Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Hierro y Sangre - Capítulo 120

  1. Inicio
  2. Hierro y Sangre
  3. Capítulo 120 - Capítulo 120: Capítulo 120: El Corazón de mi Montaña
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 120: Capítulo 120: El Corazón de mi Montaña

(Narra Aeris)

¡CLANG!

El eco del pico de Ulm resonó en la cavidad, un sonido profundo y vibrante que me recorrió desde las botas hasta la punta de las orejas. Aquí abajo, el aire era denso, una mezcla espesa de polvo mineral, sudor rancio y ese aroma eléctrico que solo la tierra virgen desprende cuando es perturbada después de milenios. Llevábamos tres días en esta veta, ignorando deliberadamente las noticias del exterior. Habíamos decidido dejar que el mundo se pudriera arriba, con sus intrigas y sus fantasmas, mientras nosotros buscábamos la redención en el peso honesto del metal.

—¡Aeris, ven a ver esto! —la voz de Ulm retumbó, más animada de lo que la había escuchado desde que salimos de aquella maldita torre.

Me acerqué con la lámpara de aceite en alto, sorteando los escombros y las herramientas esparcidas. La luz bailó sobre la pared de roca negra y, de repente, una red de filamentos dorados devolvió el brillo con una intensidad que casi me dolió. No era el amarillo pálido y engañoso de la pirita; era el resplandor cálido, denso y pesado del oro puro, corriendo como venas de fuego a través de la piedra. Pero lo que me hizo soltar un grito de alegría que casi apaga la lámpara no fue el oro. Justo al lado, incrustadas en una geoda de cuarzo ahumado, había esquirlas de un azul cobalto que latían con una luminiscencia rítmica, casi orgánica.

—Oricalco —susurré, dejando la lámpara en un saliente para estirar la mano y tocar la superficie fría. Sentí un hormigueo inmediato, una descarga de estática mágica que reconoció la esencia de mi propia energía—. Ulm, por los dioses… es de grado superior. Mira la pureza de las aristas, es casi translúcido. No es solo un mineral, es un nexo.

Ulm soltó una carcajada ronca que sacudió el polvo del techo de la cueva. Dejó caer su pico y me tomó por la cintura con sus manos enormes, manos que sabían ser martillos pero que conmigo siempre eran nidos. Me levantó en vilo como si mi peso fuera el de una pluma de fénix y me hizo girar en el estrecho túnel mientras nuestras risas se mezclaban con el eco de la piedra. Éramos como dos niños que acaban de encontrar la prueba de que las leyendas son ciertas.

—¡Lo logramos, pequeña! —exclamó al bajarme, aunque no me soltó—. Con esto, las protecciones de las puertas del fuerte aguantarán un asedio de dragones si hace falta. Y tus granadas… dioses, Aeris, con este núcleo de oricalco, vas a perforar hasta el alma de los inquisidores antes de que sepan qué los golpeó.

Me colgué de su cuello, ignorando el hollín que cubría mi ropa y el cansancio que me pesaba en los hombros. En la torre de Ariadne me sentí pequeña, una pieza insignificante en un juego de sombras, pero aquí, rodeada de la materia prima de la creación, me sentía como una diosa de la forja.

—¿Viste la formación de la veta? —le pregunté con los ojos brillando de entusiasmo técnico—. El oro está sirviendo como conductor natural. Eso significa que la presión geotérmica aquí abajo es perfecta. No es solo mineral, Ulm, es un nexo de energía estabilizada. ¡Podemos crear cosas que Raven ni siquiera imagina en sus sueños de sangre!

Ulm asintió, mirando la pared con el ojo crítico del maestro minero. Su conocimiento de la tierra era instintivo. —El esquisto está blando por el lado norte. Podemos seguir la veta sin usar explosivos pesados. No queremos derrumbar esta belleza antes de extraer hasta la última esquirla.

Se acercó a mí y apoyó su frente contra la mía. El calor que emanaba de su cuerpo era el único sol que necesitaba en esta oscuridad. No hacían falta palabras complicadas; nuestra complicidad estaba forjada en el fuego de la fragua y el respeto por el oficio. Me dio un beso lento, cargado de una gratitud profunda, y por un momento, el peso de la guerra desapareció. Solo estábamos nosotros dos y el latido de la montaña.

—¡EH! ¡MAESTRO! ¡¿ESO QUE VEO ES LO QUE CREO?!

