Hierro y Sangre - Capítulo 148
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Capítulo 148: Capítulo 148: El Reloj de la Eternidad
(Narra Viktor)
El aire en el sótano del monasterio se volvió sólido, saturado de una energía que hacía que el vello de mis brazos se erizara. No hubo más preámbulos. La criatura que una vez llamamos Desiré soltó un alarido sordo, una vibración que resonó más en mis huesos que en mis oídos, y se lanzó al ataque. Sus manos, ahora terminadas en garras de obsidiana, rasgaron el aire con una velocidad que mis ojos apenas podían seguir.
Valka, sin embargo, no era una simple espectadora de la muerte. Se movió con la fluidez del agua, esquivando el impacto de las garras con un paso lateral milimétrico. En un mismo movimiento, levantó a Pecado para desviar el segundo zarpazo y, aprovechando la inercia del monstruo, descargó un revés devastador con Penitencia. El acero brilló bajo la luz rosácea de las cubas y, con un sonido seco de carne y hueso cediendo, la cabeza de la criatura salió volando.
El cuerpo decapitado dio dos pasos erráticos antes de desplomarse pesadamente sobre el suelo de piedra, salpicando un líquido oscuro y viscoso que bullía como ácido. La cabeza rodó por el suelo, deteniéndose justo a los pies de la guerrera. Valka, con una calma que me resultó aterradora, guardó una de sus espadas, se agachó y tomó la cabeza por el cabello oscuro y enmarañado. La levantó a la altura de sus ojos, con una expresión de puro desprecio.
—Vaya mierda de evolución la tuya —escupió Valka, mirando las cuencas vacías de la cabeza cercenada.
—¿Qué… no te gustó? —respondió la cabeza.
Sus labios violetas se curvaron en una sonrisa obscena, revelando hileras de dientes afilados. El sonido no venía de su garganta, sino que emanaba de la carne misma. Valka soltó un grito de asco puro y lanzó la cabeza contra la pared con todas sus fuerzas. Pero antes de que el cráneo chocara contra la piedra, el cuerpo decapitado en el suelo se tensó y se impulsó hacia arriba con una agilidad inhumana.
Antes de que Valka pudiera reaccionar, el tronco sin cabeza le asestó un puñetazo brutal directamente en el rostro. Escuché el crujido del cartílago de su nariz al romperse. Valka salió despedida hacia atrás, chocando contra una mesa de instrumental alquímico. El cuerpo, con una precisión escalofriante, atrapó su propia cabeza en el aire antes de que tocara la pared y se la volvió a colocar sobre los hombros, ajustándola con un par de giros secos, como quien se acomoda una prenda de vestir mal puesta.
—Esto se va a poner feo —mascullé, sintiendo un sudor frío recorrerme la frente.
Metí la mano en el bolsillo oculto de mi pecho y extraje mi estoque de plata, una pieza fina que solía usar más para presumir que para pelear, pero que en ese momento se sentía como mi única ancla a la realidad. Valka se puso en pie, limpiándose la sangre que brotaba de su nariz con el dorso de la mano. Sus ojos centelleaban con una furia asesina que prometía una carnicería.
—Lindo truco, bardo —masculló ella con voz gangosa—. Mejor que sacar un conejo del sombrero, sin duda.
—Los magos tienen sus secretos, querida —respondí, aunque mis manos temblaban un poco—. Y los bardos tenemos bolsillos con dimensiones… cuestionables.
Desire soltó una carcajada estridente y se preparó para una nueva embestida. Flexionó sus piernas deformes y corrió hacia nosotros. Valka y yo adoptamos una posición defensiva, hombro con hombro, esperando el impacto que seguramente nos destrozaría los huesos. Pero entonces, el mundo entero pareció romperse.
Un sonido ensordecedor, como si un trueno hubiera nacido dentro de nuestras propias cabezas, sacudió el lugar. Fue seguido instantáneamente por un destello cegador, una luz blanca y pura que borró las sombras del laboratorio y nos dejó sin visión.
—¡Qué carajo! —gritó Valka, cubriéndose los ojos con el brazo.
—¿Estás bien? —pregunté, parpadeando frenéticamente mientras las manchas de luz bailaban en mi retina.
—Sí… eso creo… Pero ¡¿dónde está la perra?!
Nos tallamos los ojos con desesperación. Cuando mi visión finalmente se ajustó, me quedé sin aliento. El tiempo se había detenido. No era una forma de hablar; era una realidad física. Desire estaba congelada en el aire, a mitad de su carrera, con las manos extendidas y las garras a centímetros de nosotros. Las gotas de sangre que habían saltado de la nariz de Valka flotaban en el aire como rubíes suspendidos en cristal. El humo de las antorchas se había convertido en columnas sólidas de gris ceniciento. No se oía nada: ni el zumbido de las cubas, ni el goteo del agua, ni siquiera el latido de mi propio corazón.
Ambos nos acercamos el uno al otro, expectantes, sintiendo que el aire alrededor de nosotros comenzaba a vibrar con una frecuencia que hacía castañear mis dientes. Detrás de nosotros, el eco de unos pasos lentos y pesados rompió el silencio antinatural. Nos volvimos con las armas listas, con el miedo apretándonos la garganta.
De entre las sombras de las columnas traseras, emergió el anciano. Su apariencia era abrumadora: vestía túnicas oscuras bordadas con runas doradas que parecían flotar sobre la tela. Su barba blanca caía en cascada sobre su pecho, pero lo más inquietante eran sus ojos: dos orbes que brillaban con una luz rosácea y cósmica, rodeados de una negrura que recordaba al espacio profundo. Sobre su cabeza, la capucha parecía contener una galaxia entera, con estrellas parpadeantes que se movían en un vals eterno.
Caminó hacia nosotros con una calma que resultaba insultante en medio de tanto horror, ignorando por completo a la criatura congelada a su lado.
—Vaya, vaya… —dijo la enigmática criatura, con una voz que sonaba como el roce de dos montañas de granito—. Pero ¿qué tenemos aquí? Dos gotas que han decidido salirse del cauce antes de tiempo.
Valka apretó el agarre de sus espadas, pero no se movió. Había algo en la presencia de ese hombre que hacía que cualquier intento de violencia se sintiera ridículo, como un niño intentando apuñalar al océano.
—¿Quién eres tú? —preguntó ella, con la voz todavía afectada por el golpe—. ¿Otro experimento de este lugar?
El anciano se detuvo frente a nosotros, y pude ver que las runas en sus vestiduras cambiaban de forma mientras hablaba.
—Soy el que observa cuando el reloj se detiene. Soy el que cuenta las gotas antes de que el mar se seque —respondió, clavando su mirada estelar en mí—. Viktor, el bardo de las palabras vacías, y Valka, la espada que busca un propósito en la sangre. Han llegado muy lejos en una dirección muy peligrosa.
Me sentí desnudo bajo su mirada, como si estuviera leyendo cada estrofa mal escrita de mi vida. Aquella figura no pertenecía al Imperio, ni a las Llagas, ni a nada que mi razón pudiera procesar. Estábamos frente a algo que existía antes de que la primera piedra de este monasterio fuera colocada.
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