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[Fútbol] Me retirare a los 21 - Capítulo 21

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21: Capítulo 21 21: Capítulo 21 La pretemporada de la Sub-20 no se llevó a cabo en las cómodas canchas de Verde Valle.

El Profe Coyote, fiel a la vieja escuela del fútbol mexicano, decidió que necesitábamos “hacer pulmón” y nos llevó a Tapalpa, un pueblo mágico en la sierra de Jalisco, rodeado de pinos, cabañas y una altitud que hacía que respirar se sintiera como tragar vidrio molido.

Fueron diez días de correr por senderos de tierra, cargar troncos y hacer ejercicios de fuerza hasta vomitar.

Yo, por supuesto, no vomité.

Mi técnica de respiración y mi administración de energía me mantuvieron a flote, pero no voy a mentir: mi cuerpo de dieciséis años estaba sufriendo.

Las piernas me pesaban como si estuvieran hechas de plomo y el frío de la montaña me tenía de un humor espantoso.

El cierre de ese campamento de tortura era un partido amistoso.

Nuestro rival no era otro equipo Sub-20.

El Profe Coyote había arreglado un encuentro contra el equipo filial de los Leones Negros de la Universidad de Guadalajara, un equipo que jugaba en la Liga de Ascenso (la segunda división profesional).

Eran tipos de veintidós, veinticuatro años.

Hombres con barba cerrada, tatuajes de prisión y espaldas del tamaño de un refrigerador.

Estábamos en una cancha municipal irregular, rodeada de árboles.

El pasto estaba alto y húmedo.

—Este es su examen final, muchachos —nos dijo el Profe Coyote en el improvisado vestidor de madera—.

No hay puntos en juego, no hay bonos.

Pero aquí es donde me van a demostrar quién tiene los tamaños para ser titular en el torneo que empieza en dos semanas.

Los de la UdeG vienen a raspar, así que protejan el balón y jueguen inteligente.

Me froté las manos para darles calor.

No había bonos económicos directos hoy, es cierto, pero en el mundo corporativo, las evaluaciones de desempeño no remuneradas son las que dictan si te dan la gerencia o te mandan al archivo.

Tenía que asegurar mi puesto de titular indiscutible.

Salimos al campo.

El equipo de Leones Negros nos miraba desde el otro lado con esa superioridad de quien ve a unos niños jugando a ser profesionales.

En la NBA, cuando un jugador universitario llega a la liga profesional, se topa con algo llamado el “Muro del Novato” (The Rookie Wall).

Es ese momento donde la diferencia física y el cansancio acumulado te golpean en la cara y te das cuenta de que el talento puro ya no es suficiente.

Mi muro del novato llegó exactamente al minuto cinco del partido amistoso.

Valdés recuperó un balón en nuestra área y me mandó un pase tenso al medio campo.

La controlé con el pecho.

Sentí que el central de los Leones Negros venía a presionarme.

Con la confianza de mis días en la Sub-17, intenté hacer mi clásico giro rápido usando su propio peso como pivote.

Fue un error de cálculo matemático brutal.

El tipo pesaba por lo menos veinte kilos más que yo.

Cuando intenté girar apoyándome en él, fue como intentar mover un muro de concreto armado.

El defensa simplemente me puso el antebrazo en el pecho y me empujó.

Salí volando dos metros y caí de espaldas sobre el pasto húmedo, perdiendo el balón al instante.

El árbitro, al ser un partido amistoso y de preparación, no marcó absolutamente nada.

Siga el juego.

—¡Bienvenido a las ligas mayores, chamaco!

—me gritó el defensa universitario, riéndose mientras se sumaba al ataque de su equipo.

Me quedé sentado un segundo, sacudiendo la cabeza para aclararme las ideas.

El aire de la montaña me quemaba la garganta.

Me levanté despacio.

—«Actualización de hardware requerida de inmediato» —pensé, masajeándome las costillas—.

«La fuerza bruta está descartada.

Hay que cambiar al plan B».

