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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 84

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84: El Lobo que Devora al Tirano 84: El Lobo que Devora al Tirano La espada del Inquisidor brilló con una luz que no era luz.

Era la acumulación de todo lo que había absorbido: sesenta y dos dioses, incontables mortales, la esencia de megaversos enteros, la memoria de realidades que ya no existían.

La hoja temblaba con el peso de tanto poder, y el Inquisidor la sostuvo con ambas manos, apuntando directamente al corazón de Feral.

—Esto termina ahora —dijo, y su voz era el eco de todas las voces que había devorado.

Feral estaba de rodillas.

Su armadura de diamante bruñido, la que había brillado con ochenta y dos estrellas, ahora era un cascarón agrietado del que se desprendían fragmentos como escamas de un pez moribundo.

Su escudo, que había absorbido ataques capaces de destruir hiperdimensiones, yacía partido a sus pies.

Su espada de ébano, la que había cortado la realidad misma, estaba clavada en el suelo, a metros de distancia, fuera de su alcance.

El dolor era total.

No solo el de su cuerpo, sino el de su alma.

Había visto a Retza desvanecerse.

Había visto a Muhō, a María, a Yami, a todos sus aliados, ser absorbidos por el abrazo del orden.

Había visto a los Titanes caer uno tras otro.

Había visto a los mortales, aquellos que ni siquiera sabían que existía una guerra, desaparecer como si nunca hubieran estado.

Y ahora, solo, roto, agonizante, esperaba el golpe final.

El Inquisidor se acercó lentamente.

No había prisa.

La victoria era suya.

—Has luchado bien, mortal —dijo, y por primera vez en toda la guerra, su voz no tenía sarcasmo.

Solo un respeto frío, distante—.

Más que nadie.

Pero esto es el final.

Feral no respondió.

No podía.

Su garganta era un desierto de arena y ceniza.

Cerró los ojos.

Y en ese instante, cuando la oscuridad lo envolvía todo, cuando el dolor se volvió tan grande que ya ni siquiera podía sentirlo, algo ocurrió dentro de él.

Escuchó una voz.

No era Retza.

No era ninguno de los dioses que había conocido.

Era una voz más antigua, más profunda, más cálida.

Una voz que había escuchado antes, en un tiempo que no recordaba, en un lugar que no sabía nombrar.

Una canción.

Duerme, mi niño, que la luna te guarda.

Que el viento te cante, que el mar te abrace.

Tus ojos brillan como estrellas en la noche, y en tu pequeño pecho, el universo late.

No temas al frío, no temas al lobo, que en tu sangre corre la luz de mil soles.

Algún día, hijo, cuando el mundo te llame, recordarás que en mi vientre ya eras gigante.

Porque el amor que te di no termina en la muerte, porque la esperanza que sembré echará raíces.

Vuela alto, mi niño, que no hay jaula que te pueda, cuando recuerdes que eres el que nunca se rinde.

La canción resonó en el vacío de su mente como un eco que venía de muy lejos.

Y con ella, llegaron los recuerdos.

No como imágenes borrosas.

Como realidades enteras.

Vio la montaña.

Aquella noche en que la luna era una moneda de plata olvidada y él, siendo apenas una bestia, hablaba al cielo con la frágil esperanza de que alguien le respondiera.

Vio la soledad que lo había definido durante veinte años, el hueco en su pecho que ninguna batalla podía llenar.

Vio el momento en que Retza bajó del cielo.

No como una diosa distante, sino como una mujer que extendió su mano y tocó su frente mientras dormía.

Vio la paz que sintió al contacto, la paz que nunca había conocido.

Vio sus ojos, llenos de algo que él no se atrevía a nombrar.

Vio el purgatorio.

Las almas errantes, los portales de luz y sombra, y a su madre.

La mujer de piel blanca y cabello platinado que lo abrazó después de tantos años.

Escuchó su voz diciendo: “Vuela alto.

Vive.

Ama.

