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Hierro y Sangre - Capítulo 159

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Capítulo 159: Capítulo 159: El Llanto de las Runas

(Narra Aelnora)

En cuanto pusimos un pie en el anfiteatro de roca negra, la atmósfera se quebró con la fragilidad de un cristal golpeado. El aire, que ya era pesado por el calor volcánico, se volvió denso, saturado de una energía estática que erizaba el vello de mis brazos. El Padre Tomás y Melody, que hasta hace un momento caminaban con una parsimonia divina entre los comensales, intercambiaron una mirada fugaz. No hubo gritos, ni órdenes, solo un entendimiento silencioso y gélido. Sin decir palabra, corrieron a refugiarse en la carpa roja. El movimiento fue tan fluido, tan inhumano, que parecieron desvanecerse en la seda carmesí como sombras devoradas por la sangre.

—¡No dejen que cierren la entrada! —bramó Einar. Su voz desgarró el murmullo de los masticadores—. ¡Si entran ahí, los perderemos en las sombras!

Einar se lanzó ladera abajo con la garra de oricalco ya chispeando, dejando un rastro de brasas en el suelo calcinado. Valka, Viktor, Raven y yo lo seguimos, corriendo entre las mesas largas donde los comensales seguían ignorándonos, masticando con esa avidez de pesadilla, con los ojos en blanco y las mandíbulas desencajadas por la glotonería. El sonido de sus dientes chocando contra los huesos era un tambor constante que me revolvía el estómago.

Atrás, Ulm y Gorrash permanecieron en posición elevada junto a las bestias. Sus figuras recortadas contra el resplandor del magma parecían estatuas de antiguos dioses guardianes. Sus ojos escaneaban el perímetro, preparados para liberar su furia si la retaguardia se veía comprometida. Pero no llegamos a la carpa. Antes de que mis botas tocaran el suelo del anfiteatro, la tierra bajo nuestros pies comenzó a regurgitar.

Fue un sonido húmedo, un crujido de entrañas terrestres. De entre las mesas, el suelo se elevó en columnas de barro y piedra que tomaron formas humanoides grotescas, carentes de rostros pero rebosantes de malevolencia. A su lado, los montones de carne del banquete —restos de extremidades, costillares a medio devorar y vísceras expuestas— empezaron a coserse por sí solos bajo una voluntad invisible. Se formaron golems de tejido muscular y órganos que palpitaban rítmicamente, emitiendo un hedor a podrido que quemaba la nariz y nublaba la vista.

—¡Busquen la fuente! —grité, elevando mi maza Libertad. Golpeé a un golem de tierra que intentaba cerrarme el paso, sintiendo la vibración del impacto recorrer mi brazo, solo para ver con horror cómo la piedra se regeneraba al instante, sellando las grietas como si nunca hubieran existido—. ¡No son seres vivos, son marionetas!

Entonces la vi. Sobre un saliente de roca que dominaba el festín, Arleth estaba de pie. Sus manos se movían en un frenesí errático, como una directora de orquesta enloquecida. Dejaba caer runas de piedra tallada al suelo que brillaban con un azul eléctrico antes de hundirse en la tierra y dar vida a más y más monstruos. Tenía el rostro desencajado, las mejillas manchadas de lágrimas que se evaporaban al instante por el calor de su propia magia rúnica.

—¡Dante no regresó! —su voz, rota por una ira purulenta, resonó en todo el valle, apagando el sonido de la batalla—. ¡Lo mataron! ¡Siento el vacío de su sangre! ¡Los haré pagar, malditos… los haré pedazos con mis propias manos si es necesario! ¡Ustedes no saben lo que es perder la otra mitad de su alma!

(Narra Viktor)

Esto no estaba en mis versos más optimistas, ni en las crónicas que suelo imaginar mientras bebo vino barato. Esquivé el manotazo de un golem de carne que habría convertido mis costillas en astillas de madera vieja, moviéndome con una elegancia que mi cuerpo apenas podía sostener bajo este calor sofocante. Mi florete, una aguja de acero fino, brillaba bajo la luz rojiza mientras trazaba arcos defensivos.

—¡No pierdan el tiempo con la masa! —les grité, hundiendo mi hoja en el centro de un golem de barro, sintiendo la resistencia del fango mágico—. ¡Tienen que destruir las runas! ¡Están incrustadas en sus pechos o bajo sus pies! ¡Corten el hilo y la marioneta caerá!

Era una coreografía de locura absoluta. Valka era un torbellino de acero y odio, sus espadas gemelas cortando brazos de piedra que volvían a brotar como malas hierbas en un cementerio. Raven, por su parte, intentaba usar su control sanguíneo, pero se detuvo con una expresión de asco puro; los golems no tenían venas, solo la voluntad de Arleth incrustada en materia inerte. El elfo tuvo que recurrir a sus dagas, moviéndose con una eficiencia gélida, casi quirúrgica, para encontrar el punto exacto donde la piedra se unía a la magia.

—¡Es inútil! —rugió Raven, saltando hacia atrás para evitar un pisotón de un gigante de carne—. ¡Es como intentar desangrar a una montaña!

Einar, en su estado de furia, simplemente embestía. Su garra de oricalco al rojo vivo fundía la roca, dejando agujeros incandescentes en los pechos de las criaturas, pero por cada uno que caía, Arleth lanzaba tres runas más desde su posición elevada. El número de enemigos empezaba a ser abrumador, rodeándonos en un círculo de carne pútrida y piedra fría.

