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Hierro y Sangre - Capítulo 119

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Capítulo 119: Capítulo 119: El Aroma de la Lavanda

(Narra Aelnora)

El sótano se había convertido en mi tumba en vida, un lugar donde las oraciones se sentían como susurros secos contra paredes frías. Pero hoy, cuando el primer rayo de sol atravesó la pequeña rendija superior, algo cambió. No fue una revelación divina, sino un pensamiento terrenal: Einar. Podía sentirlo, una presencia errática, salvaje y cargada de una tristeza que olía a tierra mojada y pelaje descuidado.

Me puse en pie, me sacudí el polvo de la túnica y salí al exterior. El aire del bosque me golpeó la cara, y seguí el rastro de mi druida hasta que lo encontré en un claro, todavía en su forma de lobo, rascando la tierra como si buscara enterrar sus propios recuerdos.

—Ya basta, Einar —le dije, cruzándome de brazos—. Vuelve a tu forma de hombre. Prepárate y báñate en el arroyo, tenemos una misión importante.

El lobo me miró con sus ojos dorados, ladeando la cabeza con confusión, pero tras un gruñido bajo, comenzó a transformarse. Sus huesos crujieron y su piel se tensó hasta que el hombre que amaba estuvo frente a mí, despeinado y cubierto de hojas.

—¿Una misión? —preguntó con voz ronca por el desuso—. No he escuchado a Nereida convocar a nadie…

—Esta misión no es de Nereida, es mía —sentencié con una pequeña sonrisa—. Ve al agua. Te espero en las puertas del fuerte en una hora. Ni un minuto más.

Lo dejé ahí, confundido, y regresé al fuerte con un propósito que me hacía caminar más ligera. Fui directa a las termas privadas. El agua caliente fue como un bálsamo que finalmente desprendió la ceniza de Sombra del Cuervo de mis poros. Me restregué la piel hasta que estuvo rosada, lavé mi cabello con esencia de jazmín y lo cepillé con una paciencia que creía perdida. Trencé mis mechones con cuidado, entrelazando pequeñas cuentas de plata, y me puse mi armadura de escamas de draco, pulida hasta que brillaba como un espejo. Antes de salir, tomé un frasco de perfume de lavanda y sándalo y puse unas gotas en mi cuello. Por primera vez en semanas, no olía a muerte. Olía a vida.

Cuando llegué a las puertas del fuerte, Einar ya estaba allí. Se había afeitado y su cabello oscuro estaba húmedo, peinado hacia atrás. Llevaba su equipo de cuero limpio, pero su rostro aún mantenía esa sombra de cansancio… hasta que me vio.

Se acercó lentamente, su nariz moviéndose imperceptiblemente. —Hueles delicioso, Aelnora —dijo, y una pequeña chispa volvió a sus ojos—. ¿Qué clase de misión requiere perfumes tan finos y que luzcas como una reina guerrera?

Me acerqué a él y le tomé la mano, entrelazando nuestros dedos. —Una cita, tontito —le susurré.

En ese momento, Yunque llegó al trote, relinchando como si supiera que el día sería distinto. Las bolsas de carga del caballo estaban inusualmente abultadas. Subí a la silla con agilidad y le hice un gesto a Einar para que subiera detrás de mí. Él se acomodó, rodeando mi cintura con sus brazos fuertes, pegando su pecho a mi espalda.

—¿Me abraza, caballero? —pregunté, girando un poco la cabeza.

Einar soltó una risotada, la primera risa genuina que escuchaba en mucho tiempo. —Siempre, mi lady —respondió, apretando el agarre—. ¿A dónde vamos?

—A donde sea, mientras sea contigo.

Cabalgamos lejos de los muros grises de la rebelión. Dejamos atrás el olor a metal y la paranoia de la sala de mapas. Nos adentramos en el corazón del bosque hasta llegar a una cascada oculta, un lugar donde el agua caía con un murmullo constante sobre una poza de color turquesa. El sol se filtraba entre las copas de los árboles antiguos, creando una danza de luces en el suelo cubierto de musgo.

