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Herederos de una voluntad perdida - Capítulo 2

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2: Capítulo 1: inicios 2: Capítulo 1: inicios El sol de la tarde bañaba la plaza central de Ravel, un pequeño asentamiento de casas de madera en los límites del Reino de Karsen.

El aire transportaba el aroma del pino seco y el bullicio cotidiano de los mercaderes, pero para Darian, de apenas ocho años, el mundo se reducía a las palabras del anciano del pueblo.

Sentado sobre la tierra seca, con los ojos oscuros fijos en la figura cansada del veterano, Darian apenas parpadeaba.

El viejo apoyaba sus manos nudosas sobre un bastón de madera mientras señalaba la estatua de piedra que presidía el lugar.

—…y así fue, pequeños —decía el anciano con voz ronca por los años—.

Cuando las sombras del Rey Demonio cubrieron los siete continentes, cuando los orcos y los elfos perdieron toda esperanza, los seis héroes se mantuvieron firmes.

Darian sintió un escalofrío.

En su mente, imaginaba a los guerreros de cada raza alzando sus armas contra la oscuridad.

—Lucharon juntos en una batalla que hizo temblar los cimientos del mundo.

Pero cuando las fuerzas de los demás flaquearon, fue el Héroe Humano quien avanzó entre las ruinas.

Con un sacrificio final que las crónicas nunca olvidarán, entregó su último aliento para sellar al mal para siempre.

Gracias a él, hoy caminamos bajo la luz.

Los niños a su alrededor prorrumpieron en gritos de júbilo, pero Darian permaneció en silencio, admirando la estatua desgastada.

Para él, el Héroe Humano era el máximo ideal, la razón por la que soñaba con sostener una espada algún día.

—¡Darian!

¡Es hora de volver!

La voz de su madre rompió el hechizo.

El niño se levantó de un salto y corrió hacia ella, que lo esperaba con una expresión serena cerca del mercado.

—¡Madre, madre!

¿Escuchaste al anciano?

—exclamó Darian con el rostro encendido por la emoción—.

¡El Héroe Humano fue increíble!

¡Él salvó a todos al final con su sacrificio!

Su madre le dedicó una sonrisa cálida y lo tomó de la mano mientras caminaban hacia su hogar.

Le acarició el cabello azabache, revuelto por el viento, y respondió con suavidad: —Es una historia llena de valor, hijo.

Pero recuerda siempre que fueron seis los héroes que lucharon en total.

Cada uno de ellos fue necesario.

Darian asintió, aunque en su interior la figura del guerrero humano brillaba con más fuerza que ninguna otra.

Esa noche, el aroma del estofado de conejo llenaba la pequeña cabaña, pero Darian apenas probaba bocado.

Su mente seguía en la plaza, blandiendo una espada imaginaria.

Su padre, un hombre de hombros anchos y manos curtidas por el trabajo, dejó los cubiertos y lo miró con una seriedad que el niño no esperaba.

—Darian, si vas a seguir este camino, no basta con la emoción —dijo su padre con voz firme—.

El Gremio no es un juego de niños.

Se rige por una jerarquía estricta que define quién eres y qué misiones puedes aceptar.

El joven se inclinó hacia adelante, olvidando por completo la cena.

Su padre comenzó a explicarle cómo se dividía el mundo al que tanto deseaba pertenecer.

—Todos empiezan en Bronce, el rango de los novatos.

Es donde la mayoría se queda.

Si demuestras capacidad, asciendes a Plata.

Pero el verdadero salto está en el Oro, el rango que yo alcancé; ahí es donde dejas de ser un mercenario para ser un guerrero respetado.

Más arriba está el Platino, el rango de tu abuelo.

Son leyendas vivientes, capaces de enfrentar amenazas que borrarían ejércitos enteros.

Y por encima de todos, casi como un mito, está el rango Mitril.

Solo un puñado de personas en cada generación alcanza ese nivel.

Darian escuchaba en un silencio sepulcral.

El sistema de rangos ahora tenía peso, tenía nombres y apellidos en su familia.

—¿Y cómo llegaron tan alto?

—preguntó Darian en un susurro.

—No solo por el acero, hijo.

También por el estudio.

—Su padre buscó un pequeño cofre y sacó un libro de cubiertas de cuero desgastado—.

Esto es un Tomo de Habilidad.

