Hazme gemir, papi - Capítulo 61
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61: CAPÍTULO 61 61: CAPÍTULO 61 REINA
Seguía pensando en lo que Tessa había dicho antes, y todavía no quería creer que hubiera ni la más mínima posibilidad de que Paolo fuera gay.
No me había tocado como un marido debería…
Dios, eso lo sabía.
Pero eso no significaba que fuera gay.
Quizá él solo era…
Paolo.
Frío.
Reservado.
El tipo de persona que veía la intimidad como una distracción.
Habíamos tenido citas, cenas benéficas e incluso habíamos ido juntos a algunas subastas de negocios.
Nunca había coqueteado con nadie, ni hombre ni mujer.
Su atención siempre estaba fija en los tratos, los informes de la bolsa o cualquier mensaje que sonara en su teléfono.
Así que no.
Me negaba a creerlo.
Tessa estaba siendo Tessa…
dramática, atenta y probablemente un poco sobreprotectora.
—Mierda, ya no sé qué pensar.
Toda esta mierda de que es gay es una estupidez.
Paolo no puede ser gay —mascullé por lo bajo, mordiéndome el labio inferior mientras miraba el top de satén que tenía en las manos.
—Amiga, mira esto.
Tessa apareció de repente detrás de mí, sonriendo tan ampliamente que casi podía oírla.
Sostenía un reluciente vestido negro que parecía unas dos tallas más pequeño y diez tonos demasiado pecaminoso.
—No lo dices en serio —dije.
—Oh, lo digo muy en serio —dijo, apretándolo contra su pecho—.
Si vamos a salir de fiesta esta noche, no vas a entrar pareciendo la contable de alguien.
Eres mi mejor amiga, un sexy desastre, y vas a parecerlo.
Puse los ojos en blanco, pero sonreí.
—¿Te das cuenta de que no he salido de fiesta así desde…
nunca?
¿Excepto por la quedada de ayer contigo y los chicos?
—A eso me refiero.
—Me lanzó el vestido—.
Esta noche se trata de redescubrir a tu pequeña zorra interior.
Me reí.
—¿¡Tessa!
¿Creía que te había dicho que estoy casada?
Sonrió, sin ápice de vergüenza.
—Tranquila, lo digo en el sentido espiritual.
Estábamos en una pequeña boutique escondida en la zona de lujo del centro comercial: suelos de mármol, percheros dorados, un suave jazz sonando por los altavoces.
El tipo de lugar donde el aire olía a perfume y a dinero.
Tessa me había arrastrado hasta aquí justo después de nuestra última clase, diciendo que necesitaba «terapia de compras» antes de nuestra noche de fiesta.
Ella ya estaba en su salsa, saltando de perchero en perchero como una niña en una tienda de golosinas.
—Este grita «estoy buena, pero no estoy disponible emocionalmente» —dijo, sosteniendo una minifalda de lentejuelas—.
Lo que, sinceramente, te va perfecto ahora mismo.
Suspiré, negando con la cabeza.
—Eres imposible.
—Imposiblemente acertada —dijo, guiñando un ojo.
Deambulé hacia otro perchero, mis dedos rozando las telas sedosas.
Por primera vez en días, sentía la mente más ligera.
No vacía…
solo más ligera.
Había un espejo cerca, alto y cruelmente sincero.
Vi mi reflejo en él y dudé.
Tenía el pelo un poco desordenado, apenas llevaba maquillaje y los ojos ligeramente cansados.
No parecía alguien que acabara de cometer un pecado la noche anterior, o esa misma mañana.
Simplemente parecía…
corriente.
Y quizá eso era lo que más me asustaba.
—Estás pensando demasiado otra vez —canturreó la voz de Tessa a mi espalda.
Me giré.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque pones esa cara de bibliotecaria triste cada vez que lo haces.
Sonreí levemente.
—Solo estaba pensando en lo que dijiste antes.
Suspiró de forma dramática, quitando un vestido rojo de una percha.
—Oh, no.
¿Todavía sigues con eso?
Amiga, ya te lo dije…
o tu marido es gay en secreto o está hecho de piedra.
De cualquier forma, te mereces algo mejor.
Hice una mueca.
—No es gay, Tess.
—Ajá.
Y yo no soy adicta al café con hielo.
Gruñí.
—Déjalo ya.
—Vale, vale —dijo, con las manos en alto—.
Nos centraremos en algo menos trágico, como cuál de estos vestidos hará que olvides el nombre de tu marido esta noche.
Y quizá que olvides también a su querido papi.
Me reí a mi pesar.
—Estás loca.
—Gracias.
Me llevó hacia los probadores.
—Vamos.
Pruébate este antes de que pierda la paciencia.
El vestido que me entregó era de color champán, de un satén suave que parecía líquido bajo la luz.
Suspiré, se lo quité de las manos y entré en el cubículo.
Dentro, me quité la ropa y me puse el vestido.
La tela se me ceñía en todos los lugares correctos, suave y fresca, con una abertura que subía peligrosamente por mi muslo.
Cuando me giré hacia el espejo, apenas me reconocí.
—¡Venga, enséñamelo!
—exclamó Tessa.
Dudé.
—Es…
un poco excesivo.
—Mucho mejor.
Abrí la cortina y se quedó boquiabierta.
—Joder, Reina.
Pareces el pecado envuelto en seda.
El calor me subió por las mejillas.
—¿Tú crees?
—¿Que si lo creo?
Amiga, si no te compras ese vestido, lo haré yo.
Y eso que ni siquiera me cabe.
Me reí, dando una vuelta.
Por un instante, me sentí hermosa.
Poderosa, incluso.
Y quizá un poco zorra, que era precisamente como me había estado sintiendo desde hacía días.
Tessa sacó algunas fotos.
—Vale, este es el elegido.
Ahora, zapatos, un bolso de mano y listo.
Pasamos otra hora probándonos cosas, riendo, cotilleando y tomándonos el pelo como si estuviéramos de nuevo en el instituto.
Ella me habló de un chico de su carrera que le había estado suplicando que se mudara con él; yo le conté la incómoda cena que tuve con la Tía de Paolo la primera vez que él me la presentó.
Cuando terminamos, teníamos los brazos cargados de bolsas de la compra.
Mientras esperábamos junto a la caja, me di cuenta de que alguien me miraba fijamente.
Un hombre —de unos treinta y tantos, quizá— de pie cerca de la sección de perfumes.
Traje caro, pelo engominado y esa clase de sonrisa condescendiente que se te mete bajo la piel.
Tenía los ojos fijos en mí, atrevidos y sin pudor.
Aparté la mirada, fingiendo ajustarme el bolso.
—¿Quién es ese?
—susurró Tessa, siguiendo mi mirada.
—No lo conozco —murmuré por lo bajo, sin querer montar una escena.
—Bueno, te está desnudando con la mirada —dijo ella secamente—.
Baboso.
Forcé una sonrisa.
—Ignóralo.
—Con gusto —dijo, poniendo los ojos en blanco—.
Los hombres creen que una capa de colonia los hace irresistibles.
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