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Gate: "El Tercer Reich Luchó Allí" - Capítulo 41

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Capítulo 41: capitulo 41: Desayunos y Confesiones Matutinas

El amanecer en Nueva Berlín era un espectáculo de luz dorada. Los dos soles se elevaban lentamente en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos cálidos que se reflejaban en las murallas de acero y las ventanas de los edificios. Dentro de la suite asignada a Piña y sus Caballeras Rosa, el aroma de un desayuno abundante llenaba el aire.

Sobre la gran mesa del comedor privado había platos de todo tipo: pan recién horneado, huevos revueltos con tocino crujiente, salchichas bratwurst, quesos suaves, mermeladas de frutas, pasteles de manzana y chocolate, y jarras de café caliente y jugo fresco.

Piña, todavía en camisón, se sentó a la cabecera de la mesa con una sonrisa somnolienta. Sus Caballeras ya estaban devorando el desayuno con entusiasmo.

Bozes pinchó una salchicha con el tenedor y suspiró de placer.

—Alteza… si seguimos aquí dos semanas más, voy a tener que pedir armadura nueva. Mirad esto —dijo, señalando su cintura—. Creo que he subido por lo menos dos kilos solo con estos pasteles.

Panache, que estaba untando mermelada en una rebanada de pan, soltó una risa ahogada.

—Solo dos kilos? Yo ya voy por cuatro. Ayer me probé el uniforme y casi no cerraba. Estos alemanes y sus delicias… es una conspiración.

Lene, con la boca llena de pastel de chocolate, añadió con dramatismo:

—Estoy de acuerdo. Primero el chocolate caliente, luego los helados, ahora estos pasteles que se derriten en la boca. Si esto sigue así, cuando volvamos a Sadera rodaremos por las escaleras del palacio.

Piña, que estaba mordiendo un trozo de tocino crujiente, no pudo evitar reírse.

—Sois imposibles. Todas decíais que ibais a mantener la disciplina de guerreras… y miradnos ahora. Parecemos un grupo de damas nobles que solo comen dulces.

Bozes señaló a Piña con el tenedor.

—Hablando de eso, Alteza… vos no os salváis. Ayer os vi comiendo dos trozos de pastel de chocolate seguidos. Y esa sonrisa de felicidad… parecíais una niña pequeña.

Piña se sonrojó ligeramente, pero no pudo negarlo.

—Estaba delicioso… No pude resistirme. Además, ¿cómo se supone que voy a rechazar algo que Hitler me ofrece con esa sonrisa?

Panache levantó una ceja con picardía.

—Ah, ya estamos en la fase de “Hitler me ofrece”. Ayer os vi tomándole la mano otra vez. ¿Ya sois oficialmente pareja o todavía estáis en la etapa de “solo paseamos”?

Todas las Caballeras rieron. Piña se tapó la cara con las manos, avergonzada pero riendo también.

—¡No es así! Solo… es agradable caminar con él. Me hace sentir… cómoda. Y sí, los pasteles están demasiado buenos. Pero no es solo eso. Es todo. La ciudad, la comida, cómo nos tratan…

Lene se inclinó hacia adelante con una sonrisa traviesa.

—Alteza, admitidlo. Os estáis engordando de amor. Y de chocolate. Principalmente de chocolate.

Piña les tiró una servilleta, riendo.

—Sois horribles. Todas vosotras. Si sigo subiendo de peso, será culpa vuestra por animarme a comer más.

Bozes levantó su taza de café en un brindis falso.

—Brindemos por la nueva figura de la princesa. Más curvas para conquistar al Führer.

Todas estallaron en carcajadas. Piña, todavía roja, no pudo evitar unirse a las risas.

—Está bien… admito que la comida es demasiado buena. Y que caminar con él es… agradable. Pero no digáis nada más. Me da vergüenza.

Panache sonrió con cariño.

—Alteza, nosotras solo queremos veros feliz. Aunque sea con el hombre más peligroso de dos mundos.

La mesa se llenó de risas y bromas durante todo el desayuno. Piña, a pesar de la vergüenza, se sentía ligera y feliz. Por primera vez en mucho tiempo, podía reír con sus amigas sin la presión constante del palacio o la guerra.

Fuera de la suite, Nueva Berlín despertaba con su habitual disciplina y energía.

Y dentro, una princesa y sus guardias compartían un momento de alegría simple, rodeadas de pasteles, risas y una amistad inquebrantable.

Después del desayuno, Hitler decidió mantener su rutina diaria. Aunque se encontraba en Nueva Berlín, no permitía que la comodidad lo ablandara. Bajó al gimnasio privado del palacio, un espacio amplio y funcional equipado con pesas, barras y máquinas de cardio traídas desde Alemania.

