Heredero del origen. El principio - Capítulo 98
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Capítulo 98: Capítulo 98- La estabilización
Los sanadores de la manada rodearon a Pierina apenas Pedro la dejó sobre la cama grande. El cuarto olía a hierbas, humo y magia antigua. La alfa mayor colocó sus manos sobre el vientre de Pierina y cerró los ojos.
—El heredero está drenado —dijo—. Pero vivo. Y ella… está al borde del colapso mágico.
Pedro apretó los puños.
—Hagan lo que tengan que hacer.
Los sanadores comenzaron a trabajar. La luz verde de la manada se mezcló con la luz blanca-dorada del Origen. Pierina tembló, arqueándose, como si su cuerpo rechazara y aceptara la magia al mismo tiempo.
Nara observaba desde la puerta, con el corazón en la garganta.
La alfa habló:
—Ella no puede seguir sosteniendo el duelo y la magia del bebé al mismo tiempo. Vamos a sellar parte de su energía para que no se destruya.
Pedro dio un paso adelante.
—¿Eso la va a lastimar?
—No. Pero la va a cambiar.
La luz se intensificó. Pierina gritó. El bebé latió fuerte, como un trueno.
Y luego…
Silencio.
La alfa retiró las manos.
—Está estable. Por ahora.
Pedro cayó de rodillas junto a la cama, tomando su mano.
Nara se dio vuelta para que no la vieran llorar.
Cuando Pierina despertó, horas después, la habitación estaba en penumbra. Pedro estaba sentado a su lado, con la cabeza apoyada en su mano. Nara estaba en la esquina, en silencio. La alfa mayor entró con paso firme.
—Pierina —dijo—. Tenemos que hablar.
Ella se incorporó lentamente, con el rostro pálido.
—¿Qué… qué pasó?
—Tu hijo —respondió la alfa— es el heredero del Origen. Y su padre fue Aldric, el eco caído.
Pierina bajó la mirada, con un nudo en la garganta.
La alfa continuó:
—Si el mundo se entera… si los Desgarradores lo descubren… si cualquier manada lo sospecha… tu hijo no va a vivir para ver su primer luna llena.
Pedro gruñó.
—No van a tocarlo.
La alfa levantó una mano.
—No basta con protegerlo. Hay que ocultarlo.
Los sanadores entraron. Los ancianos también. Todos formaron un círculo.
La alfa habló con solemnidad:
—Haremos un juramento. Nadie fuera de esta habitación sabrá jamás quién es el padre del niño. Ni que es el heredero del Origen. Ni que su magia despertó antes de nacer.
Todos inclinaron la cabeza.
Pedro tomó la mano de Pierina.
Nara apretó los dientes, sintiendo que algo dentro de ella se rompía.
La alfa colocó una hoja gris —una hoja del ritual de Aldric— en el centro del círculo.
—Juremos por el bosque, por la luna y por la sangre.
Todos repitieron:
—Por el bosque, por la luna y por la sangre.
La hoja ardió sin fuego.
El juramento quedó sellado.
Pierina sintió un escalofrío recorrerle la columna.
Su hijo estaba protegido.
Pero también estaba marcado.
La manada se dispersó. Los sanadores se retiraron. La alfa salió sin decir más.
Solo quedaron tres personas en la habitación:
Pierina. Pedro. Nara.
Pierina intentó sentarse, pero Pedro la sostuvo.
—No te levantes. Todavía estás débil.
Ella lo miró, con los ojos llenos de una ternura triste.
—Pedro… gracias por traerme. Gracias por no soltarme.
Él bajó la mirada.
—Nunca voy a soltar.
Nara sintió que el aire se le escapaba del pecho. Se giró hacia la ventana, fingiendo mirar la luna.
Pierina notó su tensión.
—Nara… ¿estás bien?
Nara sonrió sin girarse.
—Claro. Solo cansada.
Pero su voz tembló.
Pedro la miró… y no sintió nada.
Nada.
Ni el tirón en el pecho que solía sentir. Ni la culpa. Ni la duda.
Solo vacío.
Como si algo hubiera arrancado ese lazo de raíz.
Pierina lo notó.
