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Hierro y Sangre - Capítulo 112

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Capítulo 112: Capítulo 112: El Latido del Vacío

(Narra Raven)

Sombra del Cuervo no era solo un pueblo muerto; era un organismo en descomposición que se negaba a dejar de respirar. Al salir del sótano, el aire se había vuelto tan denso que mis pulmones protestaban con cada inhalación, filtrando una ceniza que ya no era gris, sino de un tono granate, como costras de sangre seca pulverizada. Caminamos hacia la torre del orfanato, la estructura que dominaba el horizonte como un colmillo de obsidiana clavado en la garganta del valle. Cada paso que dábamos hacia ella se sentía como si estuviéramos entrando en la boca de una bestia que llevaba eones esperando para masticarnos.

Cuando finalmente llegamos a la base y Einar empujó las pesadas puertas de roble carbonizado, el impacto visual nos obligó a detenernos en seco. No encontramos el polvo y la madera vieja que esperábamos de un lugar abandonado al fuego.

—Por los dioses… —susurró Aelnora, dando un paso atrás mientras alzaba su arma, cuya luz flaqueó ante lo que iluminaba.

Las paredes de la torre no eran de piedra. Desde el suelo hasta donde la vista alcanzaba en la espiral ascendente, los muros estaban tapizados por miles de corazones negros, del tamaño de un puño humano, palpitando en un unísono frenético. No estaban simplemente adheridos; habían brotado de la estructura, conectados por venas de un color violeta oscuro que supuraban una mucosidad brillante y rancia. La arquitectura entera era un tejido vivo, una red de arterias que bombeaban una magia tan antigua como prohibida.

El sonido fue lo primero que me golpeó. No era un ruido, sino una presión física que te golpeaba el esternón. Un latido sordo, rítmico y colosal que hacía que el aire vibrara con la densidad del mercurio. Sentí cómo mis propios viales en el cinturón empezaban a tintinear, respondiendo a la resonancia de la torre. Mi propia circulación, siempre bajo mi control absoluto, intentó rebelarse, buscando sincronizarse con el pulso de la pared. Sentí un dolor punzante en las sienes; mi sangre quería salirse de mis venas para unirse a ese coro de carne.

—¡No los toquen! —rugí, sintiendo cómo el sabor metálico del esfuerzo inundaba mi boca—. Están vivos y hambrientos. Si sus pulsos se sincronizan con los de la pared, estos corazones reclamarán los suyos para alimentar el nexo. Si uno solo de ustedes apoya la mano, su ritmo cardíaco dejará de pertenecerles.

Empezamos el ascenso, una marcha suicida por una escalera de caracol tan estrecha que nos obligaba a rozar casi inevitablemente aquella masa de órganos vivos. A medida que subíamos, la torre empezó a “hablar”. No eran palabras, sino lamentos que brotaban de las cavidades de los corazones: el llanto de los huérfanos, voces de viajeros, soldados y campesinos que tuvieron la mala fortuna de cruzar el camino de la bruja. Era una polifonía de agonía, una colección de vidas reducidas a simples motores biológicos.

Aeris caminaba con las manos apretadas contra sus oídos, pero el sonido entraba por los huesos, subiendo desde las plantas de sus pies hasta su cráneo.

—Ariadne —dijo Aeris, con la voz quebrada y los ojos fijos en un corazón que parecía palpitar con una angustia infantil—. La niña de abajo… era su inocencia. Parte del precio. Tuvo que entregar su capacidad de ser niña a cambio del poder de esta torre. Se arrancó lo mejor de sí misma para que Aztherath le diera esto.

—Es posible —respondí, sintiendo cómo el latido de la pared intentaba arrancarme el alma del pecho—. Pero eso solo explicaría su magia. Debe haber algo más aquí que bombea la voluntad de Aztherath. Algo que mantiene el contrato vigente a pesar de que el pueblo sea solo ceniza.

Finalmente, llegamos al último piso. La estancia circular estaba desoladoramente vacía. No había muebles, ni altares, ni rastro de Ariadne. Solo las paredes de corazones negros latiendo con tal fuerza que el suelo de piedra parecía ondular, creando un mareo que hacía difícil mantenerse en pie.

