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[Fútbol] Me retirare a los 21 - Capítulo 6

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6: Capítulo 6 6: Capítulo 6 El martes por la mañana, el sol apenas comenzaba a calentar las impecables canchas de césped natural de Verde Valle, el complejo de entrenamiento del Club Deportivo Guadalajara.

Mientras decenas de adolescentes de mi edad bajaban de los autobuses con los nervios a flor de piel, persignándose o besando medallas religiosas, yo caminaba con la tranquilidad de quien va a renovar su licencia de conducir.

Llevaba mis pantalones cortos negros, una camiseta blanca sin logotipos y un termo con café oscuro.

Nada de audífonos caros ni ropa de marca.

Venía a una entrevista de trabajo, y en mi manual, la puntualidad y la eficiencia eran la mejor carta de presentación.

Me acerqué a la mesa de registro donde un asistente con una tabla de apuntes verificaba los nombres.

—Carlos Vela —dije, dándole un sorbo a mi café—.

Fui citado a las ocho en punto por el departamento de visorías.

El asistente me miró de reojo, sorprendido por mi vocabulario, revisó su lista y asintió.

Me entregó un peto de entrenamiento color naranja neón con el número 42 en la espalda.

Caminé hacia la cancha principal de pruebas.

Había unos cuarenta chicos calentando.

Todos intentaban llamar la atención desde antes de que empezara el partido: hacían dominadas de lujo, tiros potentes al travesaño o regates innecesarios al aire.

Parecían un montón de becarios desesperados por impresionar al gerente regional.

Yo me fui a una esquina, me senté en el pasto y comencé a estirar las piernas en silencio.

Mi mente estaba repasando las estadísticas del último partido de las Finales de la NBA.

Los Warriors habían tomado la ventaja.

Si conseguía este empleo hoy, lo primero que haría con mi sueldo sería comprar una pantalla plana decente para mi habitación.

A las ocho y cuarto, el sonido de un silbato agudo cortó el murmullo.

Varios entrenadores con el escudo de Chivas en el pecho se reunieron en el centro del campo.

Entre ellos estaba el visor del domingo pasado, quien me reconoció a lo lejos y asintió levemente.

Al frente del grupo estaba el director de fuerzas básicas, un hombre mayor de rostro severo y piel curtida por el sol.

—¡Escuchen bien, muchachos!

—gritó el director, con voz de sargento—.

Hoy no venimos a ver quién hace la finta más bonita.

Venimos a ver quién tiene la inteligencia, el coraje y la técnica para vestir la camiseta del equipo más grande de México.

Vamos a hacer partidos de treinta minutos.

Once contra once.

Quiero ver fútbol vertical.

¡A la cancha!

Formaron los equipos.

A mí me tocó de mediocampista ofensivo en el Equipo B.

El Equipo A estaba conformado por chicos que ya pertenecían a la categoría Sub-17 del club; nosotros, los aspirantes, teníamos la imposible tarea de jugar contra los que ya estaban en la nómina.

Era una trampa clásica de Recursos Humanos: probar al novato contra los empleados de planta.

El árbitro hizo sonar su silbato.

La “entrevista de trabajo” había comenzado.

Durante los primeros cinco minutos, el Equipo A nos pasó por encima.

Mis compañeros de peto naranja estaban tan nerviosos que no podían dar dos pases seguidos.

Yo me mantuve trotando en el centro del campo, analizando el posicionamiento de los defensas rivales.

Eran rápidos, fuertes y estaban bien organizados.

Superarlos requería subir la intensidad de mi algoritmo.

En el minuto siete, un rebote me cayó en los pies cerca del medio campo.

El contención del Equipo A, un chico alto y musculoso, se lanzó hacia mí para robarme el balón y demostrar su jerarquía.

Yo no me puse nervioso.

Activé el “Modo Kaká”.

Con un solo toque rápido de zurda, toqué el balón hacia su punto ciego y arranqué.

El cambio de ritmo fue tan violento que el contención se quedó abrazando el aire.