Y cuando todo termine, nos veremos de nuevo.” Vio su sonrisa mientras se desvanecía hacia el portal blanco, en paz, porque sabía que su hijo estaba en buenas manos.

Vio la bañera.

El agua tibia, la vela, la penumbra.

Vio a Retza cruzar la puerta, sentarse en el borde, meter la mano en el agua.

Vio sus dedos rozando los suyos.

Vio el primer beso, suave como una pregunta, profundo como una respuesta.

Vio el miedo en sus ojos, el mismo miedo que él sentía.

Y vio cómo eligieron quedarse a pesar de él.

Vio la masacre.

A Leo cayendo con el corazón arrancado.

A Perla empalada y arrojada al vacío.

A Vikthor consumido por llamas moradas.

A todos sus amigos, uno tras otro, muriendo para que él pudiera vivir.

Vio a Omega riendo mientras devoraba corazones, mientras sembraba la culpa en su alma: “su muerte no es culpa mía.

Es tuya.” Vio a Retza cruzando el cielo como un relámpago rosado.

Escuchó su voz: “Toca a mi lobo una vez más, y te juro que haré que hasta los dioses se arrodillen.” Y luego, la vio desvanecerse también, absorbida por el abrazo del orden, mientras él no podía hacer nada para detenerlo.

Vio el debate.

Las palabras que había intercambiado con el Inquisidor mientras el omniverso se desmoronaba a su alrededor.

Escuchó su propia voz diciendo: “No eres un dictador porque quieras el mal.

Eres un dictador porque crees que el orden vale más que la libertad.” Y escuchó la respuesta del Inquisidor: “¿Y tú qué ofreces?

¿Caos?

¿Sufrimiento?

¿La libertad de que los fuertes aplasten a los débiles?” En ese momento, en ese instante preciso, Feral entendió.

No se trataba de orden contra caos.

No se trataba de tiranía contra anarquía.

Se trataba de algo más profundo.

El Inquisidor quería controlar porque tenía miedo.

Miedo de que los mortales sufrieran.

Miedo de que los dioses se corrompieran.

Miedo de que el omniverso se desmoronara sin su mano firme.

Su tiranía no nacía de la maldad.

Nacía del miedo.

Y el miedo, cuando no se enfrenta, se convierte en la peor de las cárceles.

Feral había sentido ese mismo miedo.

Lo había sentido cuando sus padres lo abandonaron.

Lo había sentido cuando Konrrac lo moldeó como un arma.

Lo había sentido cuando vio a sus amigos morir uno tras otro.

Lo había sentido cuando Retza se desvaneció entre sus brazos.

Pero él había elegido diferente.

No había elegido controlar.

Había elegido recordar.

Había elegido amar.

Había elegido abrazar, incluso a sus enemigos, incluso al olvido, incluso a la muerte.

Porque el amor no es control.

El amor es confianza.

La memoria no es prisión.

La memoria es libertad.

—Ahora entiendo —susurró Feral, y sus labios apenas se movieron.

El Inquisidor detuvo su avance.

Frunció el ceño.

—¿Qué dices?

—Digo que entiendo.

Por qué hiciste todo esto.

Por qué mataste.

Por qué absorbiste.

Por qué crees que el orden es la única respuesta.

El Inquisidor lo miró, desconcertado.

—Has vivido con miedo durante tanto tiempo que ya no sabes quién eres sin él.

Por eso quieres controlarlo todo.

Porque si no controlas, el miedo te devora.

—No tengo miedo —respondió el Inquisidor, pero su voz tembló.

—Lo tienes —dijo Feral, y por primera vez en toda la guerra, sonrió.

No era una sonrisa de triunfo.

Era una sonrisa de compasión—.

Pero está bien.

Todos tenemos miedo.

La diferencia es qué hacemos con él.

El Inquisidor apretó la espada.

—No me des la lata con tus discursos.

Tú has perdido.

Tus aliados han muerto.

Tu amada ha desaparecido.

El omniverso es una sopa de energía.

No tienes nada.

No eres nada.

