Heredero del origen. El principio - Capítulo 42
- Inicio
- Heredero del origen. El principio
- Capítulo 42 - Capítulo 42: Capítulo 42- El recuerdo que la luna escondió
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 42: Capítulo 42- El recuerdo que la luna escondió
La cueva estaba más oscura que nunca. No porque faltara luz, sino porque Aldric había apagado todo lo que pudiera distraerla. La oscuridad era absoluta. Densa. Viva.
Pierina estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas, las manos apoyadas sobre las rodillas. Su respiración era un hilo. Su pecho ardía. La magia roja vibraba bajo su piel como un corazón ajeno.
Aldric estaba detrás de ella. No la tocaba. Pero su presencia era un peso cálido en la nuca.
—Hoy —dijo él— vamos a abrir la puerta que tu sangre cerró.
Pierina sintió un escalofrío.
—No quiero abrir nada.
Aldric respondió con una calma inquietante.
—No es una elección. Ese recuerdo te está consumiendo desde adentro. Si no lo enfrentás, va a romperte.
Pierina apretó los dientes.
—¿Qué recuerdo es?
Aldric no respondió enseguida. Y ese silencio la aterrorizó más que cualquier palabra.
—El primero —dijo finalmente—. El que te conecta con todas las Lunas Doradas que murieron antes que vos.
Pierina sintió que el aire se le escapaba.
—No… no quiero ver eso…
Aldric se inclinó hacia ella. Su voz fue un susurro.
—Pero ya lo viste. Solo que no lo recordás.
Pierina tembló.
—¿Qué… qué me hicieron?
Aldric apoyó una mano en el suelo, cerca de la de ella.
—No te hicieron nada. Lo heredaste. Es tu memoria de sangre. Y hoy… vamos a liberarla.
El ritual del recuerdo
Aldric se levantó y caminó hacia el centro de la cueva. La oscuridad se movió con él, como si lo reconociera.
—Parate —ordenó.
Pierina obedeció. Sus piernas temblaban. Su respiración también.
Aldric levantó ambas manos.
—Cerrá los ojos.
Pierina lo hizo.
—Respirá hondo.
Ella inhaló. La magia roja subió por su pecho.
—Exhalá.
La magia bajó. Pero no se apagó.
—Otra vez.
Pierina obedeció. La magia se estabilizó. La cueva vibró.
Aldric habló con una voz que no parecía humana.
—Ahora… dejá que la sangre hable.
Pierina abrió los ojos de golpe.
—¡No! ¡No quiero!
Aldric no se movió.
—Pierina. Si no lo enfrentás, ese recuerdo va a seguir persiguiéndote. Va a seguir rompiéndote. Va a seguir controlándote.
Pierina apretó los puños.
—Tengo miedo…
Aldric dio un paso hacia ella.
—Entonces usalo que yo estoy aca para protegerte.
La puerta que se abre
La magia roja estalló en su pecho. No hacia afuera. Hacia adentro.
Pierina gritó. La cueva desapareció. El suelo desapareció. Aldric desapareció.
Y quedó suspendida en un espacio blanco. Un blanco tan brillante que dolía.
—¿Dónde estoy? —susurró.
Una voz respondió. No la de Aldric. No la del eco. No la de ninguna Luna Dorada.
Era su propia voz. Pero más joven. Más rota.
“En el principio.”
Pierina tembló.
—No quiero ver esto…
“Pero ya lo viste.”
El blanco se quebró. Como un vidrio. Como un espejo.
Y el recuerdo apareció.
El recuerdo prohibido
Pierina vio un bosque. No el suyo. Uno más antiguo. Más oscuro. Más vivo.
Vio a una mujer corriendo. Cabello dorado. Piel brillante. Magia roja latiendo en su pecho.
Vio lobos cayendo a su alrededor. Vio sangre. Vio fuego. Vio sombras.
Y vio al Primer Alfa.
No como una sombra. No como un eco. Como un cuerpo.
Gigante. Oscuro. Hambriento.
Pierina gritó.
