Herederos de una voluntad perdida - Capítulo 24
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Capítulo 24: CAPÍTULO 23: CAMINO A LAS PROFUNDIDADES
Amaneció con una bruma ligera que se pegaba a las rocas.
Kára cerró la puerta de la forja por última vez. Sus dedos rozaron la madera envejecida. No dijo nada. Todos entendieron que aquel lugar, el único hogar que le quedaba, ya era parte del pasado.
—Vamos —dijo Varkas—. Mientras más tiempo nos quedemos, más fácil se lo ponemos a esos desgraciados.
El sendero descendía entre paredes de roca cada vez más altas. El aire se volvía más cálido, cargado de olor a mineral y humo lejano. A lo lejos, las primeras atalayas enanas se recortaban contra el cielo: torres bajas y macizas de piedra oscura.
El pequeño dragón iba sobre el hombro de Darian. Ya no era la criatura tambaleante de hacía unos días. Sus escamas azules brillaban con más intensidad y sus ojos dorados lo observaban todo. De vez en cuando giraba la cabeza hacia atrás y emitía un gruñido grave.
—No le gusta algo —dijo Darian.
Aria, que iba unos pasos adelante, se detuvo.
—A mí tampoco.
Una flecha silbó en el aire.
Se clavó en la mochila de Darian, a un palmo de su hombro. El dragón saltó al suelo y se ocultó tras una roca.
—¡Arriba! —gritó Varkas.
En una cornisa alta, dos figuras delgadas se recortaban contra el cielo gris. Arcos curvos en las manos. Capas oscuras.
La segunda flecha pasó rozando el brazo de Varkas. Él ni se inmutó. Kára alzó su martillo, pero los elfos ya no estaban.
—Se fueron —dijo Aria, con el arco aún tensado.
—No querían pelear —gruñó Varkas—. Solo querían que supiéramos que pueden alcanzarnos cuando quieran.
El dragón asomó la cabeza desde detrás de la roca. Darian le hizo un gesto y la criatura volvió a su hombro de un salto.
—Sigamos —dijo Kára—. Khazad-Gor no está lejos.
—
Las puertas de Khazad-Gor se alzaron ante ellos al caer la tarde.
Eran dos bloques macizos de piedra oscura. En la superficie había relieves que mostraban martillos, yunques y ruedas dentadas. Columnas gruesas flanqueaban la entrada. Guardias con armaduras pesadas y barbas trenzadas vigilaban el paso.
Kára habló con uno de ellos y el guardia asintió, dejándolos pasar.
Dentro, la ciudad era un hormiguero de piedra.
Las calles eran estrechas pero estaban limpias. Faroles de aceite colgaban de cadenas de hierro, iluminando las fachadas excavadas directamente en la roca. El olor a carbón, metal caliente y pan recién horneado se mezclaba en el aire.
Había de todo. Enanos con delantales de cuero que cargaban lingotes. Humanos con carretas llenas de telas y especias. Hombres bestia de pelaje oscuro que regateaban en un puesto de armas. Semielfos con ropas de viaje que observaban un escaparate de joyas. Nadie se fijaba demasiado en nadie. Todos iban a lo suyo.
—Khazad-Gor —dijo Kára—. El paso comercial más importante entre el Imperio y la Confederación. Por aquí pasa de todo.
Aria observaba todo con atención, pero su mano no se alejaba del arco. Darian, con el dragón en el hombro, miraba los puestos con curiosidad. Varkas avanzaba sin prestar atención a nada que no fuera una amenaza.
Kára los guió hasta una posada excavada en la pared de la montaña. El letrero de madera mostraba un martillo y una jarra. Dentro, el ambiente era cálido. Lámparas de aceite colgaban de las vigas. Las mesas eran de piedra pulida. El mostrador era una sola pieza de granito.
Tras él, un enano mayor limpiaba una jarra con un trapo. Tenía la barba con canas y una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda. Alzó la vista y una sonrisa le partió el rostro.
—¡Kára! ¡Maldita sea, pensé que te habías olvidado de los viejos amigos!
—Borin. —Kára sonrió—. Tú sí que eres viejo.
El enano soltó una carcajada y rodeó la barra para darle un abrazo de esos que crujen los huesos.
—¿Y esta compañía tan variada? —preguntó, mirando al grupo—. Un hombre bestia, una semielfa y un humano con un… —Se quedó mirando al dragón—. Por las barbas de mis ancestros. ¿Eso es un dragón?
—Luego te cuento —dijo Kára—. Primero, cerveza y comida. Venimos de un largo viaje.
Borin los instaló en una mesa junto al fuego. Sirvió cuatro jarras de cerveza espesa y un estofado de carne y tubérculos que olía a gloria. Al dragón le acercó un cuenco con tiras de carne cruda. La criatura lo olfateó y comenzó a devorar.
