Hierro y Sangre - Capítulo 117
- Inicio
- Hierro y Sangre
- Capítulo 117 - Capítulo 117: Capítulo 117: El Peso de la Ausencia
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 117: Capítulo 117: El Peso de la Ausencia
(Narra Raven)
No sé qué diablos pasó. La explosión de Aztherath no fue solo un impacto físico; fue un vacío que nos succionó la voluntad. Me despertó la luz del sol, una claridad hiriente que no encajaba con la negrura que todavía sentía tras los párpados. Lo primero que vi fue a Aelnora; estaba arrodillada, con la maza Venganza descansando a su lado, elevando una plegaria silenciosa en el último lugar donde habíamos visto a la inocencia de Ariadne. Sus labios se movían sin sonido, pidiendo perdón a un cielo que nos había ignorado durante toda la masacre.
A unos metros, Aeris lloraba sin consuelo en los brazos de Ulm. El gigante la sostenía como si fuera de cristal, con la mirada perdida en las cenizas que ya no caían. Valka, por su parte, miraba fijamente el horizonte, con el cuerpo tenso, como si buscara respuestas en el viento o esperara que el demonio regresara para terminar el trabajo. Einar era el que más me preocupaba: aún tembloroso, caminaba en círculos lentos y desesperados, con los ojos inyectados en sangre, rumiando el horror del último corazón que sus manos seguramente tuvieron que extinguir.
Nadie habló. No había nada que decir que no fuera un insulto a los que acabábamos de borrar de la existencia. Sin mediar palabra, Ulm ayudó a Aeris a montar sobre Berg. Aelnora y Valka subieron a Yunque con una pesadez que no era física. Einar, en un gesto de pura fatiga espiritual, absorbió a Fenrir y comenzó a caminar con paso errático. Yo preferí flotar. Estaba exhausto, pero prefería agotar lo poco que quedaba de mi reserva mágica antes de obligar a mi cuerpo a tocar esa tierra maldita un segundo más.
El camino de regreso fue arduo, silencioso y lleno de una meditación asfixiante. No hubo la celebración que cualquiera esperaría tras abatir a una bruja de tal calibre. No hubo brindis ni relatos de batalla. El precio había sido demasiado alto, una moneda de cambio tallada en almas que nunca conocerían el descanso. Cada vez que cerraba los ojos, sentía el tirón de la sangre de mis compañeros, un ritmo descompasado que delataba sus traumas.
Ver las paredes de Colmillo de Wyvern aparecer a lo lejos me dio una extraña paz, un espejismo de hogar en medio de nuestra desolación. Pero la paz se evaporó en cuanto lo vi. En la entrada principal, bloqueando el camino como una estatua tallada en tragedia, se encontraba el Filo.
Aelnora no apartó la vista. Caminó todo el trayecto restante con los ojos fijos en Círdan, manteniendo una firmeza que solo su fe podía sostener. En cuanto llegamos a su posición, ella se detuvo frente a él. Sin decir una palabra, sacó de su bolsa el juguete roto de Ariadne —el único resto físico de una vida desperdiciada— y lo puso en las manos del Filo.
—Ella se disculpa por el daño que causó… —dijo Aelnora, y su voz sonó como el roce de dos lápidas—. Ella… nos salvó. La niña que tú conocías fue quien acabó con la bruja. Pero el precio fue alto, Círdan. Nada de lo que fue Ariadne queda en este ni en otro plano. Se fue. Para siempre.
El grupo siguió caminando hacia el fuerte, esquivando al Filo que permanecía inmóvil, como si el tiempo se hubiera congelado a su alrededor. Al pasar justo a su lado, pude verlo a pesar de mi cinismo. Una lágrima solitaria escapó entre su piel y el borde de su máscara a la altura de la barbilla, escapando de su encierro de metal para volar hacia el suelo. Quería decir algo, buscar una palabra de consuelo que justificara nuestro éxito, pero no había palabras en ningún idioma que pudieran llenar ese vacío.
