[Fútbol] Me retirare a los 21 - Capítulo 1
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1: Capítulo 1 1: Capítulo 1 El agudo chirrido de unos neumáticos derrapando sobre el asfalto fue lo último que registró mi cerebro.
Después de eso, el impacto brutal, el crujir del metal y, finalmente, un vacío oscuro y silencioso.
Yo, Esteban Gómez, un oficinista mexicano de treinta años, conformista, sin más rumbo en la vida que mi absoluta y devota obsesión por la NBA, había muerto.
Lo sabía con esa certeza helada que solo te da el final absoluto.
Por eso, cuando el rítmico y molesto bip…
bip…
bip…
de un monitor cardíaco comenzó a taladrarme los oídos, mi primera reacción fue de pura confusión.
Abrí los ojos de golpe.
Me cegó al instante la implacable luz blanca de los fluorescentes del techo.
El inconfundible olor a desinfectante clínico, alcohol y sábanas limpias me revolvió el estómago.
Intenté tragar saliva, sintiendo la garganta seca como lija.
—¿Dónde… estoy?
—murmuré.
Mi propia voz me sonó extraña.
No era mi tono grave y cansado de siempre; sonaba más juvenil, casi adolescente, y con la voz ligeramente quebrada.
Antes de que pudiera procesar la situación, una pantalla translúcida y holográfica parpadeó frente a mis ojos.
Flotaba en el aire, emitiendo un brillo azulado que recordaba a las interfaces de estado de los videojuegos MMORPG que solía jugar en mis ratos libres.
De pronto, una voz robótica, carente de cualquier emoción, resonó directamente dentro de mi cráneo.
[Iniciando Secuencia de Reencarnación…] [Anfitrión compatible encontrado…] [Cargando “Sistema de la Súper Estrella del Deporte”…] Mi corazón dio un vuelco.
¡Un sistema!
Había leído suficientes novelas ligeras para saber qué significaba esto.
¡Había reencarnado y me habían dado un “dedo dorado”!
Mi mente voló de inmediato hacia las canchas de parqué.
¡Por fin!
Con la ayuda de un sistema, podría entrenar mi cuerpo, saltar como Michael Jordan y tirar triples como mi ídolo absoluto, Kobe Bryant.
Una sonrisa emocionada empezó a dibujarse en mi rostro.
Pero la pantalla azul parpadeó violentamente, volviéndose roja.
La voz robótica comenzó a distorsionarse.
[Error… Error crítico de compatibilidad… Buscando origen del fallo…] [Fallo detectado: Evaluando aptitudes físicas y técnicas del nuevo cuerpo del anfitrión…] [Atención: Velocidad al nivel máximo.
Regate al nivel máximo.
Tiro al nivel máximo.
Intuición de juego al nivel máximo.
Desarrollo físico potencial máximo alcanzado.] [Conclusión: No hay mejoras posibles.
El anfitrión ya posee un talento celestial para el fútbol.
Este sistema es redundante y carece de utilidad.] —Espera, ¿qué?
¿Fútbol?
¡No, no, no!
—intenté gritar, pero de mi boca solo salió un graznido débil—.
¡Debe haber un error!
¡Yo quiero el talento para el baloncesto!
La voz del sistema me ignoró por completo, continuando con su monólogo letal: [Ya que el anfitrión no necesita asistencia, este sistema procederá a su autoeliminación de forma permanente para liberar memoria del universo.] [Advertencia: Debido a un conflicto en la matriz de asimilación del alma, la eliminación dejará una penalización permanente en el anfitrión.
Maldición impuesta: “Cerebro bloqueado para otros deportes”.
El anfitrión será físicamente incapaz de coordinar movimientos para cualquier deporte que no sea el fútbol.] [Eliminación iniciada… 3… 2… 1… Eliminación exitosa.
Buena suerte, anfitrión.] La pantalla holográfica se rompió en miles de píxeles de luz y desapareció.
El silencio de la habitación volvió a ser absoluto, interrumpido solo por mi respiración agitada.
Me quedé congelado.
¿Un sistema que se desinstala a sí mismo a los diez segundos de aparecer?
¿Y encima me deja una maldición?
—¿Fútbol?
¿Por qué maldita sea tiene que ser el fútbol?
—gemí, llevándome las manos a la cara—.
Yo quería ser como Kobe Bryant, no como Pelé.
¡No me importa si este cuerpo tiene talento para el fútbol!
¡Odio correr detrás de un balón noventa minutos!
Lleno de una extraña mezcla de frustración e incredulidad, me quité las sábanas de encima.
Me sorprendió lo ligero que se sentía mi cuerpo.
Mis articulaciones no crujían y no sentía el habitual dolor de espalda por pasar ocho horas sentado en un escritorio.
Me incorporé con agilidad, notando unos músculos definidos que definitivamente yo no había trabajado en mi vida pasada.
Caminé descalzo por el frío suelo de baldosas hasta llegar a la puerta del pequeño baño de la habitación.
Al encender la luz y mirarme en el espejo sobre el lavabo, me quedé petrificado.
El rostro que me devolvía la mirada no era el de Esteban Gómez.
Era el rostro de un adolescente de facciones finas, nariz recta, cabello oscuro ligeramente alborotado y unos ojos encendidos y vivaces.
Era un rostro que cualquier mexicano futbolero (e incluso yo, que solo veía los mundiales por compromiso) reconocería de inmediato, aunque en esta versión se veía un poco más joven de lo que yo recordaba.
—¡¿Qué demonios?!
