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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 2

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  3. Capítulo 2 - 2 El Tacto de lo imposible
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2: El Tacto de lo imposible 2: El Tacto de lo imposible Mientras el último eco del rugido de Feral se disipaba en la Tierra, en la luna, un ser observaba.

Era una figura femenina, una silueta esculpida con la quietud misma del vacío.

No respiraba, porque el aire era un lujo de mundos inferiores.

No temblaba, porque el frío del espacio era su manto.

Una aura serena, divina, la envolvía, un resplandor tenue como el de una nebulosa lejana.

Su nombre era Retza, y llevaba eones observando el giro de los mundos.

Pero desde hacía veinte años, su mirada —una de las incontables que poseía— se había anclado a una montaña, a una bestia, a un corazón atormentado que hablaba con su luz.

En ese momento, el espacio a su lado se onduló.

Apareció una figura masculina, erguida y sólida, con una presencia que hablaba de determinación inquebrantable.

Era Cirus.

—¡Retza!

—su voz, un pensamiento compartido, resonó en la no-atmósfera—.

Otra vez estás anclada en ese punto.

Tu obsesión con ese mortal empieza a ser preocupante.

Si el Inquisidor descubre que descuidas tus labores como diosa del amor por espiar a un guerrero… Retza no apartó los ojos de la esfera azul y blanca.

—No descuido nada —respondió, su tono era melodioso y multitonal, como campanas en diferentes dimensiones—.

Yo, con un ojo, lo veo a él.

Con los otros billones, observo cada suspiro, cada latido de amor, lujuria, afecto y anhelo en toda la creación.

Estoy aquí, y a la vez estoy en el primer beso de dos adolescentes, en el duelo silencioso de un viejo matrimonio, en la devoción de un monje.

Mi atención es divisible e infinita.

Como la tuya, dios de la voluntad.

Cirus frunció el cejo, un gesto humano que adoptaba por costumbre.

—Tu obsesión es inquietante.

Si él llegara a intuir… —Cirus —lo interrumpió Retza, por primera vez volviéndose ligeramente hacia él—.

Para ser la encarnación de la voluntad, le tienes un miedo patético a Él.

—No es miedo.

Es prudencia —replicó Cirus, firme—.

Tú sabes lo que el Inquisidor hace con las reglas rotas.

Lo hemos visto.

Un velo de sombra pasó por los ojos inmensos de Retza.

Asintió lentamente.

—Tienes razón… Me alejaré un tiempo.

Pero antes… quiero bajar.

Verlo de cerca, solo una vez más.

Al fin y al cabo, él no puede percibirnos.

Cirus suspiró, un sonido que era una onda de energía resignada.

—Como quieras.

Yo me retiro.

No quiero ser cómplice de esta… curiosidad.

Se desvaneció.

Retza permaneció un instante más, luego, su forma se disolvió en un haz de luz plateada que descendió, suave y veloz, hacia la Tierra, hacia la Montaña Solitaria, hacia la guarida del sueño de Feral.

— Dentro de la montaña, en una cámara tallada en la roca viva, Feral dormía.

No era un sueño plácido.

Sus músculos se tensaban en espasmos ocasionales, sus colmillos rechinaban contra un enemigo onírico.

La soledad, incluso en el descanso, era una herida abierta.

Retza materializó sus pies descalzos sobre el suelo de piedra.

No hizo ruido.

El aire a su alrededor se volvió más quieto, más profundo.

Se acercó, ignorando el hedor a sangre seca y furia que impregnaba el lugar.

Se inclinó sobre la bestia dormida.

Su rostro, una obra maestra de armonía divina, mostró una curiosidad infinita y un destello de algo más tierno.

Extendió una mano.

Sus dedos, que habían acariciado el destino de amores estelares, se posaron sobre la frente áspera y caliente de Feral, entre los ojos rojos cerrados.

En ese instante, el mundo se detuvo.

Feral no se despertó: emergió.

Como si un imán cósmico hubiera jalado de su esencia.

Sus ojos se abrieron de golpe, y no con la furia del guerrero, sino con la claridad desnuda de un recién nacido.

Su mano, más rápida que el pensamiento, cerró su poderoso puño alrededor del brazo de Retza.

Contacto.

No fue el choque de dos cuerpos.

Fue la colisión de dos realidades antagónicas, la fusión de dos soledades eternas.

Para Feral, fue como si el universo entero hubiera encontrado su eje.

Una paz absoluta, cálida, fluyó desde ese punto de contacto, inundando cada célula, cada recuerdo de abandono, cada rugido de ira.

Era una felicidad tan vasta y desconocida que le quitó el aliento.

Por un segundo, la gravedad que lo ataba a la tierra, al dolor, a su destino, desapareció.

Sólo flotaba en esa mirada.

Para Retza, fue el Big Bang.

En el toque de esa criatura, sintió la textura áspera de la vida real, no la observada, sino la vivida.

