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[Fútbol] Me retirare a los 21 - Capítulo 38

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38: Capítulo 38 38: Capítulo 38 La lluvia golpeaba los cristales de “La Taberna de los Gatos” en Madrid con un ritmo monótono, pero Diego Pablo Simeone ya no escuchaba la tormenta.

Estaba inclinado hacia adelante, con los codos apoyados en la madera oscura de la mesa, la vista clavada en la televisión que transmitía la señal internacional desde México.

—¡Amigas y amigos de todo el continente!

¡El Estadio Omnilife es un hervidero!

¡Más de cuarenta mil almas se han dado cita para ver el partido de ida de la Gran Final de la Liga MX Sub-20!

—la voz del narrador mexicano llenaba el bar, cargada de esa estridencia eléctrica propia de las finales—.

¡Las Chivas Rayadas del Guadalajara reciben a los Tuzos del Pachuca!

Paco, la mejor cantera defensiva del país contra la máquina ofensiva más letal que hemos visto en años.

—¡Qué ambiente, mi estimado!

—respondió el analista, Paco—.

Pachuca no vino a especular.

Su técnico lo dijo en la semana: “A Carlos Vela no se le puede dar un centímetro de pasto.

Si él respira, nosotros morimos”.

Han puesto a tres perros de caza en el medio campo.

El mensaje es claro: hoy el número 42 de Chivas va a tener que sudar sangre si quiere levantar la copa.

El árbitro dio el silbatazo inicial.

Desde la primera jugada, quedó claro que no era un partido de fútbol, sino una guerra de trincheras.

Pachuca adelantó sus líneas de forma temeraria.

Apenas a los tres minutos, el balón llegó a los pies de Vela, cerca del círculo central.

Simeone entrecerró los ojos.

Esperaba ver al muchacho soltar la pelota rápido para evitar el choque, como suelen hacer las joyas de cristal de las fuerzas básicas.

Pero el número 42 no retrocedió.

Puso el cuerpo.

Un contención del Pachuca, un chico corpulento y con cara de pocos amigos, llegó como un tren sin frenos y le clavó los tacos por detrás de la rodilla, barriéndolo con una fuerza desmedida.

Vela cayó al césped, dando una vuelta de campana por la brutalidad del impacto.

—¡Falta durísima!

¡Apenas arrancamos y ya le dejaron la tarjeta de presentación, Paco!

¡Le dieron con todo!

En el bar de Madrid, el Mono Burgos soltó un silbido.

—Lo partió al medio, Diego.

A estos pibes los cagan a patadas en Sudamérica y en México.

Ahora vas a ver cómo se borra del partido.

Se va a ir a tirar a la banda a llorarle al árbitro.

Pero Simeone no apartó la vista de la pantalla.

En la televisión, el muchacho no se quedó en el suelo.

No rodó agarrándose la pierna.

Se levantó de inmediato, con el rostro enrojecido por el esfuerzo y el dolor, pero con una expresión absolutamente indescifrable.

Ni una mueca.

Ni un reclamo al árbitro.

Se limpió la tierra del pantalón corto, escupió a un lado y acomodó el balón para cobrar la falta.

—Mirá sus ojos, Germán —susurró el Cholo, apuntando a la pantalla con el dedo índice—.

No hay venganza.

No hay enojo.

Lo acaban de intentar romper y el tipo está pensando en la siguiente jugada como si nada hubiera pasado.

El partido se convirtió en un asedio físico.

Pachuca presionaba cada salida, ahogando a los defensas de Chivas.

En el minuto doce, los Tuzos armaron un contragolpe peligrosísimo por la banda derecha.

El lateral del Guadalajara había sido superado y el extremo de Pachuca entraba al área con bandera desplegada.

—¡Cuidado que viene Pachuca!

¡Tienen superioridad numérica!

¡Mete la diagonal retrasada!

—gritó el narrador.

Un delantero del Pachuca se preparaba para fusilar al portero desde el manchón penal.

Pero de la nada, una mancha rojiblanca cruzó la pantalla a una velocidad vertiginosa.

Carlos Vela, que treinta segundos antes estaba en el área rival intentando rematar un centro, había hecho un sprint de setenta metros hacia su propia portería.

