Hierro y Sangre - Capítulo 146
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Capítulo 146: Capítulo 146: Pecado y Penitencia
(Narra Viktor)
La luz de la vela sobre la mesa de noche de la posada proyectaba sombras alargadas que danzaban sobre las paredes de piedra húmeda. El silencio de Brezal Bajo, que desde la colina parecía pacífico, aquí se sentía como una mortaja. Desiré se sentó en el borde de la cama, despojándose finalmente de su máscara de seducción para dejar ver una palidez que no era producto del cansancio, sino de un miedo añejo, de esos que se instalan en la base del cráneo y no te dejan dormir.
—No puedo asegurar que sea el Clero —comenzó a hablar, y su voz era apenas un hilo de seda quebradiza—, pero después de vivir en la frontera el tiempo suficiente, una aprende que las coincidencias son solo mentiras que los hombres poderosos nos cuentan para que no miremos debajo de sus alfombras. Y yo no creo en coincidencias.
—Te escuchamos, Desiré —dije, apoyando mi laud contra la puerta cerrada. Saqué mi cuaderno, pero esta vez no para anotar rimas, sino para documentar una confesión que olía a tumba—. No omitas nada, por pequeño que parezca.
La mujer se levantó de la cama con movimientos lentos, casi mecánicos, y se acercó a Valka. Se abrazó a ella con una desesperación que me resultó inquietante, hundiendo el rostro en el hombro de la guerrera como si buscara un escudo de carne y acero.
—Prométeme que estaré segura si hablo —susurró contra el cuero de su armadura—. He visto lo que les pasa a los que preguntan demasiado en Brezal Bajo. Aparecen en el río, o simplemente… dejan de estar.
Valka, con esa mezcla de rudeza y extraña ternura que solo muestra cuando el peligro es real, le dio una palmada firme en el trasero, un gesto que en ella era casi una bendición de combate.
—Nadie te tocará, linda —sentenció Valka, y el brillo de sus espadas gemelas bajo la luz de la vela pareció subrayar su promesa—. Al menos nadie que esté fuera de esta habitación. Tienes mi palabra, y eso en mi tierra vale más que el oro de la Inquisición.
—Bien… —Desiré se separó un poco, mirando con fascinación las empuñaduras de las armas de Valka—. Tienes manos firmes, guerrera, y esas espadas tienen un extraño brillo, letal sin duda. Les diré lo que sé, aunque me cueste el alma.
Se paseó por la pequeña habitación, evitando mirar hacia la ventana empañada.
—El Monasterio de los Mártires solía estar abandonado —explicó, gesticulando con manos nerviosas—. Era una cáscara de piedra vacía. Si acaso venía un pobre diablo del pueblo a limpiarlo cada cambio de estación por pura superstición. Pero todo cambió el último invierno. Llegaron varias personas, cubiertas con túnicas pesadas que ocultaban incluso su forma de caminar. Casi nunca salen; se la viven dentro, como si la luz del sol les quemara. Tienen entregas semanales de comida y agua, y a cambio, solo entregan sus desperdicios para que los mozos mantengan las letrinas limpias.
—Un comportamiento muy ascético para ser sospechoso —comenté, aunque mi instinto de bardo ya estaba detectando las notas discordantes en su relato.
—Eso dicen las viejas del pueblo —escupió Desiré con amargura—. Dicen que servir al Clero es servir a los dioses, que su silencio es santidad. Pero como les dijo el idiota de la taberna… desde que llegaron, las cuentas no cuadran. Desaparecen niños y jóvenes, uno de vez en cuando. Nada que encienda las antorchas de inmediato, nada que provoque una revuelta, pero sí lo suficiente para que los rumores corran por las cocinas como el veneno. Si me lo preguntan, algo oscuro pasa en ese monasterio, algo que no tiene nada que ver con rezos. Y ustedes… ustedes no están aquí ni de vacaciones, ni casados.
Me permití una sonrisa cínica, ajustándome el sombrero.
