Hierro y Sangre - Capítulo 149
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Capítulo 149: Capítulo 149: El Segundo Ciclo
(Narra Viktor)
El silencio que siguió a las palabras del anciano no era un silencio ordinario. Era el vacío absoluto, una ausencia de sonido tan profunda que podía sentir el roce de mi propia sangre circulando por mis venas. Valka se mantenía rígida a mi lado, con sus espadas gemelas aún en guardia, pero sus ojos azules, usualmente cargados de una determinación feroz, mostraban una sombra de desconcierto que nunca antes le había visto. Frente a nosotros, la criatura que fue Desiré seguía congelada en el aire, una estatua de carne violeta y odio suspendida en un instante que ya no le pertenecía.
El anciano, cuya capucha parecía contener el firmamento entero, extendió una mano huesuda hacia el espacio vacío entre nosotros.
—¿Quién eres y que haces aquí? —pregunto Valka
—Existen nueve universos —comenzó a decir el anciano, y su voz no solo llegaba a mis oídos, sino que resonaba en la base de mi cráneo, como si cada palabra fuera una verdad fundamental grabada en el tejido de la creación.
Frente a él, nueve esferas de cristal brotaron de la nada, flotando en el aire estático del laboratorio. Se alinearon con una precisión matemática, formando tres filas de tres. Ocho de ellas eran claras, brillantes como diamantes bajo la luz de una estrella lejana, pero la esfera central era distinta. Era de un negro absoluto, un vacío que parecía absorber la luz de las antorchas y el brillo de las cubas de transmutación. Esa perla de negrura se colocó justo en medio, rodeada por las otras ocho.
—Imaginen que los universos son estas esferas —continuó el anciano, señalando la formación—. El universo central es el Mar de las Almas. Los otros ocho están a su alrededor, nutriéndose de él, obteniendo vida de una fuente casi infinita.
—No estoy seguro de estar entendiendo— dije murmurando.
El anciano simplemente ignoro mis palabras y continuo hablando
—Estos universos se crearon simultáneamente, en una explosión de voluntad que su lenguaje apenas puede nombrar. En todos hay vida, en mayor o menor medida. Excepto en el central.
Me acerqué un paso, hipnotizado por la danza de las esferas. Mi mano, que aún sostenía el estoque que había sacado de mi bolsillo, bajó lentamente. El “truco” de mi arma me parecía ahora una nimiedad infantil frente a esta geometría cósmica.
—El centro es literalmente un océano prácticamente infinito —explicó el anciano, y una de las esferas claras comenzó a orbitar la negra—. Un océano donde cada gota es un alma. Estas almas viajan a otros universos, escapando del centro para vestirse de carne, de escamas o de sombras. Con cada nacimiento, el Mar Primigenio se seca un poco más, gota a gota.
—¿Y qué pasa cuando el mar se queda vacío? —preguntó Valka. Su voz sonaba pequeña en esa inmensidad, aunque su tono seguía siendo el de la guerrera que no se rinde ante nadie.
—Cuando el Mar se agota, el equilibrio se rompe —el anciano cerró el puño y las esferas temblaron—. Cuando la última vida se agota en el último universo. Todos los universos se destruyen en un instante y vuelven a nacer. Es el Gran Reinicio. Después de la Creación Inicial, nada más se crea ni se destruye, en la totalidad de la existencia; todo simplemente cambia de forma. Al morir los universos, el Mar es el primero en regenerarse, un poco diferente a como fue antes, listo para que las gotas vuelvan a fluir hacia fuera en un nuevo intento de existir.
Tragué saliva, sintiendo que mi garganta estaba seca como el desierto. Pensé en todos los poemas que había escrito sobre la muerte definitiva, sobre el paraíso y el olvido.
—Lo que ustedes llaman “inexistencia” —dijo el Observador, mirándome directamente a los ojos, como si supiera que estaba pensando en Ariadne— es solo un alma que se fue de su universo designado de vuelta a ese Mar antes de tiempo. Es una contradicción esperando el reinicio. Cada bestia que cazas, Valka; cada animal que consumes; cada criatura, cada dios o demonio al que temes o adoras… no es más que una gota de ese Mar. Todos son iguales en esencia.
Valka soltó una risa seca, casi histérica, mientras se limpiaba la sangre de la nariz que aún goteaba, quedando suspendida en el aire congelado.
—¿Me estás diciendo que ese monstruo violeta de ahí y yo somos la misma cosa? —preguntó ella, señalando a la criatura paralizada—. ¿Qué el bardo y yo somos gotas de la misma sopa?
—Así es —respondió el anciano sin inmutarse—. Como dije, nada más se crea ni se destruye, así como hay un número finito de planetas y estrellas en el firmamento, lo hay de almas en ese Mar. Y cuando se agoten, el ciclo reinicia, pues, así como la muerte es una certeza, la vida también es inevitable. Usualmente, un alma que vivió y murió espera en otro plano, lo que ustedes llaman cielo o infierno, que no son más que remansos de los otros universos. Pero regresar una gota al Mar Primigenio por la fuerza… eso es difícil. Es una herida en la lógica de la realidad misma, un desgarro en el tapiz universal.
Hizo una pausa y la esfera negra del centro brilló con una intensidad inquietante.
