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Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 420

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Capítulo 420: 417) Problemas en hogwarts

La mañana siguiente fue un despertar agónico para el pueblo amazona. Los cuerpos se encontraban apilados en las plazas y callejones, entrelazados de formas imposibles; en ese momento, más que una civilización de guerreras, parecían una colonia nudista sumida en el estupor. Incluso aquellas mujeres de constitución física envidiable, endurecidas por años de entrenamiento, tenían problemas para ponerse en pie. Una a una, comenzaron a arrastrar sus cuerpos hacia sus hogares, llevando consigo a parejas, familiares o amigos para no dejarlos inconscientes a la intemperie.

Yo mismo tuve que llevar en brazos a Hannah hasta la casa. Su cuerpo estaba cubierto de fluidos y aún seguía estremeciéndose de vez en cuando, aunque con una sonrisa placentera.

La noche anterior había sido un descontrol de tales proporciones que la población amazona experimentaría un pico de crecimiento astronómico en los meses venideros. Pero nadie quería hablar de ello. No solo por la magnitud de los nacimientos, sino por la complejidad de rastrear linajes en aquel caos; por no mencionar que, bajo el influjo de la pasión ciega, las barreras del parentesco se habían difuminado peligrosamente.

Tal como predije, sucedieron tantas cosas aquella noche que el espectáculo de Hannah y yo pasó a ser solo un detalle más en el cuadro del exceso. Incluso Niara trato de evitarnos la mayor parte de ese día, aunque era inevitable, por lo que intentó mantener su semblante serio a pesar de que su sonrojo, tartamudeo, y su cuerpo estremeciéndose ante cualquier contacto.

Pero eso no fue el final.

Decidí que pasaríamos algunos días más en el poblado. O mejor dicho, dejé a Hannah allí mientras yo atendía ciertos asuntos con mis clones hasta que todo tuvo que terminar, aunque durante ese tiempo regresaba con mi cuerpo real cada noche para reanudar el ciclo peverso. El festejo descontrolado se convirtió en un ritual diario.

Durante cinco noches consecutivas, sin previo aviso, liberé [Lujuria] y reclamé a Hannah allí donde se encontrara. No importaba lo que estuviera haciendo: si estaba comiendo, paseando por los jardines, ayudando en el hospital o intentando dormir. De la nada, desgarraba su ropa y la poseía ante la mirada de cualquiera que estuviera cerca.

La escena se repetía constantemente. Hannah gemía y lloraba de vergüenza, luchando contra la humillación hasta que sus fuerzas se rendían ante el placer, dejando salir su lado mas salvaje. A nuestro alrededor, los sonidos de la pasión estallaban como un incendio forestal iniciado por esa “violación repentina”. Incluso aquellos que se habían jurado no volver a sucumbir terminaban entregándose a la lujuria, incapaces de resistir la presión de mi habilidad.

Cada día, la resistencia del pueblo era menor. Para la última jornada, ya no hacía falta incitarlos; todos sabían lo que iba a ocurrir. Cuando la noche empezaba a caer, muchos ya comenzaban el desenfreno por cuenta propia, aceptando su nueva naturaleza. Fue una semana abrasadora para el Amazonas, una donde la moral fue sacrificada en el altar de mis caprichos.

Las líderes amazonas llegaron a dudar si suplicarme que me detuviera. Mi presencia estaba alterando el tejido mismo de sus vidas de una forma alarmante. Noches enteras de sexo frenético mermaban las fuerzas de los ciudadanos, impidiéndoles cumplir con sus labores al amanecer; algunos padres, perdidos en el trance, eran incapaces de cuidar de sus hijos más pequeños… quienes, en el punto más álgido de la depravación, estuvieron a punto de ser devorados por ese vórtice de lujuria descontrolada. Incluso algunos de esos niños parecían tener su despertar sexual debido a mi habilidad, y uno a una edad demasiado temprana.

