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Heredero del abismo - Capítulo 31

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Capítulo 31: El peso del hierro

Capítulo 31: El peso del hierro

La paz se fue al demonio el martes por la tarde. No hubo avisos ni banderas blancas, solo el rugido de tres motores viejos que escupían un humo negro y denso. El polvo se te metía en la garganta y te hacía lagrimear, esa clase de tierra seca que sabe a metal. Eran tipos de la zona baja, de esos que huelen a desesperación y se creen dueños de la calle porque el Olimpo queda demasiado alto para castigarlos.

Leo estaba ajustando el generador del médico cuando el primer cristal estalló. Un sonido seco, casi elegante, seguido de una carcajada que te ponía los pelos de punta.

¡Eh, viejo! soltó uno de ellos. Tenía la ropa manchada de aceite y una moto que chirriaba como un animal herido. Nos han dicho que aquí el agua corre fresca. Y lo que hay en el pueblo es de todos. O sea, nuestro. Ve llenando los bidones si no quieres que te cambiemos la cara de sitio.

Tomás asomó desde el taller. Llevaba una llave inglesa, pero le temblaba el pulso. Se veía pequeño, demasiado gastado para enfrentarse a tres tipos que le sacaban media cabeza y les sobraba mala leche. A Leo se le aceleró el pulso. Le martilleaba en las sienes. No quería esto. Él había venido a apretar tuercas, no a partirle la cara a nadie.

Métete dentro, Tomás soltó Leo, dando un paso hacia el sol.

Los tres se callaron de golpe. Sus ojos recorrieron a Leo hasta que uno, el que tenía una cicatriz fea que le partía la ceja, se quedó mirando su brazo izquierdo.

Pero miren esto.El tipo sacó una navaja. El click de la hoja al abrirse sonó como una sentencia. Un juguetito de los de arriba. ¿A quién se lo cortaste, chatarrero? ¿A un cadáver que se cayó del cielo?

Lárgate mientras todavía te funcionen las piernas dijo Leo. Su voz no parecía la suya. Era fría, metálica, como si el brazo de hierro le estuviera dictando las palabras desde los nervios hacia la garganta.

El de la cicatriz no era de los que hablaban mucho. Se lanzó con una estocada rápida, buscando el estómago. Leo no tuvo tiempo de pensar. El instinto ese que aprendes cuando vives entre basura y hambre tomó el control. Bloqueó el brazo del tipo con su mano de carne; sintió un latigazo de dolor en la muñeca, pero no soltó. Casi por reflejo, lanzó el puñetazo con la izquierda.

No fue un golpe limpio. Fue un impacto sordo, como si un martillo de demolición chocara contra un muro de ladrillos. El crujido de la mandíbula del tipo hizo que los otros dos se quedaran de piedra. El atacante se desplomó como un fardo de ropa sucia, soltando la navaja mientras se agarraba la cara, ahogándose en sus propios gritos.

¡Hijo de perra! los otros dos saltaron a la vez.

Leo sintió la adrenalina como ácido en el estómago. Agachó la cabeza justo cuando una cadena silbaba sobre su oreja. De repente, el mundo se redujo a tres cosas: el olor a neumático quemado, el sudor que le escocía en los ojos y el peso muerto de su brazo izquierdo. Ya no era un lastre. Era una maza.

Cazó la cadena al vuelo con la mano mecánica. El metal chirrió contra el metal, pero la mano de hierro ni se inmutó. Leo tiró con una fuerza bruta, inhumana, y el tipo de la cadena salió despedido hacia adelante, estampándose de bruces contra el tanque de agua que Leo acababa de reparar. El golpe sonó a metal hueco.

El tercer tipo se quedó clavado en el sitio. Miró a sus amigos en el suelo, luego a Leo. Leo respiraba a rachas, con los nudillos de su mano de verdad sangrando y el brazo de hierro brillando bajo la luz sucia de la tarde.

No no vale la pena masculló el último. Se subió a la moto y arrancó quemando rueda, dejando a sus compañeros atrás sin mirar atrás una sola vez.

Leo se quedó allí, temblando de puro agotamiento. No se sentía un héroe; se sentía asqueado. Miró a Tomás. El viejo lo observaba desde la puerta con una mezcla de alivio y algo que parecía miedo. Un miedo nuevo.

Te dije que esa mano servía para algo más que para asustar susurró Tomás, aunque le temblaba la voz.