Entonces, el centro de la habitación cambió. De un charco de sangre negra surgió una figura imponente: Aztherath. Se manifestó como un anciano de autoridad perversa, un profeta bárbaro con barba blanca trenzada y un collar de llaves oxidadas, huesos humanos y una rosa de hierro que goteaba melaza oscura. Su rostro era una pesadilla; el lado izquierdo estaba derretido por un fluido negro y viscoso que brotaba de sus ojos púrpuras, y de su cráneo nacían dos masivos cuernos de carnero que parecían tallados en obsidiana.

Aelnora lanzó un grito de batalla y arremetió con su arma. El golpe atravesó la figura del demonio como si fuera humo, impactando contra la pared de corazones que soltaron un quejido unísono. Aztherath soltó una carcajada profunda que hizo saltar los órganos de las paredes en un espasmo violento.

—¡Jajaja! Si están aquí, es porque mi juguete favorito les está causando problemas, ¿verdad? Quieren destruirla, ¿no es así? Quieren romper la cadena que ella misma me rogó que le pusiera.

—¡Romperemos el pacto y la destruiremos! —grité, sintiendo la vibración púrpura en mi propia esencia, una presión que me quemaba la piel.

—¡Jamás lo lograrán! —rugió el demonio, y su voz sonó como mil huesos rompiéndose al mismo tiempo—. No tienen ni la más mínima idea de lo que están enfrentando. Están tan perdidos como cuando iniciaron su patética cruzada. Ariadne no es el candado… ella es solo la llave.

—¡Habla más, demonio! —exigió Aelnora, cuya luz apenas iluminaba la negrura que emanaba del ser.

Aztherath inclinó su cabeza derretida con una parsimonia que me revolvió las entrañas. Con una lentitud obscena, llevó una de sus manos hacia su regazo, tocando su masivo miembro con un deleite enfermo, mientras sus ojos púrpuras recorrían a las mujeres del grupo, deteniéndose con una lascivia gélida en Aelnora y Aeris. El aire se cargó con un olor a sudor rancio y a deseos podridos.

—Solo si recibo algo a cambio, elfa. Los demonios negociamos, no regalamos. Si quieren el secreto de mi juguete, yo quiero algo a cambio. Un intercambio equivalente. Sangre por conocimiento. Luz por verdad. Piel por secretos.

Un escalofrío de asco puro me recorrió la espina dorsal al entender la naturaleza de su petición. No quería solo sus vidas; quería su degradación.

—Su pecado es la lujuria… —murmuré, sintiendo la náusea subir por mi garganta como bilis amarga.

—¡No tendrás nada de nosotros! —gritó Aeris, adelantándose con los ojos encendidos en un odio que iluminó la estancia por un segundo—. ¡No permitiremos que nos arrebates nada más! ¡Ni una pizca de nuestra dignidad!

El rostro de Aztherath se contorsionó en una mueca de pura rabia, y la melaza negra de su mejilla empezó a burbujear.

—¡Y ustedes no tendrán nada de mí! —rugió.

Extendió sus manos y provocó un estallido de energía magenta que astilló el aire. La onda expansiva nos lanzó hacia atrás como hojas secas en un huracán. Sentí el impacto brutal de mi espalda contra el muro palpitante, el crujido de mis propias costillas y el latido hambriento de los corazones negros intentando succionar mi esencia. Luego, la negrura reclamó mi conciencia, arrastrándome a un abismo sin sonido.

Cuando abrí los ojos, el mundo era borroso y el dolor en mi pecho era una brasa constante. El grupo estaba esparcido por el suelo, gimiendo entre la ceniza granate. En el centro, la niña fantasma —la inocencia descartada— daba pequeños saltitos rítmicos, moviéndose entre nosotros como si estuviéramos en un campo de juegos.

—Te dije que no podían ayudar —susurró la sombra de Ariadne, deteniéndose frente a mí con una sonrisa triste—. Aztherath no hace devoluciones. Y ahora… ahora él ya sabe lo que buscan y lo que quieren… no dudará en usarlo en su contra.

Traté de levantarme, pero el latido de los condenados todavía resonaba en mi cráneo. Estábamos en la cima de la torre, derrotados por un demonio que nos veía como ganado, y la única guía que nos quedaba era el eco de una niña que ya no recordaba cómo ser humana. El motor de carne seguía rugiendo bajo nuestros pies, marcando el ritmo de nuestra posible ejecución.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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