Hierro y Sangre - Capítulo 113
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Capítulo 113: Capítulo 113: El Precio de la Venganza
(POV Aeris)
El zumbido magenta de Aztherath todavía vibraba en mis dientes cuando logré abrir los ojos. La torre, con sus miles de corazones negros palpitando en un unísono asfixiante, parecía querer devorarnos. El dolor en mi costado era una brasa ardiente, pero la agonía que veía en el rostro de mis compañeros era peor. Raven respiraba con dificultad, Aelnora apretaba su maza con nudillos blancos, y Ulm… Ulm me miraba con una angustia que le encogía el alma.
La sombra de la niña estaba allí, dando sus saltitos erráticos, ajena al despliegue de poder demoníaco que acababa de aplastarnos.
—Aléjense —susurró la pequeña sombra, y su voz no era de advertencia, sino de una fatiga milenaria—. Es inútil. Nada puede ayudarme ahora. Nada me ayudó cuando más lo necesité…
Me incorporé, ignorando el mareo que amenazaba con devolverme a la oscuridad. —¿Cuándo fue ese momento? —pregunté, mi voz temblorosa pero firme—. ¿Cuándo fue que más necesitaste ayuda?
La sombra se detuvo. Sus cuencas vacías parecieron ensancharse. No hubo respuesta verbal. En lugar de eso, la figura estiró su palma sombría hacia nosotros. Un frío glacial recorrió la estancia y, de repente, las paredes de la torre desaparecieron. La piedra y los corazones se disolvieron para dar paso a una proyección de luz y humo que se instaló directamente en nuestros cerebros.
Vi a la pequeña Ariadne. Tendría unos ocho años. Sus ojos eran de un verde esmeralda tan puro que me dolió el pecho al verlos. Estaba sentada en el suelo de un patio polvoriento del orfanato, jugando con un niño elfo de orejas puntiagudas y una mirada melancólica que cargaba con una seriedad impropia de su edad. Escuché el crack seco de un juguete de madera rompiéndose entre las manos de la niña.
—¡Oh, no! —sollozó ella, con los labios temblando.
El niño elfo tomó las piezas con una delicadeza infinita. Sus dedos largos ya mostraban la destreza de un artesano. —No te preocupes, Ari —dijo el niño con una sonrisa triste—. Lo arreglaré. Lo dejaré como nuevo.
—Siempre puedes arreglar todo, Círdan —respondió ella, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Eres increíble.
Una voz ronca, cargada de una autoridad biliosa, interrumpió el juego desde el umbral de una puerta oscura. —¡Ariadne! A mi despacho. Ahora.
La niña se puso de pie al instante, como impulsada por un resorte de miedo. —Sí, señor —respondió.
La vi caminar tras él, dando sus acostumbrados brinquitos, intentando mantener una alegría que el entorno quería robarle. Cuando la puerta del despacho se cerró, el grupo fue arrastrado al interior de la visión. La habitación olía a papel viejo y a algo más… algo dulce y podrido. La niña, con las manos entrelazadas, miró al hombre que se sentaba tras el escritorio.
—¿Por fin me van a adoptar, señor director? —preguntó ella con una esperanza que me quemó la garganta.
El hombre no respondió de inmediato. Respiraba con dificultad, una exhalación pesada y asmática. Se pasó la palma de la mano por el rostro y, con dedos amarillentos, prendió un cigarro de hierbas extrañas, recién forjado. Dio una calada honda, llenando el aire de un humo acre que hizo que Ariadne tosiera.
—No, niña —dijo él, sin mirarla—. No te van a adoptar hoy.
Ariadne bajó la mirada al suelo, jugueteando con el dobladillo de su vestido raído. —Pensé que hoy sería el día…
El director se puso de pie. Era un hombre masivo, una sombra de carne que eclipsó la pequeña figura de la niña. Se acercó a ella, hincó una rodilla en el suelo y puso su mano sobre la cabeza de Ariadne. —Eres una buena niña —susurró con una voz que pretendía ser amable, pero que sonaba a depredación pura.