Desmontamos y extendí una manta de lana. De las bolsas de Yunque saqué pan fresco, queso de cabra, uvas dulces y una botella de vino que Raven me había jurado que era de la mejor reserva del Imperio (robada, por supuesto). Comimos y bebimos entre risas y confesiones a medias, dejando que el murmullo de la cascada ahogara los ecos de los gritos en la torre. Por unas horas, no fuimos una clériga y un druida en guerra; fuimos simplemente un hombre y una mujer que se amaban.

(Narra Nereida)

El sol empezaba a ocultarse, tiñendo el cielo de un violeta profundo, cuando escuché el eco de cascos acercándose al puente levadizo. Me asomé desde la torre de vigilancia, esperando un mensajero o, peor aún, el regreso de algún traidor. Pero lo que vi me obligó a soltar un suspiro que no sabía que estaba guardando.

Eran Aelnora y Einar. Entraron al fuerte riendo, una risa que sonaba extraña, casi alienígena en este lugar tan acostumbrado al metal y al lamento. Se bajaron de Yunque con una complicidad que dolía ver. Se besaron con una urgencia dulce, ajenos a los centinelas o a las sombras del patio, y caminaron de la mano rumbo a los barrancones.

Me quedé allí, la Dama de Hierro observándolos en silencio a lo lejos. Los vi felices, condenadamente enamorados. Miré a mi lado y vi al Filo, apoyado en una columna, todavía fuera de sí, mirando sus propias manos como si buscara en ellas una verdad que ya no existía.

Volví la mirada a la pareja hasta que se perdieron en el interior del edificio. Sentí una envidia sana, un peso en el esternón que me recordaba todo lo que yo había sacrificado para llevar esta máscara. Me quité la protección de metal de la cara, dejando que el aire frío de la noche golpeara mis cicatrices reales, y fui a mi mesa. Me serví una copa de vino, el líquido oscuro reflejando la luz de la vela. Por una noche, dejaría que ellos fueran felices. Al menos ellos.

(Narra Aelnora)

En cuanto entramos en la habitación y la puerta se cerró tras nosotros, el mundo exterior dejó de existir. El brillo de la luna entraba por la ventana, bañando la cama con una luz plateada.

Einar no esperó. Me tomó por la cintura y me pegó a la pared, hundiendo su rostro en mi cuello, aspirando el aroma de jazmín y lavanda que aún persistía. Sus manos, antes garras, ahora se movían con una delicadeza febril, buscando los cierres de mi armadura.

—Te extrañé tanto —susurró contra mi piel—. En la torre… pensé que te perdía en esa oscuridad.

—Ya no hay oscuridad, Einar —le respondí, ayudándole a quitarse el jubón—. Solo estamos nosotros.

Nuestras ropas cayeron al suelo como capas de una vida que ya no queríamos llevar puesta esa noche. Cuando nuestras pieles se tocaron, sentí una descarga eléctrica que me recorrió la columna. Nos hundimos en las sábanas limpias, y el acto de hacer el amor fue nuestra verdadera plegaria. No hubo sombras, no hubo pactos, solo el calor de sus manos, el ritmo de nuestros corazones latiendo al unísono y esa sensación de pertenencia que el Imperio nunca podrá arrebatarnos.

En sus brazos, mientras el mundo seguía girando en su caos de guerra, yo finalmente volví a casa.

(Narra Aeris)

¡CLANG!

El eco del pico de Ulm resonó en la cavidad, un sonido profundo y vibrante que me recorrió desde las botas hasta la punta de las orejas. Aquí abajo, el aire era denso, una mezcla espesa de polvo mineral, sudor rancio y ese aroma eléctrico que solo la tierra virgen desprende cuando es perturbada después de milenios. Llevábamos tres días en esta veta, ignorando deliberadamente las noticias del exterior. Habíamos decidido dejar que el mundo se pudriera arriba, con sus intrigas y sus fantasmas, mientras nosotros buscábamos la redención en el peso honesto del metal.