Sin embargo, no permití que el pueblo se hundiera en una decadencia estéril. Usando mi poder —aún sin sellar—, desplegué un aura de vitalidad que envolvió todo el asentamiento, nutriendo a su gente desde la raíz. Con esto me aseguré de que nadie muriera de hambre o negligencia; al contrario, el pueblo entero recibió una bendición inesperada. Sus vidas se prolongarían, sus viejas cicatrices y problemas congénitos se desvanecieron, y su vigor físico fue elevado levemente.

Las líderes notaron el cambio de inmediato. Se vieron ante una encrucijada moral pesada: ¿debían permitir que su civilización se convirtiera en un culto a la lujuria conmigo como su “Dios Perverso”? Creyeron que ese era mi objetivo final, una servidumbre eterna nacida del placer. Solo pude reírme ante tal suposición; aunque la idea era tentadora, para mí esto solo era una diversión casual, una forma de exprimir cada gota de placer con Hannah antes de partir. Tuve que rechazarlo momentaneamente, aunque sospecho que, dada su gratitud por el asunto del Occamy, habrían sacrificado la pureza de todo su linaje sin dudarlo.

Al final, la semana salvaje terminó, pero las huellas que dejé fueron indelebles. En el futuro, los relatos sobre estos días se transformarían en leyendas oscuras. A las nuevas generaciones de amazonas se les contaría cómo sus ancestros hicieron un trato con el Demonio Sanguinario para salvar la selva, y cómo, a cambio, todo el pueblo fue marcado con el estigma del deseo, obligándolas a realizar orgías en mi honor.

Aquellas fechas se grabaron en el calendario como una festividad de la fertilidad, debido a la explosión de vida que había provocado. Pequeños grupos mantuvieron la tradición de orgias en forma privada, y cada diez años, el pueblo entero se entregaba a una en un aniversario de desenfreno en memoria del hombre que las salvó y las corrompió por igual.

Esa fue la crónica de nuestros últimos días en la selva: una mezcla de felicidad, paz y libertinaje. Pero mientras nosotros disfrutábamos de esa calma perversa, en otras partes del mundo las sombras se alargaban y la paz era un lujo que pocos podían permitirse.

…

En Hogwarts, la atmósfera era tensa y opresiva. Los ataques del basilisco mantenían a todos en un estado de vigilia constante, pero, más allá del terror escolar, algunos cargaban con sus propios problemas personales.

Minerva McGonagall se encontraba en su oficina, frotándose las sienes en un intento fútil por disipar la niebla que nublaba su mente. Desde los eventos de San Valentín, la concentración se le escapaba entre los dedos. Se decía a sí misma que era culpa, un remordimiento punzante por lo sucedido, pero su subconsciente la traicionaba: no podía arrancarse de la cabeza la figura de Tom.

Recordar aquel día era sumergirse en un caos que no reconocía como propio. En sus momentos de soledad, estuvo a punto de estallar en gritos de vergüenza y furia contenida. Si no fuera por el peso de sus responsabilidades, se habría recluido durante semanas, lejos de cualquier mirada. Lo peor de todo no era el acto en sí, sino la persistencia del recuerdo: la noche más placentera de su vida se había convertido en su mayor tormento.

Aquel veneno físico —la droga que ingirió accidentalmente por culpa de su alumno— se había transmutado en un veneno mental. Despierta, sus clases perdían el rigor y la agudeza que la caracterizaban; dormida, los sueños la acosaban, arrastrándola de vuelta a los brazos de Tom en una danza fogoza de futuro incierto.

En un momento de desesperación, rescató de entre sus cosas una vieja fotografía de su difunto marido. Al contemplarla, no pudo evitar sentir un nudo en la garganta. Se sentía una traidora, una sombra de la mujer que solía ser. Y, sin embargo, era incapaz de culpar al chico.

Estaba tan abrumada que ni siquiera cumplió su plan de denunciar aquel burdel ante Dumbledore. Cada vez que intentaba formular la acusación, su mente derivaba hacia escenarios protectores: pensaba que Tom se quedaría sin sustento, que no tendría a dónde ir… Imaginaba que ella podría ayudarlo, encontrarle un trabajo digno, ser su mentora. Una vez que el hilo de esos pensamientos comenzaba, no tenía fin, llevándola a visualizar un futuro donde sus encuentros con él eran frecuentes y, aunque eran en su mayoria platónicos, eran muy persistentes y constantes.

