Heredero del origen. El principio - Capítulo 44
- Inicio
- Heredero del origen. El principio
- Capítulo 44 - Capítulo 44: Capítulo 44- La magia que aprende a proteger
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 44: Capítulo 44- La magia que aprende a proteger
La cueva estaba más cálida que nunca. No por fuego. No por magia. Por la presencia de Aldric, por el fuego que se sentía entre ellos dos. Las brasas de sus cuerpos aún ardían, los recuerdos del día anterior vibraban en las paredes.
Pierina lo sentía incluso cuando él no hablaba. Incluso cuando no la miraba. Incluso cuando estaba a varios pasos de distancia.
Era como si su cuerpo hubiera aprendido a reconocerlo. A buscarlo. A responderle.
Y eso la asustaba. Pero también la calmaba. Recordó como se entregó una y otra vez a su boca, a sus manos…cómo se sentía su piel desnuda contra la suya, como su cuerpo había respondido con un hambre de mil siglos a él. Tan solo pensarlo, endurecían sus pezones y humedecian su femeneidad.
Aldric estaba de pie frente a ella, con los brazos cruzados, observándola con esa mezcla de paciencia y cálculo que la desarmaba. No comentó nada sobre los eventos anteriores, como si solo hubiese sido una ilusión.
—Hoy —dijo con su tono profesional— vas a aprender a proteger.
Pierina frunció el ceño.
—¿Proteger qué?
Aldric dio un paso hacia ella.
—A mí.
Pierina sintió un golpe en el pecho. Porque en ese momento, quería hacer otras cosas con él y ninguna incluía protegerlo.
—¿Por qué tendría que protegerte?
Aldric no sonrió. No se burló. No la provocó. Solo la rodeo, como quién rodea un objeto interesante para evaluarlo.
—Porque tu magia necesita un propósito. Y vos necesitás un centro. Si no lo tiene… se vuelve contra vos.
Pierina apretó los dientes.
—No quiero que mi centro seas vos.
Aldric respondió con una calma inquietante, acercandosé tanto a ella que pudo sentir el calor de su cuerpo contra su pecho.
—Pero ya lo soy.
Pierina retrocedió un paso. No por miedo. Por reconocimiento.
Porque sabía que era verdad.
Aldric levantó una mano.
—Voy a atacarte.
Pierina abrió los ojos, horrorizada.
—¿Qué? ¡No!
Aldric negó.
—No para lastimarte. Para obligarte a reaccionar. Tu magia se activa cuando estás en peligro. Pero quiero que aprenda a activarse por elección, no por instinto.
Pierina tragó saliva.
—No quiero pelear con vos…
Aldric se acercó un paso.
—No vas a pelear. Vas a proteger.
Pierina respiró hondo.
—¿Proteger qué?
Aldric señaló su propio pecho.
—A mí.
Pierina sintió que el mundo se inclinaba.
—No quiero…
Aldric bajó la voz.
—Pierina. Escuchame. Si no podés proteger a alguien que no quiere lastimarte… ¿cómo vas a proteger a alguien que sí?
Pierina cerró los ojos. La magia roja vibró bajo su piel.
—¿Qué tengo que hacer?
Aldric retrocedió unos pasos.
—Cuando yo ataque, tu magia va a querer defenderte. Quiero que la obligues a defenderme a mí.
Pierina abrió los ojos, confundida.
—¿Cómo… cómo hago eso?
Aldric respondió:
—Pensando en mí. No en vos. No en tu miedo. En mí.
Pierina sintió un escalofrío.
—Eso es manipulación…
Aldric asintió.
—Sí. Pero también es entrenamiento.
Pierina no supo si odiarlo o agradecerle.
Aldric levantó la mano. La cueva vibró. El aire se tensó.
Pierina sintió la magia roja subir por su pecho, lista para estallar.
Aldric la miró.
—Pierina. Elegime.
Ella gritó:
—¡No sé cómo!
Aldric lanzó un golpe de magia oscura. No mortal. No destructivo. Pero fuerte.
