Hierro y Sangre - Capítulo 157
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Capítulo 157: Capítulo 157: El Camarote del Bardo
(Narra Einar)
Viktor se movía con una agilidad exasperante mientras cortaba las ataduras de los demás. Sus dedos, acostumbrados a la precisión de las cuerdas del laúd, deslizaban la daga con una elegancia que contrastaba con la carnicería que nos rodeaba. Me acerqué a Raven, que seguía de rodillas, con la piel tan pálida que parecía de alabastro bajo la luna. Le puse una mano en el hombro, ayudándole a incorporarse.
—Justo como lo pensé —susurró el elfo, con la voz apenas audible por el cansancio—. Puedes oler las intenciones, druida.
—Te arriesgaste mucho, Raven —le respondí, sintiendo cómo la adrenalina de Fenrir empezaba a retirarse, dejándome un sabor amargo en la boca—. Más de lo que crees.
—Más de lo que tú crees, druida —replicó él con una sonrisa débil y sombría.
Chasqué los dedos y un virote en llamas brotó de mi garra de oricalco, impactando en los restos de la hoguera para avivarla con fuerza. El fuego crepitó, arrojando sombras largas sobre el campo de batalla. Dejé a Raven sentado cerca del calor y fui a buscar algo de pan y cecina entre las provisiones para que recuperara algo de la energía que perdió al detener tantos corazones al unísono.
Valka se acercó a paso firme. Sin decir una palabra, le soltó una bofetada a Raven que resonó en todo el campamento. El elfo no se movió, solo sujetó su mejilla roja.
—Eso es por el dolor que me causaste… imbécil —escupió la guerrera.
—También te salve —respondió Raven, mirándola con esos ojos fríos de hemomante.
Valka se inclinó hacia su oído, y aunque bajó la voz, alcancé a percibir el tono peligroso y ronco de sus palabras.
—Y eso te lo agradeceré a solas cuando te puedas mover —le susurró antes de alejarse.
Mientras tanto, Aelnora tenía acorralado al bardo cerca de los restos de la caja de madera. El bardo, impasible, afinaba las cuerdas de su instrumento como si estuviéramos en una taberna de lujo y no rodeados de cadáveres que empezaban a oler a hierro.
—No es que no me alegre verte, Viktor —decía la clériga, con las manos en la cintura—, ¿pero qué demonios haces aquí? Si Círdan encuentra a Melody, estará indefenso.
—Yo le dije al Filo que cuando encontrara a Melody sería muy tarde —respondió Viktor sin levantar la vista—, pero el necio prefirió seguir viendo sus mapas.
El bardo señaló con el mástil del laúd el cadáver de Dante, que yacía como una montaña de carne inerte a unos metros.
—Si ese tipo está aquí… Arleth y Melody no están lejos. Sin mí aquí, ustedes serían los primeros en morir. No dudo que Melody esté con el Padre Tomás y que nuestro siguiente “contratiempo” será la loca de las runas… Marchamos directo a una trampa.
Me acerqué a ellos, dejando a Raven con su comida.
—En ese caso, es bueno tenerte aquí para animar nuestra muerte con tu canto —dije, parándome junto a Aelnora—. ¿Todo en orden, grandulona? Creo que debemos partir en cuanto todos estén recuperados. Raven sigue débil, Ulm y Valka están adoloridos. Si marchamos a una trampa, ellos esperarán por nosotros de todos modos.
(Narra Ulm)
Me acerqué a Raven con el peso del mundo en mis hombros. El elfo me miró mientras masticaba un bocado de pan seco, adivinando mis pensamientos antes de que abriera la boca.
—Tranquilo, gigante —dijo, tragando con dificultad—. Solo lastimé a Valka. Aeris está bien y tu bebé también. Puedo sentirlos a ambos desde aquí, el vínculo de sangre no conoce distancias.
Sentí un alivio que casi me hace flaquear las piernas. Me incliné sobre él, proyectando mi sombra de mestizo de gigante sobre su figura delgada.
—No vuelvas a improvisar sin dar una señal… elfo loco —gruñí, aunque sin malicia real.
Me di media vuelta y fui a buscar provisiones. Necesitaba ocupar mis manos para no pensar en lo cerca que estuvimos de perderlo todo por un truco de magia de sangre.