—Tengo algo que tú no tienes —respondió Feral, y su voz se hizo más firme—.

Tengo recuerdos.

—¿Recuerdos?

—El Inquisidor rió, pero su risa era nerviosa—.

¿De qué te sirven los recuerdos si todos los que los compartían han muerto?

—Los recuerdos no se comparten —dijo Feral—.

Los recuerdos se llevan dentro.

Y mientras yo los recuerde, ellos no han muerto del todo.

Se puso de pie.

No fue un movimiento fácil.

Su cuerpo gritaba, sus huesos crujían, sus heridas sangraban.

Pero se puso de pie.

El Inquisidor, por un instante, retrocedió.

—¿Qué haces?

¡Estás derrotado!

—Lo sé —dijo Feral—.

Pero no me rendiré.

—¡MUERE DE UNA VEZ!

El Inquisidor lanzó la estocada final.

Su espada, cargada con toda la energía del orden, con la vida de sesenta y dos dioses, con incontables mortales, con megaversos enteros, con todo lo que había absorbido, surcó el aire buscando el corazón de Feral.

Feral no esquivó.

No levantó su escudo, que ya no existía.

No invocó su armadura, que yacía rota a sus pies.

Extendió las manos.

Y atrapó la espada.

Con las manos desnudas.

El metal divino cortó su piel, atravesó sus músculos, llegó a sus huesos.

Pero no pasó más allá.

Porque en ese instante, Feral apretó los dedos y detuvo la hoja a centímetros de su pecho.

El Inquisidor lo miró con los ojos desorbitados.

—¡Imposible!

¡Nadie puede detener esta espada!

—Yo no soy nadie —respondió Feral.

Y entonces, su armadura se desprendió.

No se rompió.

No se desvaneció.

Cayó de su cuerpo como una cáscara vacía, pieza por pieza, y al caer, se convirtió en luz.

La luz de los ochenta y dos dioses que había llevado dentro durante tanto tiempo.

Esa luz fluyó hacia la espada del Inquisidor, hacia su cuerpo, hacia su ser, y él la absorbió sin saberlo, sin quererlo, sin poder evitarlo.

—¿Qué…

qué estás haciendo?

—preguntó el Inquisidor, mientras sentía cómo el poder crecía dentro de él—.

¡Me estás dando tu poder!

—No te lo estoy dando —respondió Feral, y su voz era serena—.

Te lo estoy confiando.

Porque tú también mereces una oportunidad.

Tú también puedes cambiar.

Tú también puedes recordar.

El Inquisidor quiso soltar la espada.

No pudo.

Sus manos estaban pegadas al metal.

—¡SUÉLTAME!

—No —dijo Feral—.

No hasta que entiendas.

La armadura de diamante bruñido ya no existía.

Feral estaba desnudo, vulnerable, completamente humano.

Su piel oscura brillaba con el sudor de la batalla, sus heridas sangraban sin cesar, sus ojos oscuros miraban al Inquisidor con una paz que aterraba más que cualquier ataque.

Y en ese momento, Feral habló.

No con la voz del guerrero.

No con la voz del mortal.

Con la voz de alguien que había recorrido el camino más largo y había llegado a la cima.

—Yo soy Feral.

El que fue bestia.

El que fue lobo.

El que fue hombre.

El que fue dios.

Pero sobre todo, soy el que recuerda.

El Inquisidor sintió cómo el poder que había absorbido comenzaba a pesar.

No era un poder que pudiera controlar.

Era un poder que tenía voluntad propia.

—Yo soy el Integrador —continuó Feral—.

El que no destruye al enemigo, sino que lo abraza.

El que no borra el pasado, sino que lo recuerda.

El que no impone el orden, sino que siembra la libertad.

Su cuerpo comenzó a brillar.

No era la luz de la armadura.

Era una luz nueva.

Una luz plateada, como la luna que había mirado durante tantas noches de soledad.

—Yo soy el Alfa.

No el que domina.

El que guía.

No el que castiga.

El que enseña.

No el que controla.

El que confía.

