Herederos de una voluntad perdida - Capítulo 1
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1: PRÓLOGO : El Origen 1: PRÓLOGO : El Origen El cielo estaba cubierto de nubes negras.
El suelo ya no era suelo: estaba roto, hundido, quemado.
Grandes grietas se abrían por todos lados, y columnas de humo se elevaban como heridas abiertas.
El aire vibraba, como si el mundo mismo estuviera conteniendo el aliento.
En medio del campo de batalla, una figura enorme avanzó un paso.
La tierra tembló bajo sus pies, haciendo saltar piedras sueltas.
—Heh…
heh…
heh…
La risa era grave, lenta, cargada de burla.
No salía solo de su garganta: parecía empujar el aire, hacerlo vibrar.
—¿Eso es todo?
—retumbó su voz—.
¿Esto es lo mejor que puede ofrecer este mundo?
La criatura era gigantesca.
Cuernos curvados, músculos tensos como roca viva, ojos encendidos con un brillo oscuro.
Una energía negra se desprendía de su cuerpo, ondulando como humo espeso.
Frente a él, mucho más pequeño, había un solo hombre.
Su túnica estaba rota, chamuscada en varios lugares.
El viento la sacudía sin cesar.
Un báculo agrietado descansaba en su mano derecha, vibrando levemente.
Frente a él flotaba un grimorio abierto, con las páginas agitándose solas, como si algo quisiera escapar.
Respiraba con dificultad.
La sangre le corría por el brazo y goteaba al suelo.
—No…
—dijo el mago, con voz baja pero firme—.
Todavía no.
El coloso chasqueó la lengua.
—Terco.
Siempre igual ustedes.
Levantó un brazo.
La oscuridad a su alrededor se juntó, giró, se comprimió hasta formar una enorme masa negra.
El aire alrededor crujió.
—Probá sobrevivir a esto.
La lanzó.
El proyectil avanzó como una bala gigante, arrancando rocas del suelo a su paso.
Fragmentos de piedra salieron disparados.
El mago clavó el báculo en la tierra.
—¡Ahora!
Las páginas del grimorio brillaron.
Círculos de luz aparecieron frente a él, uno detrás de otro.
Una barrera se formó justo antes del impacto.
La explosión fue brutal.
El sonido aplastó el aire.
Rocas y tierra volaron por los aires.
El mago fue empujado hacia atrás, arrastrándose varios metros, dejando una marca profunda en el suelo.
Cayó de rodillas.
El coloso volvió a reír.
—Heh…
heh…
heh…
—se inclinó hacia adelante—.
¿Eso era tu plan?
El mago escupió sangre.
Apretó los dientes.
—No…
—murmuró—.
Todavía no.
Se puso de pie a la fuerza.
Sus botas crujieron contra la piedra rota.
El grimorio tembló.
Las páginas comenzaron a desprenderse una por una, girando a su alrededor como hojas atrapadas en una tormenta.
Cada página brillaba con símbolos distintos.
El coloso frunció el ceño por primera vez.
—¿Qué estás haciendo?
—Terminándolo —respondió el mago.
Alzó ambas manos.
Las páginas se juntaron de golpe, regresando al grimorio con un sonido seco.
La cubierta cambió.
Se volvió más oscura, más pesada, como si ocultara algo vivo en su interior.
Un símbolo extraño apareció grabado en el centro.
El aire se volvió denso.
Pesado.
El coloso dio un paso atrás.
—…Eso no estaba en tus trucos.
El mago respiró hondo.
—No —dijo—.
Esto tampoco lo estaba para mí.
El grimorio se abrió solo.
Una luz intensa brotó desde sus páginas, devorando el caos en un parpadeo.
En ese instante, el campo de batalla quedó sumergido en un silencio absoluto: se detuvo el viento, se extinguió el fuego y se ahogó la risa.
El mundo mismo parecía contener el aliento ante lo imposible que estaba a punto de ocurrir.
—¡Maldito!
—el rugido del Rey Demonio rompió el vacío, con sus colmillos brillando en un fulgor rojo de pura rabia—.
¡¿Creíste que podrías…
encerrarme?!
El grimorio flotaba frente al mago.
Su cubierta negra brillaba con un pentagrama rojo incrustado en el centro, pulsando con energía propia.
Las páginas giraban, golpeando el aire, liberando un olor a magia pura y antigua.
Cada símbolo ardía con fuerza, resistiéndose a la voluntad del mago, pero obedeciendo.
—¡No!
—rugió el Rey Demonio—.
¡Esto no es un sello!
¡No…
puede ser!
Golpeó el aire con ambas manos, liberando un torrente de oscuridad que arrancó fragmentos de tierra y roca.
Cada golpe retumbaba, haciendo vibrar el campo de batalla.
El mago sostuvo firme el báculo, golpeando el suelo.
Una onda de luz corrió en círculos desde su bastón, chocando contra la oscuridad del Rey Demonio, haciendo que el aire estallara.
—¡Ahhhhhh…!
—el Rey Demonio lanzó un rugido, mientras su cuerpo empezaba a ceder, fragmentos de su oscuridad y carne negra eran absorbidos hacia el grimorio—.
¡Yo…
soy eterno!
¡No pueden…
hacerme desaparecer!
El grimorio temblaba, pulsaba, y un zumbido agudo llenó el aire mientras la esencia del Rey Demonio era arrastrada hacia sus páginas.
Sus manos enormes golpeaban el libro, pero cada impacto era inútil.
Las rocas alrededor se fracturaban, levantando columnas de polvo y esquirlas.
El mago alzó el grimorio negro frente a sí, firme, y pronunció con voz clara: —Te voy a esconder en un lugar donde nadie te pueda encontrar.
Un destello envolvió el grimorio con una luz tan intensa que cegó momentáneamente al mago, y entonces desapareció.
El Rey Demonio rugió con furia, golpeando el vacío, lanzando destellos de energía que sacudían el suelo.
Pero ya no había nada que pudiera hacer.
Su prisión era definitiva.
El mago se quedó unos segundos de pie, respirando con esfuerzo.
Su túnica hecha jirones, el báculo partido a un lado, el cuerpo temblando por la tensión de contener tanto poder.
Y entonces, el mago dejó de ser uno para convertirse en todo.
Su cuerpo comenzó a fragmentarse en un estallido silencioso de luz y materia que se condensaba en el aire, dando forma a cientos de grimorios de distintos colores y tamaños.
Cada libro pulsaba con una energía única, resguardando los secretos de hechizos elementales, técnicas de combate y artes de curación que él había dominado a lo largo de su vida.
—Tiene sentido…
desaparecer…
—susurró con una sonrisa de absoluta paz—.
Este es mi sacrificio…
mi legado para el mundo.
Los grimorios salieron disparados como estrellas fugaces hacia los confines de la tierra.
Algunos buscaron refugio en mazmorras antiguas, mientras que otros crearon nuevos santuarios con su solo contacto, dejando un rastro de magia vibrante en montañas, ríos y bosques olvidados.
Allí dormirían, esperando el día en que alguien fuera capaz de reclamar su poder.
El campo de batalla quedó vacío.
Solo el silencio, los restos de piedra, polvo y la sensación de que algo imposible había ocurrido.
El Rey Demonio…
encerrado para siempre en el grimorio negro con pentagrama rojo.
Los demás grimorios…
dormían, esperando que el mundo algún día descubriera su poder.
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