[Fútbol] Me retirare a los 21 - Capítulo 40
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40: Capítulo 40 40: Capítulo 40 El viento en Pachuca te corta la cara como si fueran navajas de hielo.
Estábamos en el Estadio Hidalgo, a más de dos mil cuatrocientos metros de altura, camuflados entre la multitud en un palco privado que Andrea Berta consiguió a última hora.
Llevaba la gorra calada hasta los ojos y el cuello de la campera subido.
A mi lado, el Mono Burgos masticaba unos tacos de carne con la misma ansiedad con la que yo me comía las uñas.
El ambiente era hostil, pesado.
El estadio estaba repleto de hinchas locales que exigían un milagro, una remontada épica para revertir el cuatro a cero que se habían comido en Guadalajara.
Pero yo no vine a México a ver milagros.
Vine a confirmar si el monstruo que vi por televisión era de carne y hueso.
Los equipos salieron al campo.
El rugido de la tribuna fue ensordecedor.
Busqué de inmediato al número 42.
Ahí estaba.
Caminaba al final de la fila del Guadalajara.
Mientras los jugadores de Pachuca miraban a la tribuna, buscando contagiarse del fuego de su gente, este pibe caminaba mirando el césped, evaluando la humedad del pasto, la dirección del viento.
No tenía la mirada de un chico de diecisiete años a punto de jugar una final; tenía la mirada de un auditor del fisco a punto de embargar una fábrica.
—Miralo, Diego —me codeó el Mono, señalándolo—.
Cero pulsaciones.
Ni siquiera está transpirando en el calentamiento.
—Está ahorrando combustible, Germán.
En esta altura, si corrés a lo loco los primeros diez minutos, te morís.
Vamos a ver de qué está hecho cuando le empiecen a llover las patadas.
El árbitro dio el pitazo inicial.
Pachuca salió como un animal herido.
Necesitaban cuatro goles.
Presionaron la salida de Chivas con una línea de cinco mediocampistas que mordían los tobillos de todo lo que se moviera.
Al minuto cinco, le tiraron el primer ladrillo a Vela.
Un pase dividido y comprometido.
Dos tipos del Pachuca se le fueron encima como perros rabiosos.
Yo me incliné sobre el cristal del palco.
Quería ver su reacción.
La mayoría de los pibes talentosos intentan la heroica, retienen la pelota para demostrar que son guapos, y terminan en el piso.
Pero este chico es otra cosa.
No es guapo, es inteligente.
Antes de que la pelota le llegara al pie, ya había escaneado la cancha.
En lugar de controlar, dio un toque sutil de primera intención con el borde externo, redirigiendo el balón hacia su lateral, y dio un paso al costado.
Los dos perros de caza del Pachuca chocaron entre ellos.
—Tic, tac —murmuré, fascinado—.
No retiene un puto segundo de más.
Es un reloj suizo.
Durante los primeros veinte minutos, Pachuca dominó la posesión, pero era un dominio estéril.
Vela se encargó de que la pelota nunca estuviera en la zona de conflicto.
Bajaba a su propia cancha, recibía y tocaba a un toque.
Hacía que el rival corriera de un lado a otro en la altura, desgastándolos, vaciándoles los pulmones sin que él diera un solo pique largo.
Era una tortura psicológica.
Al minuto veintiocho, el Pachuca cometió el error que Vela estaba esperando.
Frustrados por no poder robarle la pelota, adelantaron a sus dos centrales hasta la línea del medio campo.
Vela recibió de espaldas.
El central lo fue a apretar.
Vi cómo el pibe cambió la postura del cuerpo.
Dejó de caminar.
Encendió la turbina.
Pisó la pelota, giró sobre su propio eje usando el peso del rival en su contra, y salió disparado por la banda derecha.
La aceleración fue brutal.
En tres zancadas dejó al defensor comiendo tierra.
El estadio entero enmudeció.
Llegó al fondo de la cancha.
El arquero salió a achicar el primer palo.
El otro central venía cerrando desesperado.
Yo esperaba el centro por arriba o el tiro a puerta.
Pero el pibe tiene un radar en la cabeza.
Frenó en seco, levantó la cabeza y, sin mirar, tiró un pase rasante, una diagonal perfecta hacia atrás, justo a la medialuna del área donde su delantero, Sánchez, venía llegando completamente solo.
Sánchez le pegó de primera y la clavó en el ángulo.
Gol de Chivas.
Uno a cero en el partido.
Cinco a cero en el global.
—Lo liquidó —dijo el Mono, dejando su comida a un lado—.
Diego, lo mató.
Mató a treinta mil personas con un pase hacia atrás y ni siquiera sonrió.
Tenía razón.
Mientras Sánchez gritaba y se besaba el escudo, Vela solo levantó el pulgar, trotó hacia el centro del campo y se acomodó la camiseta.
Estaba ejecutando un trámite.
El gol destruyó por completo al Pachuca.
El resto del primer tiempo fue un monólogo de pases del Guadalajara.
El equipo local empezó a pegar patadas por pura impotencia, pero a Vela no lo podían cazar.
Parecía que veía las jugadas dos segundos antes de que ocurrieran.