—Sí, señor… lo s…
Su voz se cortó de golpe en una exhalación de agonía absoluta. El tipo le clavó el puño en el abdomen con una fuerza brutal. Vi cómo Ariadne se doblaba, cayendo hacia el frente, intentando recuperar un aire que sus pulmones no podían atrapar. El hombre se puso en pie, se bajó los pantalones y se acercó a la niña inclinada en el piso.
—¡No más! —grité en la realidad, cerrando los ojos con fuerza y cubriéndome los oídos—. ¡Por favor, no más!
Pero el recuerdo no se podía apagar. Ariadne nos obligó a verlo. La imagen se proyectó con una nitidez sádica en nuestras mentes: el abuso, la humillación, el llanto ahogado de una criatura cuya inocencia estaba siendo triturada bajo el peso de un monstruo humano. Vimos cómo la dejó allí, llorando y sangrando sobre la alfombra raída del despacho.
—Si dices algo, niña, será lo último que digas —amenazó el director mientras se ajustaba la ropa—. No tendrás nunca una familia si alguien se entera de esto. Nadie quiere a una niña rota.
El recuerdo se deshizo en humo negro. Todos en la estancia circular estábamos en shock. Aelnora tenía las manos en la cara, sollozando en silencio; Einar rugía de impotencia contra el vacío, y Raven… Raven miraba hacia el suelo con una expresión de odio que parecía querer incendiar la torre.
La niña fantasma levantó la mano de nuevo. Un segundo recuerdo nos envolvió.
Ariadne estaba sola en la capilla. No había luz, solo la negrura de la noche filtrándose por las ventanas rotas. Estaba de rodillas ante el altar, con las manos juntas en una súplica desesperada.
—Madre Muerte… por favor, llévame contigo en un sueño —susurró, y su voz era el sonido de algo que ya se ha roto mil veces—. Me cansé de rezarle a los otros dioses por piedad, por fuerza, por ayuda… ninguno respondió. Madre mía, llévame a casa en la oscuridad de la noche.
En el altar, el aire se deformó. Una vibración púrpura empezó a palpitar en la piedra, y de la nada, se asomaron unos ojos magentas que llenaron la estancia de una presencia ancestral.
—¿Madre Muerte? —preguntó la niña, con un hilo de esperanza macabra.
—No, mi niña —respondió la voz de Aztherath, profunda y vibrante—. A la Madre Muerte no se le invoca, no se le pide. Ella es un final, no un trato.
Un cuchillo de ébano, oscuro como el fondo de un pozo, se materializó sobre la losa del altar. —Tómalo —ordenó la voz.
Ariadne se levantó y, con dedos temblorosos, rodeó el mango del cuchillo. —La muerte no viene ante un llamado, niña. La muerte se provoca. Quítate la vida.
La niña empezó a temblar de miedo, apretando el arma contra su pecho. —Es un sacrilegio… —balbuceó—. Los dioses no perdonan a quien se quita su propia vida.
—Bien, entonces te ayudaré —dijo el demonio con una risa cruel.
El cuchillo escapó violentamente de las manos de Ariadne, dejando un corte fino y sangriento en su dedo. El arma flotó frente a ella, acercándose a su garganta, presionando la piel tierna. —Mírame a los ojos y dime que quieres morir —susurró Aztherath—. Solo así serás libre de este infierno.
Ariadne lo miró. Pero en lugar de cerrar los ojos para esperar el final, cerró los puños con una furia que parecía emanar de sus poros. El miedo se transformó en un odio incandescente.
—¡Ah! —exclamó el demonio, deleitado—. Entonces hay algo que anhelas más que el abrazo de la muerte.
La niña asintió, con la mirada fija en el vacío púrpura. —Venganza —dijo Aztherath.
Ella volvió a asentir. —Tu inocencia y tu pureza a cambio del poder para arrasar este lugar —propuso el demonio—. Ese es el trato.
—Eso… eso me lo han quitado ya —lloró la niña, pensando en el despacho del director.
—Eso crees. Solo acepta el pacto, niña, y yo me encargaré del resto.
—No, no puedo, no quiero ser así… —dijo la pequeña Ariadne, rompiendo el hechizo. Dejo atras el cuchillo y salió corriendo de la capilla, huyendo de la tentación oscura.