Se lanzó en una barrida temeraria, limpia, exacta, y le sacó el balón de los pies al delantero justo cuando este iba a jalar el gatillo.

—¡Salvada espectacular!

¡Y no fue un defensa, Paco!

¡Fue Carlos Vela!

¡El goleador del equipo haciendo el trabajo sucio en su propia área chica!

¡Se levantó como un resorte y ya va pidiendo la pelota para salir!

Simeone se quedó boquiabierto.

Se pasó la mano por el cabello ralo, sintiendo un cosquilleo en la nuca que solo experimentaba cuando veía algo extraordinario.

—¿Viste el recorrido que hizo ese pibe?

—dijo el Cholo, con la voz cargada de asombro—.

Es el puto diez del equipo, el talento generacional, y acaba de bajar setenta metros a barrerse en su área.

Los estrellitas no hacen eso, Mono.

A los estrellitas les da asco defender.

—Tiene motor de contención y piernas de velocista —admitió Burgos, rascándose la barba—.

Pero lo van a fundir.

Si sigue corriendo así, en el segundo tiempo no va a poder levantar los pies del piso.

—No lo hace por pasión —analizó Simeone, con la mente trabajando a mil por hora, descifrando el código del muchacho—.

Mirá cómo respira.

Está midiendo su capacidad aeróbica.

No es un perro rabioso que corre a lo loco, es una máquina que sabe que, para ganar el partido, tiene que monopolizar el esfuerzo.

Está asumiendo la carga de toda la empresa.

El reloj marcó el minuto treinta.

El marcador seguía cero a cero.

El desgaste físico de Vela era evidente para cualquiera.

La cámara lo enfocó en un saque de banda.

Su camiseta estaba empapada, pegada al cuerpo.

El sudor le caía a chorros por el cuello y la frente.

Tenía la pierna derecha manchada de sangre seca por los tacos de los defensas hidalguenses.

Pero no se escondía.

Cada vez que Pachuca intentaba salir jugando, Vela estaba ahí, asfixiándolos, mordiendo, incomodando.

—¡Es un espectáculo físico, Paco!

¡El número 42 de Chivas está dando una exhibición de pulmones!

¡Le han pegado no menos de diez patadas de cárcel, lo traen frito a golpes, pero el muchacho no deja de correr!

Pachuca está empezando a verse frustrado.

¡No lo pueden quebrar mentalmente!

—Es que Vela entendió que en una final el talento no basta —comentó el analista en la televisión—.

Hoy no está caminando la cancha.

Hoy se puso el overol de obrero.

Míralo, ahí va de nuevo a la presión alta.

Minuto treinta y ocho.

El central de Pachuca, abrumado por la presión constante de Vela, intentó dar un pase de seguridad hacia su portero.

Vela lo había calculado todo.

La gravedad, la fricción del pasto, la inercia del defensor.

Arrancó antes de que el pie del central siquiera tocara la pelota.

Interceptó el pase con una agresividad felina.

El portero del Pachuca, viendo el error garrafal, salió a la desesperada para intentar achicar el ángulo, lanzándose con los pies por delante como una guadaña.

—¡Robo de Vela!

¡Queda mano a mano!

¡Sale el arquero con todo!

El choque parecía inminente.

Simeone apretó los puños.

Cualquier jugador se asustaría y adelantaría la pelota para buscar el penal.

Vela no frenó.

Llevaba el balón atado al botín izquierdo.

En una fracción de segundo, hizo un amague con los hombros tan violento que el portero se venció hacia la derecha.

Vela pasó la pelota de la zurda a la derecha con un movimiento fugaz, eludiendo las piernas del arquero por centímetros, y continuó su carrera.

El ángulo se le había cerrado muchísimo.

Dos defensas del Pachuca venían corriendo desesperados para cubrir la línea de gol.

Vela iba a máxima velocidad.

Sus piernas ardían por el esfuerzo de casi cuarenta minutos de asedio físico.

Sin embargo, su cerebro operaba a temperatura bajo cero.

No intentó un cañonazo.