Los básicos, como los de refuerzo físico o hechizos elementales simples, no son difíciles de encontrar.

Una vez que los estudias y los asimilas, el conocimiento queda grabado en tu alma y tu cuerpo para siempre.

Ya no necesitas llevar el libro contigo.

Darian acarició la cubierta del tomo con reverencia.

Su padre continuó con una advertencia: —Pero hay algo más: los Pergaminos.

Son diferentes a los tomos; contienen habilidades únicas o técnicas secretas que son extremadamente difíciles de hallar.

Y más allá de todo eso, están los Grimorios.

La mayoría piensa que son leyendas, mitos sobre un poder que se fusiona con el alma.

No te distraigas con cuentos ahora.

Primero debes dominar lo básico.

El tiempo en Ravel transcurrió de manera natural.

Durante los siguientes ocho años, Darian no solo creció en estatura, sino en disciplina.

Aquel tomo básico de refuerzo físico que su padre le entregó se convirtió en su única obsesión.

Lo estudió hasta que cada instrucción quedó grabada en su memoria, permitiéndole fortalecer sus músculos con un flujo constante de energía interna.

Ocho años después, el cambio era total.

Darian, a sus dieciséis años, se ajustaba la pechera de cuero frente al espejo.

Su cabello negro azabache y sus ojos oscuros proyectaban una confianza que no tenía de niño.

Ya no llevaba los tomos consigo, pues el conocimiento ya era parte de él.

En su cintura descansaba una espada corta de acero, sencilla pero letal en manos entrenadas.

Vestía una túnica oscura reforzada bajo una pechera de cuero endurecido, con botas preparadas para el terreno hostil de las mazmorras.

Sentía el latir de las habilidades básicas de refuerzo que había logrado asimilar tras años de esfuerzo.

Al bajar a la cocina, su madre se detuvo al verlo, con una mezcla de orgullo y melancolía.

—Oh, Darian…

estás muy alto.

Casi no puedo creer que seas el mismo niño que corría por la plaza.

Darian sonrió, ajustando el cinturón de su espada por última vez.

—Ya tengo dieciséis años, madre.

Es el momento.

Hoy haré mi primera prueba en el Gremio de Aventureros.

Con la bendición de sus padres y el peso de un linaje de Oro y Platino sobre sus hombros, Darian cruzó el umbral de su casa.

Su camino acababa de comenzar, impulsado por el deseo de alcanzar la gloria de aquel héroe que, según creía, lo había dado todo por el mundo.

El amanecer apenas comenzaba a teñir de dorado los techos de Ravel cuando Darian cruzó el arco de madera que marcaba la salida del pueblo.

Se detuvo un momento.

No por duda.

Sino para mirar.

Las casas bajas de piedra clara, el molino girando con lentitud, el humo elevándose en columnas delgadas.

Desde dentro, Ravel siempre había parecido suficiente.

Desde fuera, parecía frágil.

Ajustó la correa de su bolsa y comenzó a caminar.

El camino principal estaba más vivo de lo que había imaginado.

Carretas, viajeros, mercaderes, aventureros solitarios.

El polvo se levantaba bajo las ruedas y las botas.

Dos hombres bestia escoltaban una caravana.

Eran altos, de complexión poderosa, con rasgos felinos marcados y orejas erguidas que se movían atentos al entorno.

Sus colas asomaban bajo las capas de viaje, moviéndose con irritación leve.

Darian redujo el paso sin notarlo.

Nunca había visto hombres bestia de cerca.

Uno de ellos sostuvo su mirada con firmeza hasta que Darian desvió la vista y siguió caminando.

Más adelante, un grupo de comerciantes discutía precios con un enano de barba trenzada.

Cerca del borde del camino, un pequeño animal de pelaje azul grisáceo, parecido a un zorro pero con dos colas finas, husmeaba entre unas cajas antes de desaparecer entre los matorrales.

El mundo no era como en los relatos.

Era más extraño.

Un chillido agudo hizo que levantara la vista.

A lo lejos, recortado contra el cielo claro, una silueta alada planeaba sobre las montañas distantes.

No era un ave común.

El cuello largo, la cola en punta, las alas amplias y membranosas.

Un wyvern.

Estaba demasiado lejos para distinguir detalles, pero lo suficiente para que su presencia se sintiera real.

Darian se quedó observándolo hasta que la figura descendió detrás de una cadena rocosa.

El corazón le latía con fuerza.