Pierina levantó las manos por instinto. La magia roja salió disparada hacia ella.
Aldric rugió:
—¡No te protejas a vos! ¡Protegeme a mí!
Pierina gritó:
—¡No puedo!
Aldric avanzó un paso, su magia chocando contra la de ella.
—¡Sí podés! ¡Elegime!
Pierina sintió que algo dentro de ella se quebraba. No dolor. No miedo.
Elección.
La magia roja cambió de dirección. Giró. Se retorció. Y se colocó frente a Aldric como un escudo vivo.
El ataque chocó contra la barrera roja. La cueva tembló. El aire se partió.
Aldric no se movió. No retrocedió. No parpadeó.
Pierina cayó de rodillas, jadeando.
—¿Lo… lo hice?
Aldric se acercó. Se arrodilló frente a ella. Le tomó el rostro entre las manos.
—Sí. Me protegiste.
Pierina sintió un calor extraño en el pecho.
—No sé si quería hacerlo…
Aldric apoyó su frente contra la de ella.
—Pero lo hiciste igual. Porque tu magia me eligió.
Pierina tembló.
—No quiero que te elija…
Aldric susurró:
—Pero lo hace. Y vos también.
Pierina cerró los ojos. Una lágrima cayó. Pensó en Pedro, en ese vinculo que ya no sentía.
—Tengo miedo…
Aldric la sostuvo por la nuca.
—Entonces dejame ser tu refugio.
Pierina abrió los ojos. Y no lo rechazó. Sus labios encontraron su boca y el mundo se volvió a reducir a ellos dos…no entendía de donde venía el fuego, esa necesidad sin fin de sentir su cuerpo desnudo junto al de ella.
Pierina apoyó una mano en el pecho de Aldric. No para alejarlo. Para sostenerse.
—¿Qué me estás haciendo? —susurró.
Aldric no mintió.
—Te estoy enseñando a sobrevivir. Y en el proceso… te estoy enseñando a elegirme.
Pierina tragó saliva.
—No quiero perderme…
Aldric respondió:
—No te estás perdiendo. Te estás transformando.
Pierina apoyó la frente en su hombro. Su magia vibró. Su cuerpo también.
—¿Y si no quiero transformarme así?
Aldric la abrazó. El abrazo era real. Firme. Cálido. Peligroso.
—Entonces te sostengo hasta que quieras.
Pierina cerró los ojos. Y se dejó sostener y al instante siguiente, al levantar la vista, sus ojos encontraron esos ojos dorados que se estaban volviendo su perdición.
No hablaron, no hacia falta, sus bocas se encontraron nuevamente, la ropa salió desprendida de sus cuerpos como si les quemara. Él la levantó en aire, la llevó contra la pared más cercana con sus peirnas rodeando su cintura y la penetró sin pedir permiso, Pierina gimió de placer, sus uñas se clavaron en su espalda, sus gritos se volvieron salvajes, Aldric se estaba controlando para no lastimarla pero el fuego entre ellos era apocalíptico.
Pierina se deshacia sobre su grueso miembro una y otra vez, perdiendo la poca timidez que le quedaba…comenzó a exigir más…
Aldric hacia lo posible por contenerse, pero todo en ella lo volvía loco, su piel, su olor, su cabello ondulado que caía salvajemente sobre sus pechos, la curvatura de sus caderas. La bajó, la colocó en el frio suelo, sobre su manos y rodillas , con una mano tomando su cintura y la otra enredando su cabello como las crinas de un yegua de la cual no se quería soltar, la envistió hasta el cansancio, hasta que las piernas de Pierina comenzaron a temblar y su voz apenas se sentía, entonces ahí decidió soltar todo lo que estaba conteniendo…
El silencio se adueño del espacio, solo interrumpido por el tenue sonido de sus pechos subiendo y bajando al compás.
Ella se desplomó contra su cálido cuerpo, él la sostuvo y su magia convirtió esos cuerpos desnudos en dos amantes que descansaban tapados con mantas de piel.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com