Heredero del abismo - Capítulo 35
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Capítulo 35: El eco de la sangre negra
Capítulo 35: El eco de la Sangre Negra
El silencio que vino después no trajo paz. Fue ese silencio pesado y rancio de los funerales mal gestionados. Thais se acercó, pero se frenó en seco a dos pasos. Me miraba como si yo fuera una bomba a punto de estallar de nuevo. Yo seguía ahí, de rodillas, con el brazo de carne soltando hilitos de humo y un vacío en el pecho que me revolvía las tripas. No era hambre. No era cansancio.
Era como haber pateado una puerta que ahora, por mucho que empujara, no quería cerrarse.
Leo, escuchame Thais soltó las palabras con un temblor que no intentó esconder. Esos no eran simples drones. Alguien despertó a los “Anclajes”.
¿Los qué? masculle. Me dolía hasta el alma al hablar. El sabor en mi boca ya no era el típico metal de la sangre, ahora sabía a hiel, a algo amargo que me daban ganas de arrancarme la lengua.
Los Dioses Oscuros, Leo. Los que Dédalo encerró antes de que el Olimpo fuera siquiera un plano. El sistema no se sostiene sobre la luz, se hizo sobre la basura de ellos. Son el “ruido” que la realidad necesita para no colapsar. Y alguien les está quitando el bozal.
De golpe, el suelo se volvió una broma. No fue un temblor, fue algo peor la sensación de que la tierra era líquida, una sopa de realidad podrida. Miré mi brazo de hierro. Ya no brillaba. Al contrario, se estaba tragando la poca luz que quedaba del amanecer, como si fuera un agujero negro. Las ranuras de los grabados se llenaron de un aceite negro y viscoso que palpitaba.
Tenía vida propia. Una vida de mierda.
Sentí un pinchazo en la nuca. Un susurro que me vibró en los huesos. “Constructor de jaulas ahora sos el barro”.
¡Atrás! le pegué un grito a Thais cuando quiso tocarme. No quería que esa negrura la alcanzara.
Mi brazo empezó a retorcerse. No eran engranajes, era algo orgánico, como si el metal se estuviera convirtiendo en carne viva y podrida. Los dedos se estiraron, se afilaron, y de la palma brotaron unos pelos negros que se clavaron en la tierra como raíces hambrientas.
Ya no sentía solo la electricidad del pueblo. Sentía la mugre. La corrupción.
Cerré los ojos y lo vi. Debajo de nosotros no había roca. Había cadenas de un código viejo, oxidado, latiendo con una rabia de mil años.
Sin pensar, tiré de un hilo. Solo uno.
El taller de Tomás implosiono. El aire se dobló sobre sí mismo con un crujido seco y el tiempo se quedó tieso, congelado. Vi a esos “dioses”. No eran señores con túnicas, eran fallos, píxeles rotos en la existencia, formas de pesadilla que dolía mirar. Y lo que me dio ganas de llorar fue sentir que mi brazo mi brazo era un pedazo de ellos.
No soy solo el arquitecto susurré. Mis ojos debían dar miedo porque Thais retrocedió un paso más. Soy el carcelero. Y la cárcel se está rompiendo porque yo quiero que se rompa.
Una fuerza bruta me recorrió la espalda. No era el rayo azul de antes. Era una gravedad pesada, una presión que me quería aplastar contra el suelo. Levanté la mano hacia un árbol y, sin que saliera fuego ni nada, el árbol simplemente se borró. Como si alguien le hubiera pasado una goma de borrar al mundo.
Leo, pará… nos vas a borrar a todos suplicó ella, cayendo de rodillas. El aire pesaba demasiado.
Cerré el puño con todas mis fuerzas. Me estalló la nariz y sentí el chorro de sangre bajando por mi cara: sangre negra, espesa como el chapapote. Las raíces negras se metieron de nuevo en mi brazo y el metal volvió a estar frío. Frío como un pozo en invierno.
Miré a Tomás, que estaba hecho un ovillo llorando en un rincón. Miré a Thais y vi el puro horror en sus ojos.
Ya no era el mecánico que arreglaba bombas de agua para ganarse la vida. Era el monstruo que los antiguos intentaron tapar con cuentos de luz.
Había encontrado el código fuente. Y el código fuente e
ra la pura oscuridad.
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