Al cruzar el pasillo, se topó de frente con Círdan. El niño elfo sostenía el juguete de madera, ahora perfectamente reparado. Sus ojos brillaron al verla. —¡Ari! Mira, lo arreglé. Es igual que antes.
Ella tomó el juguete con manos temblorosas, pero antes de que pudiera decir nada, la voz del director volvió a retumbar desde el fondo del corredor. —¡Círdan! A mi despacho. Ahora.
La niña se paralizó. El juguete que Círdan acababa de arreglar con tanto esmero resbaló de sus manos y cayó al suelo, volviéndose a romper en pedazos sobre la madera vieja. Círdan, ajeno al pánico que asfixiaba a su amiga, soltó una risita ligera y se encogió de hombros con la despreocupación de quien solo espera un regaño por llegar tarde.
—¡Ya voy, señor! —gritó el niño con voz clara y alegre. Se giró hacia Ariadne y le guiñó un ojo—. No pongas esa cara, Ari. Seguro que solo quiere que le ayude a mover unos libros o a limpiar el polvo. Espérame aquí, en cuanto salga volveré a pegar tu juguete. ¡Esta vez quedará mejor, lo prometo!
Círdan comenzó a caminar por el pasillo, silbando una melodía despreocupada, saltando sobre las tablas crujientes de la orfandad. Su paso era ligero, lleno de la vitalidad de quien cree que el mundo es un lugar donde las cosas simplemente se arreglan.
—No vayas… —susurró Ariadne. Intentó gritar, pero el pánico le había sellado la garganta. Su voz apenas fue un silbido inaudible—. No vayas… por favor, no vayas…
—Aceptaaaaaa… —murmuró la voz de Aztherath directamente en su oído, como el siseo de una serpiente.
El director abrió la puerta de su despacho. Miró a la niña con una malicia triunfal, una promesa de que el ciclo no terminaría nunca. —Pasa, Círdan. Tenemos mucho de qué hablar.
Ariadne vio la puerta cerrarse tras el único ser que la amaba. En ese instante, algo dentro de ella se quebró para siempre. No hubo más dudas. No hubo más oraciones a dioses sordos.
—¡Acepto el pacto! —gritó al vacío.
Una nube magenta envolvió a la niña. Su cuerpo se contorsionó con una violencia que hizo crujir sus huesos. Una explosión resonó, destruyendo y quemando todo a su paso. Del cuerpo de la niña salió la sombra que de inmediato buscó dónde ocultarse entre los escombros. El cuerpo de la niña se retorció hasta moldear a la mujer, a la bruja Ariadne de ojos magenta.
Caminó por el pasillo en llamas, con una calma aterradora. Círdan estaba al otro lado de la puerta rota, tirado en el suelo, inconsciente, rodeado de escombros. Ella lo miró de reojo, con una frialdad que me heló la sangre.
—Qué lástima — dijo con una frialdad que nos heló la sangre.
Se adentró más en el despacho. El director estaba oculto tras su escritorio, temblando de miedo, empapado en sudor y orina. —¿Qué… qué mierda eres? —preguntó el tipo con una voz que ya no tenía rastro de autoridad.
Ariadne sonrió, y esa sonrisa era el fin del mundo. —Tu peor pesadi…
El sonido de una daga clavándose en su ojo la interrumpió. El director, en un último acto de cobardía desesperada, le había arrojado un puñal que tenía oculto. La negrura venció a la bruja por un segundo, y lo último que vio fue el destello magenta de los ojos de Aztherath riendo en la oscuridad.
—Has tomado muchas vidas con ese incendio, niña —dijo el demonio con malicia—. Pero no la que querías. El tipo sigue vivo, y tú estás muriendo.
—Los otros no importan…Regrésame… —jadeó Ariadne, con la sangre bañando su rostro—. No puedo morir sin verlo sufrir, debe pagar.
—Muy bien —rio Aztherath—. Vida por vida. Me has dado suficientes sacrificios hoy para alimentar diez inviernos. Trato hecho, Ariadne… vuelve.