El mundo era más grande de lo que jamás había entendido.

El relincho brusco lo devolvió al presente.

La carreta, los lobos, la flecha ya clavada en uno de ellos.

Corrió sin pensar.

Se interpuso, reforzó su cuerpo, sintió el impacto en los brazos.

Otra flecha cruzó el aire con precisión.

El último lobo huyó.

La arquera descendió desde una elevación cercana.

Llevaba un arco curvo de madera oscura, trabajado con líneas elegantes pero sin excesos.

Su armadura ligera de cuero reforzado era de un verde profundo con detalles en cobre envejecido.

Ajustada al cuerpo, práctica, sin ornamentación innecesaria.

Su cabello castaño caía hasta los hombros.

Entre los mechones se distinguía con claridad una oreja más larga y afinada que la humana.

No exageradamente puntiaguda, pero inconfundible.

Sus rasgos eran finos, equilibrados.

Los ojos verdes, atentos y serenos.

La sangre élfica estaba presente en ella, aunque no completa.

Se detuvo frente a él.

—¿De dónde vienes?

—De Ravel.

—¿Y allí es normal meterse en el trabajo ajeno?

—Solo intenté ayudar.

Ella señaló al comerciante.

—Estoy contratada para escoltarlo hasta la ciudad.

Ese era mi trabajo.

Darian entendió.

—No lo sabía.

—Antes de intervenir, observa.

Él bajó la mirada un instante.

—No fue mi intención interferir.

Ella lo evaluó unos segundos.

—Ten cuidado la próxima vez.

No todos reaccionan con paciencia.

Recogió sus flechas y regresó junto al mercader.

Darian la vio alejarse, luego retomó su propio camino.

Esta vez observando más.

El paisaje comenzó a abrirse.

Las colinas suaves reemplazaban la densidad del bosque.

Entre la hierba alta se movían criaturas pequeñas de caparazón brillante, parecidas a armadillos pero con placas cristalinas en la espalda que reflejaban la luz.

Un rebaño de ciervos de cornamenta bifurcada cruzó a lo lejos, acompañados por aves de plumaje rojizo que se posaban sobre sus lomos sin que parecieran molestarse.

En una zona rocosa, vio huellas grandes marcadas en el barro seco.

Demasiado grandes para un lobo común.

Recordó la silueta del wyvern y sintió una mezcla de inquietud y emoción.

Más adelante, el camino se ensanchaba y aparecían puestos improvisados.

Un vendedor ofrecía carne de bestia ígnea curada.

Otro vendía pequeños frascos con polvo brillante que, según decía, ahuyentaba criaturas nocturnas.

Darian escuchaba, absorbía, aprendía sin preguntar.

Cuando la silueta de Arkania comenzó a elevarse ante él, redujo el paso.

Las murallas eran imponentes, construidas con bloques de piedra gris encajados con precisión.

No eran lisas: tenían relieves tallados que representaban antiguas victorias, criaturas derrotadas, emblemas de casas nobles.

Torres circulares se alzaban cada cierta distancia, unidas por pasarelas superiores donde se distinguían figuras de guardias.

El flujo de personas aumentaba al acercarse a la puerta principal.

Allí sí lo detuvieron.

—Nombre —pidió uno de los guardias, un hombre de barba oscura y armadura pulida.

—Darian, de Ravel.

El guardia revisó su bolsa, examinó el contenido con rapidez profesional.

—¿Motivo?

—Registro en el gremio.

El segundo guardia, más joven, lo observó con curiosidad leve.

—Primera vez.

No era pregunta.

Darian asintió.

Tras una breve revisión adicional, le devolvieron sus pertenencias.

—Bienvenido a Arkania.

Cruzó el arco principal.

La ciudad lo envolvió de inmediato.

Calles amplias de piedra clara.

Edificios de hasta cuatro niveles, con balcones de hierro trabajado y toldos de colores que protegían los puestos del mercado.

Faroles de cristal suspendidos entre construcciones mediante cadenas decorativas.

Las herrerías resonaban con ritmo constante.

El olor a pan recién horneado se mezclaba con el del metal caliente.

En el centro de la plaza principal se alzaba una fuente amplia de piedra clara.

En su núcleo, una escultura representaba a un guerrero con la espada en alto y la capa extendida por el viento.

En la base de la estatua podía leerse un nombre grabado con letras profundas: ALTERION — HÉROE DE LA HUMANIDAD.