Se quitó la camisa y comenzó su entrenamiento con disciplina militar: primero pesas, levantando con precisión y fuerza controlada, luego una sesión intensa de cardio en la cinta. Su cuerpo, a pesar de sus casi cincuenta años, se mantenía en excelente condición física: hombros anchos, brazos definidos y abdomen marcado. El sudor corría por su espalda mientras completaba serie tras serie.

Una hora después, satisfecho, se dio un baño relajante en las aguas termales privadas. El agua caliente relajó sus músculos y aclaró su mente. Al salir, se vistió con su elegante uniforme oscuro: pantalones negros impecables, camisa blanca, corbata negra y la chaqueta larga con las insignias del Führer. Se miró brevemente en el espejo, ajustándose la gorra militar con precisión.

Decidió dar un paseo por las suites del palacio antes de continuar con sus obligaciones del día.

Al entrar en el salón contiguo a la habitación de Piña, se detuvo en la puerta con una sonrisa divertida.

Allí estaban Piña y sus Caballeras Rosa, sentadas alrededor de una mesa repleta de pasteles, tartas y dulces. Las chicas comían con entusiasmo, sin percatarse todavía de su presencia.

Bozes tenía la boca llena de pastel de chocolate y hablaba con dificultad:

—Alteza… este de chocolate con crema es… mmm… pecaminoso. Creo que voy a morir feliz.

Panache, con un trozo de tarta de fresa en la mano, suspiró dramáticamente:

—Si seguimos así, cuando volvamos a Sadera no entraremos en nuestras armaduras. Pero vale la pena. Mirad este hojaldre… ¡es una obra de arte!

Lene, con migas en la comisura de los labios, añadió:

—Alteza, ¿creéis que el Führer nos dejará llevarnos unas cajas de estos pasteles de regreso? Podríamos decir que es “diplomacia culinaria”.

Piña, que estaba mordiendo un éclair de chocolate, rio con la boca llena.

—Sois incorregibles. Ayer decíais que ibais a controlaros y miradnos ahora… Parecemos un grupo de glotonas.

Hitler se aclaró la garganta suavemente desde la puerta, con una sonrisa graciosa en los labios.

—Veo que están disfrutando de las delicias del Reich.

Todas las mujeres se congelaron al mismo tiempo. Piña casi se atragantó con el éclair. Bozes tenía crema en la nariz. Panache se quedó con el tenedor a medio camino de la boca.

Piña se puso roja hasta las orejas y se limpió rápidamente la boca.

— ¡Führer! —exclamó, poniéndose de pie de golpe—. No… no le escuchamos llegar. Esto es… um…

Hitler entró en la habitación con una risa baja y divertida.

—No os preocupéis. Me alegra ver que os gustan nuestros pasteles. Parece que están haciendo un buen trabajo conquistándoos.

Bozes, aún con crema en la nariz, intentó salvar la situación con una reverencia torpe.

—Son… irresistibles, Mein Führer. Especialmente el de chocolate. Creo que hemos declarado la guerra a nuestra cintura.

Panache le dio un codazo disimulado y susurró:

—Cállate, Bozes…

Hitler se acercó a la mesa, observando los platos casi vacíos con diversión.

—Veo que han atacado con valentía. ¿Cuál fue el más delicioso?

Lene, sin filtro, respondió:

—El de chocolate con relleno de avellana, sin duda. Es como una explosión de felicidad en la boca.

Piña, todavía sonrojada, intentó recuperar la compostura.

—Perdón por el desorden… No esperábamos que viniera tan temprano.

Hitler sonrió con calidez, mirándola directamente.

—No hay nada que perdonar. Me gusta veros disfrutar. La vida no solo es guerra y estrategia. También hay que saber apreciar los pequeños placeres.

Piña bajó la mirada, sonriendo tímidamente.

—Tenéis razón… Estos pasteles son peligrosos. Creo que voy a necesitar más ejercicio si sigo aquí.

Hitler rio suavemente.

—Entonces os invito a caminar conmigo después. Hay un parque hermoso cerca del palacio.

Las Caballeras se miraron entre sí con sonrisas cómplices. Bozes susurró lo suficientemente alto para que todos oyeran:

—Alteza, creo que el Führer quiere que queméis calorías… de otra forma.

Piña le lanzó una mirada asesina, pero no pudo evitar reírse también.

Hitler, divertido por la situación, solo sacudió la cabeza con una sonrisa.