La bruja se materializó detrás del director, que ya intentaba escapar por la ventana. Lo tomó del cuello con una fuerza sobrenatural y, con una crueldad que nos obligó a todos a apartar la mirada —lo cual fue inútil ante el recuerdo tatuado directo sobre nuestra mente—, se encargó de él. Mientras lo sostenía del cuello con una mano, el cuchillo de ébano se materializó en la otra. Lo enterró despacio en la nuca del tipo, empujando con una lentitud sádica hasta que la punta negra salió por su boca, rasgando la lengua y el paladar.
Después, con una fuerza demoníaca que hacía crujir el aire, puso una mano en la barbilla del hombre y la otra justo entre los dientes superiores y el cuchillo incrustado. Comenzó a tirar en direcciones opuestas. Escuchamos el chasquido húmedo de los tendones rompiéndose y el crujido del cráneo fracturándose. Con un tirón final, arrancó la parte superior de la cabeza del director, separándola del resto de la mandíbula. La sangre bañó su rostro magenta mientras colocaba la calavera destrozada sobre el escritorio, como un adorno más entre sus papeles sucios.
El recuerdo se disolvió. Estábamos de vuelta en la cima de la torre. El silencio era insoportable, roto solo por el llanto de Aelnora y el latido de los corazones negros. La sombra de la niña nos miraba desde el centro, pequeña y sola.
Ahora lo entendíamos. El pacto no era por poder. Era por venganza. Y el precio había sido dejar morir a la niña para que la bruja pudiera nacer. Aztherath no era el dueño de Ariadne; él era el dueño de su dolor, y ese dolor era lo que mantenía la torre en pie.
(POV Aeris)
El silencio que siguió al último recuerdo de la sombra era más denso que la propia ceniza que caía afuera. Podía sentir la ira de mis compañeros vibrando en el aire, una presión eléctrica que amenazaba con hacer estallar la estancia. Ulm tenía los puños tan apretados que la piel de sus manos crujía; Einar respiraba con la pesadez de una bestia herida, y Aelnora… ella parecía haberse marchitado. La luz que siempre emanaba de su presencia se había vuelto opaca, empañada por el horror de lo que acabábamos de presenciar.
Valka, por su parte, mantenía una quietud aterradora; no había rastro de sus bromas ácidas ni de su arrogancia habitual. Tenía la mirada fija en el suelo, con una mano aferrada al mango de su daga con tal fuerza que sus dedos temblaban, mientras un asco visceral le tensaba la mandíbula. El brillo en sus ojos no era de miedo, sino de una sed de sangre fría y pura, como si en el cadáver desmembrado del director no hubiera encontrado suficiente castigo para lo que acababa de ver.
La sombra de la niña, ajena al peso del trauma que nos había infligido, volvió a sus saltitos rítmicos. De repente, se detuvo y miró hacia la pared. Sus cuencas oscuras mostraron un destello rosado, un brillo magenta que palpitaba al ritmo de los muros.
—La bruja está peleando —dijo la niña, inclinando la cabeza.
Todos la seguimos con la mirada. Las paredes empezaron a mutar; nuevos corazones negros comenzaron a materializarse, brotando de la piedra como tumores malignos, aumentando el ritmo del latido unísono.
—¿Con quién pelea? —rugió Einar, dando un paso al frente.
—Orcos —respondió la pequeña, ladeando la cabeza con una indiferencia que helaba la sangre—. Los está matando. Por eso aparecen nuevos corazones en los muros.
La niña volvió a inclinar la cabeza, pero esta vez su voz perdió la calma:
—Pero… la bruja está en problemas. Son demasiados. El paso está teñido de sangre verde, pero ellos no dejan de venir. Está cayendo… la bruja está en problemas.
Se hizo un silencio expectante. Vimos cómo uno de los corazones en el muro se tensaba hasta casi reventar.
—Murió. La bruja murió —sentenció la niña. Apuntó con su dedito sombrío hacia un punto en el muro. Allí, uno de los corazones negros estalló en llamas fatuas, consumiéndose en un segundo.
—¿Se acabó? —preguntó Valka, con una chispa de esperanza—. ¿Tan fácil?
—No —la voz de la niña se volvió gélida—. El demonio teje un nuevo cuerpo en el infierno. Lo profana recordándole su pena, mientras él alimenta su pecado.
