Heredero del abismo - Capítulo 34
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Capítulo 34: El cortocircuito del alma
Capítulo 34: El cortocircuito del alma
Me quedé ahí, de pie, procesando lo que Thais acababa de soltar. Sus palabras me golpearon con el peso de un camión de escombros. ¿Alguien había hackeado el Olimpo? ¿Desde este agujero de mala muerte? Me sentí estúpido, me había convencido de que el taller de Tomás era un búnker sagrado solo para poder pegar el ojo por las noches.
No voy a volver a subir, Thais solté. Mi voz sonó fatal, como si tuviera lija en la garganta.
No te estoy pidiendo permiso para subir me cortó ella, clavando la vista en la entrada del pueblo. Te estoy pidiendo que no te dejes matar por lo que viene ahí abajo.
No eran furgonetas. Ni siquiera hacían ruido de motor. Era un zumbido eléctrico, una frecuencia sorda que te hacía vibrar los empastes y volvía locos a los perros. De la niebla salieron tres bultos. No caminaban como hombres, pero tampoco tenían esa rigidez de las máquinas viejas. Eran “Cazadores de Datos” basura de seguridad del Olimpo embutida en chasis sintéticos.
Eran rápidos. Jodidamente rápidos.
Uno se lanzó contra Thais. Vi el destello de una hoja de plasma brotando de su brazo antes de que ella pudiera reaccionar del todo. El impacto la mandó directa contra el muro de adobe del taller, el crujido de la pared me dolió hasta a mí. Los otros dos se centraron en mí. No venían a ciegas. Sabían perfectamente que dentro de mi cráneo estaba el mapa de la ciudad de cristal.
Atrás balbuceé, retrocediendo como un crío. El pánico me cerró la tráquea.
Uno me alcanzó. Su mano, fría y pesada como una prensa industrial, me rodeó el cuello. Dejé de respirar al instante. Golpeé su pecho con mi mano de carne, una y otra vez, pero era como darle puñetazos a una viga de acero. Patético.
Suél el resto fue solo un gorgoteo.
Entonces ocurrió. Esa presión que siempre sentía en la nuca, esa que intentaba ignorar con pastillas y trabajo, explotó. No fue un pensamiento heroico, fue un incendio. El brazo de metal empezó a aullar. Los grabados en el metal, esos que contaban la historia de Nico, se encendieron con un blanco eléctrico que me quemó las retinas.
Por un segundo, mandé a la mierda mi humanidad.
Un arco voltaico saltó de mi hombro al pecho del cazador. El estallido sonó como si un rayo hubiera caído dentro de una lata de refresco. El bicho salió disparado, escupiendo humo negro y chispas mientras su sistema operativo se fundía.
Pero la marea no se detuvo ahí. Todo lo que había reprimido durante semanas se desbordó. Clavé la mano de metal en la tierra y sentí la red cada cable podrido, cada bombilla y cada batería del pueblo me dio su energía. La electricidad me usó de puente. Me quemaba las venas, literalmente. Grité, pero no sé si fue de dolor o de puro asco por lo que sentía.
¡Leo, basta! ¡Te vas a freír el cerebro! oí a Thais a lo lejos.
Me daba igual. Vi al segundo cazador saltar y, con un movimiento instintivo, el generador de Tomás reventó. Un látigo de luz azul salió disparado, envolvió al atacante en el aire y lo desintegró antes de que tocara el suelo.
El mundo se borró. Todo fue blanco, olor a ozono y a pelo quemado. Mi mano izquierda, la de carne, se retorcía como si tuviera vida propia bajo la descarga. Cuando corté el flujo, me desplomé. Vomité bilis y me quedé ahí, temblando en el barro.
El silencio que siguió fue lo peor. Los cazadores solo eran montones de chatarra humeante. Alcé la vista y vi a Tomás en la puerta del taller. Estaba pálido, con los ojos como platos, mirándome como si fuera una bomba a punto de estallar. O un monstruo.
Me miré la mano izquierda. Tenía quemaduras rojas, con ampollas que subían hasta el codo. El brazo de hierro seguía haciendo ruidos metálicos, enfriándose. Había salvado a todo el mundo, sí. Pero les había enseñado lo que realmente era.
Ya no me van a mirar igual, ¿verdad? le pregunté a Thais. No tuve valor para mirarla a la cara.