Todas sus dudas existenciales de diosa eterna—¿para qué el amor si todo termina?, ¿cuál es el propósito de un sentimiento que ni siquiera ella podía sentir plenamente?— se disolvieron como niebla bajo el sol.

En esos ojos rojos, ardientes y ahora atónitos, encontró todas las respuestas.

Y una, simple y devastadora: su lugar no estaba en el frío trono de la observación, sino aquí, al lado de este ser imposible.

Se miraron.

Un segundo que duró una eternidad.

Feral abrió la boca.

Un sonido, un nombre, una pregunta, nació en su garganta.

Retza, antes de que pudiera formarse, recordó.

Recordó las reglas, el Inquisidor, la mirada admonitoria de Cirus.

El pánico, una sensación totalmente nueva, la invadió.

Con un movimiento que era pura voluntad divina, se desmaterializó.

Su brazo se volvió luz, luego nada, escapándose del agarre de Feral.

La bestia se quedó con la mano cerrándose sobre el vacío.

La paz se desgarró, dejando un agujero más profundo y doloroso que cualquier herida física.

Un rugido desgarrador, cargado de una pérdida inconmensurable, estalló de su pecho y sacudió los cimientos de la montaña.

Arriba, la luna brillaba, testigo cómplice y mudo, bañando el vacío que Retza había dejado.

— Feral buscó.

Con una desesperación animal, recorrió cada túnel, cada grieta, cada sombra de su dominio.

El aroma que ella había dejado era imposible: a luz de estrellas, a silencio eterno, a algo que jamás había olido.

Pero había desaparecido.

El vacío en su pecho era ahora una entidad tangible, hambrienta.

De repente, un zumbido mecánico y insistente cortó su frenesí.

Provenía de la sala de comunicaciones.

Entró en el recinto lleno de pantallas y consolas, y aplastó el botón de silencio con una garra.

Una voz metálica anunció: —Transmisión entrante.

Prioridad Alfa.

—¡Conéctala!

—rugió, su voz aún ronca por el rugido.

La pantalla central se iluminó, revelando un rostro que era un mosaico de poder ancestral.

Escamas marrones y rugosas, seis cuernos que se enroscaban como coronas, ojos verdes con pupilas verticales que destilaban una inteligencia fría y calculadora.

Konrrac.

—¡Muchacho!

—la voz de Konrrac era grave, un trueno contenido—.

¡Estás vivo!

Lo sabía.

Tu señal parpadeó, pero no se apagó.

—¡Maestro!

—Feral se irguió, el entrenamiento imponiéndose sobre el caos interior—.

¿Qué ocurre?

¿Por qué dice eso?

—Una ofensiva coordinada, hijo mío —Konrrac escupió las palabras—.

Los cobardes de los ALIADOS han golpeado todas nuestras bases simultáneamente.

Pensaron que podrían decapitarnos en una noche.

Se equivocaron.

Pero ha sido un mensaje.

Feral sintió la furia regresar, un viejo amigo.

Era más simple que la desazón del vacío.

—¡Ratas!

¡Sólo saben atacar por la espalda!

Deberíamos arrasar sus ciudades, mostrarles el verdadero terror cara a cara.

Konrrac asintió lentamente, una sonrisa serpentina asomando entre sus colmillos.

—Eso haremos.

Estoy diseñando la respuesta.

Una lección que tallaremos en los huesos de su historia.

Necesito que vengas al Fuerte Terror.

Todos se reúnen.

Es hora de que el mundo recuerde por qué nos temen.

Una chispa de emoción genuina, la anticipación de la batalla, iluminó los ojos de Feral.

—¡Sí, maestro!

Parto ahora.

Si corro a velocidad de vértigo, llegaré antes del amanecer.

—Te espero, hijo mío —Konrrac inclinó la cabeza—.

La cacería comienza.

La pantalla se oscureció.

Feral permaneció un momento en silencio.

La emoción por la guerra venidera palpitaba en él.

Pero, como un eco persistente, regresó la imagen de aquellos ojos que no eran de este mundo, la sensación de aquel brazo etéreo entre sus garras.

«¿Quién era?», pensó, la confusión atenazándole.

«¿Fue real?

¿O esta soledad finalmente me está volviendo loco?» Se miró las garras, negras y letales.

«Nadie… nadie así se acercaría a esto.

Debe haber sido un sueño.

Un cruel sueño.» Era más fácil creer eso.

Más seguro.

Con un gruñido final para ahuyentar los fantasmas, Feral salió disparado de la montaña.

Su cuerpo se convirtió en un borrón negro que hendía el paisaje, moviéndose a una velocidad que hacía llorar al aire.

Rumbo al Fuerte Terror.

Rumbo a la guerra.

— Muy lejos, en el tejido mismo del espacio profundo, Retza caminaba sin rumbo.

Su forma divina titilaba, inestable.

Las estrellas parecían desenfocadas.

