Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 419
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Capítulo 419: 416) Orgia Amazonica
“Hmm…” Elise inclinó la cabeza, claramente poco convencida de mis palabras. Podía sentir mi deseo de poder, y eso la hacía dudar. “¿Y por qué pareces tan desesperado por volverte más fuerte?¿No eres ya lo suficientemente fuerte?” Se acomodó un poco más cerca de mí. “Además, me tienes a mí. La experiencia anterior me enseñó mucho… y dentro de todo eso aprendí que estoy alcanzando un nivel bastante alto como diosa. O lo estaré cuando termine de consolidar mi poder.” Me miró con seriedad. “No tienes que temer encontrarte con enemigos más fuertes. Después de todo, tú mismo me explicaste que es posible que el mundo tenga algún tipo de limitador para evitar que seres del nivel de los dioses permanezcan demasiado tiempo.”
“Sí, cada vez estoy más convencido de que existe alguna ley cósmica que limita a los dioses.” La miré con cierta preocupación. “Por eso no deberías sacar tu cuerpo real fuera del feudo… al menos por ahora. Creo que aquí dentro esa ley no debería afectarte. Hasta que no lo comprobemos, es mejor no arriesgarse. No queremos que, por alguna razón, termines degradando tu poder divino como le ocurrió a aquella esfera. No creo que fuera tan ignorante como para no notarlo. Tal vez su mente fue nublada de alguna forma para que sucediera… porque, de lo contrario, habría sido una decepción absoluta de dios.” Negué con la cabeza.
Elise se puso seria. Podía sentir que yo estaba esquivando el núcleo de su duda.
“Aún no has respondido. Si existe ese límite, ¿qué te aterra tanto como para buscar más y más poder?”
Me tomé un momento, sintiendo cómo el peso de mis propios secretos presionaba mi pecho.
“No es… que quiera volverme más fuerte para derrotar a alguien” dije lentamente. “Quiero… respuestas.”
“¿Sobre qué?” preguntó ella, intrigada.
“Sobre mí. Mi magia de sangre, la naturaleza de mis habilidades… la verdadera razón de por qué estoy aquí. Siento que, si sigo ascendiendo, algún día podré obtener respuestas sobre todo eso.”
Al decir esto, cerré el puño con tal fuerza que todos mis clones en el Feudo sufrieron un lapsus simultáneo de un milisegundo. Fue una sacudida colectiva en mi red de conciencia.
“No entiendo…” murmuró Elise. A través de nuestra conexión, ella solía vislumbrar mis pensamientos, pero en este tema solo encontraba un vacío absoluto. “¿Razón de estar aquí? ¿No es… la misma para todos?” intentó razonar, pensando en conceptos simples como nacer o vivir.
“Es mucho más complicado” respondí con una risa nerviosa, sin querer mencionar nada de mi reencarnación. “Muy en mi interior escucho dos voces. Una me dice que, si ignoro la verdad, podré vivir feliz aquí por toda la eternidad. La otra me incita a descubrirlo, aunque eso signifique perder mi felicidad actual. No sé qué es lo mejor… pero quiero tener la capacidad de elegir. Quiero ser lo bastante poderoso como para decidir si quiero saberlo o no.”
Elise me observó, viendo cómo me consumía en mis propios dilemas. Sin poder ofrecerme una respuesta lógica, simplemente se acercó y frotó su cabeza contra la mía en un gesto de consuelo puro.
“Entonces… ¿qué tengo que hacer?” preguntó, sacándome de mis cavilaciones.
“Déjame terminar esta separación. Después… actuemos como si esta conversación nunca hubiera ocurrido. Para el mundo, solo seré un mago mortal un poco especial con una relación increíble con una diosa en ciernes” dije, acariciando su rostro. “Sigamos, hay mucho que preparar.” Miré el cielo. “Necesito vacaciones… pero todavía no. Aún queda mucho por hacer.”
…
En el poblado amazona, el ambiente ya había cruzado la frontera de lo febril. Aquellas parejas que inicialmente buscaban la discreción de las sombras habían abandonado toda pretensión de decoro; se entregaban a besos y manoseos frenéticos allí donde estaban. La escasa ropa que vestían empezó a desaparecer, cayendo al barro entre gemidos que competían con la música. El aire, antes cargado de incienso y comida, ahora apestaba a sudor, vino y una lujuria animal que lo impregnaba todo.
Las líderes amazonas notaron el cambio, pero ya era tarde para intervenir. En realidad, no querían hacerlo. Al ver mi sonrisa malévola, comprendieron quién era el arquitecto de aquel caos y, en un acto de rendición hedonista, ayudaron a avivar las llamas con más alcohol y predisposición.