—exclamé, tocándome las mejillas, viendo cómo el reflejo imitaba mi gesto de pánico—.
¡Soy… Carlos Vela!
El corazón me empezó a latir tan fuerte que la máquina conectada a mi pecho empezó a pitar con más rapidez.
¡El prodigio de Cancún!
¡El campeón del mundo sub-17!
Mientras me miraba al espejo, la ironía de la situación me golpeó con la fuerza de un camión.
Carlos Vela era famoso en mi vida pasada por tener un talento ridículo y desbordante para el fútbol, un talento que lo llevó a Europa casi sin esfuerzo.
Sin embargo, era igual de famoso por sus declaraciones: “No me apasiona el fútbol.
Prefiero mil veces ver un partido de la NBA”.
Yo, un fanático empedernido del baloncesto, había reencarnado en el cuerpo del futbolista que más amaba el básquetbol, pero con la tragedia añadida de que un estúpido sistema defectuoso acababa de “maldecirme” para no poder jugar otra cosa que no fuera fútbol.
Me dejé caer de rodillas frente al lavabo, soltando una risa histérica.
—No, no me rindo tan fácil —murmuré, poniéndome de pie y volviendo a la cama—.
¡Sistema!
¡Sistema, sal ahora mismo!
Nada.
El aire siguió vacío.
—¡Status!
¡Panel de control!
¡Menú principal!
—probé con desesperación—.
¡Sistema, despierta antes de que te desinstale a golpes!
¡Oh gran sistema celestial, dame poder o al menos una conexión wifi!
¡Ábrete Systema Kadabra!
¡Oye Cortana!
¡Siri!
¡Haz algo útil por una vez!
Grité esto último alzando los brazos hacia el techo, justo en el momento en que la puerta de la habitación se abría con un leve rechinido.
Me quedé congelado con los brazos en alto.
Una enfermera de mediana edad, sosteniendo una tabla de apuntes, me miraba con los ojos muy abiertos, una mezcla de confusión y lástima pintada en su rostro.
—Eh…
yo…
estaba rezando —mentí, bajando los brazos lentamente y tosiendo para disimular la vergüenza.
La enfermera asintió despacio, claramente sin creerme ni una palabra, y se acercó a revisar mi vía intravenosa y el monitor cardíaco.
Mientras ella anotaba mis signos vitales, mi mente comenzó a trabajar a toda máquina.
Si yo era Carlos Vela, y estaba en el cuerpo de un adolescente, necesitaba organizar mis recuerdos.
Mi nombre original, Esteban, tendría que quedar enterrado.
Ahora era Carlos.
Y si mi teoría no fallaba, este cuerpo atlético y rebosante de juventud tenía que servir para algo más que patear balones.
¿Una maldición del sistema?
Por favor.
Si Carlos Vela tenía este físico, sin duda sería mediamente bueno en la cancha de baloncesto.
Me juré a mí mismo que, en cuanto saliera de este hospital, ignoraría el dichoso fútbol y me pondría a lanzar canastas.
Esta vez, nadie me quitaría mi sueño de la NBA.
Mis pensamientos fueron interrumpidos por un alboroto en el pasillo.
La puerta se abrió de golpe y una pareja entró corriendo.
La mujer tenía el rostro empapado en lágrimas y el hombre respiraba con dificultad, como si hubiera corrido un maratón.
Al verlos, fragmentos de memoria que no eran míos aterrizaron en mi cabeza.
Mis padres en este mundo.
Corrieron hacia mí y mi madre me envolvió en un abrazo asfixiante mientras lloraba dando gracias al cielo.
Entre sollozos y preguntas atropelladas, me explicaron lo que había sucedido: había sufrido un terrible accidente de tránsito.
Curiosamente, una réplica casi exacta de la forma en que yo mismo había muerto en mi vida anterior.
La diferencia era que “Carlos” había sobrevivido milagrosamente, sin daño permanente, apenas un par de rasguños y un trauma craneal que me había mantenido inconsciente.
—Vas a estar bien, mijo.
Los doctores dicen que podrás volver a correr y jugar pronto —dijo mi padre, apretándome el hombro con fuerza, visiblemente aliviado.
Le devolví una sonrisa débil, pero sincera.
Estaba vivo.
Tenía una segunda oportunidad.
Mientras los escuchaba hablar y dejaba que la enfermera me acomodara de nuevo en la cama, miré mis manos.
Eran jóvenes, fuertes.
El sistema me había amenazado con no poder practicar otro deporte, pero yo era terco.
Descansaría estos días, me recuperaría por completo y luego…
luego buscaría un balón naranja.
El fútbol tendría que esperar.
Yo iba a ser el próximo Kobe Bryant.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Raymon_Gomez Perdon si la escritura es mala ya que es mi primera novela y pero que les guste no soy de mexico ni fan de Carlos Vela pero pero me dedique a investigar lo suficiente para saber en los equipos que estubo y las entrevistas que tuvo y por lo que planee no estara en los mismos equipos solo dire que almenos nunca estara en la Real Sociedad perdon si hay algun fan de el ya que por el bien de la trama no estara en ese equipo pero bueno la trama que tengo planeada en mi mente suena genial pero vamos ir viendo como va por cierto prometo subir por lo menos un capítulo al día para que lo guarden en su biblioteca ademas no creo que ponga notas del autor en cada capítulo seguramente pondre una en cada 10 capítulos ya que si lo hago diario sera tedioso para los lectores ahora sin más me despido y espero que les guste mucho esta historia…
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