Leo no dijo nada. Se miró la mano de hierro. Había una muesca nueva en el nudillo de metal y sangre que no era suya manchando los grabados de Nico. El silencio volvió al pueblo, pero era distinto. Era el silencio de una tregua que no iba a durar.

Había empezado una guerra que Leo no quería ganar, pero en la que ya estaba metido

hasta el cuello.

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Capítulo 32: El rastro del aceite

Leo no pegó ojo. Se quedó ahí, plantado en el porche del taller, con el martillo de Nico descansando sobre las piernas como si fuera un animal dormido. De su brazo de hierro goteaba un aceite espeso y oscuro. No sabía si era suyo o la sangre mecánica de la moto que había reventado horas antes. El pueblo estaba mudo, con ese silencio tenso que precede a las tormentas, como si el aire supiera que alguien ya había encendido la mecha.

Van a volver, ¿a que sí? La voz de Tomás llegó desde la oscuridad de la puerta. Se le veía más viejo, más acabado, una sombra de hombre.

Vendrán soltó Leo sin girarse. Esa gente no sabe lo que es perder. Y menos contra un tipo que llega de fuera y les parte los dientes en su propia cara.

No hizo falta esperar a que el sol asomara. A eso de las cuatro, un fogonazo de luces cortó la negrura del camino. Esta vez no eran motos. Eran dos furgonetas blindadas con chapas de metal remachadas a lo bestia, de esas que usan las ratas que cruzan las fronteras. El motor roncaba tan fuerte que hacía vibrar los cristales del taller.

¡Al sótano, Tomás! ¡Ahora mismo! gritó Leo, poniéndose en pie de un salto.

La primera furgoneta no frenó. Se tragó la valla del taller con un estruendo de metal desgarrado que debió oírse en todo el valle. Leo rodó por el suelo, masticando polvo y serrín, y se levantó justo cuando cuatro tipos saltaban de la parte de atrás. No venían a jugar con navajas. Traían barras de acero y escopetas recortadas que apestaban a pólvora y mala leche.

¡Ahí está el bicho! ladró uno, disparando al aire.

El proyectil pasó tan cerca que Leo sintió el soplido caliente en la mejilla. En ese momento, el miedo se le evaporó y se convirtió en electricidad. Arremetió contra el primero antes de que pudiera volver a cargar. No fue un movimiento limpio de gimnasio,fue una embestida bruta, de hombro contra pecho.

El impacto le vació los pulmones al tipo. Leo usó su brazo de metal como un escudo, bloqueando el golpe de una barra de hierro que buscaba reventarle el cráneo. Clang. El choque fue un trueno seco que le recorrió hasta el último hueso y le hizo castañear los dientes, pero el brazo ni se rayó.

Soltó un rugido que le salió de las entrañas y lanzó un gancho ascendente. Su puño de hierro golpeó el chasis de la furgoneta para impulsarse y barrió a otros dos como si fueran muñecos de trapo. Pero eran demasiados. Sintió un golpe seco en la espalda, la culata de una escopeta dándole de lleno en las costillas. Cayó de rodillas, con el sabor metálico de la sangre llenándole la boca.

¡Rómpanle el otro brazo! ordenó el jefe, un tipo gordo con un chaleco que brillaba de pura grasa, manteniéndose a una distancia prudencial.

Hincado en el barro, Leo vio cómo uno levantaba un hacha de incendios. El tiempo se volvió espeso, lento como la resina. Por un segundo pensó en el Olimpo, en esa paz de mentira y cristal que había dejado atrás. Luego miró la tierra sucia de este pueblo. Este era su sitio. Y no iba a dejar que estos bastardos le prendieran fuego.

Cerró el puño de metal con una rabia que hizo que los grabados de Nico parecieran cobrar vida bajo los faros. En lugar de echarse atrás, se lanzó hacia adelante, barriendo las piernas del tipo del hacha y volcando una mesa de trabajo maciza sobre otros dos.

¡Venid! ¡A ver quién es el siguiente! desafió Leo, escupiendo un coágulo de sangre al suelo, con los ojos inyectados en sangre y el brazo de carne temblando por la descarga de adrenalina.

De pronto, un destello blanco en lo alto de la colina congeló la pelea. No era un faro de coche. Era algo que bajaba del cielo a una velocidad que no era humana, dejando un rastro de estática azul que le puso los pelos de punta a todo el mundo.

A Leo le recorrió un escalofrío que no tenía nada que ver con los golpes. Conocía esa energía.

Maldita sea susurró, olvidándose por completo de los hombres que lo rodeaban. Os dije que me dejarais en paz.

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