Seguí caminando, pero eché un último vistazo hacia atrás. Lo vi alejarse del fuerte, caminando hacia un parche boscoso cercano, sosteniendo el juguete entre sus manos como quien carga solemne una urna funeraria. Iba a enterrar lo último que quedaba de su infancia.
Dentro del fuerte, el silencio continuó. El grupo se disolvió sin despedidas; cada uno se retiró rumbo a los baños o a sus habitaciones. No lo sé, no pregunté. Fui directo a mi laboratorio, esperando encontrar a mi propio “juguete”, pero ella no estaba allí. Incluso la guerrera de corazón de piedra —la que usualmente no mostraba fisuras— necesitaba un tiempo a solas para manejar las emociones tras este brutal encuentro.
Me senté en mi silla, rodeado de frascos y pergaminos. —Interesante pacto el de la bruja —dije para mí mismo en el vacío del laboratorio, tratando de recuperar mi desapego—. Pero me inquieta más la propuesta de la Inquisición…
Esa idea me taladraba el cráneo. Lo mismo que ya tenía la bruja —vidas extra, resurrecciones, poder sobre la carne— pero prometido con la “bendición” de un dios en lugar de un pacto maldito con un demonio de ojos magentas. Miré la luna por la ventana, esa misma dama de plata que noches atrás nos vio destruir a Ariadne.
—¿Será posible, Diosa luna Selene? —pregunté al aire—. ¿Existe un dios capaz de otorgar semejante favor… o la bruja vivió toda su vida en un mundo de mentira? Si un dios puede bendecir con lo mismo que un demonio maldice, ¿qué diferencia hay entre ellos?
Si todo era una mentira, si el “regalo divino” era solo un pacto con otro nombre… ¿qué caso tenía entonces seguir luchando por la luz? Abrí un libro antiguo, buscando refugio en la teoría y el conocimiento para dejar de pensar, para dejar de sentir. Intenté concentrarme en las fórmulas, en la mecánica de la esencia vital, pero era inútil. Cambiaba las páginas del libro con dedos nerviosos, y cada vez que lo hacía, juraría que podía ver esa pequeña mano sombría aferrándose a mis dedos, recordándome que ella confió en mí.
Incluso yo, el mago de sangre me hallaba a mí mismo incapaz de controlar el latir desbocado de mi propio corazón. El mundo es una mierda, y nosotros somos los que limpiamos el desastre con las manos desnudas.
(Narra Nereida)
Contemplé el patio del fuerte desde el balcón de la sala de mapas, y lo que vi no me gustó. Colmillo de Wyvern solía vibrar con una energía cruda, una mezcla de esperanza y desesperación que nos mantenía alerta. Ahora, el aire se sentía estancado, cargado de una pesadez que ni siquiera el viento de la montaña lograba barrer. El olor a pino y nieve había sido reemplazado por un rastro metálico, el aroma persistente del aceite para armas y el sudor de hombres que ya no sabían por qué luchaban.
Vi a Círdan cruzar el patio. El Filo, el guerrero que siempre mantenía su postura impecable y sus guadañas listas para la siega, caminaba ese día como un despojo. Sus hombros estaban caídos y su paso carecía de ese ritmo letal que lo hacía parecer una sombra en movimiento. Sus botas arrastraron un poco de grava al caminar, un sonido que en otro tiempo le habría parecido un insulto a su propia disciplina. Ya no era una herramienta de guerra; era un hombre que cargaba con el peso de una tumba vacía. Se detuvo a mitad del patio, mirando hacia la puerta principal como si esperara que alguien —o algo— cruzara el umbral, pero solo encontró el eco del viento.
Sentí los pasos de Raven antes de que su figura delgada se materializara a mi lado. El mago de sangre no había dormido, lo vi en la palidez de su piel y en la agitación de su esencia, que vibraba con un tono violáceo y errático. Había manchas oscuras bajo sus ojos, y sus dedos tamborilearon nerviosos contra el pomo de su daga, un tic que nunca le había visto hasta ese momento.
