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Hierro y Sangre - Capítulo 122

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Capítulo 122: Capítulo 122: El Altar de los Olvidados

(Narra Aelnora)

El sótano del fuerte siempre ha sido un lugar de ecos. Aquí abajo, el peso de la montaña se siente sobre los hombros, y el silencio no es una ausencia de sonido, sino una presencia densa que te obliga a escuchar tus propios pensamientos, incluso aquellos que preferirías mantener sepultados. Me encontraba frente a las efigies de los dioses, observando sus rostros de piedra fría, buscando en sus facciones una respuesta que no llegaba.

Einar estaba a mi lado. Su presencia era lo único que mantenía mis pies anclados al suelo. No decía nada, pero su mano rozaba la mía de vez en cuando, un recordatorio silencioso de que ya no estaba sola en mi vigilia. Él también miraba a las estatuas, pero no con devoción, sino con la desconfianza natural de quien sabe que la naturaleza es más honesta que cualquier deidad.

El zumbido que Raven había sentido en su laboratorio se hizo insoportable aquí abajo. Era una vibración que hacía temblar el agua de los cuencos y que erizaba el vello de mis brazos. Entonces, escuché el metal chocar contra la piedra en la escalera.

Ulm y Aeris aparecieron por el umbral. Estaban irreconocibles, cubiertos de una costra de hollín, polvo de roca y sudor que les daba un aspecto espectral bajo la luz de las antorchas. Sus pechos subían y bajaban con esfuerzo, cargando entre ambos un bulto envuelto en cueros gruesos y atado con cuerdas de cáñamo. Se detuvieron en el centro de la estancia, sus ojos encontrándose con los nuestros en un entendimiento que no necesitaba explicaciones.

—No es para ellos —dijo Aeris, señalando con un gesto seco de la cabeza las estatuas de los dioses que dominaban el sótano—. Ni para Malakor, Luxa o para Aethelgard, ni para ninguno que se siente en un trono de nubes mientras nosotros nos desangramos en el barro.

Ulm asintió, su voz resonando como un trueno bajo. —Este metal no nació para ser una limosna divina. Nació de la tierra que pisamos y de la sangre que derramamos. Si vamos a ponerlo en algún lugar, será en uno que nos pertenezca a nosotros.

Me sorprendí a mí misma asintiendo. La clériga que solía ser habría temido el sacrilegio, pero la mujer que regresó de la torre de Ariadne sentía que el verdadero pecado sería entregarle este esfuerzo a quienes permitieron que la niña se convirtiera en monstruo.

Sin decir una palabra más, nos pusimos a trabajar. No fue una ceremonia elegante, fue un esfuerzo físico bruto y honesto. Bajo la dirección de Ulm, comenzamos a mover los grandes bloques de piedra que descansaban en un rincón olvidado del sótano. Einar ayudó a desencajar los cimientos de un antiguo pilar derruido, sus músculos tensándose bajo la piel mientras el sudor empezaba a correr por su frente.

Aeris y yo fuimos al pozo del fuerte por agua y arena. Mezclamos la tierra con nuestras propias manos, convirtiéndola en un lodo espeso que serviría para sellar las juntas. No nos importó manchar nuestras vestiduras ni que el barro se metiera bajo nuestras uñas. Había algo purificador en el trabajo físico, en la creación de algo desde la nada absoluta.

Construimos el nuevo altar en el rincón más alejado de las efigies divinas, un lugar donde la luz de las antorchas apenas llegaba, pero donde la piedra se sentía más firme. Era una estructura rústica, sólida, hecha de fragmentos de la montaña misma. Con un cincel de precisión que Aeris sacó de su cinturón, tallamos una inscripción en la base, golpe a golpe, letra a letra:

“PARA LOS OLVIDADOS POR LOS DIOSES”.

Cuando el altar estuvo terminado, el aire en el sótano pareció cambiar. La humedad desapareció y una calma extraña se apoderó de nosotros. Ulm y Aeris se acercaron con el bulto. Con una solemnidad que me hizo contener el aliento, retiraron las capas de cuero.

El lingote no brillaba. Era un bloque de metal azul mate, oscuro como el océano antes de una tormenta, pesado y silencioso. Lo levantaron entre los dos y lo colocaron con cuidado sobre el altar de piedra y barro.

En el momento exacto en que el metal tocó la superficie del nuevo altar, sucedió.

No fue una explosión de luz, sino un florecimiento. El oricalco estalló en un resplandor azul cobalto que iluminó cada grieta, cada rincón y cada mota de polvo del sótano. La luz era tan intensa que las estatuas de los dioses parecieron retroceder hacia las sombras, volviéndose insignificantes ante el brillo de aquel metal. El lingote latía, emitiendo una frecuencia que ya no era un zumbido molesto, sino una melodía profunda que armonizaba con nuestros propios latidos.