El Inquisidor quiso gritar.

Quiso huir.

Quiso soltar la espada.

Pero no podía.

Sus pies estaban clavados al suelo.

Su cuerpo temblaba.

—Y tú, Inquisidor —dijo Feral, mirándolo directamente a los ojos—, también puedes ser algo más.

No estás condenado a ser el tirano.

No estás condenado a ser el miedo.

Puedes elegir.

Como yo elegí.

Como todos pueden elegir.

El Inquisidor negó con la cabeza, desesperado.

—¡ES DEMASIADO TARDE PARA MÍ!

—Nunca es demasiado tarde —respondió Feral.

Y entonces, se transformó.

No fue la transformación en bestia que había conocido.

No fue el lobo negro de dos patas, con garras y colmillos.

Fue algo más antiguo.

Algo más primigenio.

Algo que los dioses no habían visto desde el principio de los tiempos.

Feral cayó a cuatro patas.

Su cuerpo se alargó, se llenó de músculo, de poder, de luz plateada.

Su pelaje no era negro como la noche.

Era plateado como la luna que había mirado durante tantos años.

Sus ojos no eran rojos como la furia.

Eran dorados como el sol que nacía después de la tormenta.

Era un lobo.

Gigantesco.

Majestuoso.

Aterrador y hermoso al mismo tiempo.

Medía más que cualquier Titán.

Su respiración movía los escombros de la hiperdimensión.

Sus colmillos brillaban como espadas.

Y cuando abrió la boca, el Inquisidor vio que no había furia en su interior.

Había un abismo.

Pero no un abismo vacío.

Un abismo lleno de estrellas, de recuerdos, de esperanzas.

—No —susurró el Inquisidor—.

No puede ser.

—Sí —respondió el lobo, y su voz era la voz de Feral, pero también la de todos los que había amado, todos los que había perdido, todos los que había recordado—.

Soy el lobo que devora a los tiranos.

Pero no para destruirlos.

Para transformarlos.

Y entonces, el lobo plateado atacó.

No con violencia.

Con un movimiento que era más un abrazo que un mordisco.

Abrió sus fauces y engulló al Inquisidor entero.

No lo masticó.

No lo desgarró.

Lo tragó como quien traga una semilla para que germine dentro de sí.

El Inquisidor sintió cómo su cuerpo se deshacía, cómo su poder se disolvía, cómo su miedo se desvanecía.

Y en el interior del lobo, en ese abismo lleno de estrellas, encontró algo que no esperaba encontrar.

Paz.

El lobo plateado no se detuvo allí.

Alzó la cabeza hacia la sopa de energía cuántica que había sido el omniverso.

Esa sopa caliente, informe, sin vida, sin memoria, sin esperanza.

Y comenzó a absorberla.

No como quien devora.

Como quien respira.

Cada partícula de energía, cada átomo que alguna vez había sido un megaverso, cada recuerdo de lo que alguna vez fue un universo, cada suspiro de lo que alguna vez fue un mortal, todo fue succionado hacia las fauces del lobo.

Y en su interior, en ese abismo de estrellas, todo comenzó a ordenarse.

No el orden del Inquisidor.

Un orden nuevo.

Un orden vivo.

Un orden que no aplastaba, sino que abrazaba.

Un orden que no controlaba, sino que confiaba.

El lobo plateado absorbió la sopa cuántica entera.

Toda la energía del omniverso colapsado.

Toda la vida que había sido devorada por el abrazo del orden.

Todo.

Y cuando ya no quedó nada fuera de él, cuando el vacío era absoluto, el lobo cerró los ojos.

Se concentró.

Recordó.

Recordó la montaña.

La luna.

La soledad.

Recordó a Retza bajando del cielo.

El toque en la frente.

Recordó el purgatorio.

Su madre.

La canción de cuna.

Recordó la bañera.

El agua tibia.

El primer beso.

Recordó la masacre.

A Leo.

A Perla.

A Vikthor.

A todos los que habían caído.

Recordó el debate.

Las palabras.

