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Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 431

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Capítulo 431: 428) Buscando respuestas en Hogwarts

“¡¿Mi hijo ha desaparecido?! ¡¿Durante días?!” Arthur se lanzó sobre el informante, sujetándolo por las solapas y sacudiéndolo con una fuerza que nadie creía que poseyera. “¡¿Cómo demonios no lo sabían?! ¡¿Por qué me entero de esto ahora?!”

Kingsley y otro Auror tuvieron que intervenir para separar a Arthur del aterrorizado funcionario.

“Trataron de ocultarlo, Arthur” balbuceó el hombre mientras recuperaba el aliento. “Intentaron resolverlo por su cuenta para evitar el escándalo, pero incluso ellos han dejado de buscar. Han perdido el rastro por completo.”

“¡Ocultarlo!” rugió Fudge, ahora genuinamente indignado. “¡Nuestros estudiantes desaparecen en su territorio y lo ocultan! ¡¿Y qué hay de Dumbledore?! ¡Él envió a esos niños a Brasil! ¿Cómo es posible que sus alumnos se desvanezcan mientras los de ellos viven a sus anchas en nuestro amado Hogwarts?”

“Señor…” el informante bajó la voz, temblando. “Parece que dos estudiantes de Castelobruxo también han sido petrificados recientemente aquí, en el castillo. El profesor Gutiérrez, que vino con ellos, no ha hecho un escándalo público; parece que busca un acuerdo mutuo de silencio para no agravar el desastre del intercambio.”

Al escuchar esto, el Atrio quedó sumido en un vacío absoluto. La situación se les estaba escapando de las manos a una velocidad aterradora. Niños desaparecidos en el Amazonas, estudiantes extranjeros petrificados en Hogwarts, un desafío de duelo, una guerra de familias inminente…

Arthur, consumido por la desesperación, no esperó a que Fudge terminara de procesar la información. Se abrió paso hacia las chimeneas de la red flu; necesitaba ver a Dumbledore inmediatamente. Necesitaba saber si el que había estado en el Ministerio era su hijo o que le había pasado.

Fudge, por su parte, se quedó sin palabras. El golpe político contra los Weasley se había vuelto insignificante frente al desastre diplomático que se le venía encima. La farsa de que Hogwarts era seguro y que el mismo dirigio el fin de los ataques se estaba cayendo a pedazos frente a delegaciones extranjeras. Ya no se trataba de dar una buena imagen; se trataba de evitar un colapso total. Sin perder más tiempo, empezó a ladrar órdenes, movilizando a todos los departamentos antes de que la siguiente bomba estallara en su rostro.

…

Mientras tanto, en el Callejón Diagon, la noticia se propagaba con gran rapidez apenas el clon del Ministerio se desvaneció. En “Los Dragones de Albión”, el rumor se filtraba con discreción; las camareras soltaban frases a medias mientras servían las mesas y “clientes” estratégicamente posicionados hablaban en voz alta sobre lo ocurrido en el Atrio. Como una epidemia silenciosa, la información saltó del local al resto del Callejón Diagon y se arrastró por los callejones de Knockturn.

Pronto, el fuego se avivaría aún más. Una nota anónima, cargada con los detalles exactos del desafío, aterrizó en el escritorio de cierta reportera del Profeta conocida por su olfato para la carnaza. La información era incompleta, pero contenía el veneno suficiente para que ella hiciera el resto. Tratándose de dos familias de sangre pura enfrentadas, era una bomba mediática. Poco importaba si Rita Skeeter distorsionaba los hechos bajo su pluma; lo único relevante era que el mundo mágico supiera que la sangre estaba a punto de correr.

…

En Hogwarts, Albus Dumbledore intentaba descifrar en qué punto los hilos se le habían escapado de las manos. Sus cavilaciones fueron interrumpidas por un invitado que no esperaba: Arthur Weasley. El director estuvo a punto de ofrecer un saludo cortés, pero se detuvo al ver su estado. Arthur estaba demacrado, pálido y envuelto en un aura de ansiedad pura.

Arthur no anduvo con rodeos. No cuestionó a Dumbledore sobre los protocolos de intercambio ni sobre la seguridad internacional; llegó buscando respuestas. Expuso los hechos con desesperación, suplicando ayuda.