Pronto, el sexo dejó de ser un susurro en los rincones para convertirse en el motor de la fiesta. Hannah, sintiendo la vibración familiar de mi habilidad recorriendo su espina dorsal, me encontró entre la muchedumbre.
“Red, tú…” No pudo terminar. Un coro de gemidos colectivos ahogó sus palabras mientras veía a hombres y mujeres dejarse arrastrar por sus instintos más primarios.
“Sí… yo” asentí. Extendí la mano y, con un tirón firme, la subí a la plataforma elevada donde yo me encontraba, a la vista de todos.
Antes de que pudiera protestar, hundí mis manos en sus ropajes y, de un solo movimiento, se los arranqué.
“¡Kyaaaa!” Hannah soltó un grito que se fundió en un gemido, intentando cubrirse desesperadamente con las manos.
No se lo permití. La sujeté de los brazos y la obligué a darse la vuelta, haciendo desaparecer mi propia ropa en el proceso.
“¡Miren todos!” rugí hacia la multitud, atrayendo cada par de ojos hacia nosotros. “¡Miren a su Niña de las Flores!”
“¡Red! ¡¿Qué estás haciendo?!” sollozó Hannah, roja de una vergüenza que le quemaba la piel al sentir cientos de miradas clavadas en su desnudez.
“Disfruto dejando que todos vean a mi nena así de expuesta” susurré en su oído antes de penetrarla con fuerza. “¡Vamos, muéstrate ante todos como la perra que puedes ser!” grité, sosteniéndola de los brazos mientras la embestía rítmicamente sobre la tarima.
“¡No!” Hannah gimió, sacudida por el impacto.
Su corazón galopaba desbocado. El calor de la humillación la consumía, pero la [Lujuria] que yo desprendía volvía su cuerpo traicioneramente débil. Amazonas, guerreros, jóvenes y ancianos… conocidos y desconocidos por igual contemplaban cómo su “heroína” era poseída sobre la plataforma como si fuera el acto principal de un circo perverso.
El sentimiento de traición y ultraje fue devastador para ella. Se sentía usada, un objeto de exhibición, pero el ambiente pronto se distorsionó. Entre las miradas de consternación de unas pocas amazonas, lo que predominaba era la envidia y el deseo más crudo. Ver a una figura de su estatus en ese estado terminó de dinamitar los restos de moralidad del pueblo; la fiesta se transformó en una orgía a toda regla.
Desde su posición, Hannah vio cómo la escena se volvía una pesadilla de cuerpos entrelazados. Ya nadie vestía ropa. Los rencores antiguos se resolvían en encuentros rudos; personas que jamás se habrían hablado ahora se devoraban entre sí. Algunos la señalaban mientras copulaban, usando su imagen como combustible para su propio frenesí. Incluso algunos de los más jóvenes, despertados por el estruendo, observaban desde las ventanas con miedo y una curiosidad prohibida. Eran esas miradas infantiles, llenas de asombro inocente, las que más terminaban por quebrar la voluntad de Hannah mientras yo seguía reclamándola ante su pueblo.
“¡Eres odioso!” protestó Hannah entre dientes, pero sus palabras se perdieron cuando sus gemidos contenidos finalmente estallaron en gritos a pleno pulmón.
Tras superar la barrera inicial de la vergüenza y ver cómo el pueblo entero se ahogaba en un mar de cuerpos, ella decidió dejarse arrastrar por la corriente. No era la única: había visto a las orgullosas líderes amazonas soltando gemidos impropios de su rango, e incluso a Niara, que con una ferocidad renovada devoraba a una superior mientras obligaba a un joven a poseerla por detrás.
Llegadas a este punto, las inhibiciones se habían calcinado. Hannah comenzó a moverse por iniciativa propia, golpeando sus caderas contra las mías con una urgencia eléctrica. Agitaba sus pechos al aire y gritaba con una fuerza que buscaba dominar el estruendo de la plaza. En cierto modo, se sentía la estrella absoluta de la noche, y bajo la luz de las hogueras, lo era.
“Te gusta…”me burlé, hundiendo mis dientes en la curva de su cuello. “Te encanta que todos te miren en este estado.”
“Cállate y solo fóllame…” me regañó con la voz rota. “¡Esto no se va a repetir! No quiero que nadie piense que soy esta clase de… Todo esto es culpa de tus ideas perversas” añadió con un rastro de angustia, consciente de que ahora, en su propio tiempo, el riesgo de que sus amigos o padres se enteraran era una posibilidad aterradora.
