[Fútbol] Me retirare a los 21 - Capítulo 37
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37: Capítulo 37 37: Capítulo 37 La pantalla de mi televisor 4K mostraba a Juanfran llorando desconsoladamente frente a la grada rojiblanca del estadio de San Siro, pidiendo un perdón que, en el mundo de los negocios, no sirve para cuadrar el balance anual.
Apagué el televisor con el control remoto, sumiendo mi habitación en Verde Valle en un silencio analítico.
Me recosté en mi sillón reclinable y tomé un trago de mi batido de recuperación muscular.
La tanda de penales no es una lotería, como le gusta decir a la prensa romántica.
Es una auditoría de control de estrés en su estado más puro.
Juanfran falló no por falta de técnica, sino por una sobrecarga emocional que alteró su biomecánica en el último paso de su carrera.
Sus hombros estaban tensos, su respiración era corta.
El peso del escudo lo aplastó.
En contraste, la ejecución de Cristiano Ronaldo había sido una cátedra de gestión corporativa.
Lo observé fijamente antes de su cobro.
Respiró profundo, bajó las pulsaciones, aisló el ruido de ochenta mil personas y ejecutó el movimiento con la memoria muscular de un robot.
Yo respetaba profundamente a Cristiano.
La prensa lo tildaba de egocéntrico, pero yo veía a un CEO obsesionado con el rendimiento de su propia empresa.
Su despliegue físico era absurdo, casi enfermizo.
Entrenaba más que nadie, comía mejor que nadie y corría hasta el último minuto.
Pero no lo hacía por el romanticismo de los colores del Real Madrid; lo hacía porque su marca, sus contratos publicitarios y sus bonos por objetivos exigían la excelencia absoluta.
Su sudor era la tinta con la que firmaba cheques de millones de euros.
Esa era mi nueva religión.
Me levanté del sillón, sintiendo el tirón sordo en mis cuádriceps.
Faltaban pocos días para mi propia Gran Final de la Sub-20 contra el Pachuca.
Siguiendo el modelo de alta rentabilidad física, había llevado mi cuerpo al límite durante toda la semana.
Había añadido sesiones extra de sprints en colinas, trabajo de fuerza isométrica y pesas.
Mis compañeros me miraban como si estuviera loco.
Me veían llegar primero al gimnasio y salir de último, empapado en sudor, con la mirada fija y los dientes apretados.
El talento que me había dado el “sistema” antes de desaparecer era mi capital inicial, pero el esfuerzo físico implacable era el interés compuesto que garantizaba mi monopolio en la liga.
No me importaba el amor a la camiseta de Chivas, me importaba que cada gota de sudor derramada en los entrenamientos se convirtiera en un blindaje contra las patadas y en gasolina para el partido más lucrativo de mi incipiente carrera.
El sábado por la mañana, el día de la Gran Final, me desperté antes de que sonara la alarma.
Mi cuerpo estaba adolorido, tenso, pero listo.
El hardware estaba en su punto de máxima eficiencia operativa.
Pero mientras yo me preparaba para cobrar mi bono en Guadalajara, a casi nueve mil kilómetros de distancia y siete horas de diferencia horaria, otro hombre lidiaba con las consecuencias de la bancarrota emocional.
Madrid, España.
22:30 horas (Tiempo Local).
La lluvia caía mansamente sobre las calles empedradas del Barrio de Las Letras.
El bar “La Taberna de los Gatos” estaba casi vacío, iluminado por luces tenues y el brillo mortecino de una televisión colgada en la esquina superior de la barra.
Diego Pablo Simeone estaba sentado en la mesa más oscura del fondo, vestido con una sudadera negra con la capucha a medio poner.
Frente a él había una copa de vino tinto que llevaba intacta más de una hora.
El “Cholo” tenía la mirada clavada en el vacío.
Las ojeras le marcaban el rostro, dándole un aspecto demacrado, casi fantasmal.
Habían pasado apenas unos días desde la final de Milán, y el dolor de la derrota seguía latiendo en sus sienes como un martillo.
Dos finales de Champions perdidas contra el acérrimo rival en tres años.
Era un castigo que rozaba lo sádico.
A su lado, su inseparable asistente y amigo, Germán “El Mono” Burgos, masticaba unos cacahuates, intentando encontrar las palabras que llevaba días buscando sin éxito.
—Diego, tenés que soltarlo, hermano —le dijo el Mono con su voz de trueno, aunque en un tono inusualmente suave—.
Hicimos todo.
Los pibes dejaron la vida.
Competimos contra presupuestos que nos triplican.