Ella no dijo nada. No hacía falta. En su mirada también había una pizca de ese miedo, y supe que ese rastro me iba a perseguir más qu
e cualquier cazador.
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Capítulo 35: El eco de la Sangre Negra
El silencio que vino después no trajo paz. Fue ese silencio pesado y rancio de los funerales mal gestionados. Thais se acercó, pero se frenó en seco a dos pasos. Me miraba como si yo fuera una bomba a punto de estallar de nuevo. Yo seguía ahí, de rodillas, con el brazo de carne soltando hilitos de humo y un vacío en el pecho que me revolvía las tripas. No era hambre. No era cansancio.
Era como haber pateado una puerta que ahora, por mucho que empujara, no quería cerrarse.
Leo, escuchame Thais soltó las palabras con un temblor que no intentó esconder. Esos no eran simples drones. Alguien despertó a los “Anclajes”.
¿Los qué? masculle. Me dolía hasta el alma al hablar. El sabor en mi boca ya no era el típico metal de la sangre, ahora sabía a hiel, a algo amargo que me daban ganas de arrancarme la lengua.
Los Dioses Oscuros, Leo. Los que Dédalo encerró antes de que el Olimpo fuera siquiera un plano. El sistema no se sostiene sobre la luz, se hizo sobre la basura de ellos. Son el “ruido” que la realidad necesita para no colapsar. Y alguien les está quitando el bozal.
De golpe, el suelo se volvió una broma. No fue un temblor, fue algo peor la sensación de que la tierra era líquida, una sopa de realidad podrida. Miré mi brazo de hierro. Ya no brillaba. Al contrario, se estaba tragando la poca luz que quedaba del amanecer, como si fuera un agujero negro. Las ranuras de los grabados se llenaron de un aceite negro y viscoso que palpitaba.
Tenía vida propia. Una vida de mierda.
Sentí un pinchazo en la nuca. Un susurro que me vibró en los huesos. “Constructor de jaulas ahora sos el barro”.
¡Atrás! le pegué un grito a Thais cuando quiso tocarme. No quería que esa negrura la alcanzara.
Mi brazo empezó a retorcerse. No eran engranajes, era algo orgánico, como si el metal se estuviera convirtiendo en carne viva y podrida. Los dedos se estiraron, se afilaron, y de la palma brotaron unos pelos negros que se clavaron en la tierra como raíces hambrientas.
Ya no sentía solo la electricidad del pueblo. Sentía la mugre. La corrupción.
Cerré los ojos y lo vi. Debajo de nosotros no había roca. Había cadenas de un código viejo, oxidado, latiendo con una rabia de mil años.
Sin pensar, tiré de un hilo. Solo uno.
El taller de Tomás implosiono. El aire se dobló sobre sí mismo con un crujido seco y el tiempo se quedó tieso, congelado. Vi a esos “dioses”. No eran señores con túnicas, eran fallos, píxeles rotos en la existencia, formas de pesadilla que dolía mirar. Y lo que me dio ganas de llorar fue sentir que mi brazo mi brazo era un pedazo de ellos.
No soy solo el arquitecto susurré. Mis ojos debían dar miedo porque Thais retrocedió un paso más. Soy el carcelero. Y la cárcel se está rompiendo porque yo quiero que se rompa.
Una fuerza bruta me recorrió la espalda. No era el rayo azul de antes. Era una gravedad pesada, una presión que me quería aplastar contra el suelo. Levanté la mano hacia un árbol y, sin que saliera fuego ni nada, el árbol simplemente se borró. Como si alguien le hubiera pasado una goma de borrar al mundo.
Leo, pará… nos vas a borrar a todos suplicó ella, cayendo de rodillas. El aire pesaba demasiado.
Cerré el puño con todas mis fuerzas. Me estalló la nariz y sentí el chorro de sangre bajando por mi cara: sangre negra, espesa como el chapapote. Las raíces negras se metieron de nuevo en mi brazo y el metal volvió a estar frío. Frío como un pozo en invierno.
Miré a Tomás, que estaba hecho un ovillo llorando en un rincón. Miré a Thais y vi el puro horror en sus ojos.
Ya no era el mecánico que arreglaba bombas de agua para ganarse la vida. Era el monstruo que los antiguos intentaron tapar con cuentos de luz.
Había encontrado el código fuente. Y el código fuente e
ra la pura oscuridad.
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