Incluso llegó a solicitar pociones calmantes a Snape para obtener un atisbo de paz y poder dormir. El brebaje ayudó, devolviéndole una serenidad artificial, pero la espina seguía clavada. Estaba insensibilizada, pero presente. Al final, su único deseo era enterrar el recuerdo, convertirlo en una historia oscura y olvidable que nunca volviera a ver la luz.

Pero, en el mundo de la magia y el destino, cuanto más intentas ocultar un secreto, más fuerza cobra para emerger a la superficie.

Lo primero fue la visita de Pomona Sprout. Vino como la buena amiga que es, solo para ver cómo seguía, pero el encuentro resultó desastroso. Al haber sido Pomona quien le entregó aquel “boleto ganador”, Minerva vivía con el temor constante de que hiciera la pregunta equivocada. Aunque la profesora de Herbología no inquirió nada fuera de lo común, la situación obligó a Minerva a una gimnasia mental agotadora para no revelar, con un gesto o un titubeo, el abismo en el que había caído. A pesar de que era una buena amiga, que quisas la entendería… no podía contarselo.

Luego estaban los pasillos. San Valentín siempre deja una estela de romance residual; los estudiantes, envalentonados por la fecha, formaban parejas que se profesaban afecto en cada esquina. En el pasado, Minerva habría contemplado aquello con una sonrisa severa pero cálida, alegrándose de ver el amor florecer. Ahora, la visión era un detonante.

Al ver a los alumnos mayores, su mente divagaba hacia Tom: él debería estar allí, viviendo romances propios de su edad. Al ver a los más jóvenes, sentía una punzada de tristeza; pensaba que Tom debería haber conocido ese amor puro y simple, en lugar de haber sido arrojado a la depravación de aquel burdel desde tan temprano.

Tom, Tom y Tom… el nombre se había convertido en el metrónomo de sus pensamientos. Era una obsesión comprensible dadas las circunstancias, algo que —según ella— se disiparía con el tiempo. Sin embargo, esa confusión la llevó a descuidar sus obligaciones más sagradas como subdirectora, ignorando las sombras que acechaban Hogwarts.

Incluso Albus Dumbledore notó su ausencia espiritual y la llamó a su despacho. Minerva vio en aquel encuentro la oportunidad perfecta para la redención: podría confesarlo todo, liberarse de la carga y dar la orden para desmantelar aquel lugar perverso. Pero, en el último segundo, dudó.

Las palabras se le atascaron en la garganta. No sabía por qué, pero no pudo decirlo. No estaba lista para revelar su propia caída, para admitir que la mujer más estricta de Hogwarts había sido profanada… y que lo había disfrutado. Sus planes de rescatar a las “víctimas” y ayudar a Tom a retomar una vida digna se desmoronaron bajo el peso de su propia vergüenza. ¿Realmente podría mirarlo a los ojos después de una denuncia? ¿Podría sobrevivir si alguien supiera que no ha dejado de anhelar esa noche? ¿si lo hiciera realmente podría ayudarlo?

Al final, se limitó a decir que estaba cansada. Dumbledore, cuyos ojos azules solían verlo todo, percibió la grieta en su ser, pero tuvo la cortesía de no presionar.

Minerva salió del despacho del Director más fracturada de lo que había entrado, cuestionando cada fibra de su ser… hasta que, al día siguiente, el destino le lanzó una curva inesperada en su propia oficina.

“¡¿Malcolm?!” exclamó Minerva, el asombro rompiendo su máscara de frialdad al ver a su hermano sentado en su propia silla, con las piernas cruzadas sobre el escritorio.

“¡Mini!” Malcolm se puso en pie de un salto, bajando los pies con rapidez y abriendo los brazos con una sonrisa radiante de bienvenida.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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