—¡No! ¡No quiero verlo!
Pero el recuerdo no se detuvo.
La mujer dorada se dio vuelta. Sus ojos estaban llenos de lágrimas. Y de aceptación.
“Perdoname…” dijo ella.
Y se dejó alcanzar.
El Primer Alfa la devoró. No su cuerpo. Su luz.
Pierina cayó de rodillas.
—¡Basta! ¡Basta, por favor!
Pero el recuerdo siguió.
Otra Luna Dorada. Y otra. Y otra.
Todas corriendo. Todas llorando. Todas aceptando su destino.
Todas muriendo.
Pierina gritó hasta quedarse sin voz.
El blanco se apagó. La cueva volvió. Aldric estaba frente a ella.
Pierina cayó al suelo, temblando.
—Ellas… ellas se dejaron matar…
Aldric asintió.
—Sí.
Pierina lloró.
—¿Por qué? ¿Por qué no pelearon?
Aldric se arrodilló frente a ella.
—Porque no tenían elección. Porque su magia no era suya. Porque el Primer Alfa las reclamaba. Y ellas no sabían cómo resistir.
Pierina levantó la mirada.
—¿Y yo? ¿Yo también voy a morir así?
Aldric negó.
—No. Porque vos sos distinta. Vos despertaste. Vos resististe. Vos me atacaste. Vos elegiste.
Pierina tembló.
—Tengo miedo…
Aldric apoyó una mano en su mejilla. Su contacto era tan real. Suave. Cálido. Peligroso.
—Lo sé. Pero no estás sola.
Pierina cerró los ojos. Y apoyó su rostro en su mano.
—No quiero morir…
Aldric acercó su frente a la de ella.
—No vas a morir. No mientras yo esté con vos.
Pierina abrió los ojos. Y por primera vez… lo eligió.
No con palabras. Con su respiración. Con su cuerpo. Con su magia.
La luz roja se calmó. La cueva se estabilizó. El recuerdo se apagó.
Y Pierina se aferró a Aldric como si fuera el único lugar seguro en un mundo que la había traicionado.
Pedro estaba de pie frente a los restos de la batalla. El olor a sangre seguía impregnando el aire. Los cuerpos habían sido retirados, los heridos atendidos, los límites reforzados.
Pero él no estaba ahí. No realmente.
Su cuerpo estaba en la manada. Su mente estaba en el bosque. Su alma estaba con Pierina.
Y de repente… algo cambió.
Un tirón. Un latido. Un eco.
No era la conexión dorada que siempre había sentido con ella. No era la luz cálida que lo guiaba. No era la magia suave que vibraba cuando ella pensaba en él.
Era otra cosa.
Una vibración roja. Profunda. Extraña. Ajena.
Pedro se llevó una mano al pecho.
—Pierina… —susurró.
La cuerda se tensó. No como antes. No como un llamado. Como un rechazo.
Pedro cayó de rodillas. Su respiración se cortó. Su visión se nubló.
La conexión con Pierina no se había roto. Eso sería más fácil. Eso sería un corte limpio.
Lo que sentía era peor.
Ella se estaba alejando. Pero no sola.
Pedro apretó los dientes.
—No… no puede ser…
La magia dentro de él se agitó. Su lobo gruñó. Su corazón latió con fuerza.
Y entonces lo sintió.
Un segundo pulso. Una presencia. Una sombra.
Aldric.
Pedro rugió, un sonido tan profundo que hizo temblar la tierra.
—¡No! ¡No te la lleves!
Pero la sensación no cambió. No se debilitó. No se rompió.
Se volvió más fuerte.
Como si Pierina estuviera… aceptándolo.
Pedro sintió que el mundo se le partía en dos.
La conexión entre Pierina y Aldric no era un lazo de pareja. No era un vínculo de luna. No era un destino romántico.
Era algo más primitivo. Más antiguo. Más peligroso.
Un vínculo de magia. De sombra. De herencia.
Y Pedro lo sintió como si le arrancaran el alma.
—Pierina… ¿qué te está haciendo?