Durante los siguientes treinta minutos, sufrí como nunca antes en este mundo.

La cancha irregular anulaba mi ventaja de conducción rápida.

El pasto alto frenaba la pelota, impidiéndome hacer esos pases milimétricos a un solo toque.

Además, los mediocampistas de los Leones Negros eran unos perros de caza.

No me dejaban respirar.

Cada vez que recibía la pelota, tenía a un tipo encima que me metía el cuerpo, me jalaba la camiseta o me dejaba un “recuerdito” en los tobillos.

El partido era áspero, feo y trabado.

Íbamos perdiendo uno a cero tras un gol de cabeza en un tiro de esquina donde su delantero, que medía casi dos metros, simplemente aplastó a nuestra defensa.

Al minuto cuarenta, intenté una carrera en solitario.

Aceleré por la banda derecha, dejando atrás al primer marcador con un recorte hacia adentro.

Vi el espacio y quise meter el acelerador a fondo, pero mis piernas, fatigadas por los diez días de pretemporada en la montaña, no respondieron con la explosividad habitual.

El lateral de la UdeG me alcanzó.

No fue a la pelota; fue directamente a chocar hombro con hombro.

La física volvió a hacer su trabajo.

Su masa superior me sacó de la cancha, haciéndome tropezar con la pista de tierra que rodeaba el campo.

El árbitro pitó el final del primer tiempo.

Caminé hacia nuestra banca, respirando por la boca, sintiendo una frustración muy humana que no había experimentado desde mi época de oficinista cuando el sistema de contabilidad se caía en pleno cierre de mes.

Estaba sudando a mares y me dolía todo.

Nos sentamos en las hieleras y el pasto.

Valdés se acercó a mí, pasándome una botella de agua.

—¿Qué pasa, genio?

¿Te pesa la diferencia de edad?

—me preguntó el capitán.

No lo dijo con burla, sino con una curiosidad casi genuina.

Estaba viendo que yo también era humano.

—Es una cuestión de masa y fricción, Valdés —le respondí, dándole un trago al agua y escupiéndola a un lado—.

El pasto alto reduce la velocidad de rodamiento del balón en un treinta por ciento.

Mis regates en velocidad no sirven si la pelota se frena antes de tiempo.

Además, me superan en tonelaje.

Ir al choque frontal es un suicidio operativo.

El Profe Coyote se paró frente a nosotros, cruzado de brazos.

—Están jugando con miedo.

Los de la UdeG están imponiendo su físico y nosotros nos estamos arrugando.

Carlos, te tienen bien medido.

Te están obligando a retener el balón para ir a cazarte.

Necesito que resuelvas esto, muchacho.

Miré al entrenador y asentí lentamente.

En el baloncesto, cuando no puedes penetrar la pintura porque el poste rival mide dos metros y medio, no te estrellas contra él.

Te sales al perímetro.

Alejas al grandulón del aro o cambias la marca para que un compañero haga el trabajo sucio.

—Profe, necesito que Sánchez deje de jugar como centro delantero fijo —dije, señalando a nuestro atacante—.

Que se tire hacia las bandas.

Necesito que Valdés y los contenciones adelanten sus líneas quince metros.

Si no puedo correr con el balón, voy a hacer que el balón corra por mí.

Inició la segunda mitad.

Cambié mi “software” por completo.

Apagué el “Modo Kaká” y encendí el “Modo Chris Paul”.

Iba a ser un base armador puro.

Ya no buscaría la portería; buscaría administrar la posesión.

Los universitarios salieron con la misma agresividad, buscando el choque.

Pero yo ya no estaba ahí para recibirlo.

En lugar de pedir la pelota al pie y girar, empecé a jugar a uno o dos toques de espaldas.

En cuanto el balón venía hacia mí, yo ya sabía dónde estaban mis compañeros.

Me convertí en una pared humana.

El balón rebotaba en mí con pases tensos y precisos.

Cuando el defensa de casi noventa kilos venía a embestirme, yo daba un paso al costado y el balón ya iba hacia la otra banda.