—¡Aeris, ven a ver esto! —la voz de Ulm retumbó, más animada de lo que la había escuchado desde que salimos de aquella maldita torre.

Me acerqué con la lámpara de aceite en alto, sorteando los escombros y las herramientas esparcidas. La luz bailó sobre la pared de roca negra y, de repente, una red de filamentos dorados devolvió el brillo con una intensidad que casi me dolió. No era el amarillo pálido y engañoso de la pirita; era el resplandor cálido, denso y pesado del oro puro, corriendo como venas de fuego a través de la piedra. Pero lo que me hizo soltar un grito de alegría que casi apaga la lámpara no fue el oro. Justo al lado, incrustadas en una geoda de cuarzo ahumado, había esquirlas de un azul cobalto que latían con una luminiscencia rítmica, casi orgánica.

—Oricalco —susurré, dejando la lámpara en un saliente para estirar la mano y tocar la superficie fría. Sentí un hormigueo inmediato, una descarga de estática mágica que reconoció la esencia de mi propia energía—. Ulm, por los dioses… es de grado superior. Mira la pureza de las aristas, es casi translúcido. No es solo un mineral, es un nexo.

Ulm soltó una carcajada ronca que sacudió el polvo del techo de la cueva. Dejó caer su pico y me tomó por la cintura con sus manos enormes, manos que sabían ser martillos pero que conmigo siempre eran nidos. Me levantó en vilo como si mi peso fuera el de una pluma de fénix y me hizo girar en el estrecho túnel mientras nuestras risas se mezclaban con el eco de la piedra. Éramos como dos niños que acaban de encontrar la prueba de que las leyendas son ciertas.

—¡Lo logramos, pequeña! —exclamó al bajarme, aunque no me soltó—. Con esto, las protecciones de las puertas del fuerte aguantarán un asedio de dragones si hace falta. Y tus granadas… dioses, Aeris, con este núcleo de oricalco, vas a perforar hasta el alma de los inquisidores antes de que sepan qué los golpeó.

Me colgué de su cuello, ignorando el hollín que cubría mi ropa y el cansancio que me pesaba en los hombros. En la torre de Ariadne me sentí pequeña, una pieza insignificante en un juego de sombras, pero aquí, rodeada de la materia prima de la creación, me sentía como una diosa de la forja.

—¿Viste la formación de la veta? —le pregunté con los ojos brillando de entusiasmo técnico—. El oro está sirviendo como conductor natural. Eso significa que la presión geotérmica aquí abajo es perfecta. No es solo mineral, Ulm, es un nexo de energía estabilizada. ¡Podemos crear cosas que Raven ni siquiera imagina en sus sueños de sangre!

Ulm asintió, mirando la pared con el ojo crítico del maestro minero. Su conocimiento de la tierra era instintivo. —El esquisto está blando por el lado norte. Podemos seguir la veta sin usar explosivos pesados. No queremos derrumbar esta belleza antes de extraer hasta la última esquirla.

Se acercó a mí y apoyó su frente contra la mía. El calor que emanaba de su cuerpo era el único sol que necesitaba en esta oscuridad. No hacían falta palabras complicadas; nuestra complicidad estaba forjada en el fuego de la fragua y el respeto por el oficio. Me dio un beso lento, cargado de una gratitud profunda, y por un momento, el peso de la guerra desapareció. Solo estábamos nosotros dos y el latido de la montaña.

—¡EH! ¡MAESTRO! ¡¿ESO QUE VEO ES LO QUE CREO?!

La voz de Thrain, uno de los mineros más veteranos que nos acompañaba, rompió el momento. Un grupo de cinco mineros, con sus rostros tiznados y sus lámparas encendidas, se asomaron por la entrada de la galería. Al ver el resplandor azul del oricalco, se quedaron mudos un segundo antes de estallar en gritos de júbilo.

—¡VETA REY! ¡ES UNA VETA REY! —gritó otro, lanzando su casco al aire.