La voz de Thrain, uno de los mineros más veteranos que nos acompañaba, rompió el momento. Un grupo de cinco mineros, con sus rostros tiznados y sus lámparas encendidas, se asomaron por la entrada de la galería. Al ver el resplandor azul del oricalco, se quedaron mudos un segundo antes de estallar en gritos de júbilo.

—¡VETA REY! ¡ES UNA VETA REY! —gritó otro, lanzando su casco al aire.

La noticia se corrió como la pólvora por los túneles superiores. En menos de media hora, lo que era una zona de trabajo se convirtió en un salón de banquetes improvisado. Los mineros no necesitaban mucho para celebrar: aparecieron barriles de una cerveza negra y espesa que ellos mismos destilaban en secreto, sacos de cecina salada y un par de quesos que olían lo suficiente como para despertar a un muerto.

—¡Un brindis por la Artífice y el Gigante! —bramó Thrain, alzando una jarra de peltre abollada—. ¡Por los que no tienen miedo de ensuciarse las manos para que este fuerte tenga dientes!

Me vi rodeada de hombres y mujeres de hombros anchos y manos callosas. No había jerarquías aquí abajo; la montaña nos igualaba a todos. Ulm se sentó en un bloque de granito, con una jarra en cada mano, riendo a carcajadas mientras los mineros lo palmeaban en la espalda, contándole historias exageradas sobre minas perdidas y tesoros malditos.

—¡Oye, Aeris! —me llamó una minera joven llamada Kora, pasándome un trozo de pan con manteca—. ¿Es cierto que con ese azul puedes hacer que las flechas nunca fallen el blanco?

—No solo eso, Kora —respondí con una sonrisa pícara, sintiendo el calor de la cerveza en mi estómago—. Con esto puedo hacer que las flechas exploten antes de tocar el suelo.

Los mineros rugieron de alegría. Empezaron a cantar una vieja balada minera, una canción de ritmo pesado que imitaba el golpe de los martillos contra la roca. “Oro para el rey, hierro para la paz, pero el azul de la tierra para el que libre ha de estar”.

Ulm me buscó entre la multitud con la mirada. Estaba sucio, sudado y con la barba llena de espuma de cerveza, pero nunca lo había visto tan guapo. Se abrió paso entre los mineros y se sentó a mi lado, rodeándome con su brazo.

—Hacía falta esto, ¿verdad? —susurró cerca de mi oreja, para que el ruido de las canciones no nos tapara—. Ver que no todo es muerte. Ver que hay gente que solo quiere trabajar y beber algo frío al final del día.

—Hacía mucha falta, Ulm —le respondí, apoyando mi cabeza en su hombro—. A veces olvido que estamos luchando por esto. No por grandes ideales, sino por el derecho de estos hombres a cantar en una cueva sin miedo a que el Imperio los cuelgue.

La celebración duró horas. Hubo pulsos de fuerza entre Ulm y los mineros más grandes (que, por supuesto perdieron, aunque él se dejó ganar uno para mantener la moral alta), hubo bailes torpes sobre el suelo de piedra y promesas de que el primer lingote de oricalco llevaría el nombre de la mina: “La Esperanza de Ariadne”.

Cuando el cansancio finalmente nos venció y la cerveza se terminó, los mineros se retiraron a sus camastros en los niveles superiores, dejándonos de nuevo a solas en la galería profunda. El silencio regresó, pero ya no era un silencio pesado, sino uno satisfecho.

Ulm me ayudó a levantarme. Me limpió una mancha de manteca de la comisura de los labios con su pulgar. —Mañana empezamos la extracción de verdad. Nereida va a enloquecer cuando vea el primer cargamento.

—Y Raven va a intentar convencernos de que es “propiedad de la rebelión” para sus experimentos —añadí con una mueca—. Tendrá que negociar muy duro conmigo si quiere una sola gota de este poder.

Nos miramos a los ojos, compartiendo ese entendimiento silencioso que solo tienen los que han compartido el peligro y la gloria. Ulm me atrajo hacia él, abrazándome con una fuerza que me hizo sentir que el mundo entero podía derrumbarse y yo seguiría a salvo. No necesitamos el lujo del fuerte ni la suavidad de las sábanas de seda. Esa noche, dormimos sobre una manta de lana vieja, sobre el suelo de piedra dura, con el aroma del oricalco envolviéndonos y el sonido del corazón de la montaña arrullándonos. Éramos felices en nuestra cueva, dos artesanos que habían encontrado su propio paraíso en las profundidades del infierno.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo