Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 430
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Capítulo 430: 427) Problemas en el Atrio
“¡La familia Weasley se enfrenta en duelo contra los Malfoy!” exclamó alguien en la multitud.
“¡No es toda la familia! ¡Es solo uno de los hijos, y de los menores!”
“Por Merlín… ¿lo van a matar?”
“No digas tonterías. Los duelos a muerte son extremadamente raros y requieren una causa de peso… pero aun así, las consecuencias de un desafío de sangre son impredecibles.”
“¡Ya era hora!” intervino un mago anciano de larga barba plateada, cuyos ojos brillaban con una emoción nostálgica. “Una verdadera y noble batalla entre magos, como en los viejos tiempos. ¡Justicia a la antigua usanza!”
El clamor en el Atrio era ensordecedor, pero cuando Fudge intentó recuperar el aliento para desacreditar el desafío, sus palabras se ahogaron en el rugido de una comunidad que, por un instante, había recordado las viejas leyes. Aunque el caos físico se apaciguó, la atmósfera permanecía densa.
Fue en ese preciso instante cuando Arthur Weasley, que regresaba de una investigación de campo con su túnica algo desgastada y el maletín en mano, cruzó los arcos de entrada para encontrarse con semejante escena de crisis.
“¿Qué es lo que ocurre aquí?” le preguntó Arthur a un empleado que estaba cerca de la periferia de la multitud.
El hombre se volteó, listo para repetir el chisme por centésima vez, pero al reconocer el rostro de Arthur, se quedó petrificado. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y las palabras se le atascaron en la garganta.
“¿Hola? ¿Te encuentras bien?” insistió Arthur, ladeando la cabeza con esa amabilidad confusa que lo caracterizaba.
El efecto se propagó como una onda. Las personas a su alrededor se giraron una a una; las expresiones de asombro y nerviosismo caían sobre él como una losa. El silencio se hizo paso de forma violenta, seguido de un murmullo siseante que recorrió el Atrio: “Es él… es el padre”. Arthur sintió una punzada de ansiedad en el pecho; conocía esa mirada, era la mirada que recibía cuando algo en su departamento salía terriblemente mal.
“¡Arthur Weasley!” rugió Fudge al divisarlo, señalándolo con un dedo acusador como si Arthur fuera el autor intelectual del incendio. “¡¿Tienes idea de lo que ha hecho tu hijo?!”
“Señor Ministro…” Arthur se encogió instintivamente, sintiendo el peso de cientos de miradas. Su mente, acostumbrada a los problemas domésticos, voló de inmediato a su mayor pecado. “Si esto es por el incidente del coche volador… lo destruiré. Mandaré los restos al Ministerio mañana mismo si es necesario” dijo con un rastro de dolor en la voz; aquel auto era su tesoro, pero el sustento de su familia dependía de ese empleo.
“¡¿Crees que nos importa tu estúpido juguete muggle?!” gritó Fudge, avanzando hacia él con ímpetu. “La investigación sobre esa chatarra sigue en curso, ¡pero tus hijos no dejan de pisotear la dignidad de esta institución! ¿Es que no sabes educarlos? ¡Deberías tener a ese demonio bajo llave!”
Arthur palideció, pero su instinto paternal se activó de inmediato. Si lo atacaban a él, agachaba la cabeza; si atacaban a sus hijos, se ponía firme.
“Ministro, Ron puede ser algo impulsivo, lo sé, pero es un buen chico y es solo un…” empezó a defenderlo, tratando de entender qué nueva locura habría cometido su hijo menor en Hogwarts.
“¡A nadie le importa tu otro hijo causa problemas!” escupió uno de los secretarios de Fudge, con desprecio.
“¿No están hablando de Ron?” murmuró Arthur para sí mismo, parpadeando confundido. El miedo dio paso a una resignación cansada. “Entonces… ¿fueron Fred y George?” preguntó tenso. En su mente, sus hijos gemelos eran los únicos capaces de generar una conmoción de tal magnitud en el Ministerio.
Arthur se preparó para recibir la noticia de una explosión, una broma pesada o un asalto a la oficina de algún alto cargo. No estaba preparado para la verdad que estaba a punto de golpearlo.
“¡¿De verdad no lo sabes?! ¡¿Es que no tienes autoridad alguna sobre tus hijos?! ¡Quizás toda tu familia debería ser enviada a Azkaban para aprender algo de disciplina!” rugió el Ministro, forzando la voz para retratar a Arthur como un padre negligente ante la multitud. “¡Hablamos de tu otro hijo, el de ese cabello rojo sangre! ¡Hablamos de Red Weasley!”