—Aún no me das el informe —le dije, manteniendo mi tono táctico intacto. No podía permitirme mostrar debilidad, no cuando el fuerte entero parecía estar conteniendo el aliento. Mi voz sonó como el choque de dos piedras, seca y carente de afecto.
Raven exhaló un suspiro que sonó a derrota pura. No se molestó en mirarme; sus ojos estaban fijos en la figura errante de Círdan allá abajo, que en ese momento se sentó en un banco de piedra con la mirada perdida en el suelo.
—No lo hay —respondió con una sequedad que me erizó la piel—. Fuimos y volvimos, Nereida. La bruja no volverá, no hay más que decir. ¿Qué informe quieres? ¿Cuántas veces el Filo estuvo a punto de degollarme por respirar demasiado fuerte? ¿O cuántas veces Einar se transformó solo para aullar al vacío? Estuvimos allí, el trabajo se hizo. Ariadne es ceniza.
—Vaya mierda de respuesta —solté, apretando la barandilla de piedra hasta que los nudillos me dolieron. El frío del granito se filtró en mis huesos, pero la rabia interna fue más fuerte—. Te envié para asegurar que la amenaza terminara, pero también para traer de vuelta un grupo funcional. Lo que veo allá abajo es una colección de vidrios rotos.
Raven finalmente giró la cabeza, y hubo algo en su mirada que no estaba ahí antes de partir hacia Sombra del Cuervo. Una duda corrosiva, un cansancio que iba más allá de lo físico. Sus ojos parecieron haber visto el final del mundo y no haber encontrado nada del otro lado.
—¿En dónde están todos, Dama? No los he visto en días… el silencio en este lugar empieza a ser ensordecedor. Ayer pasé por el comedor y solo había tres mineros comiendo en silencio. Ni una broma, ni una pelea por la ración de vino. Parece que estamos viviendo en un mausoleo.
Me crucé de brazos, repasando mentalmente el estado de mis filas, o lo que quedaba de ellas. El informe de suministros de esa mañana fue desolador, no por la falta de comida, sino por la falta de voluntad para consumirla.
—Valka y un puñado de sus hombres salieron ayer —respondí, tratando de que mi voz no delatara mi inquietud—. Partieron sin decir a dónde, simplemente tomaron sus equipos y cruzaron la puerta antes del amanecer. Supongo que Orodreth la llama con más fuerza ahora que aquí solo encuentra fantasmas. Ulm y Aeris encontraron una cueva al extremo poniente del pueblo; según murmuraron los mineros que estaban en la zona, comenzaron a minar y a estallar caminos en busca de oricalco con una urgencia maníaca. No hablaron con nadie, solo trabajaron hasta que sus manos sangraron y luego volvieron a empezar. Fue como si quisieran enterrarse en la montaña para no tener que mirar el cielo.
Hice una pausa, observando una sombra que se movió entre los árboles en la linde del bosque, justo donde la nieve se volvía más profunda. Fue un movimiento fluido, salvaje.
—Aelnora… ella prácticamente no salió del sótano de la capilla improvisada. Se encerró con sus rezos y su silencio; si salió, fue solo para comer o dormir por puro instinto biológico. Intenté hablar con ella, pero sus ojos me atravesaron como si yo fuera de cristal. Ya no hubo luz en esa elfa, Raven. Solo quedó una clériga que se aferró a un martillo porque era lo único que le impedía caer de rodillas.
Respiré hondo, el aire frío quemó mis pulmones.
—Y luego estuvo él. Einar deambuló por los bosques cercanos en su forma bestial, cazando sombras que no existían. Los centinelas dijeron que lo escucharon pelear con los matorrales, destrozando troncos de pinos como si fueran gargantas de inquisidores. Así como el Filo deambuló por estos pasillos… carajo, no había querido notar el parecido entre esos dos hasta ahora. Vaya estupidez, ¿no crees? Ambos son perros heridos que ya no supieron a quién morder.