El corazón en llamas soltó un grito aterrador, un alarido que no era humano ni animal, mientras dejaba un hueco vacío en el muro.
—Una vida por una vida —continuó la niña—. El alma se va, el alma toma lo que no era suyo. Cuerpo y alma se unen, la masacre continúa.
Mientras hablaba, más corazones aparecieron en la pared, brotando como una plaga. Entendí con horror lo que Raven ya sospechaba: cada latido en este muro era una vida extra. Ariadne no podía morir mientras tuviera combustible. Cada vez que caía en combate, Aztherath simplemente tomaba una de las almas almacenadas aquí para devolverla al mundo terrenal, enviándola de vuelta a la matanza.
—Y la lucha termina —dijo la niña finalmente—. Siempre es así. Nada la detiene.
Miré los muros con un asco infinito. Cada corazón era una víctima. Cada latido era una persona que había tenido sueños, familia y un nombre, reducida a ser un repuesto biológico para una asesina creada en el averno.
—Entonces deberíamos destruir los corazones —dijo Ulm, alzando su pico de guerra—. Si le quitamos sus vidas extra, podremos matarla de verdad.
—No tienes la fuerza para hacerlo —respondió la sombra, sentándose en el suelo de piedra.
—Yo sí la tengo —rugió Aelnora.
La elfa estaba cubierta de lágrimas, pero sus ojos ardían con una furia sagrada que nunca le había visto. Se lanzó contra el muro y, con un golpe devastador de su maza, reventó uno de los corazones. El órgano estalló en una nube de ceniza y esencia violeta. Pero en ese mismo instante, Aelnora se tambaleó, su arma cayó al suelo con un estrépito metálico y ella se llevó las manos a las sienes, colapsando de rodillas.
—¡Aelnora! ¡¿Qué pasa?! —gritó Aeris, corriendo hacia ella para sostenerla.
—Lo vi… —susurró Aelnora con la voz rota, sus ojos desenfocados, proyectando el horror de lo que acababa de vivir—. Era una cocina… olía a pan y a leña. Había una joven, estaba tarareando una canción mientras ponía la mesa para tres… esperaba a su esposo y a su hijo. Estaba tan feliz, Aeris… tenía tanta paz…
Aelnora sollozó, apretando los párpados con fuerza mientras el recuerdo se tornaba ceniza en su mente.
—Pero de pronto el sol de la ventana se volvió fuego. El humo entró por las rendijas y ella recordó… recordó que murió gritando sus nombres mientras las llamas de Ariadne consumían su hogar. Se giró hacia mí, me miró a los ojos con una tristeza que me arrancó el alma y me dijo: “Los perdí… jamás los volveré a.…”
—La chica no pudo terminar la frase —dijo Aelnora sollozando—. El alma de la joven simplemente se fue, se deshizo como papel quemado frente a su mirada.
—Cuando rompes un corazón, no solo destruyes el corazón —explicó la niña con una calma cruel, observando el lugar donde el órgano había estallado—. Se destruye el alma de la criatura a quien le pertenecía. No hay más allá. No hay reencarnación para los condenados por el pacto. Solo inexistencia.
Aelnora se miró la mano, la misma con la que empuñaba su arma, con un horror indescriptible.
—No… no por favor, no… —balbuceó, retrocediendo como si el muro fuera a tragarla.
Einar la rodeó con sus brazos, sosteniéndola para que no cayera.
—Tranquila, grandulona —susurró el druida cerca de su oreja—. No sabías. No es tu culpa.
—Ven… —la niña nos miró desde el suelo—. No hay nada que puedan hacer. No tienen la fuerza para hacerlo… Y… Aun si rompen cada corazón… mientras haya pacto, ella puede crear más. Solo tiene que matar, y eso lo hace muy bien.
—Es imposible vencerla —murmuró Valka, dejando caer los hombros—. Estamos peleando contra una hidra que se alimenta de sus propias víctimas.
—No es imposible —intervino Raven, su voz afilada como una de sus dagas—. Pero es costoso. Debemos destruir todos los corazones. Pero solo podemos hacer eso cuando sepamos que la bruja está muerta de verdad, debemos romper su pacto primero. Si rompemos todo ahora y nos vamos, ella simplemente matará a alguien más y creará un nuevo almacén. Hay que matarla a ella y, en ese mismo instante, asegurarnos de quemar todos los corazones… aun así, no hay garantías.
