[Fútbol] Me retirare a los 21 - Capítulo 9
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9: Capítulo 9 9: Capítulo 9 La oscuridad de mi habitación era total, a excepción del resplandor vibrante y casi hipnótico de mi nueva pantalla de 50 pulgadas.
Me quedé unos segundos simplemente admirando la resolución 4K.
Podía ver cada gota de sudor en el rostro de LeBron James y distinguir las fibras del parqué del Quicken Loans Arena.
—Esto…
esto es lo que se siente el éxito corporativo —susurré, recostado en mi silla ergonómica con una bolsa de palomitas de maíz—.
Vale cada maldita patada que me dieron en Verde Valle.
Estaba viendo la repetición del Juego 6.
Los Warriors estaban a punto de coronarse campeones.
Para cualquier otro chico de mi edad, la noche previa a su primer Clásico Tapatío contra el Atlas sería una pesadilla de nervios y ansiedad.
Yo, en cambio, estaba analizando si el sistema de “Small Ball” de Steve Kerr podría aplicarse de alguna manera en el fútbol para correr menos y cansar más al rival.
Apagué la televisión a las once en punto.
Tenía que cuidar el hardware.
Un empleado cansado es un empleado ineficiente, y mañana los “bonos de productividad” por ganar un Clásico eran el doble de lo normal.
El sábado por la mañana, las instalaciones de Atlas en CECAF estaban a reventar.
El aire se sentía espeso, cargado de esa hostilidad eléctrica que solo un Chivas contra Atlas puede generar, incluso en fuerzas básicas.
Las gradas estaban llenas de visores, familiares y ultras que gritaban insultos desde antes del calentamiento.
—¡Vela!
¡Escúchame bien!
—el Profe Macías me tomó de la camiseta en el vestidor, sus ojos inyectados en sangre—.
Hoy no quiero al contador.
Hoy quiero al asesino.
Los de la Academia vienen a rompernos las piernas.
Si te veo caminando, te saco al minuto cinco.
¿Entendido?
—Profe, no se altere.
Los objetivos trimestrales se van a cumplir —respondí, poniéndome la cinta de capitán (que me habían dado por ser el mejor jugador, no por liderazgo).
Salimos al campo.
El césped estaba corto y rápido, justo como me gustaba para mi estilo.
El árbitro pitó el inicio y el Atlas salió como una jauría de lobos hambrientos.
Su presión era asfixiante, un “Full Court Press” en toda regla.
En los primeros cinco minutos, mis compañeros no podían cruzar el medio campo.
El Atlas nos tenía encerrados.
Me llegó un balón dividido; antes de que pudiera controlarlo, el contención rival me embistió por la espalda.
Caí al suelo, sintiendo el golpe seco en mis costillas.
Me levanté despacio, sacudiéndome el pasto.
No sentí rabia.
Sentí fastidio.
—Oye, número 6 —le dije al contención rival mientras me acomodaba las espinilleras—.
Ese contacto fue innecesario y poco profesional.
Si quieres jugar así, prepárate para que te descuente de tu nómina.
El chico me escupió cerca de los pies y se rió.
Al minuto diez, recuperamos el balón tras un error en su salida.
El balón le quedó a nuestro lateral derecho, que me buscó de inmediato con un pase largo.
Lo recibí de espaldas, a unos cuarenta metros de la portería rival.
El número 6 volvió a encimarse, golpeándome los talones.
Fue entonces cuando decidí que era hora de empezar a trabajar en serio.
Hice un amago de pase hacia atrás, engañando al defensa, y en un movimiento fluido de cadera, giré 180 grados usando su propio impulso para dejarlo sembrado.
Activé el Modo Kaká.
Di el primer toque largo.
El terreno de juego se convirtió en una pista de atletismo.
Con tres zancadas potentes, superé la línea de mediocampistas.
El central derecho del Atlas salió al cruce, intentando cerrarme el ángulo.
Yo no frené.
En mi mente, esto era un contraataque de 3 contra 1 en la NBA.
Visualicé el “espaciamiento”.
Vi a nuestro delantero jalando la marca hacia la izquierda.
Eso dejó un pasillo central abierto, una línea recta hacia el aro…
digo, hacia la red.
Aumenté la velocidad.