Raven soltó una risa corta y amarga, una que no tuvo pizca de gracia. Se apoyó en la barandilla, imitando mi postura, pero su cuerpo careció de la tensión de mando que yo intentaba proyectar.
—Tienes mucho trabajo por delante, Nereida. Nos usaste como carnada, ellos apenas comenzaban a aceptar la idea, apenas hacían las paces con tu liderazgo porque pensaban que tenías un plan maestro. Creíste que ofreciéndoles la cabeza de Ariadne calmarías las cosas, que les darías un propósito, un cierre. Pero tu rebelión está rota, traumatizada. Matar a la niña no fue el triunfo que esperabas; fue el recordatorio de que en esta guerra nadie sale con las manos limpias.
Él se acercó más, bajando la voz hasta que fue un susurro cargado de veneno.
—Tienes un pueblo temeroso que no sabe si celebrar o esconderse. Vi a los mineros y comerciantes a medio entrenar; se asustaron con su propia sombra, saltaron cada vez que una puerta se cerró con fuerza. Tienes duelistas que se mandan solos, mercenarios que ya están haciendo las cuentas de cuánto les queda de paga para largarse de este agujero helado. Y tienes a un Filo maltrecho que ya no supo para qué sirvió su acero si no fue para proteger a lo que ya perdió.
Sentí cómo la furia me subió por la garganta, una llama caliente que amenazó con desbordarse. El descaro de este mago, de este hombre que vivió de la sangre ajena, me superó. Me giré hacia él, encarando su arrogancia, dejando que mi presencia llenara el espacio entre nosotros.
—No olvides tu lugar, Raven —le dije con una voz que hizo temblar a generales en los campos de batalla del Imperio. Fue una advertencia final, un recordatorio de quién sostenía las riendas de este lugar.
El mago de sangre dio un paso atrás, pero no por miedo, sino por puro desprecio. Sus ojos brillaron con una intensidad sombría, una luz roja que pareció latir al ritmo de su propio pulso agitado. Se ajustó la túnica con una parsimonia que me sacó de quicio.
—No, mi Dama. Usted no olvide el suyo. Usted es quien tiene que sostener este castillo de naipes antes de que el primer viento lo vuele. Yo soy solo un pasajero en este barco que hace agua, pero usted es la capitana que decidió chocar contra el iceberg. Disfrute de su mando mientras el hielo no termine de romper los tablones.
Se retiró sin mirar atrás, sus pasos resonando en el pasillo de piedra con una cadencia insultante. Me quedé sola con mis mapas y mis dudas. Salí de la sala y caminé por los pasillos de mi fuerte, contemplando lo que construí con sangre y secretos. Mi rebelión y mi convicción se tambalearon. La bruja cayó, sí, pero el vacío que dejó fue mucho más peligroso que la magia misma.
Aún no descubrimos a la rata que nos vendió a la Inquisición. No supimos si mañana habría más cadáveres con nombres en nuestra puerta o si el Imperio ya estaba moviendo sus piezas para aplastarnos mientras nos lamíamos las heridas. Destruimos una de las armas más poderosas de los bastardos de la capital y, sin embargo, el mundo no se sintió más seguro… ni más unido.
Entré en mis aposentos y miré la mesa llena de reportes de suministros y movimientos de tropas enemigas. Sombra del Cuervo fue una victoria técnica, pero una derrota espiritual. Si no lograba unir estos fragmentos rotos pronto, no haría falta que el Imperio nos atacara; nos devoraríamos a nosotros mismos desde adentro, alimentados por el recuerdo de una niña que nos demostró que incluso la inocencia puede ser una condena a muerte.
El fuerte resistió, pero sus cimientos estuvieron agrietados. Y yo fui la única que quedó para evitar que el techo se nos viniera encima.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com