—Vaya, la dama es más perspicaz de lo que su oficio sugiere —dije con una reverencia burlona.
Desiré me miró con una mezcla de sorpresa y rechazo, respondiendo de inmediato a mi tono:
—¡Vamos! ¿Tú con ella? No me lo creo ni con tres jarras de vino encima. Ella es una tormenta y tú… tú eres un pavo real con un instrumento de madera.
—Soy perfectamente capaz de seducirla a ella o a cualquier mujer de este pueblo —respondí, inflando el pecho por puro orgullo profesional—, pero tiene razón, señorita Desiré. No venimos aquí por placer, aunque lo parezca.
Valka soltó una carcajada que cortó la tensión como un tajo.
—Tranquilo, bardo. No dejes que tu ego nuble tu buen juicio —dijo Valka, lanzándome una mirada divertida con sus ojos cargados de experiencia. Luego, volvió a mirar a la cortesana—. Gracias por la información, dulzura. Ha sido de gran ayuda. Ya puedes quitarte la…
Valka se quedó callada a mitad de la frase. Sus ojos se abrieron con una sorpresa que rara vez veía en ella. Yo también me quedé helado.
La habitación estaba vacía.
No hubo sonido de puerta abriéndose. No hubo ráfaga de viento. No hubo el menor crujido de las tablas del suelo. Desiré, la mujer que hace un segundo estaba a centímetros de Valka, simplemente se había esfumado. Solo quedaba el tenue aroma de su perfume barato y la vela parpadeando violentamente como si algo hubiera succionado el aire.
—¿En dónde mierda está? —rugió Valka, desenvainando una de sus espadas con un movimiento que apenas vi.
Miré con detenimiento cada rincón de la habitación. Miré debajo de la cama, detrás del armario desvencijado, incluso la ventana, que seguía cerrada y trabada desde dentro. El vacío era absoluto.
—¿En qué nos has metido, Valka? —pregunté, sintiendo que el vello de mis brazos se erizaba. El peso de mi cuaderno en la mano se sentía ahora como el de una lápida.
—¡¿Yo qué?! —respondió ella, girando sobre sus talones, con el acero brillando peligrosamente—. Ella fue la que se sentó en mis piernas, bardo. ¡Ella fue la que habló!
—Las personas normales, los humanos… ¡no desaparecen de la nada en una habitación cerrada, mujer! —exclamé, tratando de mantener la calma mientras mi mente buscaba una explicación lógica y fallaba estrepitosamente—. ¿A qué tipo de criatura estabas seduciendo? ¿O acaso ella nos estaba seduciendo a nosotros?
Valka apretó los dientes, guardando su espada con un gesto brusco que denotaba una furia contenida.
—¡Cómo carajo voy a saberlo! —escupió—. Parecía real. Olía a mujer, pesaba como una mujer. Pero esto… esto no es normal.
—Sea lo que sea… no parece que le molestara que supiéramos lo del monasterio —añadí, observando el lugar donde ella había estado—. Si me lo preguntas, nos ha dado la información porque quiere que vayamos allí. Nos ha servido el plato y ahora espera que nos sentemos a la mesa.
—La maldita nos estará esperando en el monasterio —interrumpió Valka, con los ojos fijos en la puerta—. Lo que sea que habite en ese edificio de los Mártires, sabe que estamos aquí. Desiré era el cebo, o quizás el portero.
Me acerqué a Valka, tratando de recuperar mi compostura de cronista imperturbable. Me puse a su lado y, por un impulso de camaradería ante el misterio, le puse una mano en la cintura para guiarla hacia la salida.
—Yo digo que no la hagamos esperar —dije con mi mejor tono de galán de tragedia—. Si el destino nos invita a un baile de sombras, lo menos que podemos hacer es presentarnos con nuestra mejor gala.
El movimiento de Valka fue tan rápido que no tuve tiempo de reaccionar. Antes de que pudiera terminar de hablar, sentí el pomo frío de su espada, la que ella llama Penitencia, golpeando mis partes nobles con una precisión quirúrgica.
