admitió con honestidad—. Y quizás nunca llegue a hacerlo completamente. Pero puedo caminar hacia ello. Puedo elegir ser mejor cada día. Y eso… también es una forma de perdón.

Frigga inclinó la cabeza con un respeto profundo.

Aldrif respiró hondo.

La declaración de Aldrif

Aldrif dio un paso adelante.

—Quiero dejar algo claro —dijo, mirando a Frigga y luego a Hela—. No tengo interés en el trono. Ni ahora ni jamás. No luché por Asgard para gobernarla, sino para protegerla.

Si esta mujer realmente ha cambiado… y si puede guiar a nuestra gente hacia la paz… entonces no me opondré.

Fue un momento solemne.

La sala entera pareció sostener el aliento.

Frigga observó a ambas mujeres.

Luego habló con una voz tranquila, pero con el peso de milenios.

—Entonces lo acepto. Hela no es hija mía… pero hoy veo en ella una verdad más grande que cualquier linaje. Y Asgard necesita una reina que comprenda tanto la vida… como la muerte.

Sholan cerró la conversación con la claridad de un rey y un guerrero:

—Ella no es solo Hela. Ahora es Hela la Piadosa.

La diosa que guía a los que mueren en justicia y en paz.

La diosa que entiende el equilibrio.

Frigga respiró hondo.

—Entonces que Asgard la reciba como tal.

Los preparativos fueron inmediatos.

Los cuernos dorados sonaron.

Los soldados formaron filas.

Los consejeros ocuparon sus puestos.

Los ciudadanos se reunieron en las plazas.

La coronación de un monarca asgardiano era un ritual ancestral.

Primero venían los Anillos de los Reinos, llevados por seis guerreros mayores.

Luego, el Estandarte del Padre de Todos.

Finalmente, el Gugnir, la lanza que simbolizaba autoridad absoluta.

Hela subió los escalones hacia el trono que alguna vez había sido de Odin y que, por derecho, le pertenecía más que a ningún otro ser vivo. Vestida totalmente de blanco, cada paso que daba parecía iluminar los muros.

Cuando tomó el Gugnir, el salón entero sintió un cambio en el aire.

Era como si Asgard, como entidad viva, hubiera exhalado por primera vez en siglos.

Frigga habló.

—Asgard ha perdido mucho. Pero la diosa que regresa hoy no trae destrucción, sino equilibrio. No trae conquista, sino protección.

Hoy, por derecho de sangre y por virtud de espíritu, proclamo a Hela Odinsdottir, Reina de Asgard y Guardiana de los Nueve Reinos.

Los soldados chocaron sus lanzas.

Los ciudadanos celebraron.

Hela alzó el Gugnir.

—Asgard no será ya más un reino de miedo. Ni de castigos. Ni de cadenas.

Será un refugio.

Un hogar.

Un pacto de libertad entre mundos.

Y quien intente romper esa armonía… se enfrentará a mí.

No estaba gritando.

No necesitaba hacerlo.

Su autoridad era absoluta.

Miró a Sholan y, sin exageraciones, sin palabras grandilocuentes, declaró ante todos:

—El hombre que está a mi lado es mi aliado, mi espejo y mi mayor respaldo. No porque quiera tronos… sino porque entiende lo que significa proteger.

Donde yo no llegue, llegará él.

Y donde él no llegue, llegaré yo.

No hubo risas incómodas.

No hubo tensión.

Solo reconocimiento.

Era la versión más elegante posible de llamarlo su igual.

Cuando terminaba la coronación, Hela tomó a Sholan del antebrazo.

—Ven. Hay algo que debo pedirte.

Lo llevó a la bóveda, donde reposaban reliquias temibles. Allí, tras un sello antiguo, guardaba la Corona de Surtur y la Llama Eterna.

—Ragnarok no ocurrirá. No mientras pueda evitarlo. Guárdalos. Resguárdalos. Solo tú puedes impedir que caigan en manos equivocadas.

Sholan extendió la mano y los almacenó en su inventario sin ninguna ceremonia más.

Hela inspiró profundamente.

—Gracias.

Lo llevó luego hacia el mausoleo, bajo la bóveda. Allí estaban cadáveres que ella misma había llorado en silencio durante incontables noches de autodestrucción: sus soldados… y su lobo.

Fenrir.

La bestia gigantesca, dormida para siempre en piedra fría.

Hela apoyó la mano en el hocico.

—Perdóname… pequeño. Te empujé a la guerra antes de que fueras más que un cachorro. No te di tiempo a crecer, ni a elegir, ni a ser libre. Lo lamento…

La voz se quebró.

Ella —la diosa que un día dominó el reino de los muertos— se quebró.

Y Sholan lo entendió.

Sin decir palabra, adelantó un paso.

El aire a su alrededor se volvió más denso. Más oscuro. Más profundo.

—Surjan.

El comando retumbó como un tambor antiguo.

La oscuridad se extendió desde él, abrazando los cuerpos sin vida uno por uno.

Primero los soldados.

Luego los generales.

Finalmente, Fenrir.

Sus sombras se despegaron de los cuerpos, como velos negros elevándose de un lago.

Uno a uno, se arrodillaron ante Sholan.

Soldados Sombra.

Un ejército perdido… ahora renacido.

Sholan habló con solemnidad:

—Protéjanla. Protéjanlos a todos. Asgard no es un lugar: es su gente. Que cada sombra se alce para cuidar lo que ella juró guiar.

Fenrir dio un paso hacia Hela. Su forma era grande, imponente, pero no agresiva. Se inclinó y dejó que ella tocara el pelaje oscuro y vibrante.

—Fenrir… —susurró Hela, con reverencia renovada—. Eres libre otra vez. Quédate conmigo y acompáñame. Ayúdame a cumplir lo que debo ser.

La bestia bufó con suavidad y desapareció bajo el vestido blanco de la reina, convertido en guardián perpetuo.

Regresaron al salón principal.

Hela parecía distinta: más ligera, más completa, más poderosa.

—¿Qué harás ahora, Sholan? —preguntó.

Él soltó un suspiro largo, casi cansado.

—Voy a volver con mi familia. No los he visto desde hace casi treinta años.

Hela asintió con comprensión absoluta.

Pero antes de que él pudiera abrir un portal…

Su expresión se contrajo.

El Soldado Sombra que había dejado con Gamora le enviaba un reporte.

Sholan palideció.

Luego se enfureció.

Realmente, se enfureció.

—No. No otra vez. No ahora.

Hela frunció el ceño.

—¿Qué sucede?

Sholan pasó las manos por el cabello con una frustración que nunca antes había mostrado. Un Saiyan con treinta años de acumulación emocional y cero paciencia.

—Un idiota… —murmuró—. Un idiota con complejo de dios. Con un plan estúpido. Que está a punto de hacer algo estúpidamente grande y estúpidamente peligroso.

Hela abrió los ojos.

—¿Quién?

Sholan apretó los dientes.

—El planeta viviente. Y voy a destruirlo antes de que respire otra vez cerca de los míos.

Abrió un portal.

Hela vio la furia blanca y pura en sus ojos.

Y no pudo evitar sonreír con respeto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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