Hierro y Sangre - Capítulo 116
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Capítulo 116: Capítulo 116: El Contrato Roto
(Narra Aelnora)
Salimos de la torre con el acero desenvainado y el alma en un hilo. Raven, Aeris, Ulm y yo formamos una línea de defensa frente a las ruinas, mientras Berg y Fenrir gruñían a nuestro lado, sus instintos detectando la aberración que se arrastraba por la ceniza. La pequeña sombra se mantenía cerca de nosotros, pero su voz sonaba distinta, más firme, como si la cercanía de su otra mitad le devolviera una autoridad olvidada.
—No des la señal, Raven —sentenció la niña, mirando fijamente hacia la oscuridad del pueblo—. No destruyan el último corazón hasta que yo lo diga.
El elfo oscuro asintió, con sus dedos ya trazando hilos de sangre en el aire, preparados para el comando. Entonces, ella apareció.
Ariadne llegó con el rostro distorsionado por una ira que desafiaba la anatomía humana. Sus facciones eran casi irreconocibles, como si la carne se estuviera derritiendo sobre sus huesos; su piel grisácea supuraba una esencia corrupta y sus ojos magenta brillaban con un hambre demencial. En su cabeza faltaban mechones de cabello, dejando parches de cuero cabelludo quemado.
—El fuego en los corazones… la dañó a ella también —susurró la niña de sombras, ocultándose de la luz impura que emanaba de la bruja.
Sin mediar palabra, la bruja lanzó el primer ataque desde la distancia. Bolas de fuego rosa surcaron los cielos grisáceos como meteoros malditos. Alcé mi escudo, canalizando cada gramo de mi fe; los impactos resonaron con una fuerza bruta que retumbó en cada uno de mis huesos, obligándome a clavar los pies en la tierra para no ser arrollada.
—¡Ahora! —rugió Raven.
Aeris y Ulm no perdieron un segundo. La artífice lanzó viales explosivos que estallaron en ráfagas de magnesio, mientras el gigante arrojaba rocas inmensas contra la bruja. Ariadne esquivaba los ataques con movimientos espasmódicos, avanzando implacable mientras devolvía golpes de magia corrupta que agrietaban el suelo a nuestro paso. En medio del caos, la sombra de la niña se materializó un instante detrás de Aeris, entregándole el cuchillo de ébano de las visiones.
—Sabes en dónde va —dijo la pequeña antes de esfumarse de nuevo para permanecer oculta.
Al ver que la niña estaba a salvo, canalicé un rayo de luz pura directamente hacia la bruja. Al mismo tiempo, Raven arrojó una daga de sangre. Ariadne esquivó la daga con un giro antinatural para evitar ser controlada, pero recibió el impacto de mi luz de lleno en el costado. El olor a carne quemada inundó el aire mientras ella gritaba de agonía, pero no se detuvo. Mientras Raven hacia un movimiento extraño y muy discreto, Ulm aprovechó el momento y arrojó su enorme pico de guerra, un movimiento furtivo que la bruja apenas logró esquivar por milímetros.
Ariadne se plantó frente a nosotros, con la magia supurando de sus manos como brea hirviente. —Todos morirán —sentenció con una voz que parecía el crujido de mil tumbas abriéndose.
—Lo dudo —respondió Raven con una sonrisa gélida.
La granada que el elfo había hecho rodar por el suelo hasta quedar detrás de ella estalló. Miles de pequeñas agujas de sangre se clavaron en la espalda de la bruja. Raven movió los dedos en el aire con una destreza magistral, tomando el control de su sistema circulatorio. Obligó a Ariadne a llevar sus manos a la espalda y a caer de rodillas, inmovilizada por su propia sangre.
Di un paso al frente, blandiendo a Venganza, dispuesta a terminar con su sufrimiento, pero la niña de sombras apareció entre la bruja y yo. Miró a Aeris con una tristeza infinita. La artífice lo entendió de inmediato. Caminó hasta quedar detrás de la bruja y, con un movimiento firme, le clavó el cuchillo de ébano en la nuca. La punta negra salió por la boca de Ariadne, empapada en sangre magenta, impidiéndole pronunciar una sola palabra más.