—Veo que tenéis muy buen humor por las mañanas. Me gusta.

La escena terminó con risas contenidas y Piña aún sonrojada, pero claramente feliz.

La Ciudad de Hierro seguía su ritmo implacable, pero en esa suite, por un momento, solo había pasteles, risas y una princesa que cada día se sentía más cómoda en el mundo del Führer.

El parque central de Nueva Berlín era un oasis de belleza ordenada en medio de la Ciudad de Hierro. Árboles altos y perfectamente podados bordeaban los senderos de grava blanca, fuentes de mármol murmuraban suavemente y bancos de madera invitaban a descansar. El aire estaba fresco y perfumado con el aroma de flores cultivadas con precisión alemana.

Piña Co Lada caminaba junto a Hitler, cada vez más cómoda en su presencia. Sin pensarlo, su mano buscó la de él y la tomó con naturalidad. Hitler no se apartó; al contrario, entrelazó sus dedos con los suyos. Piña sintió un calor agradable subir por su brazo.

Un poco más atrás, las Caballeras Rosa observaban la escena con sonrisas pícaras y gestos discretos.

Bozes le dio un codazo a Panache y susurró:

—Mirad eso. Ya van de la mano. Nuestra princesa está perdida.

Panache sonrió con malicia.

—Más que perdida. Mirad cómo se aferra a su brazo. Creo que ya no hay vuelta atrás.

Piña, ajena a los comentarios, se acercó más a Hitler y abrazó su brazo con ambas manos, apoyando la cabeza ligeramente contra su hombro. No deseaba nada más en ese momento. El mundo parecía reducirse a la calidez de su cuerpo, al sonido de sus pasos juntos y al suave viento que movía su cabello rojizo.

Hitler la miró de reojo con una sonrisa suave.

—Estás muy callada hoy, princesa.

—Solo… disfruto del momento —respondió ella en voz baja—. Todo esto parece un sueño.

Siguieron caminando hasta llegar a un hermoso rosal cultivado con esmero. Hitler se detuvo, observando las flores rojas intensas.

—Estas rosas son especiales —dijo—. Las cultivamos aquí con técnicas del Reich.

Se agachó con elegancia, cortando con cuidado varias rosas perfectas con una pequeña navaja que llevaba consigo. Se levantó y se giró hacia Piña para ofrecérselas.

En ese preciso instante, Piña había dado un paso más cerca, atraída por el gesto. Sus rostros quedaron a solo unos milímetros de distancia.

Por un segundo, el tiempo pareció detenerse.

Piña, con el corazón latiéndole con fuerza, interpretó el momento como una invitación abierta. Sin pensarlo dos veces, alzó los brazos, rodeó el cuello de Hitler y lo besó.

Fue un beso tierno al principio, pero cargado de toda la emoción acumulada durante los días anteriores. Sus labios se encontraron con pasión, suave pero intensa. Hitler se sorprendió por un instante, pero no se apartó. Al contrario, correspondió el beso, rodeándola por la cintura con un brazo.

Las Caballeras Rosa se quedaron congeladas.

Bozes abrió la boca en shock.

—Dioses… lo besó. Lo besó de verdad.

Panache se tapó la boca con ambas manos, entre sorprendida y divertida.

—Nuestra princesa… acaba de besar al Führer. Delante de todos.

Lene susurró con los ojos muy abiertos:

—Esto es histórico. ¿Creéis que deberíamos aplaudir o escondernos?

Una de las guardias reales de las SS, normalmente impasible, murmuró con una ceja levantada:

—El Führer… besado por una barbara. Nunca pensé que vería algo así.

En ese momento, Reinhard Heydrich pasaba caminando por un sendero cercano, revisando informes. Al ver la escena, se detuvo en seco. Una expresión de sorpresa cruzó su rostro por un segundo, seguida de una sonrisa fría y divertida.

—Vaya… —murmuró para sí mismo—. Parece que el Führer también ha encontrado algo interesante en este mundo.

Hitler y Piña se separaron lentamente. Ella tenía las mejillas encendidas, pero no apartó la mirada. Hitler la observó con una mezcla de sorpresa, diversión y algo más profundo.

—Princesa… —dijo en voz baja, aún sosteniéndola por la cintura—. Eso fue… inesperado.

Piña sonrió tímidamente, todavía con las rosas en la mano.

—Tal vez… ya no quería esperar más.

Las Caballeras Rosa intentaban contener la risa y los comentarios, pero era evidente que la escena las había dejado sin palabras.