Un destello de voluntad esmeralda cruzó su camino.

Cirus se materializó frente a ella.

—Retza.

Te saludé.

No respondiste.

Ella no lo vio.

Él tomó su brazo, y un pequeño choque de energías divinas la hizo parpadear.

—¡Oh!

Cirus.

Disculpa.

Estaba… distraída.

Cirus la miró con incredulidad.

—La diosa del Amor, distraída.

Con razón los mortales se quejan de pareja.

Un intento de sonrisa fallido asomó a los labios de Retza.

Cirus se volvió serio.

—¿Qué te pasa?

Algo ha cambiado en tu frecuencia.

Dime.

Retza lo miró, y por primera vez en eones, Cirus vio incertidumbre en los ojos de una deidad.

—Una pregunta, Cirus.

En todos los registros… ¿hay constancia de un mortal que pueda tocar, ver realmente, a un dios en su forma esencial, sin nuestro permiso?

Cirus se quedó quieto.

—Titanes, sí.

En los primeros tiempos, algunos podían interactuar con nosotros a ese nivel.

Pero un mortal simple… no.

Su percepción no está sintonizada con nuestra vibración.

Es imposible.

¿Por qué lo preguntas?

¿Acaso…?

—Sí —confesó Retza, la palabra era un suspiro de estrellas—.

Me pasó.

Con él.

No solo me vio.

Me agarró.

Sintió mi esencia.

—¡RETZA!

—la voz de Cirus fue un estallido de preocupación—.

¡Por todos los cosmos!

¡Tu obsesión te ha llevado demasiado lejos!

Esto no terminará bien.

¿Qué le ves a ese… animal?

Es pura furia bestial.

Dudo que tenga algo que se parezca a un sentimiento.

Los ojos de Retza se encendieron con una luz defensiva y poderosa.

—¡Es más que eso!

¡Mucho más!

Su energía vital… Cirus, está entrelazada con energía divina.

Pura, primigenia.

Cirus palideció.

—Entonces es un Titán durmiente.

Un descendiente de… —¡NO!

—lo cortó Retza—.

Tú sabes que los Titanes y los mortales tienen reflejos, versiones de sí mismos en cada universo paralelo.

Este ser… no.

No tiene reflejos.

Es una singularidad.

Único en toda la Creación.

La revelación golpeó a Cirus como un meteorito.

—Únicos… como nosotros.

Los dioses.

¿Estás diciendo que…?

—No es un dios —dijo Retza, convencida—.

Pero tampoco es solo mortal.

Es un híbrido.

Un semidiós verdadero.

La primera y única de su clase.

Por eso lo observo.

Su potencial… es inconmensurable.

Y está siendo guiado por ese reptil ambicioso hacia un camino de pura destrucción.

—Retza —la voz de Cirus era ahora suave, casi suplicante—.

No te entrometas.

Si es lo que dices, es una anomalía cósmica.

Kaliostro (el dios del destino) y Khronos (el dios del tiempo) seguro ya han trazado su línea temporal.

Tal vez su destino es ser la ruina de su mundo.

—¡Ya he visto su futuro!

—exclamó Retza, y su voz tembló—.

Y el de su planeta.

Es un final de ceniza y silencio.

Y no… no me gusta.

—No tenemos permitido intervenir —recordó Cirus, con firmeza—.

A menos que el Consejo lo ordene.

Y recuerda… recuerda lo que pasó la última vez.

Con el poeta mortal de Argos.

Casi te desintegran.

Retza apartó la mirada, un dolor antiguo cruzando su rostro.

Luego, se volvió hacia él, con furia.

—¡Esto no tiene nada que ver con eso!

¡Es diferente!

Pensé que tú, de todos, entenderías la importancia de una voluntad libre, ¡de un destino que se puede cambiar!

—¡Yo entiendo las consecuencias!

—replicó Cirus, exasperado—.

Y tu interés por este “semidiós” nubla tu juicio.

No es el destino lo que quieres cambiar, Retza.

Es el suyo.

Retza lo miró con una mezcla de furia y herida.

Sin decir nada más, se disolvió en un remolino de luz plateada, dejando a Cirus solo en el vacío.

El dios de la voluntad suspiró, mirando hacia el pequeño punto azul en la distancia.

—Ay, Retza —murmuró hacia la infinidad—.

Él no te ha tocado el brazo.

Te ha tocado el alma.

Y por eso, por favor, Edén (la fuente creadora), te lo ruego… cuídala de sí misma.

Mientras, en la Tierra, Retza, invisible e intangible como debía ser, volvía a flotar sobre los cielos.

Su mirada buscó y encontró el borrón negro que era Feral, ya aproximándose a una fortaleza gigantesca y oscura que surgía entre montañas aún más altas: el Fuerte Terror.

Su corazón divino, recién despertado a un tipo de dolor completamente nuevo, latía con una pregunta aterradora y emocionante: ¿Y si el destino estaba equivocado?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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