Simplemente perfiló el cuerpo y dio un pase a la red con el interior del pie, cruzando la pelota suavemente, matemáticamente perfecta, para que pasara entre las piernas del primer defensa y se clavara en el poste lejano antes de que el segundo pudiera barrerse.

—¡Goooooooooooooooooooooool!

¡Goooooooolazo, golazo, golazo de las Chivas Rayadas del Guadalajara!

¡De quién más, señoras y señores!

¡Carlos Vela!

¡Robó, desquició al portero, burló a los defensas y define como si estuviera jugando en el jardín de su casa!

¡Uno a cero en la Gran Final!

La cámara de televisión hizo un acercamiento al rostro del jugador.

Acababa de anotar el gol de la final en un estadio con cuarenta mil personas gritando su nombre.

Estaba bañado en sudor.

Sus compañeros corrían a abrazarlo, enloquecidos.

Vela los recibió, pero su rostro seguía siendo de piedra.

Respiraba profundamente por la boca, cerrando los ojos por un instante para regular su frecuencia cardíaca.

Levantó un brazo de forma robótica para agradecer a la grada, miró el reloj gigante del estadio y caminó de regreso al medio campo.

En la taberna de Madrid, Diego Simeone se puso de pie, derribando casi su silla en el proceso.

El Mono Burgos lo miró asustado.

—¿Qué pasa, Diego?

—Ese pibe…

—murmuró Simeone, apoyando ambas manos sobre la mesa, con los ojos brillando con una intensidad febril—.

Ese pibe no tiene alma, Germán.

Es un asesino a sueldo vestido de futbolista.

Corrió como un infeliz durante cuarenta minutos, recibió patadas que retirarían a un veterano, y cuando le toca definir, lo hace con la frialdad de un cirujano.

No festeja.

No tiene ego.

—Diego, es un pibe de diecisiete años que juega en México.

Le falta roce europeo.

—¡Me chupa un huevo la edad y el roce!

—explotó Simeone, bajando la voz de inmediato para no asustar al cantinero—.

¡Mirale la actitud, la ética de trabajo!

Yo le pido a Griezmann, a Koke, a Saúl que corran así, y lo hacen, pero les pesa.

Este pibe lo hace porque entiende que es un trabajo.

Es la pieza exacta que nos falta.

Un monstruo físico que piensa como un puto director de banco.

En la pantalla, el primer tiempo terminó.

Las Chivas se iban al descanso con la ventaja mínima, en un partido que estaba siendo una auténtica carnicería.

Pachuca terminó la primera mitad con cuatro amonestados, tres de ellos por faltas directas sobre el número 42.

Simeone sacó su teléfono celular del bolsillo de la sudadera.

Sus dedos se movieron rápido por la pantalla buscando un contacto.

—¿A quién vas a llamar a esta hora, Cholo?

Son casi las once y media de la noche.

—A Andrea Berta —respondió Simeone, llevándose el teléfono a la oreja mientras escuchaba los tonos de llamada—.

Nuestro director deportivo.

Le voy a decir que mande al mejor visor que tengamos en el continente americano a Guadalajara para el partido de vuelta.

Quiero un reporte completo.

Físico, táctico, mental y contractual.

Burgos soltó una carcajada ronca, dándole un trago a su cerveza.

—Estás loco, hermano.

Venimos de perder una final de Champions hace cuatro días y ya estás fichando pibes a las once de la noche.

—El mercado no duerme, Mono —contestó Simeone, con una media sonrisa dibujándose por primera vez en semanas—.

Y nosotros acabamos de encontrar a nuestro unicornio.

O me lo traigo a Madrid, o me corto los huevos.

Simeone escuchó cómo descolgaban la llamada al otro lado de la línea.

Su mirada volvió a la pantalla del televisor, donde los comentaristas repetían el gol de Vela desde todos los ángulos.

El argentino sabía que el talento cerebral era valioso, pero un talento cerebral dispuesto a sufrir, a correr y a sangrar por obtener un resultado sin dejarse llevar por las emociones…

eso no tenía precio.

El plan de negocios de Carlos Vela, sin que él lo supiera, acababa de cruzar el océano Atlántico y había aterrizado directamente en las oficinas del Vicente Calderón.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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