—No —asintió la niña—. El pacto le permite al demonio matar en su nombre para crear más corazones.
Me acerqué a la sombra, intrigada por su presencia constante.
—¿Por qué nos ayudas? —le pregunté—. Eres parte de ella. ¿Por qué nos dices cómo destruirla?
La sombra bajó la mirada a sus manitas de humo.
—La bruja… esa parte de mi lastimó a quien quería proteger y ahora trabaja con gente mala que le miente, le prometieron lo mismo que ahora posee, pero sin un pacto demoniaco, dijeron que sería un regalo divino. Pero, ella no lo merece. Ella lo lastimó… No lo cuidó. Lo dejó morir en el fuego mientras ella buscaba una venganza cegada por su propio odio.
—¿Círdan? —preguntó Raven, dando un paso al frente.
La niña asintió con una tristeza infinita.
—Está vivo —dijo Raven, y por primera vez vi una chispa de genuina humanidad en sus ojos—. Él salió del fuego, Ariadne. Está con nosotros. En Colmillo Gris.
La niña inclinó la cabeza, y un destello de luz verde, el color de los ojos de la visión pareció brillar por un segundo en su rostro sombrío.
—¿Puedo ir con ustedes? —susurró—. Quiero verlo. Quiero saber si todavía sabe arreglar juguetes.
Raven miró al grupo. Sabía que llevar a una entidad sombría era un riesgo, pero también era nuestra única ventaja.
—Sí —respondió el elfo—. Pero necesitamos acabar con el pacto primero.
—El pacto es de Ariadne, solo ella puede romperlo. Tú no —aclaró la pequeña sombra.
—¿Y cómo sabemos que no nos encontraremos con ella en el exterior? —preguntó Aelnora, todavía temblando.
—Ella está descansando, llévenme con Círdan —respondió la niña.
Caminó hacia el centro de la estancia y, con un gesto elegante, chasqueó sus dedos inexistentes. Un fuego negro, frío y voraz, brotó del suelo y empezó a trepar por las paredes como una enredadera hambrienta. Los corazones empezaron a arder, arrancando gritos sordos que se apagaban al instante en el vacío.
—Nadie más sufre por mí —dijo la niña, y su voz sonó más clara que nunca—. Yo los traje, yo los libero. No hay alma que salvar si el pacto ya las consumió.
Vimos cómo la arquitectura de carne se desintegraba bajo las llamas negras, dejando solo la piedra calcinada y el silencio bendito. La presión en mi pecho desapareció. El latido unísono se detuvo.
—Mierda… esto es horrible…. no debiste hacerlo, no ahora. Tú misma dijiste que ella o el maldito demonio pueden crear más —dijo Aelnora.
Raven se volvió hacia Valka. Sus ojos se encontraron en un entendimiento tácito que me hizo estremecer.
—Valka… puedo controlar tu sangre a distancia. Si te quedas aquí mientras el resto vamos con Círdan y en busca de la bruja… con un tirón seco en tu cuerpo podré avisarte que el trabajo está hecho. Tu labor será destruir un corazón o más… si es que aparece alguno nuevo.
Valka tragó saliva pesadamente, mirando los muros con asco, pero asintió con firmeza.
—Lo haré. No dejaré que esa perra regrese de nuevo.
Einar se posicionó tras ella, poniendo una mano en su hombro.
—Me quedaré contigo. Dos armas son mejores que una si las sombras deciden atacar.
Aelnora asintió, aunque seguía evitando mirar las paredes.
La sombra de Ariadne se acercó a Raven y estiró su mano.
—¿Nos vamos? —preguntó con la inocencia de quien espera una aventura—. Quiero verlo. Quiero ver si Círdan todavía me recuerda.
Raven tomó la mano de humo, y por un momento, el mago de sangre y la inocencia perdida formaron una estampa que ninguno de nosotros olvidaría. Salimos de la torre mientras el fuego negro terminaba de devorar los restos de la parte más retorcida del pacto
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