Herederos de una voluntad perdida - Capítulo 28
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Capítulo 28: CAPÍTULO 28: MAREA
Darian corría.
El túnel era una garganta de piedra que se estrechaba a cada paso. Las paredes raspaban sus hombros. La espalda le ardía como si tuviera astillas clavadas en las vértebras. La sangre de la nariz le sabía a hierro en los labios.
Corre. Corre, maldito inútil. Ella está ahí fuera. Por tu culpa.
Te lo dijo el primer día. “Antes de intervenir, observa.” Estaba delante de ti, con el arco en la mano, mirándote con esos ojos verdes. “Ten cuidado la próxima vez.” Y tú… tú nunca aprendiste. Nunca observaste. Solo corriste. Solo actuaste. Y la perdiste.
Vael volaba a su lado, batiendo las alas con dificultad. Un chillido de ánimo. Darian ni siquiera podía mirarlo.
Varkas y Kára se plantaron frente a los tres enemigos.
La luz dorada de la Sentencia del Protector parpadeó y se apagó. Eryndor bajó el escudo. Liriel y Brom estaban curados. La quemadura en el pecho del luchador era ahora una cicatriz rosada. Los cortes de la maga habían desaparecido.
Eryndor no dijo nada. Solo avanzó.
Varkas cargó contra Brom. Espada contra espada. El luchador era rápido, lanzaba tajos precisos. Varkas bloqueaba con el antebrazo, recibiendo cortes que apenas sentía. Le devolvió un puñetazo en las costillas. Brom gruñó y contraatacó con un tajo al muslo. Varkas lo esquivó a medias. La hoja le abrió un corte superficial. Ambos retrocedieron, midiéndose.
Kára se fue contra Liriel. La maga hizo brotar raíces del suelo. Kára lanzó una llamarada con su mano libre y las quemó. Liriel lanzó una ráfaga de espinas. Kára invocó un campo eléctrico desde Kazak’Thur. Las espinas se incineraron al tocarlo. Liriel creó un muro de corteza. Kára golpeó el suelo con el martillo. Una onda de fuego y electricidad combinadas destrozó el muro. Liriel salió despedida, pero se levantó. Tenía un corte en la frente. Le sonrió a Kára.
—Eres divertida, enana.
—Y tú pesada, elfa.
Volvieron a chocar.
Eryndor observaba. Esperaba.
Darian tropezó.
El suelo del túnel era irregular. Su bota se enganchó en una grieta y cayó de bruces. El impacto le sacó el aire. La espalda le gritó.
Levántate. ¿Vas a quedarte ahí tirado? Ocho años para aprender un refuerzo físico. Ocho años de fracaso. Y ahora no puedes ni correr.
Ella te creyó. Te miró a los ojos y te dijo que no eras un fracasado. Que eras letal con una espada. Que habías sobrevivido a Monte Bajo. A un demonio. Te lo dijo en serio. Y tú… tú le pagaste ignorándola. Dejándola ir. Fallándole.
Vael se posó a su lado. Le empujó la mejilla con el hocico. Un sonido suave, casi un lamento.
Darian apoyó las manos en el suelo. Se levantó. Siguió corriendo.
Eryndor se movió.
No hacia Kára. Hacia Varkas por la espalda.
Kára lo vio.
—¡Varkas!
El gigante se giró justo a tiempo para recibir el golpe del escudo en el pecho. El impacto resonó como un trueno. Varkas cayó de rodillas. La espada se le escapó de la mano.
Eryndor alzó su escudo. Sentencia del Protector. El área dorada se expandió. Liriel y Brom, dentro, empezaron a curarse. Varkas, fuera, se levantó tambaleándose. Kára esperó.
La luz parpadeó y se apagó. Eryndor bajó el escudo. Y entonces lo vieron.
El elfo se tambaleó. Su respiración era agitada. Apenas podía sostener el escudo. Vulnerable.
Kára lo notó.
—Después de usarlo… queda débil.
Varkas asintió.
—La próxima vez, atacamos justo cuando se apague.
La pelea se reanudó.
Varkas y Brom volvieron a chocar.