Sentí el césped perfecto bajo mis botines; era mil veces mejor que la tierra de mi barrio, lo que me permitía calcular mis zancadas con precisión matemática.

Me perfilé hacia la portería rival.

Los dos defensas centrales, al verme venir como un misil, cometieron el error de retroceder juntos en lugar de salir a achicarme.

Conducía el balón pegado al pie izquierdo.

Cuando estuve a un par de metros del borde del área, vi que el portero había dado un paso hacia adelante.

No necesité más.

Sin frenar mi carrera, impacté la pelota con el empeine.

Fue un disparo seco, sin efecto, que salió como un rayo raso pegado al poste derecho.

El portero se estiró, pero fue inútil.

El sonido del balón golpeando la red trasera provocó un silencio sepulcral en la cancha.

Yo no me detuve.

Me di media vuelta, me acomodé el peto naranja y troté de regreso al centro del campo con la misma expresión que tendría un contador después de cuadrar una hoja de Excel.

Miré de reojo hacia la banda.

El director de fuerzas básicas tenía la boca ligeramente abierta, y el ojeador que me había invitado estaba sonriendo con suficiencia.

El partido se reanudó.

Si los chicos del Equipo A estaban molestos antes, ahora estaban furiosos.

Empezaron a buscarme.

Querían hacerme sentir el rigor físico de estar en un club profesional.

Pero la eficiencia no entiende de orgullo herido.

En el minuto quince, recibí un pase comprometido de espaldas a la portería.

Un defensa me empujó por la espalda antes de que yo tocara el balón, intentando desequilibrarme.

Usé su propia fuerza a mi favor.

Dejé que el balón pasara por debajo de mis piernas, giré sobre mi propio eje apoyándome en el jugador que me empujaba, y salí disparado hacia adelante, dejándolo atrás.

Aceleré por el carril central.

El lateral derecho cerró su posición para intentar detenerme.

Hice un amague milimétrico con el hombro, sugiriendo que iría hacia afuera, y cuando el lateral cambió su peso, metí el balón hacia adentro y lo dejé clavado en el pasto.

Entré al área chica.

Un compañero con peto naranja venía corriendo completamente solo por la izquierda.

En lugar de ser egoísta y buscar mi segundo gol, la lógica corporativa me indicó que el pase garantizaba un 100% de éxito.

Toqué el balón suavemente a un lado y mi compañero solo tuvo que empujarlo a la red.

2-0.

A lo largo de los siguientes quince minutos, destrocé la defensa de la Sub-17.

Anoté un gol más y di dos asistencias.

Todo sin celebrar, sin hacer una sola bicicleta, sin desgastar energía en reclamarle al árbitro las patadas que me daban.

Entraba por su defensa como un cuchillo caliente atravesando mantequilla.

Cuando el árbitro pitó el final del encuentro, mis compañeros de prueba estaban eufóricos.

Habíamos vencido 4-0 a los de planta.

Caminé hacia mi mochila, saqué mi termo y me serví el resto del café.

Estaba recogiendo mis cosas para irme a casa cuando el visor se acercó corriendo.

—Vela.

No te cambies todavía.

El director deportivo y el gerente de la academia quieren hablar contigo en las oficinas.

Ahora mismo.

Asentí.

Era hora de negociar.

Seguí al visor a través de los pasillos climatizados del complejo, pasando por gimnasios de primer nivel y salas de fisioterapia.

Finalmente, llegamos a una oficina amplia con ventanales que daban a las canchas.

Detrás de un escritorio de caoba estaban el director de fuerzas básicas y un hombre de traje que supuse era parte de la directiva.

—Toma asiento, Carlos —me indicó el hombre de traje, con una sonrisa profesional.

Me senté, manteniendo la postura recta.

—Carlos, voy a ir al grano —empezó el director de fuerzas básicas, apoyando los codos en el escritorio—.

He estado en este negocio treinta años.

He visto miles de jóvenes.

Pero lo que hiciste hoy…

esa lectura de juego, esa frialdad en la definición y esa velocidad de arranque, no son normales para un chico de quince años.

