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Herederos de una voluntad perdida - Capítulo 23

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Capítulo 23: CAPÍTULO 22: LA CACERÍA

La niebla se arremolinó en la entrada de la cueva.

Kára fue la primera en oírlo. Pasos sobre la piedra. Coordinados. Ligeros. Demasiado silenciosos para ser humanos.

—Vienen —murmuró, con la mano en el mango de su martillo.

Varkas se puso en pie y desenvainó. Darian se levantó con cuidado, protegiendo al pequeño dragón que dormía contra su pecho. La criatura emitió un leve quejido.

Aria se colocó en el centro de la forja. Arco en mano. La otra libre, lista para tomar una flecha. Su rostro no mostraba nada.

Tres figuras emergieron de la niebla. Altas, delgadas, envueltas en capas oscuras. La del frente se detuvo en el umbral y retiró la capucha.

Rasgos angulosos. Piel pálida. Ojos color hielo. Orejas puntiagudas.

—Aria Valen —saludó, con voz fría—. Tu abuelo quiere verte. Llevas demasiado tiempo lejos.

Aria dio un paso al frente.

—Mi madre huyó de él. La persiguieron hasta matarla. ¿Y ahora quiere verme? ¿Para qué?

El recién llegado ni parpadeó.

—Lord Aelthas lamenta lo de tu madre. Fue un error de sus hombres.

Aria soltó una risa seca.

—¿Un error? ¿Eso es todo?

Él ignoró el comentario. Su mirada recorrió la forja: Varkas con la espada lista, la enana con el martillo, el humano protegiendo algo contra el pecho.

—Tu abuelo te necesita. Elfos y Elfos Oscuros llevan siglos matándose. Ahora hay una oportunidad de paz.

Aria frunció el ceño.

—¿Y yo qué tengo que ver?

—Un matrimonio. Tú unirás los dos pueblos. Tu sangre con la de un noble oscuro. Sellará la alianza.

El silencio cayó sobre la forja.

Darian sintió el Dominio del Vacío agitarse. El pequeño dragón gruñó apenas y se acurrucó más.

Varkas apretó la empuñadura.

Kára observaba, sus ojos yendo del elfo a Aria.

Aria permaneció inmóvil. Luego habló, la voz helada.

—Mi madre fue perseguida por amar a quien no debía. Y ahora él quiere usarme para casarme con quien él decida.

—Serás la llave de la paz. Tu nombre será recordado.

Aria alzó el arco.

—No soy llave. No soy puente. No soy de su propiedad.

El elfo suspiró.

—No es una petición. Lord Aelthas ordenó llevarte. Por las buenas o por las malas.

Aria tensó la cuerda.

—Pues será por las malas.

Los otros dos se descubrieron. Manos a las empuñaduras. Espadas curvas que brillaban pálido.

Varkas dio un paso adelante, al lado de Aria.

—Tres contra cuatro. Mal negocio.

El elfo sonrió.

—Los números no importan.

Kára golpeó su martillo contra el yunque. El retumbo llenó la cueva.

—Estás en mi casa.

Él la miró con desdén.

—Una enana sin clan. Una cueva vacía.

Kára mostró los dientes.

—Y estás dentro.

Darian dejó al pequeño dragón junto al fuego. La criatura se removió sin despertar. Desenvainó las espadas. Las hojas de cristal resonante brillaron azuladas.

—Aria no va a ninguna parte —dijo.

El elfo lo observó. Sus ojos fueron a las armas.

—¿Dónde consiguió un humano espadas así?

Darian no respondió.

—No es asunto tuyo —dijo el otro—. Entrégala y los dejamos en paz.

Darian sostuvo la mirada.

—Es de los nuestros. No entregamos a los nuestros.

El elfo lo miró en silencio. Luego asintió.

—Muy bien.

Desenvainó. Los otros dos lo imitaron. Tres hojas élficas brillaron en la penumbra. El aire se volvió denso.

Kára alzó su martillo. Varkas se plantó como una roca. Aria apuntó al pecho del líder.

Y entonces, el pequeño dragón abrió los ojos.

Un brillo dorado iluminó la forja por un instante. La criatura se incorporó sobre el lecho de telas, aún torpe, y fijó la mirada en los intrusos. De su garganta brotó un rugido. Pequeño, agudo, casi un maullido. Pero cargado de una promesa.

Los elfos se tensaron.

El líder desvió la mirada hacia la criatura. Sus ojos se entrecerraron.

—Así que es cierto. Viajan con un dragón.

Darian se colocó delante del pequeño.

—No lo toquen.

El elfo sonrió. Una sonrisa fina, peligrosa.

—Hoy no. Pero esto no ha terminado, Aria Valen. Volveremos.

Señaló a sus hombres. Los tres retrocedieron hacia la niebla sin dar la espalda. Sus siluetas se desvanecieron en la bruma. Los pasos se alejaron hasta desaparecer.

Aria no bajó el arco hasta que el silencio fue total. Luego, dejó escapar el aire lentamente.

—Se han ido —dijo Kára, aunque su voz no sonaba aliviada—. Por ahora.

