[Fútbol] Me retirare a los 21 - Capítulo 10
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10: Capítulo 10 10: Capítulo 10 El olor a Reflex, sudor rancio y césped húmedo inundaba el pequeño vestidor visitante en las instalaciones del Atlas.
Mientras mis compañeros de la Sub-17 bebían agua a grandes tragos y se echaban aire con las camisetas, yo estaba sentado en la esquina más alejada, con los ojos cerrados y la respiración perfectamente controlada.
Un médico del club estaba de pie frente a mí, limpiando la herida de mi ceja izquierda con una gasa empapada en antiséptico.
El ardor fue agudo, pero ni siquiera parpadeé.
—No es muy profundo, Vela, pero va a sangrar si cabeceas —dijo el médico, sacando un pequeño tubo de pegamento dérmico—.
Te voy a poner esto para cerrarla rápido.
Trata de no meterte en choques aéreos.
—No se preocupe, doctor.
Los cabezazos son ineficientes y arruinan la postura.
El balón siempre debe ir a ras de pasto —respondí, abriendo los ojos justo cuando el pegamento frío sellaba mi piel.
En el centro del vestidor, el Profe Macías paseaba de un lado a otro como un tigre enjaulado.
Íbamos ganando 2-0, pero para él, un Clásico nunca estaba resuelto.
—¡Excelente primer tiempo, cabrones, pero no quiero confianzas!
—rugía el entrenador, golpeando la pizarra táctica con los nudillos—.
¡Los de la Academia van a salir a matar!
¡Están heridos en su casa!
¡Si tienen que barrerse con la cabeza, lo hacen!
¡Aquí se defiende a muerte!
Mientras el Profe Macías daba su discurso sobre el honor y la pasión rojiblanca, mi mente estaba realizando una auditoría del partido.
Había analizado los patrones de movimiento del Atlas.
Su mediocampista de contención, el número 6 que me había dado el codazo, era su eje defensivo, pero tenía un defecto fatal: era demasiado impulsivo.
Saltaba a la marca antes de tiempo.
En el baloncesto, a eso se le llama “morder la finta”.
Era un error de novato que, en la NBA, te costaría un pase de Alley-Oop en tu contra.
El árbitro dio el aviso.
Era hora del segundo tiempo.
Me levanté, ajusté el gafete de capitán en mi brazo izquierdo (una formalidad irrelevante para mí) y caminé hacia el túnel.
Al salir de nuevo al sol de la tarde, el rugido hostil de la afición atlista me recibió de golpe.
Gritos, insultos, silbidos.
Era ruido blanco.
Yo solo escuchaba el sonido de la caja registradora de mi mente.
El silbatazo reanudó el encuentro.
Tal como había previsto, el entrenador del Atlas había hecho ajustes.
Pasaron de un esquema 4-4-2 a un 4-2-3-1 muy agresivo, colocando a dos perros de presa en el medio campo con una sola instrucción: no dejarme respirar.
Apenas el balón rodó hacia mí en el primer minuto, tuve a dos jugadores soplándome en la nuca.
El número 6 me dio un empellón por la espalda, intentando intimidarme de nuevo.
Opción A: Encarar a ambos y gastar energía.
Opción B: Utilizar la gravedad.
En el baloncesto, súper estrellas como Stephen Curry no necesitan tener el balón en las manos para destruir una defensa.
Su simple presencia genera “gravedad”; atraen defensores y liberan espacios para los demás.
Decidí aplicar la Opción B.
Durante los siguientes quince minutos, me convertí en un fantasma.
En lugar de pedir el balón al pie, empecé a correr en diagonales absurdas hacia las esquinas del campo.
El número 6 y su compañero, obsesionados con su marcaje personal, me siguieron como sabuesos.
Al llevarme a dos defensores hacia la banda, dejé un cráter del tamaño de la luna en el centro del campo del Atlas.
—¡Por el centro!
¡Aprovechen el espacio!
—grité a mis mediocampistas, señalando el hueco que había creado.
Mis compañeros no eran tontos.
Aprovecharon la autopista que les dejé.
Empezamos a dominar la posesión de forma abrumadora.
El Atlas corría detrás de la pelota, agotándose bajo el sol, mientras yo simplemente trotaba por la periferia, llevándome a sus dos mejores marcadores a dar un paseo turístico por las líneas de banda.
El número 6 empezó a desesperarse.
Estaba gastando toda su energía persiguiéndome sin siquiera tocar el balón.
Al minuto 65, el marcador seguía 0-2, pero el Atlas ya estaba con la lengua de fuera.
Era el momento.
La fase de desgaste había terminado.
Era hora de ejecutar la sanción disciplinaria.
Levanté la mano derecha y cerré el puño.
Era una señal no escrita que había practicado con mi lateral izquierdo.
Significaba: “Aislamiento”.
El lateral entendió, retuvo el balón y esperó.
Yo me frené en seco cerca del círculo central.
Los dos marcadores del Atlas se detuvieron conmigo, jadeando.
Miré de reojo la distribución del campo.
Estábamos en un uno contra uno virtual, o más bien, un uno contra dos.
Arranqué a toda velocidad hacia el centro para recibir el pase.
El balón me llegó raso y fuerte.
El número 6, viendo su oportunidad para “vengarse”, se lanzó hacia mí con una barrida asesina, con los tacos por delante, directo a mi tobillo derecho.
Mi mente oficinista no vio a un rival; vio una variable predecible.
Un milisegundo antes de que sus botines hicieran contacto, pisé la pelota con la suela de mi bota izquierda y la arrastré hacia atrás unos diez centímetros, haciendo un movimiento de torero.
El número 6 pasó de largo, barriendo el aire y raspándose el muslo contra el pasto seco.
Pero no había terminado con él.
Eso era solo una advertencia, faltaba el despido injustificado.
En lugar de avanzar, me detuve.
Puse el pie sobre el balón y lo esperé.
La afición del Atlas se quedó en silencio ante la provocación.
El Profe Macías gritaba desde la banda que soltara el pase, pero yo ignoré la orden.
El número 6 se levantó, rojo de furia y humillación.
Se abalanzó sobre mí con todo el peso de su cuerpo, intentando derribarme con el hombro.
Activé el “Modo Kaká” al máximo de su capacidad.
En un espacio de un metro cuadrado, dejé caer mi hombro derecho amagando ir por ese lado.
El cuerpo del rival mordió el cebo de manera tan brutal que todo su centro de gravedad se desplazó hacia allí.
En el instante exacto en que él plantó su pie, usé la parte interna de mi zurda para dar un toque seco y violento hacia la izquierda.
El famoso “rompetobillos” (Crossover) de la NBA, traducido a la perfección al césped.
El cambio de dirección fue tan súbito y letal que los pies del número 6 se enredaron.
El pobre chico perdió el equilibrio y cayó de sentón contra el pasto, mirando hacia la dirección contraria.
Había destrozado su dignidad profesional.
Con el camino despejado, aceleré.
Mi zancada era larga y económica.
Dos defensas centrales salieron a mi paso, aterrados.
No iba a darles la oportunidad de pensar.
A treinta metros de la portería, sin siquiera entrar al área, vi que el portero estaba ligeramente adelantado.
En lugar del disparo colocado, decidí usar la fuerza bruta.
Empalmé la pelota de lleno con el empeine.
El impacto sonó como un latigazo.
El balón no hizo ninguna curva, fue un misil balístico que viajó en línea recta, rasurando el pasto, y se coló pegado a la base del poste derecho.
El portero ni siquiera se lanzó; solo giró la cabeza para ver cómo la red se inflaba.
0-3.
El estadio quedó mudo, a excepción de los gritos de mis compañeros que venían corriendo a abrazarme.
Esta vez no intenté quitármelos de encima de inmediato.
Me quedé parado en el mismo lugar desde donde había disparado, respirando con calma, mientras Gudiel me sacudía por los hombros.
Miré de reojo hacia el medio campo.
El número 6 seguía sentado en el pasto, con la cabeza gacha, totalmente liquidado mental y físicamente.
La sanción había sido aplicada.
—Bien hecho, equipo.
Pero todavía queda tiempo en el reloj de juego —dije, ajustándome la camiseta y caminando de regreso a mi campo.
Los últimos quince minutos fueron de “Stat Padding” puro y duro (inflar las estadísticas cuando el partido ya está ganado, una práctica muy criticada en la NBA, pero sumamente rentable en mis hojas de cálculo).
El Atlas se desmoronó por completo.
Su defensa era un colador y su espíritu estaba roto.
Yo me coloqué en la posición de “Base Armador”.
Pedía todos los balones y organizaba la ofensiva.
Al minuto 82, robé un balón en nuestro propio campo.
Vi que nuestro delantero centro arrancaba desde la línea de medio campo.
Sin pensarlo, ejecuté un pase de tres dedos —el sello de la casa, aunque a mí me parecía una simple cuestión de física aplicada— que voló por encima de toda la defensa rival.