—Sin embargo, esta guerra santa que libran ustedes, con sus sacrificios y sus artes prohibidas, de alguna manera lo ha logrado. Ariadne y todas sus víctimas existen y no a la vez. Son gotas que han vuelto al Mar por una vía que no debían tomar, y ahora deben esperar allí hasta que el ciclo las devuelva a este u otro universo. ¿Lo entienden ahora? ¿O les quedaría más claro si les digo que ustedes están viviendo el Segundo Ciclo? Todas las almas pasaran al tercer ciclo…excepto ellas que irán por el cuarto.
El aire pareció volverse más pesado, si es que eso era posible. Valka y yo nos miramos, compartiendo por primera vez un terror que no tenía nada que ver con el acero o la sangre.
—El Mar ya se agotó una vez —sentenció el viejo, y su voz cargó con el peso de los eones—. Yo estuve ahí para verlo. Vi cómo se apagaron las ocho luces y vi cómo el Mar volvió a llenarse. Así como los veo ahora a ustedes, rompiendo las reglas universales.
Se acercó a la criatura congelada, tocando con un dedo largo una de sus garras de obsidiana.
—Deben detener a las Llagas —dijo, volviéndose de nuevo hacia nosotros—. Y a los llamados Males Mayores de este universo. No es una cuestión de moralidad, ni de quién tiene el derecho a gobernar. Es una cuestión de integridad. Si no lo hacen, si siguen permitiendo que Balthazar y sus aliados alteren el ciclo de esta manera, el próximo en venir no será un Observador como yo.
—¿Quién vendría entonces? —pregunté, aunque en el fondo de mi alma ya sabía la respuesta.
—Un Ejecutor —respondió el anciano, y por primera vez vi algo parecido a la lástima en sus ojos cósmicos—. Sería una pena tener que destruir todo un universo, este universo, solo para limpiar el error. Dejaría todas sus almas en espera por lo que parecería una eternidad, hasta que se decida iniciar un tercer ciclo. Devolver las almas al Mar antes del Gran Reinicio atenta contra la lógica de la vida y la realidad misma. Es un cortocircuito que el equilibrio no permitirá por mucho tiempo.
Valka bajó sus espadas del todo. El metal de Penitencia y Pecado ya no parecía tan imponente ante alguien que hablaba de la muerte de las estrellas como si fuera el cambio de las estaciones.
—¿Y qué se supone que hagamos? —preguntó ella, con una voz que recuperaba su filo—. Solo somos un bardo charlatán y una mujer que sabe matar. No somos dioses, ni tenemos esferas de cristal.
—Son gotas con voluntad —respondió el Observador—. Y en este momento, son las únicas gotas que están en la posición correcta para tapar la grieta. Esta guerra de Balthazar… es el primer paso para perforar el fondo del Mar, Él no lo sabe, pero romper el balance provocara grietas en el mar de las almas, ese pozo solo sabe vaciarse, llenarse de nuevo gota a gota…la altera. Si logran replicar el poder de las Llagas en humanos, crearán seres que no pertenecen a ningún ciclo, que devolverán almas al Mar antes de tiempo.
Miré a los niños en las cubas, sus rostros congelados en ese éxtasis artificial. Ya no los veía como víctimas de un experimento alquímico, sino como los catalizadores del fin de todo lo que conocíamos.
—Balthazar quiere ser el Dios-Rey —dije, sintiendo cómo la ira reemplazaba al miedo—. Quiere ser el dueño de todo el poder conocido y por conocer, si el supiera esto…
—Él no entiende lo que busca —concluyó el Observador—. Nadie puede poseer el Mar. Tienen que destruir este lugar. Tienen que detener la cosecha antes de que el Ejecutor sienta la necesidad de intervenir.
El anciano comenzó a retroceder hacia las sombras de las que había salido. Las esferas de cristal empezaron a desvanecerse, una por una, dejando a la esfera negra para el final.
—El tiempo volverá a fluir en un suspiro —advirtió—. La criatura recuperará su velocidad. Su “evolución” es un error que deben corregir. No obliguen al ejecutor a venir con una espada en lugar de una advertencia.
—¡Espera! —gritó Valka—. ¿Cómo te llamas? Si vamos a salvar el maldito universo, al menos dime a quién debo maldecir si fallamos.
El anciano no respondió con un nombre. Simplemente nos dedicó una última mirada cargada de estrellas y desapareció en la negrura absoluta.
El aire volvió a vibrar. Las gotas de sangre que flotaban frente a Valka cayeron al suelo con un “clac” sonoro. El zumbido de las cubas regresó como un martillazo en los oídos. Y frente a nosotros, la criatura de piel violeta terminó su carrera, sus garras cortando el aire justo donde habíamos estado hace un instante eterno.
—…¡los mataré a todos! —completó Desire su grito, sin ser consciente de que el universo entero se había detenido para juzgarla.
Valka esquivó el ataque por puro instinto, pero esta vez no había duda en su rostro. Solo una resolución gélida. Me miró por encima del hombro, y aunque su nariz seguía rota y sangrante, sonreía.
—¿Escuchaste al abuelo, Viktor? —dijo, recuperando el estoque que yo aún sostenía—. Parece que nuestra luna de miel se acaba de volver obligatoria para la supervivencia de la existencia. Deja de escribir y empieza a tocar algo que duela. Tenemos un error que borrar.
Me coloqué en guardia, sintiendo que cada nota de mi laúd y cada estocada de mi arma tenían ahora un peso que ninguna rima podría jamás igualar. Éramos gotas, sí, pero gotas que estaban a punto de provocar una tormenta.
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