[Fútbol] Me retirare a los 21 - Capítulo 7
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7: Capítulo 7 7: Capítulo 7 La pantalla de mi vieja televisión de tubo parpadeaba iluminando mi habitación a oscuras.
Eran pasadas las nueve de la noche.
Sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra el borde de la cama, sostenía un pedazo de pizza de peperoni en una mano y una libreta de anotaciones en la otra.
En la pantalla, los Golden State Warriors y los Cleveland Cavaliers estaban enfrascados en el Juego 4 de las Finales de la NBA de 2015.
—Fíjate en eso…
—murmuré, con los ojos brillando de auténtica emoción—.
El bloqueo ciego de Draymond Green para liberar a Curry en el perímetro.
Es una obra de arte.
La transición defensiva de Cleveland es un desastre, LeBron no puede cubrir todas las zonas.
Di un mordisco a mi pizza, saboreando el queso fundido y la victoria táctica.
Esto era vivir.
Sentir la tensión de los últimos minutos del último cuarto, analizar los tiempos muertos, predecir las jugadas de pizarra de Steve Kerr.
En ese momento, no era la estrella juvenil de las Chivas; era Esteban Gómez, el oficinista que encontraba su única felicidad en el chirrido de las zapatillas sobre el parqué de la NBA.
La puerta de mi cuarto se abrió un poco y la cabeza de mi padre en esta vida se asomó.
Llevaba puesta una vieja camiseta de las Chivas, visiblemente emocionado por los eventos de la mañana, cuando habíamos firmado el contrato de tres años.
—¿Viendo el juego, mijo?
—preguntó, entrando con una sonrisa de oreja a oreja—.
Oye, estaba pensando…
mañana es tu primer día con la Sub-17.
Deberíamos repasar a los grandes ídolos del club.
Chava Reyes, Ramón Morales, el “Bofo”…
para que te inspires y sientas los colores antes de pisar Verde Valle.
No despegué la vista de la pantalla, donde Andre Iguodala acababa de encestar un triple fundamental.
—No es necesario, papá —respondí, masticando con calma—.
Ya leí el manual de empleado, firmé el contrato y conozco el horario de mi turno.
No necesito aprenderme la biografía de los fundadores de la empresa para hacer mi trabajo.
Mi padre se quedó callado un momento, parpadeando.
Todavía le costaba asimilar mi actitud desde el accidente.
Suspiró, aunque la sonrisa no se le borró del todo.
—Eres un caso perdido para el romanticismo del fútbol, Carlos.
Pero mientras sigas jugando como jugaste en las pruebas, supongo que a nadie le importará.
Descansa, mañana tienes que madrugar.
Cerró la puerta.
Sonreí de medio lado.
Tenía razón.
A nadie le importa si el cajero del banco ama al banco, siempre y cuando no pierda el dinero.
Y yo no pensaba perder un solo centavo de mis futuros bonos de productividad.
El sonido de la alarma de mi teléfono rompió el silencio a las 5:30 a.m.
Me levanté sin quejarme.
La disciplina corporativa era lo mío.
Me di una ducha rápida, me puse el uniforme de entrenamiento de la Sub-17 que me habían entregado el día anterior —una camiseta blanca con el escudo rojiblanco en el pecho y pantalones cortos azules— y tomé mi mochila.
A las siete en punto de la mañana, estaba cruzando las puertas de cristal del edificio de fuerzas básicas en Verde Valle.
El vestuario olía a gel para el cabello, desodorante en aerosol barato y testosterona adolescente.
Había unos veinte chicos cambiándose y poniéndose las espinilleras.
El ambiente era ruidoso; algunos hablaban de los botines de la nueva colección de Nike que querían comprarse, otros presumían sobre a cuántas chicas de la preparatoria habían impresionado por estar en Chivas.
Entré en silencio, busqué la taquilla con mi nombre y me senté a atarme los cordones.
—Miren quién llegó.
El “galáctico” de los llanos —dijo una voz burlona a un par de taquillas de distancia.
Levanté la vista.
Era el contención musculoso al que había humillado en el partido de prueba.
Me miraba con los brazos cruzados, rodeado por dos de sus amigos.
—Dicen que el director te dio contrato directo a tres años sin pasar por los filtros de tres meses —continuó el chico, dando un paso hacia mí—.
Aquí las cosas son diferentes, novato.
Aquí tienes que ganarte el respeto.
Tienes que sudar sangre por esta camiseta.
Terminé de hacerle el doble nudo a mi botín izquierdo, me puse de pie y lo miré fijamente, con la misma expresión plana que usaría al ver un atasco en la fotocopiadora.
—El respeto no paga mis facturas —le respondí, ajustando el cuello de mi camiseta—.
Yo vengo a cumplir mi horario y a generar números.
Si quieres sudar sangre, te recomiendo ir a un médico.
Ahora, si me disculpas, voy a checar mi entrada.
Dejé al chico con la palabra en la boca y salí al campo de entrenamiento.
El pasto estaba húmedo por el rocío de la mañana.
El entrenador de la Sub-17, el “Profe” Macías, era un tipo duro, de la vieja escuela.
Con un silbato colgado del cuello y una gorra calada hasta los ojos, nos mandó a formar en dos líneas rectas.
—¡Muy bien, señoritas!
—gritó, paseándose frente a nosotros—.
Empezamos la pretemporada.
Quiero intensidad, quiero garra, quiero que dejen la vida en cada jugada.
¡Aquí no hay estrellitas, aquí hay obreros del fútbol!
Obreros.
Esa palabra sí me gusta, pensé, asintiendo levemente en aprobación.
Empezamos con el calentamiento físico y luego pasamos a los ejercicios técnicos: pases a un toque en espacios reducidos, el famoso “torito”.
Muchos de los chicos intentaban lucirse frente al Profe Macías.
Hacían pases de “taquito”, miraban hacia otro lado al tocar el balón o intentaban túneles innecesarios que terminaban en pérdidas de balón y gritos del entrenador.
Cuando me tocó a mí, apliqué mi regla de oro: cero adornos.
El balón venía hacia mí, yo lo amortiguaba perfectamente con el interior del pie y lo tocaba de inmediato al compañero mejor posicionado.
Tic, tac.
Recepción y pase.
Era como una máquina clasificadora de correos.
Aburrido a la vista, pero matemáticamente perfecto.
No perdí un solo balón en cuarenta minutos.
El Profe Macías me observaba desde la banda, anotando algo en su tablilla.
—¡Suficiente!
—pitó el entrenador—.
Vamos a hacer interescuadras en media cancha.
Quiero ver transiciones rápidas de defensa a ataque.
Nos dividieron en dos equipos.
Me pusieron de volante ofensivo, con instrucciones claras de repartir juego y llegar al área.
En cuanto rodó el balón, el ritmo se volvió frenético.
Los chicos corrían como pollos sin cabeza, presionando cada salida, chocando entre ellos, intentando demostrar “garra”.
Yo, fiel a mi plan de ahorro de energía, me posicioné inteligentemente entre las líneas de los mediocampistas y los defensas rivales.
Caminaba despacio, calculando las trayectorias de los jugadores.
—¡Vela, muévete, pide la pelota!
—me gritó el Profe Macías.
Ignoré el grito.
Sabía lo que hacía.
Quince segundos después, el lateral de mi equipo recuperó el balón.
Levantó la vista, desesperado.
Yo estaba exactamente en el único punto ciego de la defensa donde nadie me cubría.
Levanté la mano.
El pase me llegó perfecto.
Apenas la pelota tocó mi zurda, el oficinista calculador le dio paso al “Algoritmo Kaká”.
Aceleré de cero a cien en un par de segundos.
El contención musculoso, el que me había encarado en el vestidor, salió a mi paso intentando hacerme una barrida agresiva.
Sin perder una fracción de velocidad, di un toque sutil con la punta de la bota para adelantar el balón medio metro y salté por encima de sus piernas extendidas.
Aterricé en carrera, dejando al chico tirado en el pasto.
Solo quedaban los dos centrales.
Me cerraron el paso formando una pared.
En lugar de intentar burlarlos a ambos, vi por el rabillo del ojo a nuestro delantero centro, que corría desmarcado por la izquierda.
Di un pase filtrado a tres dedos con el exterior de la bota.
El balón trazó una curva bellísima que dejó a los centrales totalmente inutilizados y le cayó directo al delantero, que solo tuvo que empujarla ante el portero.
Regresé trotando al centro del campo, respirando a un ritmo controlado.
—Una asistencia —murmuré para mí—.
Un 10% del bono de productividad del mes asegurado.
El entrenamiento duró dos horas más.
Terminé el interescuadras con dos asistencias y un gol de fuera del área.
Había corrido exactamente la mitad que el resto de mis compañeros, pero mis números triplicaban los del jugador más cercano.
Al terminar, mientras todos se tiraban al césped ahogados por el cansancio, yo me dirigí a la zona de hidratación, tomé mi botella de agua y la bebí con calma.
El Profe Macías se me acercó, golpeándose la pierna con su tablilla de apuntes.
Me miró con una mezcla de respeto y desconcierto.
—Me dijeron que eras diferente, muchacho —dijo el entrenador, ajustándose la gorra—.
Tienes una lectura de juego que asusta.
Pero te falta sangre.
Pareces un robot allá adentro.
No sonríes, no te enojas, no celebras.
Lo miré directo a los ojos, cerrando mi botella de agua.
—Profe, con todo respeto, usted me pidió que fuera un obrero —respondí, con el tono neutro de un ejecutivo rindiendo cuentas—.
Yo soy el empleado que llega, hace sus tareas con un 100% de eficiencia, cumple sus métricas y no causa problemas en el área de trabajo.
Si quiere que alguien le sonría, contrate a un payaso.
Si quiere goles y asistencias, me tiene a mí.
El Profe Macías abrió la boca para regañarme por mi insolencia, pero luego la volvió a cerrar.
Miró la tablilla en sus manos, luego al resto de los chicos que apenas podían respirar tirados en el pasto, y finalmente a mí, que ni siquiera estaba sudando copiosamente.
Soltó un bufido que pareció una risa ahogada.
—A las duchas, Vela.
Nos vemos mañana a la misma hora.
No llegues tarde.
—Nunca lo hago, señor —asentí.
Tomé mi mochila y me dirigí a los vestidores.
El primer día había sido un éxito rotundo.
Las métricas estaban a mi favor, la gerencia estaba satisfecha y, si me apuraba a salir de las instalaciones, llegaría a casa justo a tiempo para los programas de debate deportivo en la televisión.
Ser futbolista profesional no era tan malo después de todo.
Solo tenías que tratar el campo como una oficina y el balón como un reporte de gastos.
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