El defensa pasaba de largo, gastando energía inútilmente.

El equipo de Leones Negros empezó a cansarse de perseguir sombras.

Al minuto sesenta y cinco, la táctica dio sus frutos.

Recibí el balón en el círculo central.

El mediocampista rival intentó anticiparme, pero yo hice una “pantalla” con el cuerpo de Valdés, que se había adelantado como le pedí.

Valdés absorbió el impacto del rival como un muro de ladrillos, dejándome libre de marca por primera vez en todo el partido.

Levanté la vista.

La cancha seguía siendo pesada y no quería conducir.

Vi a Sánchez, nuestro delantero, haciendo una diagonal desde la banda izquierda hacia el centro.

La defensa universitaria estaba en línea, adelantada.

En el básquetbol, el pase de Alley-Oop es el más humillante y efectivo si se hace en el momento exacto.

No miré a Sánchez.

Hice un amague con el cuerpo como si fuera a abrir la pelota a la derecha, obligando al portero a dar un pasito hacia ese lado.

En ese mismo instante, deslicé el pie izquierdo por debajo de la pelota.

No fue un pase raso.

Fue un globo milimétrico, una parábola perfecta que pasó por encima de la cabeza de los dos centrales, superando el pasto alto y cayendo exactamente a la espalda de la línea defensiva.

Sánchez, que venía corriendo en diagonal, no tuvo que frenar ni acomodarse.

El balón le cayó mansa en el empeine derecho y, sin dejarla caer, empalmó una volea que se coló pegada al poste izquierdo del portero.

1-1.

Sánchez corrió a abrazarme.

Esta vez no lo aparté.

Suspiré aliviado.

—¡Ese es mi puto pase, Vela!

—me gritó el delantero, sacudiéndome.

—Outsourcing, Sánchez.

Yo pongo la idea, tú pones el esfuerzo físico —le respondí, intentando recuperar el aliento.

Pero un empate en un partido de pretemporada no era suficiente para mí.

Necesitaba dejarle claro al Profe Coyote y a estos universitarios de segunda división que, aunque me superaran en peso, mi mente oficinista estaba tres pasos adelante.

El partido se acercaba al minuto ochenta y cinco.

El cansancio era general.

Las piernas de todos temblaban.

Yo me sentía al borde del colapso físico, pero me negaba a mostrar debilidad.

El árbitro marcó una falta a nuestro favor a unos treinta y cinco metros de la portería rival, un poco cargada hacia la derecha.

Era una distancia lejana, incluso para mí, considerando la pesadez del balón por la humedad de la montaña.

Todos esperaban que mandara un centro al área.

Los centrales grandulones de la UdeG se acomodaron en el punto penal, listos para despejar cualquier cosa por arriba.

El portero solo puso a dos hombres en la barrera, confiado en la distancia.

Valdés se acercó a mí.

—¿La vas a colgar al segundo poste?

—me preguntó en voz baja.

—Esa es la opción estadísticamente lógica —respondí, mirando el muro de torres humanas en el área—.

Por lo tanto, es exactamente lo que ellos están esperando.

Le hice una seña discreta a Valdés con los dedos.

Una jugada prefabricada que habíamos practicado una sola vez en Verde Valle.

Me alejé para tomar vuelo.

El árbitro pitó.

Corrí hacia el balón con la vista clavada en el área chica, haciendo todo el teatro corporal de que iba a lanzar un centro frontal al punto penal.

El portero de la UdeG dio un paso al frente para anticipar el centro.

Los defensas se aferraron a las camisetas de mis compañeros, listos para saltar.

Pero en el último segundo, cuando mi pie estaba a punto de impactar, cambié el ángulo de mi cadera.

No le pegué por debajo a la pelota.

Le metí el empeine externo y no apunté al área.

Apunté hacia la banda derecha, al espacio completamente vacío fuera del área.

Todos en la cancha se quedaron congelados al ver que el balón salía disparado hacia una zona donde aparentemente no había nadie.