“Jeje… mi pequeña exhibicionista” dije, dándole una embestida que la hizo arquearse antes de voltearla para que quedáramos cara a cara, permitiendo que la multitud admirara su trasero saltando rítmicamente.
“Tú, cabrón…” gruñó, buscándome en un beso hambriento. “En serio… nadie debe saber esto jamás” suplicó entre gemidos que desmentían su supuesto arrepentimiento.
“Está bien. Considéralo una locura de la selva. Con la cantidad de [Lujuria] que estoy liberando, esto es solo el preámbulo. Para mañana, todos habrán cometido actos tan impíos que nadie se atreverá a mencionar lo que ocurrió esta noche” me burlé mientras bajaba de la plataforma con ella aún ensartada en mi cuerpo.
Caminamos a través de la masa de carne humana que se retorcía en el suelo. Hannah seguía pegada a mí, envuelta en mis brazos mientras avanzábamos por el epicentro del deseo. Decenas de manos sudorosas se extendían para tocarnos al pasar, buscando una chispa del poder que emanábamos, pero nada detenía nuestra marcha. Era una escena surrealista: mientras nos entregábamos a un sexo frenético en mitad de una orgía descontrolada, nuestras mentes permanecían lo bastante lúcidas como para charlar, como si estuviéramos paseando por un jardín privado.
“¿Está bien que hagamos esto…?” jadeó Hannah, aferrada a mi cuello como un koala. Se separó de mi pene apenas un segundo para alcanzar su clímax, antes de volver a ensartarse con una urgencia eléctrica.
“Mmm… solo es una pequeña e inocente diversión” respondí, encogiéndome de hombros. Mientras la sostenía, manifesté varios tentáculos de sangre que empezaron a poseer a las mujeres que se aferraban a mis piernas suplicando una migaja de atención.
“Pero… no deberíamos… ¡AAhhhh!” Su protesta murió en un gemido agudo al sentir una lengua recorriendo su trasero. Al girar la cabeza, se encontró con Niara; la guerrera tenía los ojos nublados y la mirada perdida en un trance de lujuria absoluta.
“¡Ey! ¡A ella sí le dejas!” me quejé con una carcajada burlona.
“¡No la dejé! Solo que…” A Hannah le costaba mantener la coherencia siendo atacada desde dos flancos. “¡Ayúdame con ella!”
Asentí y, con un movimiento fluido, levanté a Hannah separándola de mi entrepierna. Empujé mis caderas hacia adelante e introduje mi pene en la boca de Niara, quien, aunque confundida por la rapidez, comenzó a succionar con una devoción salvaje. Simultáneamente, subí a Hannah a mis hombros, dejando su coño a la altura de mi rostro, y comencé a devorarla con la lengua.
“¿No deberíamos… volver ya a Castelobruxo?” logró articular ella entre gemidos, tirando de mi cabello. “No recuerdo hace cuánto nos fuimos… Deben estar preocupados… ¡Y si avisan a Hogwarts!”
“Tranquila. No seremos los primeros alumnos que se pierden en la selva unos días. Y respecto a Hogwarts… bueno, allí tienen sus propios problemas de los que ocuparse” respondí antes de morder su clítoris con suavidad, provocándole un espasmo.
“¡Pido relevo! ¡No te concentres solo en mí!” suplicó Hannah. Estar en contacto directo conmigo mientras [Lujuria] operaba la estaba sobreestimulando; necesitaba un respiro antes de que su mente colapsara.
La solté, dejándola caer sobre la masa de cuerpos jadeantes que nos rodeaba. Inmediatamente, me lancé sobre Niara y comencé a reclamar su cuerpo de guerrera con una ruda intensidad. Hannah, tendida a pocos centímetros, suspiró mientras recuperaba el aliento; estaba convencida de que algún día la mataría de puro placer… pero, afectada por mi aura, no pudo evitar empezar a masturbarse mientras me veía poseer a la amazona.
“Esto… solo por hoy. Mañana… volveremos a la vida normal” me ordenó entre gemidos, como si quisiera autoconvencerse. Deseaba frenar esta espiral de perversión antes de que se convirtiera en su nueva norma… o peor aún, antes de admitir cuánto le gustaba.
Me dejé llevar entre aquella marea de mujeres: desde Niara hasta las líderes de la tribu, pasando por las soldados rasos y las más jóvenes e inexpertas. La noche se volvió un borrón de carne y deseo para todos, pero cada una de ellas supo, en lo más profundo de su ser, que esa noche se habían cruzado límites.
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