Me doblé instantáneamente, soltando un gemido ahogado mientras el mundo se volvía de un color violáceo y el aire desaparecía de mis pulmones.
—Yo digo que no me toques si no te lo pido, bardo —gruñó Valka, mirándome desde arriba con una frialdad absoluta—. A menos que quieras perder la mano y algo más de lo que presumes en tus canciones.
—Claro… cariño… —respondí con la voz una octava más aguda de lo normal, intentando recuperar la verticalidad mientras me sujetaba el estómago—. Mensaje… recibido. ¿Continuamos la luna de miel? Ya confesamos nuestros pecados ante esa aparición… supongo que es hora de ir por nuestra Penitencia al Monasterio de los Mártires.
Valka me miró, y por un momento, la tensión se rompió con una sonrisa depredadora que me devolvió la confianza.
—Esa actitud sí me gusta, bardo —dijo ella, abriendo la puerta de la habitación y saliendo al pasillo oscuro—. Vamos. Si vamos a morir en un nido de fanáticos, al menos quiero que sea antes de que se me pase el efecto de la cerveza.
Salimos de la posada bajo la luz de una luna que parecía observar Brezal Bajo con un ojo ciego. El monasterio, en la colina, ya no parecía un edificio de piedra, sino una bestia agazapada esperando su ración de carne. Y nosotros, con el paso firme y el corazón acelerado, caminábamos directamente hacia sus fauces.
(Narra Viktor)
El Monasterio de los Mártires se alzaba sobre la colina de Brezal Bajo como una promesa de paz, pero una vez que cruzamos el umbral de piedra, la realidad empezó a desmoronarse bajo nuestros pies. El silencio en el interior era absoluto, un silencio artificial que no pertenecía a un lugar habitado por hombres de fe. Avanzamos por los pasillos laterales, donde las sombras se estiraban como dedos negros sobre el suelo de caliza.
Pasamos frente a las celdas de los monjes. Las puertas estaban abiertas de par en par, revelando habitaciones vacías con las camas perfectamente tendidas, las sábanas de lino tirantes y los rosarios de madera descansando sobre las mesitas de noche como reliquias de una vida que alguien había abandonado a toda prisa. No había rastro de lucha, ni de huida; simplemente, los habitantes de este lugar parecían haber sido borrados de la existencia.
—Esta demasiado ordenado, bardo —susurró Valka, con la mano derecha acariciando el pomo de Penitencia. Sus ojos escaneaban cada rincón oscuro—. Un lugar abandonado suele tener polvo, o señales de descuido. Aquí parece que alguien pasa la escoba cada hora sobre el vacío.
Llegamos a la capilla central. Si el exterior era sobrio, el interior era un grito de opulencia obscena. El oro recubría las molduras de los arcos y el mármol negro pulido reflejaba la luz de cientos de velas que ardían sin consumirse. Pero no fue el lujo lo que nos detuvo en seco, sino la efigie que presidía el altar. No era la palma de Malakor, ni ninguna de las representaciones habituales de la fe imperial.
Era una estatua de un hombre de rasgos severos, tallada en un material que no era piedra ni metal, sino algo que recordaba al marfil viejo. Tenía múltiples brazos que parecían brotar de su espalda en una danza geométrica, y su rostro carecía de ojos; en su lugar, tenía cuencas vacías que parecían mirar hacia adentro.
Valka se detuvo, soltando un bufido de desprecio mezclado con una genuina confusión.
—¿Qué carajo es eso? —soltó ella, sin bajar la guardia—. No es un dios que yo conozca. Parece que un gigante se hubiera sentado sobre un hombre y le hubieran salido brazos por los costados para intentar no morir aplastado. Es grotesco.
Sentí un escalofrío que me recorrió la columna, un terror ancestral que ninguna de mis baladas había logrado capturar jamás. Mis piernas flaquearon y tuve que apoyarme en un banco para no caer.