—¡Ulm! ¡Gorrash! —llamó Einar por encima del hombro, con los pulmones ardiendo—. ¡Necesitamos espacio o nos enterrarán bajo esta inmundicia!

(Narra Ulm)

Desde mi posición en la cresta, el campo de batalla parecía un hormiguero de carne y piedra en ebullición. El olor a ozono de las runas se mezclaba con el de la carne asada del banquete, creando un ambiente irrespirable. Al oír la voz de Einar, sentí cómo la adrenalina disparaba mi pulso. Solté al Aplastahuesos, mi bestia de guerra. El animal, sintiendo mi propia rabia fluyendo por las riendas, cargó ladera abajo como un alud de músculos y protecciones metálicas.

Gorrash no se quedó atrás. El orco desenvainó su Nodachi con un siseo que pareció cortar el aire mismo.

—¡Por la gloria y la sangre! —rugió Gorrash antes de saltar desde el risco.

Cayó en medio de la melé con un tajo descendente que partió a un golem de carne de arriba abajo, esparciendo vísceras mágicas por todo el suelo. Yo me abrí paso a base de hombros y pico de guerra. El peso de mi protección de oricalco me permitía ignorar los golpes menores de los golems; se sentían como gotas de lluvia contra una armadura de hierro. Me dirigí hacia el centro del caos, buscando las luces azules. Cada vez que mi pico encontraba una runa oculta en la piedra, el monstruo estallaba en una lluvia de grava inerte.

—¡Aguanten! —bramé, golpeando el suelo con mi bota para estabilizarme—. ¡Limpien el camino hacia la bruja!

Pero Arleth no se detenía. Parecía poseída por un espíritu de destrucción pura, sus dedos sangraban por la rapidez con la que grababa los símbolos en la roca.

(Narra Valka)

—¡Basta de juegos, bruja! —rugí, sintiendo el sabor del metal en mi boca. Vi una apertura, una línea recta hacia el saliente donde Arleth seguía invocando sus juguetes de piedra.

Me lancé hacia ella, ignorando los gritos de Aelnora. Salté sobre una mesa de banquete, esquivando los restos de una pierna humana asada que aún humeaba. El asco se transformó en combustible. Arleth me vio venir. Sus ojos, inyectados en sangre y nublados por el duelo, se clavaron en los míos. Me lancé con un tajo cruzado de Pecado y Penitencia, buscando terminar esto de un solo golpe.

Pero ella se movió con una agilidad felina que no esperaba de una rúnica. Esquivó mis hojas con giros precisos, casi burlones, mientras sus dedos seguían trazando símbolos en el aire que dejaban estelas moradas a su paso.

—¿Crees que eres rápida, mercenaria? —siseó Arleth. Su voz era un susurro gélido que logré escuchar a pesar del estruendo de la batalla—. Tú peleas por dinero o por honor. Yo peleo porque no tengo nada más que perder.

Al principio solo esquivaba, moviéndose entre mis tajos con una gracia mortal que me ponía de los nervios. Pero cuando logramos mermar la cantidad de golems gracias a la intervención bruta de Ulm y Gorrash, su actitud cambió. Su dolor, ese vacío que mencionaba por Dante, se transformó en un estallido de energía pura.

Arleth dejó de retroceder. Plantó los pies en la roca y sus manos se cargaron de una luminiscencia violeta tan intensa que hacía que el aire a su alrededor vibrara violentamente, distorsionando su figura.

—¡Sientan el peso de mi pérdida! ¡Sientan el vacío que dejaron en mí! —gritó con una potencia que hizo temblar el anfiteatro.

Lanzó un rayo de magia elemental, una descarga de fuerza rúnica pura que buscaba mi pecho como un depredador. Apenas tuve tiempo de reaccionar. Crucé mis espadas en X, cubriendo mi cuerpo con el oricalco de Pecado y Penitencia para intentar absorber el impacto.

El golpe fue como si un rayo me hubiera golpeado de frente. Sentí el metal de mis espadas vibrar hasta mis dientes, un zumbido doloroso que me nubló el cerebro. Mis pies perdieron el contacto con el suelo. Salí proyectada hacia atrás, cruzando el aire del anfiteatro como una muñeca de trapo, hasta estrellarme con un estruendo de madera rota en una de las mesas centrales del festín.

El impacto me sacó todo el aire de los pulmones. Quedé enterrada bajo restos de comida profana, astillas de madera y platos de plata abollados. El dolor en mi espalda era un incendio.

—Valka… —escuché la voz de Aelnora a lo lejos, sonaba preocupada, distante, como si estuviera bajo el agua. Mi vista se nubló por un segundo, viendo solo manchas rojas y violetas.

Arleth no se detuvo; ya estaba preparando la siguiente descarga. Sus manos temblaban por el esfuerzo, y esta vez, sus runas empezaban a brillar con el color naranja del fuego del volcán. La bruja ya no quería solo defendernos; quería borrarnos de la faz de la tierra para llenar el hueco que Dante había dejado. Intenté moverme, pero mis extremidades pesaban como el plomo. El banquete apenas estaba comenzando, y nosotros éramos el plato principal.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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