Pero la respuesta no llegó. Porque Pierina no estaba pidiendo ayuda. No estaba llamándolo. No estaba luchando.
Estaba… entregándose.
No por amor. No por deseo.
Por necesidad. Por algo muy profundo, que aún no tenia palabras para ser nombrado. Era algo demasiado primitivo.
Y eso lo destruía más que cualquier traición.
Pedro se dobló hacia adelante. Su cuerpo temblaba. Su respiración era un gruñido.
El lazo que siempre sintió con ella, ardía como fuego líquido. Su pecho dolía como si lo estuvieran desgarrando desde adentro.
Liora corrió hacia él.
—¡Pedro! ¿Qué pasa?
Él no pudo hablar. No pudo explicar. No pudo mentir.
Solo pudo decir una palabra.
—Ella…
Liora lo sostuvo por los hombros.
—¿La sentís?
Pedro apretó los ojos.
—Sí… pero no como antes…
Liora tragó saliva.
—¿Qué sentís?
Pedro levantó la cabeza. Sus ojos estaban llenos de rabia y dolor.
—Que ya no soy yo quien la sostiene. Que ya no es conmigo con quien se entrega.
Liora se quedó helada.
—¿Aldric?
Pedro asintió, temblando.
—Él… él está con ella. Y ella… ella lo está eligiendo, la puedo sentir.
Liora abrió los ojos, horrorizada.
—No… Pierina nunca…
Pedro la interrumpió con un rugido.
—¡No lo entiende! ¡No sabe lo que él es! Está rota, Liora. Está sola. Y él… él sabe cómo meterse en las grietas.
Liora apretó los labios.
—¿Qué vas a hacer?
Pedro se levantó lentamente. Su cuerpo temblaba. Su aura ardía. Su corazón sangraba.
—Voy a traerla de vuelta.
Liora negó con la cabeza.
—No podés irte ahora. La manada te necesita. Si te vas, nos atacan de nuevo.
Pedro cerró los ojos. Y por primera vez… no supo qué elegir.
La conexión volvió a vibrar. Un pulso suave. Un susurro.
Pierina.
Pero no como antes. No como su Pierina.
Era una vibración tranquila. Serena. Casi… confiada.
Pedro sintió un escalofrío.
—Ella… está calmada.
Liora frunció el ceño.
—¿Eso no es bueno?
Pedro negó, con los ojos llenos de lágrimas.
—No. Porque no está calmada por mí. Está calmada por él.
Liora se cubrió la boca.
—Pedro…
Él apretó los puños.
—La está moldeando. La está entrenando. La está… ganando.
Liora dio un paso atrás.
—¿Y vos? ¿Qué vas a hacer?
Pedro levantó la mirada. Sus ojos brillaban con una oscuridad peligrosa.
—Voy a recuperarla. Aunque tenga que romper el bosque. Aunque tenga que enfrentar al eco. Aunque tenga que matar a Aldric.
Liora tragó saliva.
—¿Y si cuando la encuentres… ella ya no quiere volver?
Pedro cerró los ojos. Una lágrima cayó.
—Entonces voy a recordarle quién es. Aunque tenga que pelear contra su magia. Contra su sombra. Contra su miedo.
Abrió los ojos.
—Porque yo la amo. Y él… él solo la quiere usar.
La conexión vibró una vez más. Suave. Cálida. Pero no para él.
Pedro sintió que el corazón se le rompía.
—Ella… —susurró—. Ella lo eligió. Por un instante. Lo eligió.
Liora lo abrazó. Pedro no respondió.
Porque en ese momento, supo algo que lo destruyó:
Pierina estaba empezando a confiar en Aldric. Y él lo estaba sintiendo todo, porque Aldric se estaba ocupando de que a la distancia, sintiera como Pierina lo elegía, no una vez, sino varias.
La noche llego sin consuelo para Pedro, no podía salir de su manada en ese estado vulnerable en el que se encontraba, mientras sentía, todo através de ella…el placer, el placer que ella estaba sintiendo lo rompía una y otra vez.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com