Pero Valdés, siguiendo mi indicación previa, había arrancado desde atrás de la línea de la defensa en el instante exacto en que escuchó el silbato.

Salió de su zona de central como una locomotora, sorprendiendo a todo el mundo.

Llegó a la banda derecha completamente solo, recibió mi pase raso y sin pensarlo, mandó un centro violento, raso y venenoso al corazón del área chica.

El portero, que había dado el paso al frente esperando mi centro aéreo, estaba completamente mal parado.

Un defensa de la UdeG, en su desesperación por cortar el centro raso de Valdés, se barrió y terminó empujando la pelota en su propia portería.

Autogol.

2-1.

El árbitro ni siquiera dejó sacar del centro.

Pitó el final del partido.

Me dejé caer de espaldas sobre el pasto húmedo, cerrando los ojos.

El dolor en mis músculos era espantoso.

Los raspones en mis brazos ardían por el sudor.

Había sido el partido más difícil de mi corta carrera, una verdadera tortura de noventa minutos donde me sentí inferior físicamente en cada choque.

Pero la hoja de resultados no mentía.

Había participado intelectualmente en los dos goles que nos dieron la victoria contra un equipo de segunda división profesional.

Valdés llegó trotando y me extendió una mano gigante para ayudarme a levantar.

—Ese cobro de falta fue de gente grande, chamaco —me dijo el capitán, jalándome hacia arriba con una fuerza que casi me saca el brazo de su sitio—.

Nos hiciste ver bien.

—El mérito fue tuyo por creerte el papel y correr, Valdés —le dije, sacudiéndome la tierra de los pantalones—.

Ahora, si me disculpan, me duele hasta el apellido y necesito estar en un jacuzzi con agua caliente durante las próximas tres horas.

Caminamos hacia el camión del equipo.

El Muro del Novato había dolido, me había dejado magullado y con la certeza de que la Sub-20 no iba a ser el paseo en el parque que fue la Sub-17.

Iba a tener que pensar más rápido, jugar más inteligente y evitar los golpes a toda costa si quería sobrevivir a la temporada y cobrar mi dinero.

Me senté en mi lugar del autobús, saqué mis audífonos y cerré los ojos.

La pretemporada había terminado.

Ahora venía lo bueno.

Los partidos oficiales, las primas por objetivos y el inicio del año fiscal 2016.

Y a pesar del dolor, estaba listo para facturar.

—¡Señoras y señores, estamos de regreso!

¡El sol ya pica fuerte aquí en las instalaciones de Verde Valle y los veintidós gladiadores ya están de vuelta sobre el rectángulo verde!

¡Vámonos rápidamente con los segundos cuarenta y cinco minutos de esta Jornada 1 del Clausura 2016 en la Sub-20!

»Chivas lo gana dos por cero con una actuación de antología de su nueva joya, Carlos Vela.

¡Mueve la pelota el Cruz Azul y aaaaaarrrrrrrancan las acciones!

—Paco, el técnico de La Máquina no se anduvo por las ramas.

Hizo dos cambios en el medio tiempo.

Sacó a un contención y metió a un delantero centro nominal, un tanque de un metro noventa.

Cruz Azul necesita aprovechar su ventaja física porque a nivel de piso, el número 42 de Chivas los está haciendo pedazos.

—¡Y vaya que salieron con otra actitud!

¡Minuto cincuenta!

La Máquina presiona la salida de Chivas.

El equipo tapatío se nota un poco relajado con la ventaja.

¡Cuidado que la pierde el lateral rojiblanco!

¡Robo en zona peligrosa por parte de los celestes!

»¡Viene el centro al área a media altura!

¡El nuevo delantero grandote del Cruz Azul se levanta!

¡Le gana la espalda a la defensa tapatía!

¡Testarazo sólido, picado, abajo!

¡El portero de Chivas se estira pero no llega!

»¡Goooooooooooooooooooooool!

¡Gooooooool de La Máquina Celeste del Cruz Azul!