La sombra me miró fijamente. —Dile a Círdan que lo siento… que no quería lastimarlo. Dile que… dile que digo adiós.
El cuerpo de la bruja empezó a volverse cenizas bajo el efecto del cuchillo, pero el latido del último corazón en la torre aumentó su volumen hasta escucharse en todo el pueblo, un pulso desesperado por traerla de vuelta.
—¡¿Ya lo hacemos?! —gritó Raven, con los músculos tensos por el esfuerzo de mantener el control. —No —respondió la niña. —¡¿Qué esperamos?! —rugió el elfo—. ¡Va a reaparecer si no destruimos ese corazón!
—¡AZTHERATH! —gritó la niña de sombras con una fuerza que sacudió los cimientos de Sombra del Cuervo.
El demonio se manifestó partiendo una grieta en el suelo. Del humo denso y gris surgió su figura imponente, mirando a la pequeña sombra con un asco profundo. —El cuchillo cierra el trato —dijo la niña—. Los corazones quemados lo borran. Mi voluntad anula el contrato.
—No lo hagas —advirtió Aztherath con un rugido que hizo temblar el aire—. Tú quieres verlo. Aceptaste el trato…por él.
Un lamento desgarrador surgió del viento, un llanto que parecía venir de las entrañas de la tierra. La niña de sombras cerró los puños y gritó con toda el alma que le quedaba: —¡Aztherath! ¡Quiero romper el contrato! ¡Ya no quiero volver más!
El cuerpo de la bruja, que se retorcía bajo el dolor de la daga, intentó revocar el deseo, balbuceaba en agonía con la daga en la boca pero la magia corrupta del pacto roto empezó a destrozarla desde adentro. La sombra asintió hacia Raven, quien finalmente movió un dedo, enviando la señal.
(Narra Valka)
Escuchamos los gritos afuera, los golpes y ese llanto que parecía brotar de las mismas piedras de la torre. De repente, sentí un tirón violento en mi cuerpo, un jalón en el esternón que me dejó sin aliento. Era la señal.
Levanté mi espada, aquella de filo eterno que Aeris me había dado, y apunté al último corazón en la pared. Dudé un segundo, abrumada por la responsabilidad de borrar un alma, y ese segundo fue suficiente para que Einar reaccionara. El druida disparó un virote de su garra incendiándolo en el aire con una celeridad asombrosa.
El corazón estalló en llamas, soltando un grito de agonía que obligó a Einar a caer de rodillas, cubriéndose los oídos. Lo escuché gritando y maldiciendo en una lengua antigua, con tal desesperación que decidí en ese mismo instante que nunca, bajo ninguna circunstancia, le preguntaría qué recuerdo le había mostrado ese último corazón.
(Narra Aelnora)
El palpitar del corazón se detuvo en seco. El cuerpo de la bruja se desmoronó en un montón de polvo gris y la inocencia de Ariadne simplemente se desvaneció, fundiéndose con el aire mientras las nubes se alejaban. La ceniza maldita dejó de caer por primera vez en años. La luz de la luna, fría y limpia, iluminó la cara putrefacta de Aztherath, que nos miraba con un odio que prometía milenios de tormento.
Valka y un Einar visiblemente agitado y pálido nos alcanzaron en el centro de las ruinas. El demonio entonces habló, y su voz no era más que un susurro cargado de veneno:
—Rompieron mi juguete favorito. Pagarán por ello.
Aztherath soltó un grito de ira pura. Una onda expansiva, tan potente como si uno de los artilugios más grandes de Aeris hubiese estallado, salió proyectada de su cuerpo. La fuerza me hizo volar por los aires, perdiendo el sentido del arriba y el abajo. Caí a decenas de metros de distancia, impactando contra los restos de una casa. Intenté aferrarme a la conciencia, quería ponerme de pie y buscar a mis compañeros, pero mi cuerpo no respondía. Mis ojos simplemente decidieron cerrarse mientras la oscuridad me reclamaba.
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