—Esa criatura… —mi voz salió como un susurro roto—. El pueblo nunca lo llamó Dios, Valka. El clero de Malakor no lo reconoce, ni ningún otro culto lo acepta como una divinidad. Esa cosa no fue un dios; fue el primer hombre que entendió que la carne mentía y podía ser reescrita. Según sus textos prohibidos, nada es sagrado, todo es terrenal, incluso el alma. Se le conoce como Hohenhaim. Ni siquiera nosotros, los bardos, contamos su historia en las tabernas; es un nombre maldito que se susurra solo en los sótanos de las academias prohibidas.
Valka me miró, y por primera vez en mucho tiempo, vi una grieta de duda en su expresión de hierro.
—¿Hohenhaim? ¿Y por qué el Clero tendría una estatua de un maldito anatomista en su altar principal?
—No lo sé, Valka… y por primera vez en mi vida, te juro que no sé si quiero saberlo —respondí, ajustándome el sombrero con dedos temblorosos—. Pero si el Clero está investigando los archivos y textos de Hohenhaim en secreto… esta guerra está a punto de volverse aún más cruda y visceral. Ya no peleamos solo contra fanáticos, sino contra hombres que quieren jugar a ser creadores.
Seguimos avanzando, dejando atrás la capilla dorada para internarnos en la zona de servicio. Tras una pesada alfombra que cubría el suelo de la sacristía, Valka encontró una trampilla de hierro reforzado. Al abrirla, un aire rancio, cargado de un olor metálico y químico, nos golpeó la cara.
Descendimos al sótano, y la “normalidad” del monasterio terminó para siempre.
Lo que vimos abajo era una pesadilla. El sótano había sido excavado profundamente, convirtiéndose en un laberinto de laboratorios. Vimos hombres encadenados a mesas de madera, con sus cuerpos cubiertos de cicatrices profundas que formaban círculos de transmutación cortados directamente en sus pieles. Algunos tenían miembros de animales injertados que se movían con espasmos; otros eran intentos de mezclas entre hombres y criaturas que no sabría nombrar, masas de carne amorfa que aún supuraban un líquido rosáceo.
Restos humanos podridos se amontonaban en rincones, mezclados con probetas rotas y libros de anatomía empapados en bilis. Pero lo más reciente era lo que más dolía: avanzamos unos metros y vimos a un par de niños vivos, sentados en jaulas de metal. No lloraban, no gritaban; solo miraban al frente con una vacuidad aterradora mientras cánulas de plata y cables de cobre se hundían en sus pequeños cuellos, extrayendo y bombeando sustancias que hacían que sus venas brillaran con una luz violeta.
—Los usan para experimentar… —la voz de Valka era un rugido contenido—. No es un sacrificio, son experimentos de mierda. Tenemos que dejar este lugar reducido a cenizas, bardo. Quisiera salvar a estos niños, pero si están más allá de toda ayuda posible… deben arder con este lugar.
—Eres fría, Valka —respondí, sintiendo el peso de la lógica brutal de la guerra—, pero tienes razón en eso. No podemos permitir que esta semilla de horror siga creciendo.
fue entonces cuando una sombra se separó de la oscuridad al fondo de la estancia. No caminaba como un ser humano, sino con una ligereza antinatural. Era una criatura de pesadilla: su piel era de un tono violáceo pálido, translúcido bajo las luces rúnicas. Sus cuernos, afilados y oscuros, coronaban un rostro de una belleza perfecta pero alienígena. Vestía apenas jirones de seda y placas de metal que apenas ocultaban su naturaleza deformada. Sus ojos eran cuencas vacías de un negro absoluto que parecían devorar la voluntad de cualquiera que los mirara.
Valka se puso frente a mí, cruzando sus espadas gemelas.
—¿Dónde está Desiré? —preguntó Valka, con la voz cargada de una amenaza letal—. ¿Qué le han hecho a la mujer de la taberna?
