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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 1

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  3. Capítulo 1 - 1 Solo bajo la luna
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1: Solo bajo la luna 1: Solo bajo la luna La noche era un cristal gélido, sereno, y el firmamento había desplegado su manto más brillante.

Una luna llena, redonda y pálida como una moneda de plata olvidada, bañaba el paisaje.

Revelaba, en sus detalles más íntimos, el bosque denso que abrazaba la montaña como un amante fiel.

Y en la cúspide, recortado contra el disco lunar, se erguía la silueta de la bestia.

Se llamaba Feral.

Medía más de dos metros y su constitución era un monumento a la fuerza bruta.

Su pelaje absorbía la luz, más negro que el vacío entre las estrellas.

El rostro, lupino, albergaba dos ojos que ardían con el fulgor rojo de ascuas vivas.

Colmillos superiores e inferiores asomaban de su hocico en una dentadura perpetua de combate.

Sus garras, largas y curvadas como cimitarras, brillaban con un lustre aceitunado.

Se erguía sobre dos patas, y el único vestigio de humanidad era un pantalón negro, hecho de una tela resistente y sobria, que contrastaba con el caos salvaje de su melena y su cola.

Feral alzó el rostro.

La luz lunar le acarició los pómulos, los colmillos, la espesura del pecho.

Una reverencia, apenas un inclinar de cabeza, precedió a su murmullo.

—Aquí estoy otra vez.

Como cada noche, mi brillante compañera.

Ya conoces mi nombre.

Pero para entender quién soy… debes conocer el mundo que me forjó.

Su voz, grave y ronca, se perdió entre los pinos.

—Hace mil años, este mundo era un paraíso.

Entonces, los humanos despertaron algo dentro de sí: habilidades, poderes.

Al principio fue una maravilla.

Luego, una maldición.

Cuando todos, absolutamente todos, obtuvieron un poder, el equilibrio se quebró.

La guerra fue total.

Devastó la tierra, corrompió el alma de todo lo vivo… hasta que surgió él.

Konrrac.

El que unificó.

Los que se resistieron se llamaron a sí mismos los ALIADOS.

Nosotros, los seguidores de Konrrac, somos los DIEZ TERRORES.

Feral cerró los ojos un instante.

La brisa nocturna agitó su melena.

—Mis padres me abandonaron al nacer.

Esta apariencia… no era para un mundo que aún soñaba con belleza.

Konrrac me recogió.

Me entrenó.

Me dio un hogar aquí, en la Montaña Solitaria, y un propósito: luchar por un mundo donde nadie más tenga que sentirse como yo.

Abría los ojos.

La determinación había ahogado la tristeza.

—Tengo veinte años.

Soy el Terror Número Diez, el Terror de la Soledad.

Y te hablo cada noche porque, aunque las estrellas te rodeen, tú también estás sola en lo alto.

Yo… tengo compañeros, un bosque lleno de vida.

Pero la soledad no es una cuestión de multitudes.

Es un hueco aquí —se golpeó el pecho con un puño suave—.

Por eso te hablo.

Con la frágil esperanza de que, alguna noche, me respondas.

— En ese preciso instante, cinco sombras se movían entre los riscos inferiores.

Soldados de los ALIADOS, infiltrados en el vientre de la montaña.

Uno de ellos, con ojos que destellaban un brillo antinatural, guiaba al grupo.

—¡Por aquí!

—susurró—.

¡Si no fuera por mi Don de Ver lo Oculto, ya habríamos caído en tres trampas mortales!

Este lugar es un colador de muerte.

—¡Ja!

—bufó otro, un tipo ancho de espaldas llamado Gor—.

A mí nada me sorprende.

Matamos al monstruo, cobramos la recompensa y a casa.

La arrogancia era tan espesa como la oscuridad que los rodeaba.

— Feral aspiró el aire.

Cinco olores extraños.

Sudor, metal, miedo disfrazado de valor.

Y el débil, dulzón olor a pólvora de los artefactos que llevaban.

Una sonrisa lenta, terrible, le recorrió el hocico.

La conversación había terminado.

Se movió como un suspiro de la noche.

El primer soldado, el que nada veía en la oscuridad natural, sólo percibió una ráfaga de negro antes de que el mundo se partiera en dos.

Literalmente.

Las garras de Feral cortaron el aire y el cuerpo del hombre con un solo chasquido húmedo.

La sangre caliente roció la piedra fría.

El segundo, el vidente, gritó una advertencia que murió en su garganta.

Feral estaba ya sobre él.

No hubo golpe, sólo un movimiento rápido de cabeza, un crujido sordo, y el hombre se desplomó con el cuello convertido en una ruina.

—¡Formación!

—rugió un tercero.

Fue inútil.

Feral era un torbellino de furia concentrada.

Esquivó una cuchillada, atrapó el brazo del atacante y lo arrancó de cuajo antes de hundir su garra en el pecho del hombre y extraer algo que latió una última vez en su puño.

Al cuarto lo alcanzó con un giro de su cola, poderosa como un mazo, y al caer, Feral le hundió las garras en la espalda, separando vértebras con un sonido seco y educativo.

Quedaba uno.

Gor.

El hombre había retrocedido, la espada desenvainada, temblando no de miedo, sino de ira pura.

—Lograste acabar con mis compañeros… fácilmente —dijo, la voz cargada de veneno—.