Heydrich, desde su posición, solo sacudió la cabeza con una sonrisa y continuó su camino, murmurando:

—Interesante desarrollo…

El parque siguió su ritmo tranquilo, pero para Piña y Hitler, algo fundamental acababa de cambiar.

Un beso bajo los dos soles.

Y el comienzo de algo que ninguno de los dos había planeado.

La noticia se extendió como fuego por Nueva Berlín en cuestión de horas.

“El Führer está oficializando su relación con la princesa Piña Co Lada.”

Los soldados de las SS murmuraban en los barracones, los ingenieros comentaban en las fábricas, y los civiles arios hablaban en voz baja mientras caminaban por las avenidas. Para muchos era una sorpresa fascinante; para otros, un tema de debate acalorado.

En la sala de reuniones privada del Palacio de Nueva Berlín, los altos jerarcas nazis se encontraban reunidos cuando la noticia llegó.

Göring fue el primero en hablar, con una carcajada ronca.

—¡Ja! ¡El Führer y la princesa elfa! Nunca pensé que vería algo así. Al menos tiene buen gusto. La chica es hermosa y de sangre noble.

Himmler, con su habitual frialdad, frunció el ceño.

—No me gusta. Es una bárbara, por muy “aria honoraria” que la llamemos. El Führer debería mantener la pureza de la raza. Una unión así podría enviar un mensaje equivocado.

Goebbels, siempre pensando en la propaganda, se frotó las manos.

—Podemos convertirlo en una historia épica: “El Führer une dos mundos con su carisma”. El pueblo lo adorará. Es romántico, dramático… perfecto para las películas.

Heydrich, sentado con las manos cruzadas, sonrió ligeramente con frialdad.

—Mientras no interfiera con sus decisiones estratégicas, no veo problema. La princesa puede ser útil como símbolo de alianza. Además, el Führer parece… contento.

Göring soltó otra risa.

—Contento es poco. Los vi paseando de la mano ayer. Parecían una pareja de novela.

Himmler insistió:

—Solo espero que no olvide su deber. Una barbara es una barbara. No es aria pura.

Mientras tanto, en la suite de Piña, las Caballeras Rosa estaban reunidas alrededor de su princesa, que aún tenía las mejillas sonrojadas por los rumores que ya habían llegado hasta ellas.

Bozes fue la primera en hablar, con una sonrisa enorme.

—Alteza… ¡es oficial! Todo el mundo habla de vos y del Führer. ¡Estáis saliendo con el hombre más poderoso de dos mundos!

Panache cruzó los brazos, divertida pero preocupada.

—Y por lo que cuentan, os vio tomándole la mano y besándolo. Alteza, ¿ya no hay vuelta atrás?

Piña se tapó la cara con las manos, avergonzada pero sonriendo.

—No sé cómo pasó… Solo… pasó. Fue instintivo. Y él no se apartó.

Lene soltó una risita.

—Claro que no se apartó. El Führer os mira como si fuerais la cosa más interesante del mundo. ¿Ya os dijo que os ama?

Piña se puso aún más roja.

—No… todavía no. Pero… siento que sí. La forma en que me abraza, cómo me habla… Es como si yo fuera especial para él.

Bozes se acercó y le tomó las manos.

—Alteza, estamos felices por vos. Pero también preocupadas. Es un hombre muy poderoso… y peligroso. ¿Estáis segura de lo que sentís?

Piña suspiró, mirando por la ventana hacia la ciudad.

—Estoy segura de que lo quiero. Y eso me asusta más que cualquier otra cosa.

Mientras tanto, Hitler y Piña se volvieron aún más cercanos en los días siguientes.

Ya no se escondían. Paseaban abiertamente por la ciudad, tomados de la mano o con Piña abrazando su brazo. Hitler la invitaba a cenas privadas, a recorrer las fábricas y a ver los entrenamientos militares. Por las noches, se quedaban hablando hasta tarde en el balcón del palacio, compartiendo miradas cada vez más íntimas y besos más prolongados.

Piña se sentía cada día más enamorada. Y Hitler, a su manera, parecía disfrutar genuinamente de su compañía.

La Ciudad de Hierro seguía creciendo, pero en medio de todo ese poder, un romance inesperado florecía entre un Führer y una princesa.

Y nadie sabía aún hasta dónde llegaría.

La tarde caía suavemente sobre Nueva Berlín. Hitler se encontraba en su oficina privada, sentado detrás del gran escritorio de roble, revisando documentos con su habitual concentración. La luz de los dos soles entraba por la ventana, iluminando la habitación con un tono cálido.