El luchador estaba fresco, curado. Varkas no. Recibió un tajo en el brazo, otro en el costado. Pero no cayó. Le devolvió un puñetazo en la mandíbula que hizo crujir los dientes de Brom. El luchador trastabilló. Varkas lo agarró del cuello y lo estrelló contra el suelo. La piedra crujió. Brom quedó aturdido.
Kára y Liriel estaban agotadas. La maga creó otro muro de corteza. Kára lo destrozó con una onda combinada. Liriel cayó de rodillas, pero se levantó. Tenía las manos temblorosas.
Eryndor cargó contra Kára. Ella bloqueó con el martillo, pero el impacto la lanzó contra una columna. Se golpeó la espalda. Escupió sangre. Se levantó con dificultad.
Eryndor volvió a alzar su escudo. Sentencia del Protector. Segunda vez. El área dorada se expandió. Liriel y Brom se curaron de nuevo. Varkas y Kára, fuera, recuperaron el aliento.
La luz se apagó. Eryndor bajó el escudo. Otra vez vulnerable. Respiraba con dificultad. Varkas y Kára se lanzaron sobre él, pero Liriel y Brom se interpusieron. Los rechazaron.
Kára apretó los dientes.
—La tercera vez no fallamos.
El túnel terminó.
Darian salió a la noche. El cielo estaba despejado, lleno de estrellas que no podía ver. El olor a sal le golpeó la cara. El sonido del mar.
El muelle de madera vieja se extendía ante él.
Y más allá, en el agua oscura, un barco.
No… no, no, no…
Zarpaba. Las velas ya estaban izadas. La proa apuntaba al horizonte. Demasiado lejos.
Ella te contó lo de su madre. Cómo la vio marchitarse. Cómo juró que nunca más sería débil. Te abrió su corazón junto al fuego y tú… tú le demostraste que su debilidad era confiar en ti.
Corrió por el muelle. Las tablas crujían bajo sus botas. Vael volaba sobre él, chillando.
En la cubierta del barco, una figura se giró. Demasiado lejos para ver su rostro. Pero Darian supo que era ella. Supo que lo estaba mirando.
Extendió una mano hacia él.
No… no te vayas…
Eryndor cargó contra Varkas.
El gigante estaba al límite. Recibió el golpe del escudo en el pecho y cayó de espaldas. Eryndor se subió sobre él y alzó su espada.
Kára lo vio.
Vio a Varkas en el suelo. Vio a Liriel y Brom acercándose para rematarlo. Vio que no había otra opción.
Cerró los ojos.
“Kazak’Thur. Ahora.”
El martillo vibró. Una descarga eléctrica recorrió su brazo y se extendió por todo su cuerpo. Sus ojos se volvieron blancos. Chispas brotaron de sus pupilas. Su cabello plateado se erizó y brilló con un tono azulado.
Cuando abrió la boca, su voz era doble. La de Kára y otra más grave, ancestral, burlona.
—Por fin.
Lanzó el martillo. El arma viajó envuelta en un rayo. Eryndor alzó su escudo, pero el martillo lo esquivó y se estrelló contra la piedra a su espalda. Kára desapareció en un destello de luz y electricidad. Apareció donde había caído el martillo. Lo empuñó en el aire. Una onda de choque eléctrica estalló a su alrededor.
Eryndor salió despedido. Liriel y Brom retrocedieron tambaleándose.
—¿Eso es todo, elfo? —se rió la voz doble—. Qué decepción.
Eryndor se levantó. Alzó su escudo. Sentencia del Protector. Tercera vez. El área dorada se expandió. Liriel y Brom quedaron dentro, curándose. Kazak’Thur esperó fuera, con una sonrisa torcida.
—No durará para siempre.
La luz parpadeó. Se apagó. Eryndor bajó el escudo. Jadeaba. Apenas podía sostenerse en pie. Vulnerable.
Kazak’Thur no esperó.
Se lanzó sobre él. Un golpe de martillo en el pecho. Eryndor escupió sangre. Otro golpe en el hombro. El elfo cayó de rodillas. Un tercer golpe en la espalda. Se desplomó boca arriba.
Liriel y Brom intentaron intervenir. Kazak’Thur los recibió con una onda eléctrica que los lanzó contra la pared. Quedaron inconscientes.
—Patéticos.