Te subestimamos.

Feral se sacudió la sangre de las garras.

Una llovizna carmesí.

—Tus compañeros no eran más que basura —dijo con una calma aterradora—.

Ni siquiera me hicieron sudar.

El rostro de Gor se descompuso.

—¡¿Cómo te atreves a llamarlos basura?!

—bramó—.

¡Hay familias esperándolos!

¡Hombres que no volverán!

¡Maldito animal!

Su espada describió un arco en el aire.

Y el mundo estalló en llamas azules.

Un torrente de fuego frío y voraz brotó de la hoja, consumiendo rocas, liquen, aire.

Destruyó una gran porción de la cara de la montaña, reduciendo la piedra a escombros vitrificados.

Gor jadeó, la espada humeante, mirando la columna de humo y polvo.

—¿Crees que puedes con mi fuego, bestia?

De entre los escombros, sin una quemadura, surgió Feral.

Se sacudió el polvo de los hombros con un gesto casi fastidioso.

—¡Oye!

—exclamó, con un tono de genuina sorpresa—.

¡Ese sí que fue un buen ataque!

Dime… ¿puedes mantener el ritmo?

La rabia de Gor fue un manantial blanco.

—¡No tientes a tu suerte!

— Lo que siguió fue un cataclismo en miniatura.

Dos fuerzas primarias chocando.

Golpe contra golpe, cada impacto resonaba como un trueno atrapado en el valle.

Bajaron por la montaña destrozando cornisas, saltaron al bosque y allí, entre árboles centenarios, hicieron una pausa breve.

Gor jadeaba, sudoroso pero ileso.

Feral respiraba con calma, pero en su costado, en su brazo, lucía varios cortes profundos y humeantes.

Gor esbozó una sonrisa triunfal.

—¡Veo que sí puedes sangrar, monstruo!

Feral miró sus heridas.

Luego, a Gor.

Y sonrió.

Las heridas cerraron.

La piel y el músculo se regeneraron en segundos, dejando sólo rastros de sangre seca sobre el pelaje impecable.

—Supuse que tus ataques serían más poderosos —dijo Feral, decepcionado—.

Parece que te sobreestimé.

Gor palideció.

—¿Te… te dejaste herir a propósito?

¿Sólo para probar mi fuerza?

—¡Sí!

—rugió Feral, y su alegría era feroz, auténtica—.

Me gusta pelear con oponentes que me hagan sentir vivo.

Pero tú… no tienes el nivel.

Me aburres.

Así que te mataré delante de ella, como tributo.

—¿Ella?

¿Quién?

¡Aquí no hay nadie!

Feral señaló al cielo.

A la luna, que brillaba imperturbable sobre la carnicería.

—Hablo de ella.

Mi única compañera.

Mi faro.

Gor estalló en una risa desquiciada.

—¡El aislamiento te ha vuelto loco!

¡Hablas con una roca!

¡Acabemos con esto!

Giró su espada sobre su cabeza.

Las llamas azules no brotaron esta vez; ascendieron en un vórtice, un tornado de fuego que se elevó hasta las nubes, envolviendo la montaña, el bosque, tragándose a Feral por completo.

El calor era tan intenso que los árboles más cercanos estallaron en llamas verdes.

Gor bajó la espada, exhausto.

El vórtice se disipó.

En el centro del claro carbonizado, Feral permanecía de pie.

Intacto.

Una lágrima de plata (¿era sudor, o algo más?) le recorría el pelo de la mejilla.

—Tú —dijo, y su voz ya no tenía rastro de juego— no eres digno ni de mi mejor ataque.

Inspiró profundamente.

El aire a su alrededor se distorsionó, como si la realidad se comprimiera.

Sus garras se tensaron, y un aura oscura, negra como el espacio entre galaxias, las envolvió.

—GARRAS NEGRAS.

No fue un golpe.

Fue una negación.

Blandió el brazo.

No hubo contacto físico.

Una estela de pura oscuridad, un vacío con forma de garra, se proyectó hacia adelante.

No hizo ruido.

Absorbía el sonido, la luz, el calor.

Donde pasó, el suelo dejó de existir, arrancado en una zanja perfecta y profunda.

Los árboles no cayeron; se desintegraron.

Las llamas azules de Gor se apagaron al instante, succionadas por la oscuridad.

La onda de choque, silenciosa e imparable, viajó más allá del bosque, hacia las montañas lejanas.

Unos segundos después, varias cimas simplemente… desaparecieron, truncadas como velas apagadas por dedos gigantescos.

De Gor no quedó ni un átomo.

Había sido borrado.

— El silencio regresó, más absoluto que antes.

Feral contempló el camino de destrucción que había creado.

Luego, alzó de nuevo la vista a la luna.

No hubo palabras esta vez.

Sólo un rugido.

Un sonido largo, profundo, cargado de una victoria que sabía a cenizas y de una soledad que era más grande que cualquier montaña.

El rugido hizo vibrar las piedras sueltas, hizo temblar las raíces de los árboles sobrevivientes.

Y la luna, indiferente y bella, siguió brillando.

Su luz plateada acarició la figura solitaria en la cima, pintando de plata su pelaje negro, sus garras quietas, y los ojos rojos que, por un instante, parecieron buscar algo, alguien, en el frío rostro celestial.

No hubo respuesta.

Nunca la había.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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