“¿Red?” Arthur parpadeó, su rostro transformándose en una máscara de confusión absoluta. Por un segundo, un rayo de alivio cruzó sus ojos; estaba convencido de que todo era un error. “Creo que se está equivocando, señor Ministro…”
“¡En absoluto! Todos lo presenciaron. Tu hijo vino aquí, montó un espectáculo grotesco en la fuente y lanzó un desafío a, ni más ni menos, Lucius Malfoy, ¡uno de los magos más distinguidos y respetados de nuestra comunidad!” Fudge enfatizó cada palabra con el dedo índice, tratando de inyectar gravedad a lo que él consideraba una ofensa imperdonable.
“¿Que hizo qué?” Arthur soltó un suspiro, pero esta vez se irguió, recuperando la calma por completo. “Señor Ministro, insisto en que hay un error monumental. No pudo haber sido mi hijo Red. Él no se encuentra en Gran Bretaña, ni siquiera está en Europa. Actualmente participa en un programa de intercambio educativo en Castelobruxo, en el corazón de Brasil.”
Lo dijo con tal respeto y seguridad que la multitud vaciló. Arthur no intentaba ser desafiante; simplemente estaba exponiendo un hecho geográfico indiscutible para proteger la dignidad del Ministro, aunque eso fuera lo último que Fudge merecía.
“¡Todos lo vimos! ¡Nadie más tiene ese aspecto tan distintivo!” repitió Fudge, negándose a aceptar la realidad. No le convenía que el culpable fuera un impostor, por lo menos no despues de sus palabras anteriores; necesitaba que fuera un Weasley.
“Entonces alguien ha usurpado su identidad” respondió Arthur, ahora con una expresión seria. “Yo mismo fui a despedirlo. Puede consultarlo con el profesor Dumbledore o con la Oficina de Trasladores; allí consta el registro del viaje que él y sus compañeros realizaron junto al profesor Kettleburn. Incluso pueden enviar un mensaje oficial a Castelobruxo si lo desean.”
Un silencio sepulcral cayó sobre el Atrio. Las miradas se desviaron hacia los empleados del Departamento de Transportes Mágicos, quienes empezaron a intercambiar murmullos nerviosos. “Creo recordar un permiso especial para Sudamérica…”, se oyó decir a uno de los técnicos de trasladores.
La tensión de Fudge y Arthur eran cada vez mayores. Uno temía que alguien estaba ensuciando el nombre de su hijo; el otro veía cómo su gran maniobra política se desmoronaba, dejándolo como un tirano que acababa de amenazar a un empleado inocente basado en un error de identidad.
“Puede… que sea realmente el” exclamó de pronto la recepcionista desde un costado, rompiendo el silencio. “Cuando llegó, confesó que la varita que portaba la había conseguido en Brasil.”
Todas las cabezas se giraron hacia ella. Kingsley, que se aproximaba para intentar detenerla y contener los daños, cerró los ojos con resignación. La oportunidad de enterrar el asunto discretamente se había esfumado.
“¡¿A qué esperan?!” gritó Fudge, aferrándose a esa nueva pista como a un clavo ardiendo. “¡Vayan ahora mismo y verifiquen si ese muchacho ha regresado a Inglaterra de forma ilegal! ¡Quiero registros, quiero pruebas! ¡Ahora!”
“¡No puede ser él!” insistió Arthur, aunque su voz empezaba a perder la firmeza de antes. No interfería con la investigación, pero su mente se negaba a procesar que su hijo hubiera cruzado el océano solo para causar revuelo en el Ministerio. “Red no haría algo así… es un viaje transatlántico, es imposible…”
“Si es o no tu hijo se descubrirá pronto, pero de todas formas, ¡explícanos esto!” rugió el Ministro, estampando el pergamino del desafío contra el pecho de Arthur. “¿Crees que esto es obra de un extraño? ¡Incluso lleva el sello de la familia Weasley!”
Arthur tomó el documento con manos torpes. Sus ojos recorrieron las líneas prolijas y, con cada palabra, un temblor gélido comenzó a apoderarse de sus hombros. Como descendiente de una de las Sagradas Veintiocho, no era un extraño a los protocolos de sangre; comprendía perfectamente la veracidad técnica y la complejidad legal de lo que tenía enfrente. Era un tratado de desafío formal, impecable, que usaba los nombres de las casas Malfoy y Weasley con una audacia suicida.
Lo peor, lo que hizo que el color drenara por completo de su rostro hasta dejarlo del blanco de la ceniza, fue la letra. Podía reconocer los trazos y, sobre todo, la firma. Fuese o no el Red que él conocía, esa era la mano de su hijo.