—Pedro… ¿qué te pasa?
Él frunció el ceño.
—No lo sé. Es como si… como si algo en mí hubiera cambiado.
Nara se giró, con los ojos brillando.
—¿Cambiado cómo?
Pedro abrió la boca para responder.
Y entonces lo sintió.
Un susurro.
No en sus oídos.
En su alma.
Una voz oscura, suave, venenosa:
Protegela. Acercate. Ganá su confianza. Y cuando nazca… el heredero y su madre serán nuestros.
Pedro se llevó una mano al pecho, jadeando.
—¿Qué… qué es esto?
Pierina se incorporó, alarmada.
—¿Pedro?
Nara corrió hacia él.
—¡Pedro, hablame!
Pero él no podía.
Porque la sombra que había quedado del eco oscuro… la sombra que había retrocedido en el bosque… no se había ido.
Se había metido en él.
Y ahora susurraba desde adentro.
El heredero… nos pertenece.
Pedro levantó la vista.
Sus ojos amarillos estaban oscuros.
Muy oscuros.
Pierina sintió un escalofrío.
Nara dio un paso atrás.
El verdadero enemigo ya no estaba afuera.
Estaba dentro.
La manada volvió a su ritmo nocturno, pero nada era igual. Las hogueras ardían más bajo. Los lobos caminaban en silencio. El bosque, aunque calmado, seguía observando.
Pierina dormía en la casa grande, respirando con dificultad pero viva. Su hijo —el heredero del Origen— latía con un pulso más estable, aunque cada tanto una chispa de luz recorría su piel desde adentro, como si recordara el peligro que había enfrentado antes de nacer.
Los sanadores vigilaban en turnos. La alfa mayor mantenía la puerta cerrada con un sello antiguo. Y la manada entera había jurado guardar el secreto.
Pero los secretos… siempre encuentran grietas.
Pedro se quedó afuera, sentado en los escalones, con la cabeza entre las manos. No podía dormir. No podía pensar. No podía sentir nada que no fuera esa presencia oscura respirando dentro de él.
La voz volvía cada vez que cerraba los ojos.
Ella confía en vos. Ella te necesita. Y cuando el heredero nazca… me lo entregarás. Entonces ella sera tuya para siempre. Tu Luna.
Pedro apretó los dientes, luchando contra algo que no podía ver.
—No voy a hacerlo —susurró—. No voy a tocarlo.
La sombra rió dentro de su pecho.
Ya lo estás haciendo.
Pedro sintió un escalofrío recorrerle la columna. Y por primera vez en su vida… tuvo miedo de sí mismo.
Nara lo observaba desde la distancia. Sabía que Pedro ya no la veía. Sabía que su lugar en su vida se había desvanecido como humo.
Pero también sabía algo más.
Pedro no estaba solo en su cuerpo.
Y aunque su corazón estaba roto, su instinto seguía intacto.
Ella sería la primera en notar si la sombra tomaba el control. Ella sería la primera en enfrentarlo si hacía falta.
Aunque le doliera. Aunque la destruyera.
Aunque fuera él.
Dentro de la habitación, Pierina abrió los ojos. No del todo. Apenas un gesto.
Sintió el bosque. Sintió la manada. Sintió a Pedro afuera, temblando. Sintió a Nara, rota pero firme.
Y sintió a su hijo.
Un latido suave. Luego otro. Luego un destello blanco bajo su piel.
Ella apoyó una mano en su vientre.
—No voy a dejar que te tomen —susurró—. No voy a dejar que nadie te toque. Ni siquiera él.
El bebé respondió con un pulso cálido.
Como si entendiera.
Como si eligiera.
Como si ya supiera que el mundo lo buscaba.
Las raíces se movieron bajo la tierra. Las hojas susurraron. El espíritu ancestral, invisible para todos menos para el heredero, se inclinó junto a la ventana.
El eco cayó. El heredero vive. La profecía continúa.
Y en lo más profundo del bosque, donde la luz no llega, algo abrió los ojos.
No el eco oscuro.
Algo peor.
Algo que había estado esperando siglos.
Algo que ahora sabía exactamente dónde estaba el heredero
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