Kazak’Thur se giró hacia Eryndor. El elfo estaba tirado en el suelo, boca arriba, tosiendo sangre. Sus ojos violetas se posaron en Varkas, que se levantaba tambaleándose.
—Tú… —susurró—. Eres… digno.
Los ojos blancos de Kára parpadearon. El brillo azulado de su cabello se apagó. La voz doble desapareció. Kára cayó de rodillas, agotada. El martillo se le escapó de las manos.
Varkas se acercó a Eryndor. El elfo lo miró.
—Hazlo.
Varkas no dijo nada. Sacó su espada y se la clavó en el pecho.
La hoja atravesó la armadura, la carne, el hueso. Se hundió hasta la empuñadura. La punta se clavó en la piedra bajo el cuerpo del elfo. Eryndor se estremeció. Una bocanada de sangre le salió de la boca. Luego quedó inmóvil.
Y entonces, el Grimorio despertó.
Del cadáver de Eryndor brotó una luz dorada cegadora, como un amanecer contenido. Vetas blancas, como hilos de luz pura, se entrelazaron con el dorado. El Grimorio flotó en el aire, girando lentamente sobre sí mismo. En su tapa, un escudo alado brillaba con luz propia. Un zumbido grave, ancestral, resonó en la caverna. Las piedras del suelo vibraron. El polvo se elevó en espirales.
Varkas sintió un tirón en el pecho. No era dolor. Era una llamada.
El Grimorio se precipitó hacia él. No lo golpeó. Lo atravesó. La luz dorada y las vetas blancas se fundieron con su pecho, desapareciendo bajo su piel. Varkas cayó de rodillas. Un calor abrasador le recorrió las venas.
Varkas abrió los ojos. Tenía las manos temblorosas. El resplandor dorado bajo su piel se apagó lentamente.
Kára, desde el suelo, lo miró.
—¿Qué… qué fue eso?
Varkas se levantó tambaleándose. La ayudó a ponerse en pie.
—No lo sé.
Salieron de la caverna por el mismo túnel por el que había corrido el muchacho.
Darian saltó.
El agua estaba helada. El impacto le cortó la respiración. El Dominio del Vacío tiró de él hacia el fondo como un ancla de plomo.
No voy a llegar. No puedo. Peso demasiado.
Te agarró la mano. “Es demasiado, Darian. Algo no cuadra.” Te lo advirtió. Te suplicó con la mirada que no lo hicieras. Y tú… tú te soltaste. Tomaste el pergamino. La arrastraste contigo. Y ahora ella paga el precio.
Vael se lanzó en picado. Le agarró la capa con las garras y aleteó con todas sus fuerzas. Apenas conseguía mantenerlo a flote.
El barco se alejaba. La figura de Aria se volvía más pequeña.
No… por favor…
Vael no se rindió.
El dragón aleteó, chilló, tiró con todo lo que tenía. Y poco a poco, centímetro a centímetro, arrastró a Darian hacia la orilla.
La arena le raspó la espalda. Darian tosió agua salada. Vael se desplomó a su lado, jadeando.
El barco ya no estaba.
Escribió esa nota por ti. Por Varkas. Por Kára. “No sé si van a leer esto. Quizás me odien.” No te odiaba. Te estaba protegiendo. Como siempre hizo. Y tú… tú ni siquiera pudiste detenerla.
Darian se quedó allí, tirado en la arena, con el agua lamiéndole las botas. Vael se acurrucó contra su pecho, gimiendo.
Y entonces lloró.
Se tapó los ojos con el antebrazo y lloró. Lloró con todo el cuerpo, con sacudidas que le desgarraban la garganta. Lloró de frustración, de ira, de dolor. De culpa.
Lloró hasta quedarse sin aire, hasta que el antebrazo le supo a sal y a sangre.
No soy un héroe. No soy como Alterion. No soy como mi abuelo. No soy como mi padre.
(Su madre, cuando era niño. “Sé bueno, Darian. Eso es lo único que importa.”)
Ni siquiera eso pude hacer.
Vael se apretó más contra él. Un calor tenue, el único que le quedaba.
El mar rompía contra la orilla. El viento soplaba frío.
Y Aria ya no estaba.
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