“¡Esto tiene que ser falso!” exclamó Arthur, aferrándose a la última brizna de esperanza. “Debe desestimar esto, Ministro. Mi hijo jamás se involucraría en algo tan…”
Hablaba con fidelidad, pero en su fuero interno, la duda sembraba raíces. Red siempre había sido un niño problemático, extraño, alguien a quien Arthur a menudo no lograba descifrar, pero esto sobrepasaba su imaginación.
“¡¿Acaso este sello no es el de tu casa?!” arremetió Fudge, viendo la flaqueza de su oponente. “Hemos verificado la firma y pertenece a un sello real de sangre pura. ¡Que traigan los registros heráldicos de la familia Weasley ahora mismo para cotejarlos!”
“¡Es imposible! Ese sello está escondido entre mis pertenencias personales. ¡Nunca lo uso! ¡Mis hijos ni siquiera saben de su existencia!” replicó Arthur, intentando desesperadamente encontrar una lógica que lo salvara, pero su palidez lo delataba. El pergamino era real.
El caos volvió a adueñarse del Atrio. Algunos empleados se escabullían para ser los primeros en difundir la noticia en el callejón Diagon; otros, bajo las órdenes de un Fudge, corrían en busca de pruebas.
Kingsley Shacklebolt se acercó a Arthur y le puso una mano firme en el hombro, tratando de transmitirle un apoyo que él mismo no sentía del todo.
“Tranquilo, Arthur. Puede que sea un malentendido” le dijo en voz baja. “Yo… yo estuve con él. Se veía extraño. Estaba demasiado serio, demasiado confiado… quizás algo oscuro. Poseía un objeto mágico maldito que erizaba la piel. Debí ser más consciente; debí detenerlo en cuanto sentí que algo no encajaba. Estoy seguro de que se trata de alguien usando una poción multijugos.”
“¡¿De verdad lo crees, Kingsley?!” Arthur se aferró al brazo del mago negro como un náufrago a una tabla. “¿Lo dices en serio?”
Preguntó con una voz quebrada, pero no había alivio en su mirada. Si no era Red, significaba que alguien lo suficientemente poderoso como para engañar a un Auror y robar un sello heráldico familiar estaba suplantando a su hijo con quien sabe que razón o motivo.
En ese momento, los empleados que habían sido enviados a investigar regresaron al Atrio con rostros sombríos. Se abrieron paso entre la multitud hasta llegar frente al Ministro, quien los recibió con una mezcla de impaciencia y ansiedad.
“¿Y bien? ¿Averiguaron algo?” preguntó Fudge, forzando una confianza que se desmoronaba en su interior. “¿Ese niño regresó al país en secreto?”
“El Ministerio de Brasil… se limitó a divagar.” explicó el funcionario, midiendo sus palabras. “Contactamos con Castelobruxo y exigimos hablar directamente con él, pero nos informaron que no estaba disponible. Al presionar con una orden de prioridad, finalmente confesaron la verdad: el chico ya no está en la escuela. Está… desaparecido.”
“¡Lo ven! ¡Se los dije!” exclamó Fudge, recuperando el aliento con una sonrisa triunfal. “Red Weasley ha roto las normas, ha violado nuestras fronteras y ha entrado ilegalmente al país para causar disturbios.”
Arthur y Kingsley palidecieron al unísono, pero Amelia Bones, que se había mantenido en un silencio gélido, intervino con voz firme.
“Él es nativo de Gran Bretaña, Cornelius. Su regreso no puede ser ilegal por definición” sentenció Amelia. Recordaba al chico y no lograba encajar su imagen con la de un criminal internacional; no pudo evitar arrojarle un salvavidas legal.
“¡Aun así! Un niño que ha…” Fudge no pudo terminar la frase.
“Señor Ministro, el asunto es mucho más grave” interrumpió el informante. “No solo desapareció Red Weasley. Su compañera, Hannah Abbott, también se ha esfumado durante el intercambio. Según los informes que logramos extraer, hubo un ataque terrorista por parte de grupos desconocidos durante una excursión. Ambos niños se perdieron en la selva amazónica y no se sabe nada de ellos desde hace días. Incluso los equipos de rescate enviados han dejado de emitir señales.”
Un silencio abrumador cayó sobre el Atrio. Esto ya no era el regreso secreto de un estudiante rebelde; era una tragedia a nivel internacional. Amelia Bones apretó los puños ahora al escuchar el nombre de Hannah, la mejor amiga de su sobrina Susan, pero fue Arthur quien reaccionó con una furia desesperada.
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Lo siento, amigos, solo esto esta vez. El Patreon bajó, así que estaré subiendo solo 1 o 2 capítulos semanalmente por el momento.
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