(Narra Aelnora)
Un par de horas después, Valka estaba apartada del grupo, mirando las ascuas del fuego. Me acerqué a ella, sintiendo el cansancio en mis propios huesos. El peso de lo que el Observador le dijo seguía vibrando en mi mente.
—¿Crees que todos los muertos de hoy… volvieron al Mar Primigenio? —le pregunté en voz baja—. ¿Crees que el Observador esté… bueno… viendo?
Valka se quedó en silencio un momento y luego, para mi sorpresa, me rodeó con sus brazos. Me quedé rígida un segundo antes de relajarme en el abrazo.
—Creo que solo quienes mueren a manos de las Llagas vuelven al Mar —respondió ella contra mi hombro—. Quiero creer que a estos idiotas… los mandamos directo al infierno.
Le devolví el abrazo, y en ese momento la diferencia de estaturas se hizo evidente; mi cabeza quedaba bastante por encima de la suya, pero ella se aferraba con una fuerza inusual. Valka se recargó en mi pecho y soltó un comentario que me hizo parpadear.
—Qué suaves pechos, amiga.
—No digas tonterías, Valka —respondí, sintiendo el calor subirme a las mejillas, pero no rompí el contacto.
Aprovechando la soledad del rincón, Valka me miró a los ojos sin soltarme. Había un miedo genuino en su mirada, algo que la guerrera de hierro nunca dejaba salir.
—Tengo miedo, sabes… de que esta puta guerra siga escalando. Que pase algo más que eleve aún más el peligro para todos. Pero sobre todo… me da miedo fallar. Morir. Desaparecer o ser condenada a un limbo existencial durante eones… Quizá solo lo sintamos como un parpadeo, quizá ni lo notemos ni lo recordemos. El Observador dijo que este era el segundo ciclo y que las almas van y vienen… O sea que ya viví como algo o alguien más, pero no lo recuerdo. Aunque mi alma perdure y viva más ciclos… No quiero morir, Aelnora. Me gusta ser Valka.
Me quedé mirándola, conmovida por su confesión. A pesar de su bravuconería, Valka amaba su existencia con una intensidad feroz.
—Y a mí me gusta que seas Valka —le respondí de corazón.
Me incliné y la besé suavemente en los labios. Al separarme, le sonreí con la confianza que solo una clériga que ha desafiado a la muerte puede tener.
—Por si se te olvidó cómo vivir el puto momento: olvida lo que viene. Olvida a los dioses y demonios y dedícate a sobrevivir un día a la vez. Eso es lo que Valka sabe hacer mejor.
La solté, le guiñé un ojo y me retiré a buscar a Einar, sintiendo que mi propia fe se fortalecía al darle fuerzas a ella.
(Narra Valka)
Me quedé allí, tocándome los labios con los dedos, viendo cómo la clériga se alejaba.
—Esa maldita elfa aprendió de la mejor… y aprendió bien —dije para mí misma, con una sonrisa que no pude ocultar.
—Carajo, eso fue sexy.
La voz de Viktor sonó justo detrás de mí. Me di la vuelta como un resorte y lo tomé del cuello de la chaqueta, apretando hasta que sus pies casi dejaron de tocar el suelo.
—Si dices algo de esto a quien sea, si haces poemas o canciones que hablen de la clériga y la guerrera… te arranco las bolas, ¿entendiste?
—Ustedes los humanos y su mal carácter —dijo el bardo, con una calma que me irritó aún más.
—¿De nuevo con eso, bardo? —le cuestioné, apretando el agarre—. Dime entonces qué eres.
En un parpadeo, Viktor desapareció de mi mano. No se soltó, simplemente dejó de estar allí y reapareció varios metros atrás, ajustándose la solapa como si nada hubiera pasado.
—Todo a su momento, amiga mía —dijo con una sonrisa enigmática.
Se retiró hacia el trineo donde estaban los restos de la caja y, de un salto, se metió dentro de lo que quedaba de la estructura de madera. Lo seguí, furiosa por sus juegos, y salté dentro de la caja dispuesta a sacarlo de las orejas.
Pero no caí sobre astillas de madera. Caí sobre una alfombra mullida dentro de lo que parecía una enorme carpa de campaña de seda, con espacio suficiente para al menos diez personas, iluminada por lámparas de aceite que flotaban en el aire. El interior olía a sándalo y vino caro.
—¿Pero qué mierda…? —exclamé, mirando las paredes de tela que desafiaban las leyes de la física.
Viktor estaba sentado en un diván al fondo, sirviéndose una copa.