Una carreta transportaba jaulas con pequeñas criaturas aladas que emitían chillidos intermitentes.

No era solo grande.

Era organizada alrededor del peligro.

El edificio del gremio dominaba una de las plazas principales.

Amplio, de piedra más oscura que el resto de la ciudad.

Ventanas altas.

El emblema tallado sobre la entrada representaba espada, arco y bastón entrelazados en relieve profundo.

Darian respiró hondo y entró.

El interior era aún más bullicioso.

Mesas largas ocupadas por aventureros de distintos rangos.

Un gran tablón central con encargos clasificados por dificultad.

Antorchas contenidas en soportes de hierro iluminaban las paredes donde colgaban mapas y registros.

Detrás del mostrador principal estaba la recepcionista.

Cabello negro recogido en una coleta alta, ojos castaños agudos y atentos.

Vestía uniforme del gremio: chaleco azul oscuro con ribetes plateados y una insignia bordada en el pecho.

Sus movimientos eran rápidos pero ordenados.

Hablaba con tono claro, sin elevar demasiado la voz, y aun así se hacía escuchar.

—Siguiente —dijo sin levantar la vista mientras terminaba de sellar un documento.

Darian se presentó.

Ella alzó la mirada y lo evaluó en un segundo.

—Registro para aspirante.

Completa esto.

Le entregó un formulario y explicó las normas con claridad mecánica, como alguien acostumbrada a repetirlas muchas veces al día, pero sin perder profesionalismo.

La evaluación teórica fue breve y directa.

Luego lo condujeron al patio interior.

Allí lo esperaba el instructor.

Un hombre de mediana edad, cabello gris en las sienes, cicatriz diagonal cruzando el pómulo izquierdo.

Llevaba armadura ligera de entrenamiento y una espada de práctica.

—Instructor Garrick —se presentó sin formalidades—.

Muéstrame qué sabes hacer.

El combate comenzó sin ceremonia.

Garrick atacaba con presión constante, obligando a Darian a reaccionar sin descanso.

No buscaba aplastarlo, sino forzarlo a mantener control bajo estrés.

Darian reforzaba su cuerpo en momentos precisos para absorber impactos y contraatacar.

En una ocasión, logró desviar un golpe y responder con un movimiento que obligó al instructor a retroceder medio paso.

Garrick sonrió apenas.

El enfrentamiento terminó cuando el instructor colocó la punta de su espada en el pecho de Darian tras una secuencia rápida que él no logró leer a tiempo.

—Base sólida —dijo Garrick—.

Te falta experiencia.

Lo enviaron a la prueba final.

Una misión sencilla en la Mazmorra de Monte Bajo: recolectar una hierba medicinal que crecía en zonas húmedas del primer nivel.

—Irías acompañado —explicó la recepcionista.

Revisó un registro y anunció: —Supervisión asignada: rango plata Aria Valen.

El nombre resonó en la memoria de Darian.

Se giró.

Junto a una de las columnas del salón, la misma semielfa del camino levantó la vista desde un informe.

Los ojos verdes lo reconocieron al instante.

Esta vez sin polvo de carretera ni tensión de combate.

La joven lo miró unos segundos.

—No esperaba verte aquí —dijo con calma.

—Tampoco yo —respondió Darian.

Hubo un breve silencio.

—Aria —se presentó finalmente.

—Darian.

Se acercó con paso seguro.Alrededor de su cuello llevaba un collar oscuro del que colgaba un cristal azul translúcido, pulido y brillante.

El color indicaba su rango dentro del Gremio.

—Así que eres el aspirante.

Darian asintió.

La recepcionista les entregó el encargo sellado.

Aria lo revisó con rapidez.

—Primer nivel.

Zona húmeda.

Nada complejo si sigues instrucciones.

Le devolvió el documento.

—Prepárate.

Salimos en unos minutos.

Darian ajustó su equipo mientras el murmullo del gremio continuaba alrededor.

Aria comprobó la tensión de su arco, revisó sus flechas una por una y ajustó las correas de su armadura con movimientos precisos.

Sin más palabras innecesarias, se dirigieron hacia la salida del edificio.

La puerta del gremio se cerró detrás de ellos con un sonido grave y contenido.

Y el ruido de la ciudad volvió a envolverlos mientras avanzaban hacia el exterior.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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