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Heredero del abismo - Capítulo 32

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Capítulo 32: El rastro del aceite

Capítulo 32: El rastro del aceite

Leo no pegó ojo. Se quedó ahí, plantado en el porche del taller, con el martillo de Nico descansando sobre las piernas como si fuera un animal dormido. De su brazo de hierro goteaba un aceite espeso y oscuro. No sabía si era suyo o la sangre mecánica de la moto que había reventado horas antes. El pueblo estaba mudo, con ese silencio tenso que precede a las tormentas, como si el aire supiera que alguien ya había encendido la mecha.

Van a volver, ¿a que sí? La voz de Tomás llegó desde la oscuridad de la puerta. Se le veía más viejo, más acabado, una sombra de hombre.

Vendrán soltó Leo sin girarse. Esa gente no sabe lo que es perder. Y menos contra un tipo que llega de fuera y les parte los dientes en su propia cara.

No hizo falta esperar a que el sol asomara. A eso de las cuatro, un fogonazo de luces cortó la negrura del camino. Esta vez no eran motos. Eran dos furgonetas blindadas con chapas de metal remachadas a lo bestia, de esas que usan las ratas que cruzan las fronteras. El motor roncaba tan fuerte que hacía vibrar los cristales del taller.

¡Al sótano, Tomás! ¡Ahora mismo! gritó Leo, poniéndose en pie de un salto.

La primera furgoneta no frenó. Se tragó la valla del taller con un estruendo de metal desgarrado que debió oírse en todo el valle. Leo rodó por el suelo, masticando polvo y serrín, y se levantó justo cuando cuatro tipos saltaban de la parte de atrás. No venían a jugar con navajas. Traían barras de acero y escopetas recortadas que apestaban a pólvora y mala leche.

¡Ahí está el bicho! ladró uno, disparando al aire.

El proyectil pasó tan cerca que Leo sintió el soplido caliente en la mejilla. En ese momento, el miedo se le evaporó y se convirtió en electricidad. Arremetió contra el primero antes de que pudiera volver a cargar. No fue un movimiento limpio de gimnasio,fue una embestida bruta, de hombro contra pecho.

El impacto le vació los pulmones al tipo. Leo usó su brazo de metal como un escudo, bloqueando el golpe de una barra de hierro que buscaba reventarle el cráneo. Clang. El choque fue un trueno seco que le recorrió hasta el último hueso y le hizo castañear los dientes, pero el brazo ni se rayó.

Soltó un rugido que le salió de las entrañas y lanzó un gancho ascendente. Su puño de hierro golpeó el chasis de la furgoneta para impulsarse y barrió a otros dos como si fueran muñecos de trapo. Pero eran demasiados. Sintió un golpe seco en la espalda, la culata de una escopeta dándole de lleno en las costillas. Cayó de rodillas, con el sabor metálico de la sangre llenándole la boca.

¡Rómpanle el otro brazo! ordenó el jefe, un tipo gordo con un chaleco que brillaba de pura grasa, manteniéndose a una distancia prudencial.

Hincado en el barro, Leo vio cómo uno levantaba un hacha de incendios. El tiempo se volvió espeso, lento como la resina. Por un segundo pensó en el Olimpo, en esa paz de mentira y cristal que había dejado atrás. Luego miró la tierra sucia de este pueblo. Este era su sitio. Y no iba a dejar que estos bastardos le prendieran fuego.

Cerró el puño de metal con una rabia que hizo que los grabados de Nico parecieran cobrar vida bajo los faros. En lugar de echarse atrás, se lanzó hacia adelante, barriendo las piernas del tipo del hacha y volcando una mesa de trabajo maciza sobre otros dos.

¡Venid! ¡A ver quién es el siguiente! desafió Leo, escupiendo un coágulo de sangre al suelo, con los ojos inyectados en sangre y el brazo de carne temblando por la descarga de adrenalina.

De pronto, un destello blanco en lo alto de la colina congeló la pelea. No era un faro de coche. Era algo que bajaba del cielo a una velocidad que no era humana, dejando un rastro de estática azul que le puso los pelos de punta a todo el mundo.

A Leo le recorrió un escalofrío que no tenía nada que ver con los golpes. Conocía esa energía.

Maldita sea susurró, olvidándose por completo de los hombres que lo rodeaban. Os dije que me dejarais en paz.

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