—Bienvenida a mi camarote, Valka —dijo, haciendo un gesto con la mano—. Ponte cómoda.
(Narra Valka)
El interior de la carpa de Viktor era un insulto a la lógica. Mientras afuera el valle apestaba a muerte y ceniza, aquí dentro el aire era fresco, impregnado de un aroma a sándalo que adormecía los sentidos. Me puse en pie, sacudiéndome el polvo de la batalla, y encaré al bardo. Él estaba recostado en su diván con una copa de vino en la mano, como si estuviéramos en una gala y no en el preludio del fin del mundo.
—¿Qué mierda eres, Viktor? —le espeté, sin bajar la guardia— Dime de una vez quién eres tú.
Viktor bebió un sorbo pausado y señaló su atuendo de gala con un gesto teatral.
— Ya conociste a un Observador, ya te hablaron de un Ejecutor…Yo soy algo así como un narrador, Valka. ¿No es eso obvio?
—¿Un narrador? ¿De qué diablos hablas? —di un paso hacia él, pero el bardo no se inmutó.
—Mira esto —dijo él, entornando los ojos—. Y entonces el gigante bostezó, incómodo por el extraño aroma de un hueso de pollo que estaba cerca de él. Ulm tomó los restos de la comida y los arrojó a la caja de la que había salido el bardo antes de volver a dormir.
—¿Qué? —respondí, confundida por su tono. Pero antes de que pudiera decir más, un hueso de pollo medio roído cayó del techo de la carpa, aterrizando con un golpe seco sobre la alfombra, justo entre nosotros dos.
Me quedé helada. Miré el hueso y luego a él.
—No me jodas, bardo… ¿puedes manipular la puta realidad?
—No, amiga mía, no puedo —respondió él, dejando la copa en una mesa que parecía haber aparecido de la nada—. Es algo así como una suerte de adivinación.
—Entonces puedes ver el futuro —dije, sintiendo un escalofrío—. Sabes lo que va a pasar en esta puta guerra. Por eso estás aquí, para apostar al caballo ganador.
—Algo parecido, pero no del todo, Valka. Además, entre más me involucro, menos puedo ver, pues mi futuro y destino no dependen de mi narrativa, sino de la de alguien más.
—No entiendo una mierda… —gruñí, apretando los puños—. ¿Cómo sé que no mientes? ¿Cómo sé que no tienes extraños poderes que te permiten obligarnos a hacer lo que sea?
Viktor me miró fijo a los ojos. Su mirada no era la de un hombre, tenía una profundidad que recordaba a un pozo sin fondo.
—Desnúdate —dijo con voz plana.
Solté una carcajada seca y cargada de desprecio. —En tus sueños, bardo.
Viktor no se inmutó. Simplemente volvió a hablar con ese tono narrativo: —Entonces la guerrera de las espadas notó por primera vez el extraño encanto del bardo y decidió acostarse con él.
—¡Que no va a pasar! —le grité, sintiendo cómo mi voluntad seguía intacta, aunque mi pulso se había acelerado por la rabia.
—¿Ahora me crees? —preguntó él, recuperando su tono normal—. No puedo ni quiero doblegar tu voluntad. No puedo ver todo el futuro y no soy yo quien narra esta historia, no del todo. Hay cosas más allá del control de cualquier criatura, incluso de las mías. Estoy aquí para ayudar y para crear nuevos versos. Nada más. ¿Esa respuesta te es suficiente?
Me quedé mirándolo un largo rato. El bardo era una anomalía, un error en el sistema que de alguna forma estaba de nuestro lado.
—Por ahora, bardo —respondí, relajando un poco los hombros—. Pero necesitaré más explicaciones. Y dime cómo mierda salir de aquí; no quiero explicar por la mañana por qué ambos salimos de una ca…
Antes de terminar la frase, el mundo dio un vuelco. En un parpadeo, la seda y el sándalo desaparecieron. Me encontré de pie frente a los restos de la hoguera, a metros de mis aliados que roncaban plácidamente. Viktor estaba ya acostado sobre las cajas de suministros, dándome la espalda, y la caja en la que acabábamos de entrar estaba cerrada y cubierta por una manta vieja, como si nunca se hubiera abierto.
Solté una risa silenciosa, negando con la cabeza. —Maldito bardo loco —murmuré antes de acomodarme en mi sitio y cerrar los ojos.