¡Descuenta la visita en el amanecer del segundo tiempo!

¡El partido se pone dos a uno y cuidado porque los cementeros tienen sangre en el ojo!

—Se durmió la zaga de Chivas, mi estimado.

Un error de concentración gravísimo.

Y fíjate en la reacción de Cruz Azul: el delantero agarra la pelota del fondo de la red y corre al medio campo.

Quieren el empate rápido.

¿Y cómo reacciona Vela?

—¡Es lo que te iba a decir, Paco!

¡La cámara toma a Carlos Vela y el muchacho ni siquiera parpadea!

¡Acomoda la camiseta, mira el reloj gigante del marcador y se pone en el círculo central esperando que los celestes terminen de festejar!

¡Este chico tiene horchata en las venas, un témpano de hielo absoluto!

»¡Se reanudan las acciones!

Minuto cincuenta y cinco.

Cruz Azul está volcado al frente.

La presión es asfixiante.

Vela recibe en el medio campo, pero ya tiene a dos mastodontes celestes haciéndole sombra.

¡No lo dejan respirar!

»Vela pisa la pelota.

Retrasa para su capitán, Valdés.

Chivas está sufriendo el acoso físico.

¡La cancha parece inclinada a favor de La Máquina!

—Aquí es donde entra el famoso ‘Muro del Novato’.

Vela tiene dieciséis años.

El tanque de oxígeno no es el mismo que el de estos muchachos de veinte.

Cruz Azul lo sabe y lo están obligando a correr hacia su propia portería para desgastarlo.

Si Chivas no ajusta, les van a empatar el partido.

—¡Llegamos al minuto sesenta y ocho!

El asedio cementero continúa.

¡Tiro de esquina para Cruz Azul!

¡Sube todo el mundo, hasta los centrales!

¡Viene el cobro al manchón penal!

¡Rechaza Valdés con los puños, digo, con la cabeza!

¡El rebote sale disparado hacia la banda derecha!

»¡Le cae a Carlos Vela!

¡Atención que se viene la descolgada del Rebaño!

Vela controla con el pecho, la baja de una forma sublime, ¡como si tuviera pegamento en el pecho!

»Dos contenciones de Cruz Azul se lanzan a cerrarle el paso.

¡Van a hacerle el sándwich!

¡Pero qué inteligencia!

En lugar de arrancar, Vela se queda quieto.

¡Pausa total!

Levanta la cabeza.

¡Ve a Sánchez, el centro delantero, corriendo en diagonal por el carril central!

»¡Vela no conduce!

¡Aplica el concepto del mariscal de campo!

¡Un trazo de cuarenta metros a espaldas de los defensores que quedaron adelantados!

¡El balón viaja con un efecto endiablado, una parábola perfecta!

»¡Sánchez la mide!

¡Entra al área!

¡El portero sale desesperado a achicar!

¡Pero el pase de Vela es tan perfecto que Sánchez ni siquiera tiene que controlar!

¡Le pega de primera intención sobre la salida del arquero!

»¡Goooooooooooooooooooooool!

¡Gooooooool de las Chivas Rayadas del Guadalajara!

¡El doblete de Sánchez, pero pongámosle el moño y el marco al pase de Carlos Vela!

¡Una asistencia de cincuenta yardas directa al touchdown!

¡Tres a uno lo gana Chivas y el estadio respira aliviado!

—¡Es un cirujano!

Paco, cuando todos pensaban que Cruz Azul empataba, este muchacho se saca de la chistera una asistencia que rompe todas las líneas.

En el básquetbol esto se llama el pase de costa a costa.

Leyó la inercia ofensiva de Cruz Azul, esperó a que se amontonaran en el área y los liquidó con un solo trazo.

Su visión periférica es de otro planeta.

—¡Y el Cruz Azul se desmorona, anímicamente están liquidados!

¡Minuto setenta y cinco!

La Máquina ya no corre, ya no muerde.

Ahora trotan, resignados.

¡Y cuando le das espacios a un jugador como el número 42, es un suicidio táctico!