La expresión de Dumbledore mutó de la calma a la seriedad, rozando la sorpresa genuina. Fue una discusión fugaz pero violenta en emociones: un padre al borde del colapso y un anciano director dándose cuenta de que más problemas llegaban en el peor momento posible.

Ambos salieron de la oficina a paso ligero, buscando a quienes pudieran arrojar algo de luz. Con un timing casi cómico, se toparon con Snape, quien ya vestía sus ropas de viaje y cargaba un maletín listo para partir hacia Brasil. El profesor de Pociones se quedó paralizado un segundo, pero al ver la urgencia en los ojos del director, se dio media vuelta y los siguió, exigiendo con su habitual tono cortante que le explicaran el motivo de tal agitación.

Poco después, en la Guarida, las chicas se vieron sorprendidas por la irrupción de los tres hombres.

“¡Niñas! ¡Hola! ¡¿Saben algo de mi hijo?! ¡¿Les ha enviado alguna carta?! ¡¿Tienen idea de dónde está?!” soltó Arthur, atropellando las palabras. Había perdido cualquier rastro de su habitual cortesía.

Las chicas se quedaron congeladas; algunas sostenían sus tazas de té con manos temblorosas ante la invasión repentina.

“Tranquilo, Arthur”, dijo Dumbledore, apoyando una mano firme en su hombro para calmarlo. Luego se dirigió a las alumnas con voz suave pero urgente: “Perdonad la interrupción, pero la situación es crítica. Tememos que Red esté en un peligro grave y necesitamos localizarlo.”

Parvati fue la primera en recuperar el habla, parpadeando con incredulidad.

“¿Localizarlo? ¿No está en Castelobruxo? ¿En Brasil?”

La tensión en la sala subió varios grados. Todas sabían que si Dumbledore, Snape y el señor Weasley estaban allí juntos, la situación había trascendido cualquier travesura usual.

“Puede que eso ya no sea cierto”, explicó Dumbledore. “Tanto él como Hannah han desaparecido en la selva amazónica tras un incidente complejo. No hemos logrado contactarlos y, aunque logramos contactar con Neville, no tenemos pistas claras. Sin embargo… hay informes de que se ha visto a Red en el Ministerio hace apenas una hora, aunque no podemos asegurar que fuera realmente él.”

“Si saben algo, por poco que sea, por favor… decídmelo” suplicó Arthur, mirándolas con una vulnerabilidad que rompió el corazón de las presentes.

Las chicas intercambiaron miradas cargadas de indecisión. Ellas sabían más de lo que admitían, pero el peso del secreto de Red las frenaba. Sin embargo, al ver el rostro desencajado de Arthur, la balanza comenzó a inclinarse. Red les había dado libertad para decidir en situaciones críticas, y esta, sin duda, lo era.

“Nosotras… sabemos algo” confesó Padma, encogiéndose de hombros como si esperara un castigo inminente.

“Tranquilas, niñas. No están en problemas “intervino Dumbledore, quien ya sabía que le había ocultado algo la vez anterior, con su habitual tono sereno. Sus ojos ahora brillaban con la intensidad de quien finalmente encuentra una pista.”Solo necesitamos ayudarlos.”

“Tuvimos contacto con Hannah hace poco” soltó Tracey de golpe. “Parecía estar bien. Dijo que estaba viviendo una aventura y que nos contaría todo al regresar.”

“Mencionó que ella y Red se estaban quedando en un poblado nativo, en lo profundo de la selva” añadió Susan con timidez desde atrás. “Dijo que nos traerían algunos recuerdos.”

“Pero también dijo que Red se había marchado”, añadió Daphne con una nota de preocupación. “Parecía aliviada por ello, pero no dio más detalles.”

Dumbledore y Snape soltaron un suspiro de alivio casi imperceptible. Al menos, los niños no estaban muertos en una zanja amazónica. Sin embargo, Snape no pudo evitar fulminar a las alumnas con una mirada intimidante; estuvo a punto de cruzar el océano por una información que ellas habían tenido guardada todo el tiempo.

“¡¿Y de Red?! ¡¿Saben algo más?! ¡¿Pueden contactarlo ahora?!” preguntó Arthur, aferrándose a la noticia como un náufrago.

“De Red no sabemos nada realmente. Solo recibimos ese mensaje de Hannah” negó Pansy, dejando entrever un tono de queja en su voz. “Ninguno de los dos habla; dicen que nos contarán todo cuando vuelvan.”

