Herederos de una voluntad perdida - Capítulo 26
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Capítulo 26: CAPÍTULO 25: LA BARRERA
El calvo hizo girar sus dagas y los tres mercenarios atacaron al mismo tiempo.
Kára fue la primera en reaccionar.
El tipo delgado se le echó encima con una espada corta en una mano. De la otra le brotó un chorro de agua que se solidificó al instante en una hoja líquida, vibrante y afilada.
—Te gusta jugar con agua —dijo Kára, bloqueando con el mango del martillo.
—Me gusta ver sangrar.
El mercenario lanzó un tajo con la hoja de agua. Kára esquivó, pero el filo le rozó el brazo y le dejó un corte fino. Ni siquiera sintió el impacto. Solo el ardor después.
—Es rápida —murmuró ella.
—Y corta profundo.
El tipo giró sobre sí mismo y lanzó la hoja como un proyectil. Kára se agachó justo a tiempo. El filo pasó sobre su cabeza y se estrelló contra una columna, dejando una marca húmeda y profunda en la piedra.
Kára apretó los dientes. Cerró los ojos un instante.
—Kazak’Thur.
La voz le salió grave, como si viniera de un lugar más antiguo que ella.
El martillo vibró. Una luz azulada y blanca recorrió las runas del mango. Chispas saltaron de la cabeza del arma.
El mercenario se quedó helado.
Kára abrió los ojos y golpeó.
El martillo se estrelló contra el suelo frente a él. Una onda de choque eléctrica se expandió. El tipo recibió la descarga en pleno pecho. Sus músculos se contrajeron. La hoja de agua se deshizo en un charco. Cayó de rodillas, humeando.
Kára se acercó y le dio un golpe seco en la sien con el mango. El mercenario se desplomó.
El brillo del martillo se apagó. Una fina lluvia de chispas cayó sobre la piedra.
Darian, que acababa de bloquear un tajo del calvo, la miró de reojo.
—¿Qué fue eso?
—Luego te cuento.
—
Varkas no tenía tiempo para mirar.
El grandullón era una montaña de músculo y cuero. Empuñaba un hacha de dos manos con el filo mellado. Sus brazos estaban cubiertos de una capa de piedra que brillaba débilmente. Magia de tierra.
—Vamos, bestia —gruñó—. A ver quién es más duro.
Varkas desenvainó por completo. No respondió. Solo avanzó.
El grandullón alzó el hacha y la dejó caer en un tajo vertical. Varkas esquivó por poco. El filo se estrelló contra el suelo y levantó una nube de esquirlas. Antes de que pudiera recuperar el arma, Varkas ya estaba encima.
Golpeó con el pomo en el costado. La capa de piedra absorbió el impacto. El grandullón sonrió.
Varkas volvió a golpear en el mismo punto. Una fisura apareció en la piedra.
El grandullón rugió y lanzó un golpe con el mango del hacha. Varkas lo recibió en el antebrazo. Le dolió. Pero no cayó. Aprovechó para agarrar el hacha y forcejear.
Quedaron trabados, músculo contra músculo. El grandullón empujaba. Varkas resistía. El suelo bajo sus pies comenzó a agrietarse.
—Eres fuerte —gruñó el mercenario.
—Y tú lento.
Varkas soltó el hacha de repente. El grandullón, desequilibrado, dio un paso adelante. Varkas le metió el hombro en el pecho y lo empujó contra la columna más cercana. La piedra crujió.
El mercenario intentó zafarse, pero Varkas no lo soltó. Canalizó su magia. Una gruesa capa de roca cubrió su mano derecha, formando un guante de piedra maciza.
El grandullón abrió los ojos.
—Espera…
Varkas le estampó el puño de piedra en la cara.
El impacto sonó como una roca al quebrarse. La capa de piedra del mercenario se desmoronó. Sus ojos se pusieron en blanco y se desplomó.
Varkas se sacudió la mano. El guante se deshizo en polvo.
—Bien hecho, gigante —dijo Kára, acercándose.
—Falta uno.
—
El calvo observó a sus compañeros caídos. Su sonrisa se borró.
Una neblina oscura comenzó a emanar de su cuerpo. Magia de oscuridad. Darian sintió un escalofrío.
El calvo se lanzó contra él.
Darian desenvainó sus espadas. Las hojas brillaron en la penumbra.
Activó la Percepción de Flujo.
El mundo se ralentizó.
Vio al calvo acercándose. Vio la trayectoria de sus dagas. Una al cuello. Otra al costado. La neblina oscura se expandía para cegarlo.
Darian se movió.
Bloqueó la primera daga con la espada larga. La neblina se arremolinó a su alrededor, pero el cristal resonante la dispersó. El calvo gruñó y lanzó la segunda daga. Darian la desvió con la espada corta.
El mercenario no le dio tregua. Lanzó una patada baja que Darian esquivó por poco. Luego otra daga, envuelta en sombras que se alargaban.
Darian activó el Dominio del Vacío un instante.
La gravedad aumentó alrededor del calvo. Sus movimientos se volvieron lentos, pesados. La neblina oscura se aplastó contra el suelo.
—¿Qué es esto? —gruñó.
Vael aprovechó.
Desde una cornisa alta, extendió sus pequeñas alas y batió el aire. Una ráfaga de viento concentrado golpeó al calvo en la espalda. El mercenario trastabilló hacia adelante.
Darian no perdió la oportunidad.
Le arrebató una daga de un golpe seco. El arma tintineó contra el suelo. Luego le dio un tajo plano en el pecho con la espada larga, tirándolo contra la pared.
El calvo golpeó la piedra con la espalda. Soltó un quejido.
Darian lo agarró del cuello de la armadura y lo estampó contra la pared.
—¿Dónde está Aria?
El calvo sonrió, con sangre en el labio.
—Vas a tener que golpear más fuerte…
Darian lo estrelló de nuevo. La piedra crujió.
—¡¿Dónde está?!
—Costa… viejo puerto enano… —El mercenario tosió—. Un barco…
Darian volvió a golpearlo.
—¡¿Quién te pagó?!
—Elfos… uno de ellos… no era normal…
—¡¿Qué significa eso?!
El calvo ya no respondió. Sus ojos se pusieron en blanco. Darian lo soltó y el mercenario se desplomó, inconsciente.
Darian se giró, con el pecho agitado. Varkas le puso una mano en el hombro.
—Ya está. Está fuera de combate.
Darian asintió. Vael saltó de la cornisa y se posó en su hombro, emitiendo un sonido suave.
Kára recogió su martillo.
—Tenemos que seguir.
Reanudaron la marcha. El túnel seguía adelante, oscuro, estrecho. La luz del cristal de mana apenas alcanzaba unos metros.
Caminaron un buen rato en silencio. El eco de sus botas era lo único que los acompañaba.
Hasta que Kára se detuvo.
—Esperen.
Al fondo, una luz tenue. No era la del sol. Era artificial. Y delante de ella, varias siluetas se recortaban.
No eran tres.
Eran más.
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