»Vela toma el balón en tres cuartos de cancha.

Juega de pared con el extremo por izquierda.

Se la devuelven al borde del área.

¡La defensa cementera está hundida!

Vela amaga con pegarle de zurda.

¡Dos defensas se barren con desesperación tapándose la cara!

»¡Pero Vela no tira!

Pisa el esférico, los deja pasar de largo como si fueran camiones sin frenos.

¡Entra al área grande!

¡Sale el portero celeste a jugarse el físico!

¡Le tira el guantazo a los pies!

»¡Falta!

¡Falta clara!

¡El árbitro pita y señala el manchón penal!

¡Penalti a favor del Guadalajara al minuto ochenta y dos!

—No hay nada que reclamar.

El portero llegó a destiempo y se llevó puesto el tobillo de Vela, que fue mucho más vivo para mover la pelota un milisegundo antes.

Y atención, porque Valdés agarró la pelota, pero Vela se le acerca y le pide el balón.

El novato va a cobrar la pena máxima.

—¡Ahí está el número 42 acomodando la de gajos en el punto blanco!

¡El portero del Cruz Azul se acerca, le dice de cosas, intenta intimidar al chamaco de dieciséis años!

¡Le hace gestos, brinca sobre la línea, mueve los brazos!

Quiere meterse en la cabeza del joven prospecto.

»¡Pero la cara de Vela es la de un auditor del SAT revisando una factura!

¡Totalmente inexpresivo!

¡No lo mira a los ojos, solo mira la pelota!

»El árbitro saca a los jugadores del área.

Se hace el silencio en Verde Valle.

¡Suena el silbato!

»Vela toma poca distancia.

Apenas tres pasos.

Inicia la carrera.

¡El portero de Cruz Azul se lanza a su lado derecho con toda su fuerza!

»¡Pero qué descaro!

¡Qué insolencia!

¡Vela le pega por abajo, suave, picadito al centro!

¡Un cobro a lo Panenka!

¡El balón hace una pequeña vaselina y entra flotando mansamente justo por el centro de la portería mientras el portero muerde el pasto en el rincón derecho!

»¡Goooooooooooooooooooooool!

¡Gooooooool del Guadalajara!

¡Goooool de Carlos Vela!

¡Qué frialdad, qué falta de respeto, pero qué clase magistral acaba de dar este jovencito!

¡Cuatro a uno, señoras y señores!

¡Es una goleada de escándalo en el inicio del torneo!

—¡No tiene nervios, Paco!

A cualquier otro muchacho le temblarían las piernas ante un portero de veinte años que le está gritando en la cara.

Y Vela elige el cobro estadísticamente más humillante y efectivo si el arquero se vence antes.

Lo hizo ver como un juego de niños.

Este chico no juega al fútbol con los pies, juega con una computadora en la cabeza.

—¡El árbitro mira su reloj!

¡No va a añadir más sufrimiento a La Máquina!

¡Levanta los brazos y decreta el final del encuentro!

¡Termina el partido en Verde Valle!

»¡Las Chivas Rayadas del Guadalajara, con un debut espectacular, frío y calculador de Carlos Vela, se llevan los primeros tres puntos del campeonato aplastando cuatro por uno al Cruz Azul!

¡Vela termina con dos goles y dos asistencias!

¡Un póker de participaciones directas!

»¡La cámara lo sigue!

Sus compañeros de la Sub-20, esos mismos que hace una semana lo veían de reojo, hoy lo abrazan y le revuelven el cabello.

¿Y Vela?

Vela simplemente choca las manos, asiente y camina directo al túnel de vestidores.

Ya cumplió su horario de oficina.

Ya hizo su trabajo.

¡Qué pedazo de jugador nos regaló hoy la cantera rojiblanca!

»Nos despedimos desde Verde Valle, dejándoles a continuación cómo marcha la tabla de clasificación tras esta primera jornada del Clausura 2016.

¡Hasta la próxima, y que ruede el balón!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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