Darian lo observó.
—No tiene nombre.
Todos lo miraron.
—Cierto —dijo Varkas—. Entre pelea y pelea se nos pasó.
—¿Alguna idea? —preguntó Kára.
Varkas se rascó la barbilla.
—Algo fuerte. Como Garra o Colmillo.
—Es un dragón, no un perro —dijo Kára—. Algo más digno. Fulgur, por el brillo de sus escamas.
Borin, que servía otra ronda, se sumó.
—En las viejas canciones enanas, los dragones tenían nombres de viento y piedra. Kazak, el que surca el cielo. Morak, el que duerme en la montaña.
Darian escuchaba, pero no decía nada. El dragón terminó el cuenco y se subió a su hombro. Frotó la cabeza contra su mejilla y emitió un sonido suave.
Darian cerró los ojos un momento. Sintió el calor de la criatura, el latido de su pequeño corazón, la chispa dorada que compartían desde que rompió el cascarón.
—Vael —dijo en voz baja.
Todos callaron.
—Vael —repitió Darian, abriendo los ojos—. Por Vaelor. Pero más corto. Más suyo.
El dragón lo miró con sus ojos dorados. Emitió un sonido nuevo, más agudo, casi alegre. Luego se acurrucó contra su cuello.
Kára sonrió.
—Vael. Me gusta.
Varkas asintió.
—Es un buen nombre.
Borin alzó su jarra.
—¡Por Vael, el dragón más pequeño de Khazad-Gor!
Todos rieron y chocaron las jarras.
Mientras comían, Borin se sentó con ellos.
—Cuéntame —le dijo a Kára—. ¿Qué te trae por aquí con semejante escolta?
Kára resumió lo esencial: los forasteros llegaron huyendo, los ayudó, ahora los elfos los persiguen.
Borin escuchó en silencio. Luego se rascó la barba.
—Los elfos llevan semanas rondando la frontera. Preguntan por una semielfa. Hay tensión en el aire.
Aria dejó la cuchara.
—Me buscan a mí.
Borin la miró. No preguntó más. Solo asintió.
—Hay un túnel al sur. Viejo, anterior a la Confederación. Lleva a las tierras bajas. Si quieren despistarlos, es su mejor opción.
—Mañana —dijo Varkas—. Hoy descansamos.
Borin asintió y se levantó.
—Esta noche están seguros aquí. Hay demasiada gente. No los van a encontrar.
—
Esa noche, la posada quedó en silencio.
Varkas roncaba en un rincón. Kára dormía con una mano sobre el martillo. Darian estaba recostado contra la pared, con Vael acurrucado en su pecho.
Aria estaba despierta.
Tenía un trozo de papel y un carboncillo en la mano. Escribió despacio, sin hacer ruido.
No sé si van a leer esto. Quizás me odien por irme así. Pero no puedo quedarme.
Mi madre murió escapando de mi abuelo. Mi padre casi muere protegiéndome cuando intentaron llevarme de niña. No voy a dejar que les pase lo mismo a ustedes. No podría soportarlo.
Varkas, gracias por mantenernos juntos. Kára, gracias por tu techo y tu confianza.
Darian…
Darian, gracias por no rendirte nunca. Por enseñarme que vale la pena buscar la verdad aunque duela. Espero que la encuentres. Espero que encuentres a Sarion. Espero que todo esto tenga sentido algún día.
Los elfos me buscan a mí. Si me alejo, me seguirán a mí y los dejarán en paz. Es la única forma.
No sé cuándo nos volveremos a ver. Pero lo haremos.
Confíen en mí.
Aria
Dejó la nota junto a Vael. El dragón abrió un ojo dorado. La miró.
Aria le sostuvo la mirada. Luego se levantó.
Recogió su arco, su capa de lobo y su cuchillo. Miró al grupo una última vez. Varkas, que la había protegido sin hacer preguntas. Kára, que le había dado refugio sin deberle nada. Darian, que…
Cerró los ojos.
—Perdónenme —susurró.
Y salió.
—
El primer rayo de sol se filtró por la ventana.
Darian abrió los ojos. Vael no estaba sobre su pecho. Estaba junto a la puerta, con la cabeza gacha y un gemido suave.
—¿Qué pasa? —preguntó, incorporándose.
Vio la nota.
La leyó. Se levantó de golpe.
—Se fue.
Varkas abrió los ojos. Kára se incorporó al instante.
—¿Qué? —preguntó el gigante.
—Aria. Se fue.
Vael emitió un rugido bajo, mirando hacia la puerta.
Varkas tomó su espada. Kára su martillo.
—¿Hacia dónde? —preguntó la enana.
—No lo sé —dijo Darian, con la nota aún en la mano—. Pero vamos a encontrarla.
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