Tienes nivel de sobra para la Sub-17, e incluso podríamos probarte en la Sub-20 en unos meses.

—Se lo agradezco, señor.

Me esfuerzo en mantener mis métricas de rendimiento altas —respondí, con total serenidad.

Ambos hombres intercambiaron una mirada perpleja.

—El visor ya me había comentado sobre tu…

peculiar forma de expresarte —dijo el directivo, soltando una risita nerviosa—.

Pero no nos importa si hablas como un economista mientras sigas jugando así.

Carlos, el Club Guadalajara quiere que formes parte de nuestra institución de manera oficial.

El directivo sacó una carpeta de cuero y la abrió frente a mí.

Había un documento impreso lleno de cláusulas y números.

Mis ojos se iluminaron internamente.

Por fin, el contrato.

—Te ofrecemos un contrato de formación por tres años —explicó el directivo, señalando las páginas—.

Esto incluye vivienda en nuestra casa club, alimentación, seguro médico completo, educación escolar, viáticos para traslados y, por supuesto, un estipendio económico mensual progresivo.

El primer año será un salario base de prospecto élite, y aumentará considerablemente en el segundo y tercer año dependiendo de tu ascenso a categorías superiores.

Leí rápidamente la cifra del “estipendio mensual” del primer año.

Mi corazón de aficionado al básquetbol dio un salto de alegría.

Era más dinero del que ganaba mi padre en un mes.

Con esto, no solo pagaba mis canales de deportes; podía ahorrar para ir a Los Ángeles a ver a los Lakers en menos de un año.

—Me parece una oferta base aceptable —dije, deslizando el contrato de vuelta hacia él—.

Sin embargo, necesito añadir un par de cláusulas a mi consideración antes de que mis padres vengan a firmar esto.

El directivo levantó una ceja, incrédulo de que un adolescente estuviera intentando renegociar un contrato que otros chicos firmarían con los ojos cerrados.

—¿Qué tipo de cláusulas, Carlos?

—Primera: mi horario es sagrado.

Cumpliré con el cien por ciento de las horas de entrenamiento, gimnasio y partidos.

Pero mi tiempo libre después de las seis de la tarde no es negociable.

No asistiré a convivencias del club, eventos de relaciones públicas de juveniles ni nada que no esté estrictamente relacionado con jugar al fútbol y ganar los partidos.

El director de fuerzas básicas frunció el ceño, a punto de replicar que el fútbol era “compañerismo”, pero el directivo de traje levantó la mano para calmarlo.

—¿Y la segunda?

—preguntó el directivo, fascinado.

—Bonos de productividad —dije, mirándolos fijamente—.

Quiero que se estipule un bono económico extra por cada diez goles o asistencias que genere en partidos oficiales de mi categoría.

Ustedes me exigen resultados, yo les exijo que el buen rendimiento sea recompensado financieramente.

La oficina quedó en silencio absoluto.

El visor, que estaba de pie cerca de la puerta, tuvo que taparse la boca para no reírse a carcajadas.

El hombre de traje me miró durante unos largos segundos.

Luego, cerró la carpeta de golpe y soltó una carcajada limpia y sonora.

—Carlos Vela, eres un maldito mercenario de quince años —dijo, negando con la cabeza, aunque su sonrisa demostraba que estaba impresionado—.

Me gusta.

Me gusta la gente que sabe lo que vale.

Hablaré con el departamento legal.

Agregaremos el esquema de bonos de productividad.

Trae a tus padres mañana a las diez de la mañana para firmar tu contrato a tres años.

Bienvenido a Chivas.

Me puse de pie y extendí la mano.

El directivo la estrechó con firmeza.

—Un placer hacer negocios con ustedes —respondí.

Salí de la oficina sintiéndome como el hombre más feliz de Guadalajara.

No por haber entrado a uno de los mejores equipos del continente, ni por el prestigio de la camiseta.

Estaba feliz porque finalmente tenía mi primer salario corporativo, y esta noche, pediría una pizza extra grande para celebrar mientras veía las Finales de la NBA.

Mi plan de jubilación a los 21 años acababa de dar su primer gran paso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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