El balón parecía una extensión de mi bota izquierda, moviéndose a la misma frecuencia que mis piernas.
El central intentó una barrida desesperada; con un toque sutil de tres dedos, moví la pelota lo justo para que pasara por debajo de su pierna extendida mientras yo saltaba sobre él sin perder el ritmo.
Quedé solo frente al último defensa y el portero.
El defensa dudó: ¿salir a cortarme o cubrir el pase?
Ese segundo de duda fue su liquidación.
Lancé un cambio de ritmo brutal, de esos que Kaká hacía parecer fáciles pero que destrozaban rodillas ajenas.
Me perfilé hacia afuera y, cuando el portero dio el paso para cubrir el primer poste, solté un disparo cruzado con el empeine interno.
El balón viajó con una rosca perfecta, alejándose de las manos del guardameta y anidándose en el ángulo superior izquierdo.
0-1.
Caminé hacia el banderín de córner, no para celebrar, sino para tomar un poco de aire.
Mis compañeros llegaron como una avalancha, gritando y saltando sobre mí.
—¡Eres un genio, Carlos!
¡Los destrozaste solo!
—gritaba Gudiel, que jugaba de extremo hoy.
—Regresen a sus puestos —dije, apartándolos con calma—.
Aún faltan 35 minutos para el descanso.
No hemos asegurado el bono de victoria todavía.
El Atlas, herido en su orgullo, subió el nivel de violencia.
El partido se volvió una carnicería táctica.
Cada vez que yo tocaba el balón, tres jugadores me rodeaban.
Era un “Double Team” constante.
En el minuto 25, me encontraba atrapado cerca de la línea de banda, rodeado por el lateral y dos mediocampistas del Atlas.
No tenía espacio para correr.
Mi mente oficinista analizó la situación: Riesgo de pérdida de balón: 80%.
Opción de seguridad: Pase atrás.
Pero entonces vi a Gudiel picando al espacio por el lado débil, totalmente solo.
Era una jugada de “Backdoor” clásica.
En lugar de pasar hacia atrás, pisé la pelota, hice un giro de 360 grados sobre el balón (la ruleta) para ganar medio metro de espacio, y antes de que me pudieran derribar, saqué un pase bombeado de cuarenta metros que cruzó todo el campo.
Fue un pase de “Quarterback” de la NFL o de base armador de la NBA.
El balón aterrizó suavemente en el pecho de Gudiel, quien entró al área y definió con potencia.
0-2.
Me quedé en el centro del campo, cruzado de brazos, viendo cómo mi asistencia se registraba en mi contabilidad mental.
Dos goles generados en menos de media hora.
Mi valor de mercado en este momento estaba subiendo como las acciones de Apple en los 2000.
El resto del primer tiempo fue una exhibición de control total.
Cada vez que el Atlas intentaba reaccionar, yo bajaba el ritmo del partido.
Pisaba la pelota, daba pases laterales, frustraba su presión.
Estaba “congelando el juego”, gestionando los minutos finales del turno matutino.
El árbitro miró su reloj.
El número 6 del Atlas, frustrado por no haberme tocado en todo el partido, me buscó una última vez.
En una disputa de balón aéreo, me soltó un codazo que me rozó la ceja.
Aterricé en el suelo, sintiendo el calor de la sangre empezando a brotar.
El árbitro pitó el final del primer tiempo justo en ese momento.
Me puse de pie, limpiándome la ceja con el dorso de la mano.
Miré la sangre roja en mi piel y luego miré al jugador del Atlas, que me sonreía con malicia.
—Eso te va a salir caro, muchacho —le dije en voz baja, sin rastro de enojo, solo con una frialdad profesional que lo hizo borrar la sonrisa—.
En el segundo tiempo, voy a hacer que tu entrenador te pida la renuncia.
Caminé hacia el túnel de vestidores bajo una lluvia de insultos de la afición del Atlas.
Mi ceja dolía, pero el marcador decía 0-2 y mis estadísticas estaban por las nubes.
La primera mitad del trabajo estaba hecha.
Ahora, solo faltaba el cierre de ventas.
Marcador al Medio Tiempo: Atlas 0 – 2 Chivas (1 Gol de Vela, 1 Asistencia de Vela).
Estado del Protagonista: Ceja abierta, mente fría, listo para el segundo tiempo.
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