La noticia se corrió como la pólvora por los túneles superiores. En menos de media hora, lo que era una zona de trabajo se convirtió en un salón de banquetes improvisado. Los mineros no necesitaban mucho para celebrar: aparecieron barriles de una cerveza negra y espesa que ellos mismos destilaban en secreto, sacos de cecina salada y un par de quesos que olían lo suficiente como para despertar a un muerto.

—¡Un brindis por la Artífice y el Gigante! —bramó Thrain, alzando una jarra de peltre abollada—. ¡Por los que no tienen miedo de ensuciarse las manos para que este fuerte tenga dientes!

Me vi rodeada de hombres y mujeres de hombros anchos y manos callosas. No había jerarquías aquí abajo; la montaña nos igualaba a todos. Ulm se sentó en un bloque de granito, con una jarra en cada mano, riendo a carcajadas mientras los mineros lo palmeaban en la espalda, contándole historias exageradas sobre minas perdidas y tesoros malditos.

—¡Oye, Aeris! —me llamó una minera joven llamada Kora, pasándome un trozo de pan con manteca—. ¿Es cierto que con ese azul puedes hacer que las flechas nunca fallen el blanco?

—No solo eso, Kora —respondí con una sonrisa pícara, sintiendo el calor de la cerveza en mi estómago—. Con esto puedo hacer que las flechas exploten antes de tocar el suelo.

Los mineros rugieron de alegría. Empezaron a cantar una vieja balada minera, una canción de ritmo pesado que imitaba el golpe de los martillos contra la roca. “Oro para el rey, hierro para la paz, pero el azul de la tierra para el que libre ha de estar”.

Ulm me buscó entre la multitud con la mirada. Estaba sucio, sudado y con la barba llena de espuma de cerveza, pero nunca lo había visto tan guapo. Se abrió paso entre los mineros y se sentó a mi lado, rodeándome con su brazo.

—Hacía falta esto, ¿verdad? —susurró cerca de mi oreja, para que el ruido de las canciones no nos tapara—. Ver que no todo es muerte. Ver que hay gente que solo quiere trabajar y beber algo frío al final del día.

—Hacía mucha falta, Ulm —le respondí, apoyando mi cabeza en su hombro—. A veces olvido que estamos luchando por esto. No por grandes ideales, sino por el derecho de estos hombres a cantar en una cueva sin miedo a que el Imperio los cuelgue.

La celebración duró horas. Hubo pulsos de fuerza entre Ulm y los mineros más grandes (que, por supuesto perdieron, aunque él se dejó ganar uno para mantener la moral alta), hubo bailes torpes sobre el suelo de piedra y promesas de que el primer lingote de oricalco llevaría el nombre de la mina: “La Esperanza de Ariadne”.

Cuando el cansancio finalmente nos venció y la cerveza se terminó, los mineros se retiraron a sus camastros en los niveles superiores, dejándonos de nuevo a solas en la galería profunda. El silencio regresó, pero ya no era un silencio pesado, sino uno satisfecho.

Ulm me ayudó a levantarme. Me limpió una mancha de manteca de la comisura de los labios con su pulgar. —Mañana empezamos la extracción de verdad. Nereida va a enloquecer cuando vea el primer cargamento.

—Y Raven va a intentar convencernos de que es “propiedad de la rebelión” para sus experimentos —añadí con una mueca—. Tendrá que negociar muy duro conmigo si quiere una sola gota de este poder.

Nos miramos a los ojos, compartiendo ese entendimiento silencioso que solo tienen los que han compartido el peligro y la gloria. Ulm me atrajo hacia él, abrazándome con una fuerza que me hizo sentir que el mundo entero podía derrumbarse y yo seguiría a salvo. No necesitamos el lujo del fuerte ni la suavidad de las sábanas de seda. Esa noche, dormimos sobre una manta de lana vieja, sobre el suelo de piedra dura, con el aroma del oricalco envolviéndonos y el sonido del corazón de la montaña arrullándonos. Éramos felices en nuestra cueva, dos artesanos que habían encontrado su propio paraíso en las profundidades del infierno.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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