(Narra Ulm)
El amanecer en los restos de una guerra encarnada no trae luz, solo una claridad grisácea y sucia que apenas logra atravesar la neblina que emana del bosque. Me levanté con el cuerpo entumecido; el combate contra Dante me había dejado recordatorios en cada músculo. Desperté a los demás con un gruñido bajo, asegurándome de que Berg y el Aplastahuesos estuvieran listos.
Raven se puso en pie con movimientos lentos, aun recuperándose del desgaste de anoche, mientras Einar ayudaba a Aelnora a cargar el equipo. Nadie mencionó la masacre de los sectarios; los cuerpos ya estaban cubiertos por una fina capa de hollín, integrándose al paisaje muerto por la cercanía del volcán.
—Es hora —dijo Einar, ajustándose la garra de oricalco—. El Padre Tomás nos ha invitado a su mesa y no es de los que perdonan una tardanza.
Reanudamos la marcha en silencio. Con el paso del tiempo, el terreno se volvía más escarpado con cada paso, y el calor que emanaba del suelo empezaba a atravesar las suelas de mis botas. Viktor iba al frente, tarareando una melodía que no reconocía, pero que tenía un ritmo constante, como el latido de un corazón que se niega a detenerse.
Caminamos rumbo al Banquete de los Mártires. Podía sentir el azufre quemándome los pulmones, pero también la determinación del grupo. Íbamos directos a una trampa, lo sabíamos todos, pero después de lo de anoche, incluso las trampas del Padre Tomás parecían poca cosa comparadas con la furia que llevábamos dentro.
(Narra Raven)
El aire se volvió una sustancia sólida, una amalgama de ceniza y una estática mágica que me erizaba el vello de la nuca. A medida que ascendíamos por la falda del volcán, el tejido de la realidad se sentía más delgado, casi transparente. Caminaba un par de pasos detrás de Ulm, observando cómo el sudor empapaba su túnica; incluso para un gigante, este calor era opresivo. Mis dedos hormigueaban, un síntoma inequívoco de que la sangre que impregnaba la tierra aquí arriba no era vieja, sino que latía con una frecuencia que no pertenecía a este mundo.
—Deténganse —la voz de Einar cortó el siseo del viento sulfuroso.
Nos encontrábamos en el borde de una depresión natural, un anfiteatro de roca negra donde la vegetación había sido sustituida por huesos calcinados y estandartes de seda roja que ondeaban sin que soplara brisa alguna. El olor a carne asada se volvió insoportable, una mezcla nauseabunda de festín y carnicería.
Desde nuestra posición, podíamos ver el despliegue. No era solo una carpa roja; era un campamento de pesadilla. Las mesas, dispuestas en círculos concéntricos, estaban rodeadas por figuras que no se movían, sentadas con una rigidez cadavérica frente a bandejas rebosantes de vísceras.
—Miren allá —susurró Valka, señalando con el mentón hacia la entrada de la carpa principal—. Ese no es un clérigo normal.
Un hombre de túnica blanca inmaculada, que contrastaba de forma obscena con la suciedad del entorno, caminaba entre las mesas con un incensario de oro. Su paso era grácil, casi etéreo. El Padre Tomás. A su lado, una figura femenina envuelta en una capa de runas brillantes le seguía los pasos. Viktor no mentía; Melody estaba allí, su presencia vibrando como una nota desafinada en una sinfonía de horror.
—Gorrash, quédate con Ulm cerca de las bestias —ordenó Einar, su voz adquiriendo ese tono de Alfa, que no aceptaba réplicas—. Aelnora, Raven, conmigo. Vamos a entrar por el frente. Si esto es un banquete, es hora de que los invitados de honor tomen su lugar.
Aelnora ajustó su martillo, y por primera vez en este viaje, vi una sombra de duda en sus ojos ámbar. No era miedo a la muerte, sino a lo que representaba ese hombre. El “Piadoso” no buscaba matarnos, buscaba consagrarnos a su causa.
—Recuerden —añadió Viktor,— en la mesa de Tomás, el primer bocado siempre es el más amargo.
Revisé mis viales una última vez. El oricalco brillaba con una luz mortecina en mi zurrón. La trampa estaba abierta, las mesas servidas y el volcán rumiaba bajo nuestros pies como una bestia esperando a ser alimentada. Dimos el primer paso hacia el descenso, dejando atrás la cordura para entrar de lleno en el dominio de la locura teológica de Tomás.
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