El miedo.

La esperanza.

Recordó a cada dios de los ciento cuarenta y cuatro originales.

Cada nombre.

Cada rostro.

Cada historia.

Y cuando todos los recuerdos estuvieron dentro de él, cuando su interior era un universo de memorias vivas, el lobo abrió la boca y exhaló.

No fue un aullido.

No fue un rugido.

Fue una chispa.

Una chispa suprema.

Diminuta.

Diminuta como una semilla.

Diminuta como una esperanza.

Diminuta como el primer latido de un corazón que aún no ha nacido.

Esa chispa flotó en el vacío un instante.

Luego, comenzó a crecer.

No como una explosión.

Como un árbol.

Como una vida.

Como un recuerdo.

El espacio se llenó de luz.

La luz se condensó en hiperdimensiones.

Las hiperdimensiones se abrieron en megaversos.

Los megaversos se desplegaron en multiversos.

Los multiversos se tejieron en universos.

Los universos se llenaron de galaxias, estrellas, planetas, y en cada planeta, vida.

No era el mismo omniverso.

Era uno nuevo.

Uno que recordaba al anterior, pero no estaba atado a sus errores.

Uno que tenía las mismas historias, pero también la libertad de escribir otras nuevas.

Y en el centro de todo, en el corazón de la hiperdimensión número veintidós, en el lugar donde alguna vez estuvo el Gran Salón del Inquisidor, ahora había un claro.

Un claro de luz plateada.

Y en ese claro, de pie, estaban los ciento cuarenta y cuatro dioses.

Retza.

Muhō.

María.

Yami.

Kaosu.

Kibō.

Shinjitsu.

Yume.

Gūzen.

Luminara.

Hikari.

Dunkelheit.

Rizumu.

Byōdō.

Heiwa.

Shinkō.

Yurushi.

Entoropī.

Mugen.

Eien.

Tamashī no Seimei.

Chi.

Yokubō.

Hozon.

Zentai.

Y los Titanes.

Pyros, Terros, Hydros, Aeros, Metálicus.

Todos ellos, vivos, intactos, como si nunca hubieran muerto.

Y los leales que habían servido al Inquisidor.

Chitsujo, Kariostros, Khronos, Cirus, Hitsuyōsei, Fukushū, Zetsubō, Seigi, Sensō, Osore, Fusei, Shinryoku, Mukanjīn, Kūkyō, Nikushimi, Shi, Fubyōdō, Utagai.

Todos ellos, también vivos.

También intactos.

También con una segunda oportunidad.

Ninguno recordaba la guerra.

Ninguno recordaba haber sido absorbido.

Ninguno recordaba la sopa de energía, el lobo plateado, la chispa suprema.

Solo sabían que estaban allí.

Juntos.

En paz.

En el centro del claro, donde la luz era más intensa, dos figuras yacían abrazadas.

Eran Feral y Retza.

Él, otra vez en su forma humana.

Piel oscura, cabello azabache, ojos cerrados.

Ella, con su cabello negro azabache esparcido sobre el pecho de él, su rostro tranquilo como el de alguien que por fin ha encontrado su lugar en el mundo.

Dormían.

O tal vez solo descansaban.

Alrededor de ellos, los dioses comenzaron a moverse, a hablar, a reconocerse.

Algunos sonreían.

Otros lloraban.

Todos, de una u otra manera, sentían que algo importante había ocurrido.

Algo que no podían recordar, pero que podían sentir en lo más profundo de sus almas.

Y en el centro de todo, en el corazón del nuevo omniverso, en el lugar donde la chispa suprema había nacido, una luz plateada seguía brillando.

No era un sol.

No era una estrella.

Era un lobo.

Un lobo gigante, de cuatro patas, pelaje plateado y ojos dorados, que observaba a su creación con una paz infinita.

No era Feral.

No era el Alfa.

No era un dios.

Era el recuerdo de que todo puede volver a empezar.

El lobo cerró los ojos.

Y el omniverso, por primera vez en toda su historia, sonrió.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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