Fue entonces cuando vi la inscripción que Aeris había pulido en la cara superior del lingote:

“LA ESPERANZA DE ARIADNE”.

—Ahora brilla, igual que ella, en algún lugar más allá entre las estrellas —susurró Aeris, con lágrimas abriendo surcos limpios en su rostro tiznado—. Solo necesitaba un lugar donde no tuviera que competir con la arrogancia de los de arriba.

Einar puso una mano sobre el metal, y vi cómo sus ojos reflejaban el azul eterno del oricalco. —Siente esto, Aelnora —dijo en voz baja—. No es magia sagrada. Es esperanza pura. Es la voluntad de los que no se rinden.

Me acerqué y puse mis manos junto a las suyas. El calor que emanaba del lingote era reconfortante, un abrazo que parecía decirnos que el sacrificio no había sido en vano. El nombre de Ariadne, grabado en el metal más puro que el mundo había visto en siglos, resplandecía como una estrella atrapada bajo tierra.

—Este es nuestro lugar —dije, sintiendo por primera vez en semanas que mi fe no estaba rota, sino que simplemente había cambiado de dirección—. Aquí es donde recordaremos por qué luchamos. No por la gloria de un cielo que no conocemos, sino por los que caminan a nuestro lado y por los que se quedaron en el camino.

Ulm se cruzó de brazos, observando el altar con una satisfacción feroz. —Que vengan a buscarlo —gruñó—. Que venga la Inquisición, que venga el Imperio o que venga el mismo Averno. Tendrán que derribar la montaña entera para atacar nuestra esperanza.

Nos quedamos los cuatro allí, rodeando el altar de los olvidados, bañados por una luz azul que no pedía nada a cambio. En ese sótano, lejos de las miradas de Nereida y del silencio del filo, habíamos forjado algo más que un monumento. Habíamos creado un ancla. Mientras ese lingote brillara, Colmillo de Wyvern no sería solo un fuerte de rebeldes; sería el refugio de los que ya no tienen nada que perder, pero que aún tienen el valor de recordar.

El nombre de la niña estaba allí, custodiado por la piedra y el oricalco, recordándonos que incluso en la mierda más profunda, la inocencia puede encontrar una forma de volver a brillar, si se le construye el altar adecuado.

Sin embargo, a medida que la adrenalina del trabajo físico se disipaba y el calor del metal azul empezaba a calmar nuestros espíritus, el silencio del fuerte volvió a filtrarse por las paredes. Un silencio que ya no se sentía como paz, sino como una ausencia que pesaba.

Ulm se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano, dejando un rastro de barro sobre su piel curtida. Sus ojos se desviaron de la luz azul hacia la escalera oscura que subía al patio principal.

—Ha estado muy tranquilo allá arriba —soltó el gigante, y su voz sonó más grave de lo habitual en la pequeña estancia—. Demasiado tranquilo.

Aeris, que todavía acariciaba con la punta de los dedos la inscripción de la “Esperanza”, se tensó visiblemente. Se enderezó, sacudiéndose el polvo de las rodillas, y miró a Einar y a mí con una sombra de duda cruzando su rostro.

—Han pasado ya varios días… —murmuró ella, y la preocupación en su tono cortó la calidez del momento como un cuchillo frío—. Desde que regresamos de la torre, el tiempo se ha vuelto un borrón de minas y oraciones.

Einar asintió lentamente, su mandíbula apretada. Sus instintos de cazador, esos que nunca duermen del todo, parecían estar buscando un rastro que no llegaba.

—Es cierto —dijo el druida, mirando hacia la penumbra del pasillo—. Casi lo olvido entre tanta ceniza y tanto oricalco.

Hubo una pausa pesada, donde solo se escuchaba el zumbido armónico del metal azul y el goteo constante del agua en algún lugar profundo del fuerte. Me crucé de brazos, sintiendo un frío repentino que el calor del altar no podía mitigar.

—¿Alguien tiene noticias de Valka? —pregunté, y mi propia voz me sonó extraña, cargada de una urgencia que me hizo dar un paso lejos del altar.

Nadie respondió de inmediato. Ulm intercambió una mirada rápida con Aeris. Einar bajó la vista al suelo. Valka se había marchado sin dar explicaciones, llevándose a sus hombres hacia el horizonte, y en nuestro afán por sanar nuestras propias heridas, la habíamos dejado desaparecer en la inmensidad de los bosques sin mirar atrás.

—Salió antes que nosotros bajáramos a la veta —añadió Ulm, rascándose la barba—. No ha enviado mensajeros. No ha habido señales de humo. Nada.

La luz azul del lingote, que un momento antes nos parecía el faro de una nueva era, ahora proyectaba sombras alargadas y vacilantes contra las paredes. Pero afuera, en la negrura de los valles que rodeaban el Colmillo de Wyvern, una de las nuestras seguía perdida. Y en este mundo, el silencio de un guerrero como Valka rara vez significa buenas noticias.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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