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[Fútbol] Me retirare a los 21 - Capítulo 39

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39: Capítulo 39 39: Capítulo 39 La lluvia en Madrid seguía resbalando por los ventanales de “La Taberna de los Gatos”, pero para Diego Pablo Simeone, el mundo exterior había dejado de existir.

Sus dos manos sostenían su rostro, con los codos clavados en la mesa.

Sus ojos oscuros, fijos en la pantalla del televisor, reflejaban el brillo del césped del Estadio Omnilife.

—¡Estamos de regreso, señoras y señores!

¡Arrancan los segundos cuarenta y cinco minutos de esta Gran Final de ida!

—bramó el narrador desde la televisión, con la voz vibrando de emoción—.

¡Chivas lo gana uno por cero con el gol de Carlos Vela!

Paco, el técnico de Pachuca no hizo cambios, pero la indicación desde la banca es evidente: van a salir a cazar al número 42.

Si tienen que recurrir a la rudeza excesiva, lo van a hacer.

—Es la única forma, mi estimado —respondió el analista—.

Pachuca es el mejor equipo defensivo del torneo, pero hoy se han topado con un muro mental.

Sin embargo, fíjate en Vela.

Está rengueando un poco.

El castigo de la primera mitad le tiene que pasar factura tarde o temprano.

Simeone entrecerró los ojos, analizando el lenguaje corporal del chico en la pantalla.

Vela caminaba hacia el centro del campo.

Era cierto, tenía una ligera cojera, pero su postura seguía siendo rígida, robótica, desprovista de cualquier gesto de queja o sufrimiento.

El balón comenzó a rodar.

Apenas en el minuto cuarenta y ocho, Pachuca lanzó su primera ofensiva de intimidación.

Un balón dividido en el medio campo.

Vela fue a buscarlo.

El contención del equipo hidalguense, un muchacho robusto, tomó vuelo y se lanzó en una barrida criminal, con los tacos por delante, apuntando directamente al tobillo de apoyo del jugador rojiblanco.

—¡Cuidado, por el amor de Dios!

¡Lo van a romper!

—gritó el narrador.

El impacto sonó seco a través de los micrófonos de ambiente.

Vela rodó por el pasto, dando tres giros completos.

El estadio entero estalló en un abucheo ensordecedor pidiendo sangre.

El árbitro llegó corriendo, llevándose la mano al bolsillo trasero.

—¡Roja!

¡Tarjeta roja directa para el jugador de los Tuzos!

¡Qué entrada tan infame, tan artera!

¡Pachuca se queda con diez hombres arrancando el segundo tiempo!

En Madrid, el Mono Burgos hizo una mueca de dolor.

—Lo quebró, Diego.

Esa patada le arranca los ligamentos a cualquiera.

Se acabó la final para el pibe.

Simeone no respondió.

Mantuvo la mirada fija en el televisor.

En la pantalla, mientras los jugadores de ambos equipos se empujaban y se gritaban alrededor de la jugada, la cámara hizo un acercamiento a Vela.

El chico estaba sentado en el césped.

Se bajó la calceta, revelando una marca roja en la espinillera de fibra de carbono.

No había sangre fresca, ni lágrimas.

—No lo tocó de lleno, Germán —murmuró el Cholo, con una sonrisa de absoluta incredulidad asomándose en sus labios—.

El hijo de puta saltó un milisegundo antes.

Dejó la pierna floja para absorber el golpe en la espinillera y rodó para disipar la fuerza.

Sabía que la patada venía, la provocó, y se la cobró con una tarjeta roja.

Es un genio.

Un psicópata de los negocios.

En efecto, Vela se puso de pie, rechazó la ayuda de las asistencias médicas, se sacudió la tierra y pidió el balón.

—¡No lo puedo creer, Paco!

¡Vela está de pie!

¡Es de acero inoxidable!

¡Este muchacho no tiene terminales nerviosas!

—narró el locutor, contagiado por la histeria del estadio.

Con un hombre más en la cancha, Chivas y Vela comenzaron la aniquilación sistemática del rival.

Minuto cincuenta y cinco.

Tiro libre a favor del Guadalajara al borde de la media luna, justo en la frontal del área.

El portero de Pachuca acomodó a seis hombres en la barrera.

Sabían de la efectividad mortal de Vela en esa zona.

Vela tomó el balón y lo plantó en el césped.

—¡Atención, México!

¡Vela frente a la pelota!

¡Todo el Omnilife de pie!

¡Le va a pegar, le va a pegar y la va a clavar en el ángulo, lo estamos presintiendo!

El árbitro dio el silbatazo.

Vela tomó una carrera corta.

Perfiló la pierna izquierda, inclinó el cuerpo hacia atrás como si fuera a sacar un latigazo por encima de la barrera.

Los seis jugadores del Pachuca saltaron al unísono, desesperados por bloquear el inminente cañonazo.

Pero el disparo nunca llegó.

En una fracción de segundo, Vela cambió el ángulo de su tobillo, frenó la potencia y deslizó el balón a ras de pasto, suave y milimétrico, por debajo de los botines de la barrera que estaba suspendida en el aire.

La pelota cruzó el mar de piernas y llegó mansa, con ventaja, a los pies de Sánchez, el delantero centro de Chivas, que se había desmarcado sigilosamente hacia el poste derecho.

Sánchez, solo frente al arco y con el portero totalmente vencido por el engaño, simplemente empujó la redonda.

—¡Goooooooooooooooooooooool!

¡Goooooooolazo, qué genialidad, qué obra maestra del engaño!

¡El pase de la muerte por debajo de la barrera!

¡Dos a cero lo gana Chivas!

¡Pachuca acaba de ser humillado en televisión nacional!

Diego Simeone soltó un golpe en la mesa con el puño cerrado.

Sus ojos brillaban.

—¡Eso es!

¡Esa es la cabeza fría de la que te hablo, Mono!

—exclamó el técnico argentino, incapaz de contener su emoción—.

Ochenta mil personas pidiéndole que rompa el arco.

Cualquier pibe con ego quiere la foto del gol de tiro libre.

¡Pero él no!

Él leyó la física del salto y prefirió cederle la gloria al compañero porque era matemáticamente más seguro.

¡No le importa la tapa del diario, le importa el resultado!

La masacre deportiva apenas comenzaba.

Pachuca se desmoronó.

Estaban con diez hombres, perdiendo dos a cero y sus pulmones ardían por la altura de Guadalajara y el esfuerzo de perseguir a un fantasma.

Al minuto sesenta y ocho, Vela recuperó un balón en su propio campo, casi en su área grande.

—¡La tiene Carlos Vela!

¡Sale jugando!

¡Paco, las piernas de los Tuzos ya no responden, pero este muchacho sigue corriendo como si acabara de entrar de cambio!

Vela arrancó con una potencia descomunal.

Cruzó la línea de medio campo.

Dos jugadores del Pachuca intentaron hacerle el “dos contra uno”.

Vela no frenó ni hizo amagues complicados.

Simplemente pateó el balón cinco metros hacia adelante, justo por el medio de los dos defensores, y pasó corriendo por un lado, dejándolos atrás por pura y brutal explosividad física.

—¡Qué portento físico!

¡Es un caballo desbocado!

¡Se quitó a dos en velocidad pura!

Vela llegó al borde del área rival.

El último defensa central, aterrado, retrocedía temblando.

Vela hizo una pequeña pausa.

El defensa plantó los pies, preparándose para el regate.

En ese mismo instante, sin tomar vuelo, Vela sacó un disparo de “puntazo” con la pierna zurda, escondiendo el tiro detrás de las piernas del defensor.

El balón salió como un misil, raso, seco, pegado a la base del poste derecho.

El arquero se estiró cuan largo era, pero la pelota llevaba un veneno inatajable.

—¡Goooooooooooooooooooooool!

¡Goooooooolazo!

¡Doblete de Carlos Vela!

¡Tres por cero!

¡Es un abuso, señoras y señores!

¡Es una aplanadora vestida de rojiblanco!

¡Dejó en el camino a medio Pachuca y definió con la frialdad de un témpano de hielo!

En Madrid, el Cholo Simeone ya estaba de pie.

Observaba la pantalla como un depredador que acaba de ver a su presa ideal.

—Míralo bien, Germán —dijo, señalando la repetición del gol—.

Minuto sesenta y ocho.

Lo han molido a patadas.

Tiene un desgaste aeróbico altísimo.

Y hace un pique de sesenta metros con el balón dominado y saca un remate violento.

El tanque de nafta que tiene este muchacho no es normal.

Trabaja como si su vida dependiera de ello.

El partido entró en su recta final.

Los últimos veinte minutos fueron un monólogo humillante.

Pachuca, totalmente entregado, ya no intentaba ni siquiera dar patadas.

Chivas paseaba la pelota al grito de “¡Olé!” que retumbaba en las gradas del Estadio Omnilife.

Al minuto ochenta y cinco, el clavo final en el ataúd de la final.

Un error en la salida de la defensa del Pachuca.

Un mal pase lateral.

Vela, como un halcón leyendo el mercado, anticipó el error.

Aceleró en un tramo corto, robó el balón al borde del área y se enfiló completamente solo contra el portero.

—¡Error fatal de los Tuzos!

¡La roba el androide!

¡Vela contra el portero!

¡Sale el arquero a jugarse la vida!

Vela no disparó.

Entró al área grande.

El portero se lanzó a los pies del jugador para arrebatarle el esférico.

Con una sutileza que rallaba en la falta de respeto, Vela simplemente pisó el balón con la suela del zapato izquierdo, deteniéndolo por completo.

El portero pasó de largo, barriendo el pasto vacío, totalmente engañado por el freno en seco.

Vela quedó con la portería de par en par.

No había defensas.

No había prisa.

—¡Lo dejó sentado!

¡Qué humillación, por Dios santo!

¡La portería está abierta!

—la voz del narrador se quebraba de la emoción.

Vela caminó.

Dio un paso, luego otro, y con un toque suave, ridículamente simple, empujó la pelota más allá de la línea de cal.

—¡Goooooooooooooooooooooool!

¡Gooooooooooool!

¡El cuarto para Chivas, el tercero en su cuenta personal!

¡Hat-trick de Carlos Vela en la Gran Final!

¡Una exhibición histórica, legendaria!

¡Los ha hecho pedazos!

¡Cuatro a cero y este campeonato ya tiene dueño!

Simeone soltó una carcajada ronca, negando con la cabeza.

Se llevó ambas manos a las sienes, completamente deslumbrado por lo que acababa de presenciar.

—Es un puto asesino —dijo el Cholo, con una admiración profunda y táctica—.

Los vació.

Los desmoralizó.

Engañó al arquero, lo dejó tirado en el piso, y define caminando, sin una puta gota de misericordia.

Cero ego.

Cero romanticismo.

Cien por ciento eficacia.

El árbitro, compadecido del equipo hidalguense, no agregó ni un solo minuto de compensación.

Llevó el silbato a sus labios y decretó el final del partido.

—¡Señoras y señores, se acabó!

¡Las Chivas Rayadas del Guadalajara aplastan cuatro a cero al Pachuca en la ida de la Gran Final!

¡Una actuación monstruosa de Carlos Vela, que se consagra hoy como el mejor jugador que ha pisado esta categoría en toda su historia!

Las cámaras en la televisión mostraban a los jugadores de Chivas saltando y llorando de alegría en el centro del campo.

La afición era un manicomio de banderas y cantos.

Y en medio de todo el caos, el número 42 simplemente caminaba hacia el túnel de vestidores, secándose la cara con la camiseta, inexpresivo, como quien acaba de firmar un documento de rutina en la oficina.

En “La Taberna de los Gatos”, el silencio volvió a imperar, interrumpido solo por el sonido de la lluvia.

Diego Pablo Simeone se sentó de nuevo.

Su mirada ya no estaba perdida.

Había una nueva chispa en sus ojos oscuros.

Una obsesión acababa de nacer.

—Germán —dijo el técnico del Atlético de Madrid, sin mirar a su asistente, con la vista clavada en la pantalla que mostraba el análisis final del partido—.

Prepara tus cosas.

El reporte del visor no me sirve.

Quiero ir a Guadalajara.

Quiero verlo yo mismo en el partido de vuelta.

Quiero ver si este pibe es real.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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