En realidad, las chicas ocultaban que Red les pidió cubrir a Hermione, ni siquiera sabían por qué, pero sabían que no podían revelarlo.

“¿Pueden enviarle un mensaje a Red?”preguntó Dumbledore, observándolas con agudeza. “Me imagino que tienen un método especial de comunicación. ¿Pueden hacerlo ahora?”

“¡Sí!”

“¡No!”

Las respuestas contradictorias chocaron en el aire, obligando a las chicas a mirarse entre sí con pánico. Snape dio un paso al frente, su presencia envolviendo la sala como una sombra fría.

“Parece que no terminan de comprender la gravedad de este asunto”, siseó Snape, y su tono hizo que varias de ellas retrocedieran. “Esto no es una sugerencia, es una orden. Su pequeño amigo se ha metido en un problema del que quizá no salga vivo si ustedes deciden seguir jugando a los secretos.”

Padma estuvo al borde de las lágrimas bajo la mirada penetrante del profesor de Pociones.

“No es que no queramos… es que tarda mucho” logró decir Padma con la voz quebrada.

“El mensaje tarda un día entero en llegar hasta Brasil” explicó Daphne, haciendo un esfuerzo por mantener la compostura frente a Snape. “Siempre hay un retraso en la comunicación. Lo sentimos, profesor Dumbledore.”

“Pero existe la posibilidad de que Weasley no esté en Brasil” rebatió Snape, cuyos ojos no se apartaban de ellas. “Así que más les vale empezar a moverse y traerlo aquí antes de que haga que lo maten.”

Las chicas asintieron nerviosas. En la periferia de la reunión, una de ellas ya había intentado enviar discretamente un [Mensaje]… pero no había obtenido respuesta y ahora se estaban desesperando.

“Está bien, no os preocupéis” dijo Dumbledore, esbozando una sonrisa cálida que buscaba disolver el miedo en la sala. “Intentad contactar con él. Si descubrís algo nuevo, por pequeño que sea, avisadnos de inmediato. No importa cuánto tarde.”

Dumbledore no quería tensar más la cuerda; en su fuero interno, dudaba que unas adolescentes pudieran doblegar la voluntad de Red si este había decidido desaparecer.

“Por cierto” añadió el director, paseando la mirada por el grupo, “¿dónde se encuentra la señorita Granger?”

“¡Cierto, su novia!” exclamó Arthur, aferrándose a esa posibilidad como a un clavo ardiendo. Si alguien guardaba el secreto del paradero de su hijo, tenía que ser ella.

Las chicas se pusieron rígidas. Recordaron el mensaje de Red del día anterior. Sabían que algo importante estaba ocurriendo entre ellos, pero la propia Hermione no se había dejado ver.

“No sabemos dónde está, no ha venido a la sala hoy” respondió Daphne con rapidez, mintiendo con la verdad.

“¿Hermione?” Una voz surgió desde el umbral de la puerta.

Todos se giraron para ver a Millicent Bulstrode entrando en la sala.

“La vi yendo hacia la enfermería” dijo Millicent, esforzándose por mantener un tono casual, aunque su aparición estaba orquestada por la mente maestra que sí había leído los [mensajes]. “Me dijo que ayer estuvo a punto de torcerse un tobillo y que hoy, sintiéndose débil, se cayó. Fue a ver a Madame Pomfrey.”

Era una buena excusa, lo suficientemente mundana como para no levantar sospechas inmediatas. El siguiente objetivo lógico era la enfermería, pero no todos estaban satisfechos. Snape, al igual que Dumbledore, olía el rastro de una mentira colectiva. Severus no era hombre de peticiones; prefería los métodos intrusivos, aunque discretos.

Solo que, esta vez, no salió bien.

En el instante en que Snape lanzó una Legeremancia silenciosa a través de la mirada contra Susan —quien parecía el eslabón más débil del grupo—, la niña cerró los ojos con violencia y soltó un grito desgarrador. Un hilo de sangre comenzó a brotar de sus párpados.

“¡Susan!” gritaron las chicas, rodeándola al instante.

Los adultos se quedaron lívidos. Dumbledore se lanzó hacia la niña para sostenerla mientras ella se retorcía de dolor.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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