Fue un pase de cuarenta metros con una precisión tan milimétrica que el balón cayó exactamente en el pie dominante del delantero sin que este tuviera que frenar su carrera.
Definió cruzado.
0-4.
Mi segunda asistencia del partido.
Ya sentía el cansancio en las piernas.
El “Algoritmo Kaká” exigía mucho rendimiento del hardware, y la humedad de Guadalajara no ayudaba.
Pero el destino quería que cerrara mi jornada con números redondos.
Al minuto 89, Gudiel fue derribado al borde de la media luna del área del Atlas.
Tiro libre directo a favor nuestro.
El Profe Macías gritó desde la banda que cobrara nuestro especialista a balón parado, un chico llamado Torres.
Pero yo tomé el balón y me paré en el manchón de la falta.
—Vela, el Profe dijo que yo le pegue —me dijo Torres, acercándose con timidez.
—Torres, tienes un 15% de efectividad en tus últimos diez tiros de castigo.
Estadísticamente, dándome el balón a mí, maximizamos las probabilidades de retorno de inversión —le respondí, acomodando el esférico con cuidado para que la válvula de aire apuntara hacia mí, buscando el golpeo más puro posible.
Torres no entendió una sola palabra, pero la frialdad de mi mirada lo hizo retroceder sin rechistar.
Me alejé tres pasos exactos del balón.
Miré la barrera de cinco hombres del Atlas.
Miré al portero, que sudaba a mares, colocado hacia su poste izquierdo.
Esto era lo más parecido a un tiro libre en el baloncesto.
No había defensas en movimiento, no había barridas.
Solo yo, el balón, la distancia, la barrera y la red.
Física pura.
Ecuaciones simples.
Ángulo de elevación, fuerza del impacto, efecto Magnus para darle curvatura.
El árbitro pitó.
Di los tres pasos.
Mantuve el tronco recto.
Mi pie de apoyo se clavó firme en el pasto y mi bota izquierda golpeó el balón con el interior del empeine, acariciándolo más que golpeándolo.
El balón se elevó superando la barrera por apenas diez centímetros, lo suficiente para que los jugadores del Atlas no pudieran rozarlo ni saltando.
En el punto más alto de su trayectoria, el efecto Magnus hizo su trabajo y el balón cayó drásticamente, como si tuviera un peso de plomo atado.
Se coló exactamente en la escuadra derecha, limpiando las telarañas del ángulo.
0-5.
Hat-trick y dos asistencias.
Ni siquiera esperé a ver el festejo completo.
Me di la vuelta y miré al árbitro principal de forma expectante.
El juez central, viendo la masacre y la desesperación en los rostros de los jugadores locales, se llevó el silbato a la boca y pitó tres veces.
El partido había terminado sin siquiera agregar tiempo de compensación.
La auditoría estaba cerrada.
El balance era perfecto.
Mis compañeros estallaron en gritos de júbilo, abrazándose y corriendo hacia nuestra pequeña porra en las gradas.
El Profe Macías saltaba de alegría en la banda, abrazando a sus auxiliares.
Ganarle al Atlas 5-0 de visitante en la Sub-17 era un evento que quedaría registrado en las actas del club.
Yo me acerqué al centro del campo con paso tranquilo.
Algunos jugadores del Atlas estaban tirados en el suelo, llorando de frustración.
El número 6 estaba de pie, con la mirada perdida.
Fiel a las reglas de etiqueta corporativa, me acerqué a él y le extendí la mano derecha.
El chico me miró con una mezcla de odio, miedo y respeto absoluto.
Dudó un segundo, pero finalmente me dio la mano con un agarre débil.
—Buen partido —le dije, con un tono neutro, carente de burla o empatía—.
Mejor suerte en el próximo trimestre.
Lo solté y comencé a caminar hacia el túnel de vestuarios.
Mi ceja latía levemente, el sudor me empapaba la camiseta y mis músculos exigían descanso, pero mi mente estaba en paz.
Mientras caminaba, comencé a calcular.
Tres goles eran el equivalente a un bono completo.
Dos asistencias sumaban otro tanto.
La prima por ganar un Clásico multiplicaba eso por 1.5.
Una pequeña y rara sonrisa se dibujó en mi rostro antes de entrar a la sombra del túnel.
Con el cheque de este mes, no solo iba a pagar la suscripción de la NBA.
Podría comprar una consola de videojuegos de última generación y, tal vez, contratar finalmente a un representante que empezara a mover mis videos de “highlights” en el mercado europeo.
El plan de retiro temprano avanzaba viento en popa.
Y solo tenía quince años.
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