Darian se arrodilló junto al pequeño dragón. La criatura lo miró con sus ojos dorados y frotó la cabeza contra su mano.

Varkas envainó.

—Volverán. Y vendrán con más.

Aria guardó el arco. Su rostro seguía siendo una máscara.

—Lo sé.

Se giró hacia Darian. Por un instante, algo se quebró en su expresión. Miedo. Rabia. Agotamiento.

—No pienso ir con ellos —dijo—. Pero no quiero que nadie más muera por mí.

Darian se levantó, con el pequeño dragón en brazos.

—Nadie va a morir. Y tú no vas a ir a ninguna parte.

Aria lo miró. No dijo nada. Pero asintió.

Afuera, la niebla seguía espesa. Y en algún lugar, entre las sombras, los elfos esperaban.

Amaneció con una bruma ligera que se pegaba a las rocas.

Kára cerró la puerta de la forja por última vez. Sus dedos rozaron la madera envejecida. No dijo nada. Todos entendieron que aquel lugar, el único hogar que le quedaba, ya era parte del pasado.

—Vamos —dijo Varkas—. Mientras más tiempo nos quedemos, más fácil se lo ponemos a esos desgraciados.

El sendero descendía entre paredes de roca cada vez más altas. El aire se volvía más cálido, cargado de olor a mineral y humo lejano. A lo lejos, las primeras atalayas enanas se recortaban contra el cielo: torres bajas y macizas de piedra oscura.

El pequeño dragón iba sobre el hombro de Darian. Ya no era la criatura tambaleante de hacía unos días. Sus escamas azules brillaban con más intensidad y sus ojos dorados lo observaban todo. De vez en cuando giraba la cabeza hacia atrás y emitía un gruñido grave.

—No le gusta algo —dijo Darian.

Aria, que iba unos pasos adelante, se detuvo.

—A mí tampoco.

Una flecha silbó en el aire.

Se clavó en la mochila de Darian, a un palmo de su hombro. El dragón saltó al suelo y se ocultó tras una roca.

—¡Arriba! —gritó Varkas.

En una cornisa alta, dos figuras delgadas se recortaban contra el cielo gris. Arcos curvos en las manos. Capas oscuras.

La segunda flecha pasó rozando el brazo de Varkas. Él ni se inmutó. Kára alzó su martillo, pero los elfos ya no estaban.

—Se fueron —dijo Aria, con el arco aún tensado.

—No querían pelear —gruñó Varkas—. Solo querían que supiéramos que pueden alcanzarnos cuando quieran.

El dragón asomó la cabeza desde detrás de la roca. Darian le hizo un gesto y la criatura volvió a su hombro de un salto.

—Sigamos —dijo Kára—. Khazad-Gor no está lejos.

—

Las puertas de Khazad-Gor se alzaron ante ellos al caer la tarde.

Eran dos bloques macizos de piedra oscura. En la superficie había relieves que mostraban martillos, yunques y ruedas dentadas. Columnas gruesas flanqueaban la entrada. Guardias con armaduras pesadas y barbas trenzadas vigilaban el paso.

Kára habló con uno de ellos y el guardia asintió, dejándolos pasar.

Dentro, la ciudad era un hormiguero de piedra.

Las calles eran estrechas pero estaban limpias. Faroles de aceite colgaban de cadenas de hierro, iluminando las fachadas excavadas directamente en la roca. El olor a carbón, metal caliente y pan recién horneado se mezclaba en el aire.

Había de todo. Enanos con delantales de cuero que cargaban lingotes. Humanos con carretas llenas de telas y especias. Hombres bestia de pelaje oscuro que regateaban en un puesto de armas. Semielfos con ropas de viaje que observaban un escaparate de joyas. Nadie se fijaba demasiado en nadie. Todos iban a lo suyo.

—Khazad-Gor —dijo Kára—. El paso comercial más importante entre el Imperio y la Confederación. Por aquí pasa de todo.

Aria observaba todo con atención, pero su mano no se alejaba del arco. Darian, con el dragón en el hombro, miraba los puestos con curiosidad. Varkas avanzaba sin prestar atención a nada que no fuera una amenaza.

Kára los guió hasta una posada excavada en la pared de la montaña. El letrero de madera mostraba un martillo y una jarra. Dentro, el ambiente era cálido. Lámparas de aceite colgaban de las vigas. Las mesas eran de piedra pulida. El mostrador era una sola pieza de granito.

Tras él, un enano mayor limpiaba una jarra con un trapo. Tenía la barba con canas y una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda. Alzó la vista y una sonrisa le partió el rostro.

—¡Kára! ¡Maldita sea, pensé que te habías olvidado de los viejos amigos!

—Borin. —Kára sonrió—. Tú sí que eres viejo.

El enano soltó una carcajada y rodeó la barra para darle un abrazo de esos que crujen los huesos.

—¿Y esta compañía tan variada? —preguntó, mirando al grupo—. Un hombre bestia, una semielfa y un humano con un… —Se quedó mirando al dragón—. Por las barbas de mis ancestros. ¿Eso es un dragón?