La criatura soltó una risa que no salió de una garganta, sino que pareció vibrar directamente en nuestras mentes.
—¿No me reconoces, dulzura? —preguntó la aparición, lamiéndose los labios con una lengua bífida—. Es una pena. Creí que de verdad había nacido algo especial entre nosotras en esa habitación de mala muerte.
Me quedé helado. No había forma de conectar a la cortesana de ojos chispeantes con este monstruo de piel violeta y cuernos, excepto por ese tono burlón y la forma en que pronunciaba cada sílaba.
—¿Desiré? —susurré, con el horror subiendo por mi garganta—. ¿Qué carajos están haciendo aquí? ¿Cómo es posible que seas tú?
—¿No es obvio, pequeño bardo? —dijo la criatura, paseándose entre las cubas de los niños—. Mejoramos a la humanidad. Ustedes, con su pequeña rebelión, han hecho sangrar a las Llagas y a los mismos demonios. Aquí usamos esa sangre para imbuir a la humanidad de un nuevo poder y propósito. Sin pactos que te aten, sin bendiciones de dioses hipócritas…ni maldiciones de males superiores o el demonio mismo…solo evolución, mi querido amigo. Una evolución forjada en el dolor…Hierro y sangre.
—Los matarán a todos —intervino Valka, y el brillo de sus espadas gemelas pareció intensificarse—. No es posible que esto funcione. El cuerpo humano tiene un límite, no puedes forzar el cambio, vimos todos los experimentos fallidos.
—Ah, ¿no? ¿Y qué crees que tienes frente a ti, guerrera? —la criatura rió de nuevo—. Soy la prueba viviente de que la humanidad puede y debe evolucionar. Yo fui una de esas “gotas” humanas antes de que el proceso me hiciera perfecta. Lo que ves no es una posesión; es el siguiente paso en la escala de la carne.
—Creí que este lugar servía al Clero —dijo Viktor, señalando los símbolos de Hohenhaim en las paredes—. Creí que la fe era lo que movía sus engranajes.
La criatura soltó una carcajada genuina, una risa que contenía un desprecio infinito por todo lo sagrado.
—Ya que estás a punto de morir, bardo, te contaré un secreto que hará que tus canciones suenen a mentira… La fe no importa. Nunca importó. Es el ser humano quien está manipulando a dioses y demonios a su conveniencia en este laboratorio. Balthazar no busca erigir templos ni nuevos cultos a Malakor. La fe es solo el pretexto, la máscara que usa para obtener la ayuda del Clero y el oro del Imperio. Las Llagas son solo herramientas, fuentes de energía que él ordeña para llegar a los Males Mayores.
Se acercó a nosotros, y su aura de seducción era tan potente que el aire empezó a vibrar con una frecuencia dolorosa.
—Y yo… yo soy la prueba de que los hombres podemos volvernos dioses sin pedir permiso al cielo. Cuando todo esto acabe, Balthazar no será un emperador, ni un alto inquisidor del clero. Será el único Dios-Rey en este mundo, el único ser capaz de llevar a cabo la gran visión de Hohenhaim. La carne ya no mentirá, Viktor. Dirá exactamente lo que nosotros queramos que diga.
Valka cruzó sus espadas, y sus ojos se clavaron en la criatura con un odio que no conocía la piedad.
—Balthazar puede llamarse a sí mismo como quiera —dijo Valka, sintiendo cómo la adrenalina borraba el cansancio—. Pero para mí, solo es otro pedazo de carne que necesita ser cortado. Y voy a empezar por ti, “evolución”.
Me preparé, ajustando el laúd y buscando en mi mente una melodía que pudiera quebrar la concentración de esa magia abisal. Si el hombre estaba tratando de volverse Dios a través del sufrimiento de los inocentes, mi crónica tendría que ser escrita con algo más que tinta. Tendría que ser escrita con fuego y el lamento de los que no pudieron ser salvados.
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