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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 85

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85: Para ti 85: Para ti Querido lector, querida lectora: Si has llegado hasta aquí, hasta la última palabra de este capítulo, hasta el suspiro que sigue al punto final, entonces tengo que darte las gracias.

Gracias de corazón.

No es una frase hecha.

Es un sentimiento real, crudo, como las heridas de Feral, como las lágrimas de Retza, como el rugido del lobo plateado.

Escribir esta historia ha sido un viaje.

Un viaje que comenzó en la soledad de una montaña, con una bestia que hablaba a la luna, y que terminó —si es que esto puede llamarse término— en la reinvención del omniverso, con ciento cuarenta y cuatro dioses recuperando la vida y un lobo que devora tiranos para transformarlos, no para destruirlos.

Pero ningún viaje vale la pena si no hay alguien del otro lado que lo recorra con uno.

Ese alguien eres tú.

No sé cómo llegaste a este libro.

Quizá te lo recomendó un amigo.

Quizá lo encontraste navegando en una tienda digital.

Quizá la portada te llamó la atención, o el título, o simplemente el azar —ese dios caprichoso que a veces hace bien su trabajo— cruzó tu camino con el mío.

Da igual.

Lo importante es que estás aquí.

Y que has dedicado horas de tu vida, páginas de tu tiempo, latidos de tu corazón, a una historia que salió de mi imaginación y que ahora, de alguna manera, también te pertenece.

Eso es lo más bonito de escribir: que las historias dejan de ser del autor en el momento en que alguien las lee.

Se convierten en algo compartido.

Un puente entre dos desconocidos que nunca se conocerán, pero que durante unas páginas sienten lo mismo, lloran lo mismo, esperan lo mismo.

Espero que esta historia te haya robado al menos una sonrisa.

O un suspiro.

O una lágrima.

O esa sensación rara, esa que no sabes nombrar, que te queda en el pecho después de cerrar un libro y que te acompaña durante días, como un eco, como un recuerdo que no es tuyo pero que decides adoptar.

Eso es lo que yo quería.

No solo entretenerte —que también, ojalá— sino hacerte sentir.

Hacerte pensar.

Hacerte preguntarte qué harías tú si tuvieras que abrazar a tu enemigo en lugar de destruirlo.

Si fueras capaz de recordar, incluso cuando todo te pide que olvides.

Si podrías transformar el miedo en algo distinto, algo más grande, algo que no sea una cárcel.

Porque de eso trata esta historia, en el fondo.

De elecciones.

De segundas oportunidades.

De la certeza de que nadie está condenado a ser lo que fue, y de que hasta el tirano más cruel puede encontrar un lugar en la manada si decide abrir los brazos.

Pero ahora viene la parte difícil.

La parte en la que tengo que ser honesto contigo.

Esta historia no termina aquí.

Lo sé, lo sé.

He puesto un punto final, he cerrado un ciclo, he devuelto la vida a los dioses y he dejado a Feral y Retza abrazados en un claro de luz plateada.

Pero el omniverso es grande.

Muy grande.

Más grande de lo que cualquier libro podría abarcar.

Y hay muchas historias que aún quiero contar.

Qué pasará ahora con los ciento cuarenta y cuatro dioses.

Cómo se adaptarán a este nuevo orden que no es orden, a esta libertad que no es caos.

Si Feral y Retza podrán por fin descansar, o si el destino les tendrá preparada otra prueba.

Si el lobo plateado, ese que observa desde el corazón del omniverso, volverá a actuar.

Si hay otros tiranos, otros mundos, otras guerras que merezcan ser contadas.

Tengo ideas.

Muchas.

Páginas y páginas de notas, de diálogos, de escenas que no han visto la luz.

Personajes que apenas han asomado la cabeza.

Tramas que se quedaron a mitad de camino porque no era su momento, pero que están ahí, esperando, como semillas bajo la tierra.

Pero aquí viene lo importante.

Lo que realmente quiero decirte.

El futuro de esta historia depende de ti.

No es una estrategia de marketing.

No es una forma vacía de pedir likes o comentarios.

Es la verdad.

Escribir un libro, publicarlo, dedicarle horas y horas de trabajo, de insomnio, de dudas, de reescrituras, no es algo que se haga a la ligera.

Es un acto de fe.

Y la fe, aunque bonita, no paga las facturas ni justifica el tiempo que uno deja de estar con su familia, con sus amigos, consigo mismo.

Por eso, si esta historia te ha gustado, si te ha emocionado, si te ha hecho sentir que merecía la pena llegar hasta aquí, te pido un favor.

Dímelo.

Compártelo.

Recomiéndaselo a alguien.

Escribe una reseña.

Deja una estrella.

Hazle saber al mundo, o a tu pequeño rincón del mundo, que esta historia existe y que vale la pena.

No lo hago por ego.

Lo hago porque si hay suficiente gente que quiera saber qué pasa después, yo me sentaré frente al ordenador, otra vez, y escribiré la segunda parte.

Y la tercera.

Y las que hagan falta.

Porque tengo mucho que contar, y ganas, y corazón, y la certeza de que esta historia aún tiene mucha tela que cortar.

Pero si no hay interés, si el libro pasa desapercibido, si el mundo sigue girando sin que nadie pregunte por Feral o por Retza o por el lobo plateado…

entonces quizá este sea el final.

Y no estaría mal.

Porque es un final bonito.

Un final que cierra y abre al mismo tiempo.

Un final que deja espacio para la imaginación.

La decisión, querido lector, querida lectora, es tuya.

Como siempre ha sido.

Como siempre será.

Tú tienes el control.

Tú tienes la última palabra.

Yo solo soy el que escribe.

El que recuerda.

El que sueña con que alguien, al otro lado, también recuerde.

Gracias por llegar hasta aquí.

Gracias por darme una oportunidad.

Gracias por leer, por sentir, por acompañarme en este viaje.

Si nos vemos en la segunda parte, nos vemos.

Si no, ha sido un honor compartir estas páginas contigo.

Que el recuerdo te acompañe.

Y que nunca dejes de aullar a la luna.

Guillermo Arreaza

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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