—Luego te cuento —dijo Kára—. Primero, cerveza y comida. Venimos de un largo viaje.

Borin los instaló en una mesa junto al fuego. Sirvió cuatro jarras de cerveza espesa y un estofado de carne y tubérculos que olía a gloria. Al dragón le acercó un cuenco con tiras de carne cruda. La criatura lo olfateó y comenzó a devorar.

Darian lo observó.

—No tiene nombre.

Todos lo miraron.

—Cierto —dijo Varkas—. Entre pelea y pelea se nos pasó.

—¿Alguna idea? —preguntó Kára.

Varkas se rascó la barbilla.

—Algo fuerte. Como Garra o Colmillo.

—Es un dragón, no un perro —dijo Kára—. Algo más digno. Fulgur, por el brillo de sus escamas.

Borin, que servía otra ronda, se sumó.

—En las viejas canciones enanas, los dragones tenían nombres de viento y piedra. Kazak, el que surca el cielo. Morak, el que duerme en la montaña.

Darian escuchaba, pero no decía nada. El dragón terminó el cuenco y se subió a su hombro. Frotó la cabeza contra su mejilla y emitió un sonido suave.

Darian cerró los ojos un momento. Sintió el calor de la criatura, el latido de su pequeño corazón, la chispa dorada que compartían desde que rompió el cascarón.

—Vael —dijo en voz baja.

Todos callaron.

—Vael —repitió Darian, abriendo los ojos—. Por Vaelor. Pero más corto. Más suyo.

El dragón lo miró con sus ojos dorados. Emitió un sonido nuevo, más agudo, casi alegre. Luego se acurrucó contra su cuello.

Kára sonrió.

—Vael. Me gusta.

Varkas asintió.

—Es un buen nombre.

Borin alzó su jarra.

—¡Por Vael, el dragón más pequeño de Khazad-Gor!

Todos rieron y chocaron las jarras.

Mientras comían, Borin se sentó con ellos.

—Cuéntame —le dijo a Kára—. ¿Qué te trae por aquí con semejante escolta?

Kára resumió lo esencial: los forasteros llegaron huyendo, los ayudó, ahora los elfos los persiguen.

Borin escuchó en silencio. Luego se rascó la barba.

—Los elfos llevan semanas rondando la frontera. Preguntan por una semielfa. Hay tensión en el aire.

Aria dejó la cuchara.

—Me buscan a mí.

Borin la miró. No preguntó más. Solo asintió.

—Hay un túnel al sur. Viejo, anterior a la Confederación. Lleva a las tierras bajas. Si quieren despistarlos, es su mejor opción.

—Mañana —dijo Varkas—. Hoy descansamos.

Borin asintió y se levantó.

—Esta noche están seguros aquí. Hay demasiada gente. No los van a encontrar.

—

Esa noche, la posada quedó en silencio.

Varkas roncaba en un rincón. Kára dormía con una mano sobre el martillo. Darian estaba recostado contra la pared, con Vael acurrucado en su pecho.

Aria estaba despierta.

Tenía un trozo de papel y un carboncillo en la mano. Escribió despacio, sin hacer ruido.

No sé si van a leer esto. Quizás me odien por irme así. Pero no puedo quedarme.

Mi madre murió escapando de mi abuelo. Mi padre casi muere protegiéndome cuando intentaron llevarme de niña. No voy a dejar que les pase lo mismo a ustedes. No podría soportarlo.

Varkas, gracias por mantenernos juntos. Kára, gracias por tu techo y tu confianza.

Darian…

Darian, gracias por no rendirte nunca. Por enseñarme que vale la pena buscar la verdad aunque duela. Espero que la encuentres. Espero que encuentres a Sarion. Espero que todo esto tenga sentido algún día.

Los elfos me buscan a mí. Si me alejo, me seguirán a mí y los dejarán en paz. Es la única forma.

No sé cuándo nos volveremos a ver. Pero lo haremos.

Confíen en mí.

Aria

Dejó la nota junto a Vael. El dragón abrió un ojo dorado. La miró.

Aria le sostuvo la mirada. Luego se levantó.

Recogió su arco, su capa de lobo y su cuchillo. Miró al grupo una última vez. Varkas, que la había protegido sin hacer preguntas. Kára, que le había dado refugio sin deberle nada. Darian, que…

Cerró los ojos.

—Perdónenme —susurró.

Y salió.

—

El primer rayo de sol se filtró por la ventana.

Darian abrió los ojos. Vael no estaba sobre su pecho. Estaba junto a la puerta, con la cabeza gacha y un gemido suave.

—¿Qué pasa? —preguntó, incorporándose.

Vio la nota.

La leyó. Se levantó de golpe.

—Se fue.

Varkas abrió los ojos. Kára se incorporó al instante.

—¿Qué? —preguntó el gigante.

—Aria. Se fue.

Vael emitió un rugido bajo, mirando hacia la puerta.

Varkas tomó su espada. Kára su martillo.

—¿Hacia dónde? —preguntó la enana.

—No lo sé —dijo Darian, con la nota aún en la mano—. Pero vamos a encontrarla.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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