Si la patada venía por la derecha, él ya había tocado la pelota hacia la izquierda y saltado el obstáculo.
Terminó el primer tiempo.
Me senté en la butaca del palco, cruzado de brazos, repasando la información en mi cabeza.
—Es un fantasma, Germán —le dije a mi asistente—.
No es que sea rápido, es que nunca está donde el rival cree que va a estar.
Maneja los espacios como si viera la cancha desde arriba, desde un puto helicóptero.
Para el segundo tiempo, Pachuca salió a buscar sangre.
Ya no les importaba el resultado, querían llevarse una pierna de recuerdo.
Al minuto cincuenta y cinco, el número 42 agarró la pelota en tres cuartos de cancha.
Un volante hidalguense le tiró una patada voladora directa a la rodilla.
Fue criminal.
Yo apreté los dientes, pensando que ahí se acababa todo.
Pero el pibe, en un acto de puro cálculo físico, relajó la pierna antes del impacto y acompañó el golpe cayendo al piso, girando para no trabar los botines en el pasto.
El árbitro sacó la roja directa.
Vela se levantó.
No cojeaba.
Se limpió el pasto del pantalón.
Ni una queja, ni una mirada de odio al rival expulsado.
Nada.
—Miralo, es un psicópata —me reí, incrédulo—.
Le chupa un huevo que lo quieran romper.
Lo ve como un error del rival que él capitaliza con una expulsión.
Convierte la violencia en ventaja numérica.
El tiro libre era a veinticinco metros.
Vela agarró la pelota.
La acomodó.
El arquero de Pachuca le gritaba cosas para desconcentrarlo, la tribuna le tiraba vasos de cerveza que caían cerca de sus botines.
Él, inmutable.
Una estatua de hielo.
Tomó carrera corta.
Le pegó con el empeine interno, bordeando la barrera.
La pelota hizo una comba envenenada, picó un metro antes del arquero, y se metió pegada al palo izquierdo.
Dos a cero.
Seis a cero en el global.
La mitad del estadio empezó a irse a sus casas.
Ya no había partido, había una auditoría en curso y Chivas estaba embargando hasta los asientos del banco de suplentes.
Pero Vela no se detuvo.
Con un hombre más en la cancha, empezó a pedir todas las pelotas.
Aceleraba, pausaba, filtraba pases.
Dominaba los ritmos del partido con una madurez asquerosa.
Obligaba a los de Pachuca a correr de un lado a otro en la altura hasta que los veía doblados, con las manos en las rodillas, pidiendo oxígeno.
Al minuto ochenta, el golpe final.
La obra maestra de la crueldad deportiva.
Un mal rechace de la defensa local lo dejó solo al borde del área grande.
El arquero de Pachuca salió a la desesperada.
Vela pudo haber reventado el arco.
Pudo haber fusilado.
Pero él eligió la humillación eficiente.
Pisó la pelota.
El arquero se resbaló y quedó tirado en el piso.
Quedaba un defensor en la línea de gol.
Vela lo miró a los ojos.
El chico del Guadalajara no pateó al arco; le amagó con el cuerpo, obligando al defensor a tirarse de palomita para bloquear el supuesto tiro.
Cuando el defensor estaba volando en el aire, Vela simplemente tocó la pelota a un costado, dio dos pasos caminando, y la empujó a la red vacía con un toque suave.
Tres a cero.
Siete a cero global.
Campeones absolutos.
El árbitro, por piedad humana, pitó el final del partido exactamente al minuto noventa.
La cancha se llenó de fotógrafos, de suplentes de Chivas corriendo a celebrar, de papelitos volando.
Pachuca era un cementerio de jugadores tirados en el pasto, llorando.
Me acerqué al cristal del palco para no perder de vista al 42.
Sus compañeros lo alzaron en hombros.
Él se dejó levantar, pero su rostro…
Dios mío, su rostro.
Acababa de ganar una final aplastando al rival con un global de siete a cero, metiendo dos goles y una asistencia de visitante en la altura, y tenía la misma expresión de un tipo que acaba de fichar la salida en su turno de trabajo.
Le entregaron su medalla.
Se la colgó al cuello, le dio un apretón de manos al directivo de la liga, como si estuviera cerrando un acuerdo comercial, y miró el reloj en la pantalla del estadio.
—Ya lo vi suficiente —dije, dándome la vuelta, agarrando mi campera.
El Mono Burgos se limpió las manos con una servilleta, mirándome con los ojos bien abiertos.
—¿Qué hacemos, Cholo?
—Llamá a Madrid ahora mismo.
Hablá con el presidente, con el director deportivo, con quien tengas que hablar —le ordené, caminando hacia la puerta del palco, sintiendo que la sangre me hervía con una urgencia que no sentía hace años—.
Deciles que preparen la billetera.
No me importa cuánto pidan estos mexicanos.
No me importa si tenemos que vender a medio equipo.
Abrí la puerta del palco, mirando a Germán a los ojos.
—Ese pibe de ahí abajo no es un jugador de fútbol.
Es una puta máquina corporativa.
Es el témpano que necesitamos para ganar la Champions.
Carlos Vela se viene al Atlético de Madrid.
Y si no lo compramos hoy, mañana va a ser tarde.
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