Piña Co Lada estaba sentada en un sofá cercano, revisando un álbum de fotos antiguas que Hitler le había mostrado. Imágenes de él cuando era más joven: un joven serio con bigote incipiente, en Viena, en mítines políticos, con expresión intensa y mirada ambiciosa.

—Eras muy guapo de joven —dijo Piña con una sonrisa suave, pasando las páginas—. Tan serio… pero con esa misma mirada que tienes ahora.

Hitler levantó la vista del documento y sonrió ligeramente.

—Los años pasan, princesa. Pero la voluntad sigue siendo la misma.

Piña se levantó del sofá y se acercó a él por detrás. Con delicadeza, rodeó su cuello con los brazos y se inclinó para besar suavemente la comisura de sus labios, justo al lado del bigote. Hitler se quedó quieto un segundo, sorprendido por la iniciativa, pero luego giró ligeramente la cabeza y correspondió el beso.

—Ven aquí —murmuró él con voz ronca.

Piña, sin dudarlo, rodeó el escritorio y se sentó sobre sus piernas, frente a él. Sus brazos volvieron a rodear su cuello mientras se besaban con creciente pasión. El beso se volvió más profundo, más urgente. Las manos de Hitler recorrieron su espalda, atrayéndola más cerca.

Durante horas, la oficina se convirtió en su mundo privado. Besos, caricias, susurros y una intimidad que ninguno de los dos había planeado pero que ambos deseaban. Piña se entregó con una mezcla de ternura y deseo, mientras Hitler la trataba con una pasión controlada pero intensa, como si en ese momento solo existieran ellos dos.

Al amanecer, Piña dormía placidamente entre sus brazos, acurrucada contra su pecho. Hitler la abrazaba con cuidado, acariciando su cabello rojizo con una suavidad que pocos conocían. Por un momento, el Führer del Reich parecía simplemente un hombre enamorado.

Por la tarde, Piña regresó a su suite con una sonrisa radiante y las mejillas aún ligeramente sonrojadas. Apenas cerró la puerta cuando sus Caballeras Rosa la rodearon como un enjambre.

Bozes fue la primera en atacar:

—Alteza… ¡llegáis con cara de quien no ha dormido! ¿Dónde estuviste toda la noche?

Panache cruzó los brazos, sonriendo con picardía.

—No disimuléis. Tenéis el cabello revuelto y esa mirada de “acabo de hacer algo que no debería contar”. ¿Fue con él?

Piña se puso roja al instante y se dejó caer en la cama.

—No… no es lo que pensáis…

Lene se tiró a su lado, riendo.

—Claro que es exactamente lo que pensamos. Os vimos salir con él ayer por la tarde y no volvisteis hasta ahora. ¡Contadnos todo!

Bozes se sentó al otro lado.

—Alteza, por favor. ¿Os besó? ¿Os abrazó? ¿Fue romántico o… más que romántico?

Piña se tapó la cara con las manos, avergonzada pero incapaz de parar de sonreír.

—Fue… intenso. Muy intenso. Me llevó a su oficina, hablamos, nos besamos… y una cosa llevó a la otra.

Panache soltó un grito ahogado de emoción.

—¡Lo sabía! ¿Y cómo fue? ¿Es tan serio como parece o…?

Piña se rio, aún roja como un tomate.

—Es… apasionado. Muy apasionado. Pero también tierno. Me abrazaba como si no quisiera soltarme nunca. Y por la mañana… desperté entre sus brazos. Fue… bonito.

Lene aplaudió.

—Nuestra princesa conquistando al Führer. ¿Ya os dijo que os ama?

Piña negó con la cabeza, todavía sonriendo.

—No con palabras… pero la forma en que me miraba… creo que sí.

Bozes fingió desmayarse dramáticamente sobre la cama.

—Estoy celosa. El hombre más poderoso de dos mundos y os trata como a una reina. ¿Qué se siente?

Piña suspiró, mirando al techo con una expresión soñadora.

—Se siente… como si el mundo entero desapareciera. Solo estamos él y yo. Aunque sé que es complicado… aunque sé quién es… cuando estoy con él, todo eso deja de importar.

Las Caballeras se miraron entre sí, entre divertidas y preocupadas.

Panache le tomó la mano.

—Alteza… tened cuidado. Es un hombre muy poderoso. Pero si os hace feliz… nosotras os apoyamos.

Piña sonrió con ternura.

—Gracias… sois las mejores.

La habitación se llenó de risas y bromas durante un buen rato más, mientras Piña, con el corazón lleno, recordaba cada momento de la noche anterior.

Escribi esto, mientras escuchaba : FIFTY FIFTY – Cupid ft. Sabrina Carpenter. xd

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