Heredero del origen. El principio - Capítulo 45
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Capítulo 45: Capítulo 45- la herida que la obliga a elegir
La cueva estaba en silencio, pero no era un silencio vacío. Era un silencio tenso, expectante, como si las paredes supieran que algo estaba por romperse.
Pierina estaba de pie, con la respiración acelerada, la magia roja vibrando bajo su piel como un animal inquieto. Aldric estaba frente a ella, observándola con esa mezcla de paciencia y cálculo que la desarmaba.
—Hoy —dijo él— vas a sanar.
Pierina frunció el ceño.
—¿Sanar qué?
Aldric no respondió. Solo levantó una mano… y se hizo una herida.
Un corte profundo en el antebrazo. Rojo. Oscuro. Vivo.
Pierina gritó.
—¡¿Qué hacés?! ¡¿Por qué?!
Aldric no se inmutó. Ni un gesto de dolor. Ni un temblor.
—Porque tu magia necesita aprender a proteger lo que elige. Y vos necesitás aprender a elegir.
Pierina sintió un golpe en el pecho. Pese a todo, se negaba a elegir a Aldric.
—No quiero sanarte.
Aldric dio un paso hacia ella.
—Pero vas a hacerlo.
Pierina retrocedió.
—No quiero depender de vos…
Aldric bajó la voz.
—No dependés de mí. Dependés de tu magia. Y tu magia ya me eligió.
Pierina sintió que el mundo se inclinaba.
—No… no quiero que me elija…
Aldric extendió el brazo herido hacia ella.
—Entonces obligala a elegir otra cosa. Saname.
Pierina levantó una mano temblorosa. La magia roja subió por su pecho, caliente, intensa, peligrosa.
—No sé si puedo… —susurró.
Aldric se acercó un paso.
—Podés. Porque ya lo hiciste antes. Cuando me protegiste.
Pierina apretó los dientes.
—Eso fue distinto…
Aldric negó.
—No. Fue lo mismo. Elegiste. Y ahora vas a elegir otra vez.
Pierina cerró los ojos. La magia vibró. La cueva tembló.
—Tengo miedo…
Aldric respondió:
—Entonces usalo.
Pierina abrió los ojos. La luz roja se concentró en su palma.
—¿Qué pasa si te lastimo más?
Aldric sonrió apenas.
—Confío en vos. Y sé me ocurren algunas maneras de tomar revancha despúes.
Pierina sintió un nudo en la garganta. Esa frase la atravesó.
Porque Pedro nunca le había dicho eso. Nunca así. Nunca con esa certeza.
Y la culpa la golpeó como un puñal.
Pierina bajó la mano.
—No puedo… —susurró—. No puedo hacerlo… No puedo pensar en vos así… No puedo… no puedo olvidarme de Pedro…
Aldric no se movió. No la presionó. No la contradijo.
Solo dijo:
—No te estás olvidando de él.
Pierina lo miró, con lágrimas en los ojos.
—Sí… sí lo estoy haciendo… No pensé en él cuando te protegí… No pensé en él cuando me tocaste… No pensé en él cuando me sostuviste…No pensé en él mientras gemía entre tus brazos…
Aldric dio un paso hacia ella.
—Eso no es olvido. Eso es supervivencia. Y además…eso es destino…no es casual este fuego.
Pierina negó con la cabeza.
—No quiero sentir esto… No quiero sentir que te necesito…
Aldric levantó su mano sana y la apoyó en la mejilla de ella. Su contacto era suave. Cálido. Peligroso.
—No me necesitás a mí. Necesitás a alguien que pueda sostener tu magia. Y él… él no puede.
Pierina tembló.
—No digas eso…
Aldric bajó la voz.
—No es culpa de Pedro. Él te ama. Pero no puede sostener lo que sos ahora. Y vos lo sabés.
Pierina cerró los ojos. Una lágrima cayó.
—No quiero perderlo…
Aldric acercó su frente a la de ella.
—No lo vas a perder. Pero ahora… ahora no podés pensar en él. Tenés que pensar en vos. Y en lo que necesitás para no romperte.
Pierina abrió los ojos. Y por primera vez… no discutió.
Aldric extendió el brazo herido.
—Pierina. Saname.
Ella levantó la mano. La magia roja se encendió. Vibró. Se volvió cálida.
Pierina respiró hondo.
—No quiero lastimarte…
Aldric respondió:
—Entonces no lo hagas.
Pierina apoyó su mano sobre la herida. La magia salió de ella como un suspiro. Roja. Suave. Viva.
La piel de Aldric se cerró. La sangre desapareció. La herida sanó.
Pierina jadeó. Su cuerpo temblaba. Su magia también.
Aldric tomó su mano. No para guiarla. Para sostenerla.
—Lo hiciste —susurró.
Pierina lo miró, con los ojos llenos de lágrimas.
—No sé si quiero seguir haciendo esto…
Aldric acercó su rostro al de ella.
—Pero lo estás haciendo. Porque me elegiste. Aunque te duela. Aunque te culpe. Aunque te asuste.
Pierina apoyó la frente en su pecho. No por amor. No por deseo.
Por necesidad.
—No quiero perderme… —susurró.
Aldric la abrazó. Firme. Cálido. Inevitable.
—No te estás perdiendo. Te estás encontrando. Conmigo.
Pierina cerró los ojos. Y por primera vez… no pensó en Pedro.
Y la culpa… la culpa se volvió un susurro lejano.
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