No nos podemos reprochar la falta de huevos.
Simeone giró lentamente la cabeza para mirar a su amigo.
Sus ojos oscuros brillaban con una frustración volcánica.
—Los huevos no levantan copas, Germán —respondió el Cholo, con la voz ronca—.
El esfuerzo te lleva a la orilla, pero la frialdad es la que te hace cruzar el río.
Mirá a los nuestros…
llegaron a los penales asfixiados por la responsabilidad.
Llorando antes de patear.
Sienten demasiado el escudo.
Y el otro…
el portugués…
fue, agarró la pelota como si estuviera en el patio de su casa, cobró su cheque y se llevó la copa.
El técnico argentino frotó su rostro con ambas manos, suspirando pesadamente.
—Siento que tocamos nuestro techo, Mono.
Construimos un equipo de guerreros.
Tipos que se tiran de cabeza al barro, que sudan sangre, que corren hasta romperse.
Pero nos falta un témpano.
Nos falta un hijo de puta que no sienta la presión.
Alguien que trabaje como un obrero, pero que defina con la frialdad de un asesino a sueldo.
Sin ego, sin pánico escénico.
Burgos asintió, dándole un trago a su cerveza.
—Esos no existen, Diego.
O tenés al talentoso de cristal que camina la cancha, o tenés al rústico que te corre diez kilómetros pero te la tira a la tribuna.
Encontrar a un tipo que combine la ética de trabajo de un picapedrero con la cabeza fría de un contador…
es buscar un unicornio.
Simeone volvió a clavar la vista en la pantalla del televisor del bar.
Estaba en un canal deportivo internacional por cable.
A esas horas de la noche en España, la programación principal había terminado y las cadenas rellenaban sus espacios con transmisiones de otras latitudes.
En la pantalla, el logotipo brillante de una televisora latinoamericana anunciaba el inicio de una transmisión en vivo desde México.
«¡Amigas y amigos, estamos a instantes de presenciar el partido de ida de la Gran Final de la Liga MX Sub-20!
¡El Estadio Omnilife abre sus puertas para el choque de titanes entre las Chivas Rayadas del Guadalajara y los Tuzos del Pachuca!» El dueño del bar tomó el control remoto para cambiar de canal y poner las noticias, pensando que a sus dos únicos clientes no les importaría un partido de divisiones inferiores de otro continente.
—Déjalo ahí, Manolo —le pidió Simeone, levantando una mano—.
El fútbol es fútbol.
Necesito ver algo que no sea una repetición del sábado pasado.
El Mono Burgos se encogió de hombros y se acomodó en la silla para ver la pantalla.
Las cámaras mostraban el túnel de vestidores en Guadalajara.
Los equipos estaban formados, listos para salir a la cancha.
Los jóvenes del Pachuca saltaban, nerviosos, dándose ánimos.
Los jugadores de Chivas hacían lo mismo, golpeándose el pecho, rezando, besando sus escapularios.
Pero la cámara se detuvo en el último jugador de la fila rojiblanca.
Un muchacho con el número 42 en la espalda.
Simeone entrecerró los ojos.
Había algo en el lenguaje corporal de ese chico que desentonaba por completo con el resto.
No estaba saltando.
No estaba rezando.
Estaba de pie, inmóvil, con la espalda recta y una expresión de aburrimiento casi clínico.
Sus piernas, sin embargo, delataban una musculatura tensa, trabajada hasta el extremo, cubierta de moretones y cicatrices frescas.
«¡Y ahí lo tienen, señoras y señores!
¡Carlos Vela, la máquina de facturar del Rebaño!
¡Rompió todos los récords de goleo y hoy sale a buscar el campeonato!
Pero ojo, Paco, que la defensa del Pachuca ha prometido no dejarlo respirar.
Dicen que si tiene que salir en camilla, saldrá.» El Cholo Simeone se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa de madera.
La copa de vino quedó completamente olvidada.
El comentarista acababa de decir que lo iban a moler a palos, y el chico de la pantalla tenía la misma expresión de un oficinista esperando el ascensor un lunes por la mañana.
—Germán…
—murmuró Simeone, sin apartar la vista del televisor—.
Decile a Andrea Berta que no apague el teléfono todavía.
Quiero ver cómo juega este pibe.
El árbitro en México tomó el balón y encabezó la salida de los equipos al césped.
El rugido del estadio traspasó la pantalla, llenando la oscura taberna madrileña.
El escenario estaba puesto.
El mercado estaba abierto.
Y al otro lado del mundo, un cliente muy exigente acababa de tomar asiento en la primera fila.
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