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Hierro y Sangre - Capítulo 160

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Capítulo 160: Capítulo 160: El Golem de Resonancia

(Narra Einar)

El aire crujió. No fue un sonido, fue un impacto seco en la base del cráneo. Antes de que pudiera parpadear, un rayo de energía violeta, puro y colérico me golpeó de lleno en el pecho. El oricalco de mi garra absorbió gran parte de la carga, pero la fuerza me mandó de espaldas. La descarga no se detuvo; saltó con un siseo eléctrico hacia Aelnora, luego a Gorrash, rebotó en Raven y terminó sacudiendo a Ulm y Viktor.

El dolor fue una línea de fuego recorriendo mis nervios. Todos caímos o retrocedimos, los pulmones ardiendo por el aire ionizado.

—¡Sanctum! —el grito de Aelnora resonó con fuerza.

La clériga clavó su martillo en la tierra y un domo de luz ámbar se expandió sobre nosotros. Dentro del perímetro, gracias a su propio núcleo mágico, empezó a “llover” una bruma curativa que calmaba las quemaduras de la descarga. Afuera, Arleth estaba desatada. Sus rayos golpeaban el domo rítmicamente, destruyendo incluso a sus propios golems de carne en un frenesí de destrucción ciega.

—¡Valka! —gritó Ulm, señalando a la guerrera que seguía inconsciente entre los restos de la mesa, fuera de nuestra protección.

Un rayo particularmente grueso voló directo hacia ella. En un movimiento desesperado, Viktor sacó su laúd y lo lanzó al aire. El instrumento interceptó la descarga en lugar de Valka, estallando en mil astillas de madera y metal. El bardo no esperó; salió corriendo del domo con una velocidad que me dejó estupefacto. Cargó a Valka sin el más mínimo esfuerzo y regresó al domo antes de que la siguiente descarga lo tocara.

—¿Tienes más instrumentos en el bolsillo, bardo? —preguntó Raven, jadeando por el esfuerzo—. Porque si Melody decide salir ahora, estamos jodidos.

Viktor se tocó el bolsillo del pecho, recuperando el aliento con una calma irritante. —Tranquilo, elfo. Estamos cubiertos.

—Miren eso… —masculló Gorrash, señalando a la rúnica.

(Narra Aelnora)

Los rayos se detuvieron de golpe, dejando un silencio aterrador. Arleth hizo un movimiento de manos, retorciendo sus dedos en el aire. De pronto, todas las runas que animaban a los golems restantes se desprendieron y volaron de regreso a su piel. Una vez en ella, las runas comenzaron a moverse por su cuerpo como cucarachas negras bajo la piel, reptando hasta juntarse en su esternón.

Vimos cómo empezaban a fundirse en un solo símbolo complejo que brillaba con una luz blanca cegadora. Con un grito de agonía, la runa final se desprendió de su carne, arrancándole la piel del pecho. Arleth sangró profusamente y cayó en una rodilla, pero no dejó de mover las manos. La nueva runa cayó sobre los restos de las cuerdas de oricalco del laúd de Viktor que habían quedado esparcidas.

El suelo tembló. De las astillas y el metal nació un golem alto, deforme y corrupto, de un tono azulado y translúcido.

—Mierda —susurró Viktor.

Gorrash no esperó. Se lanzó con una estocada de su Nodachi, buscando el cuello de la criatura. El golem simplemente levantó un brazo; el acero del orco chocó contra la extremidad con un sonido metálico seco, pero no dejó ni un rasguño. Einar corrió a ayudar, envolviendo su garra en un fuego iracundo y soltando un zarpazo brutal contra el costado del golem.

La magia de fuego se apagó al contacto con el cuerpo del golem, como si hubiera sido sumergida en agua helada. El golpe no tuvo efecto alguno.

—Esta mierda es tan fuerte como el oricalco —dijo Einar, retrocediendo hacia el grupo—, y en lugar de canalizar la magia, la anula. No podemos tocarlo con hechizos.

(Narra Ulm)

—¡Aléjense! —grité, viendo que la criatura se preparaba para aplastar a Einar.

Todos se dispersaron. Lancé uno de los explosivos de Aeris, una de las granadas de fragmentación térmica. El artefacto se pegó a la superficie azulada del monstruo y estalló en una bola de fuego y metralla. Cuando el humo se disipó, el golem seguía allí, impasible, sin una sola grieta en su superficie.

Berg, sintiendo que su manada estaba en peligro, cargó contra el golem. Embistió con su cola de picos, pero en cuanto el impacto conectó, uno de sus picos se rompió como si fuera de cristal. El animal huyó lloriqueando hacia la retaguardia. El Aplastahuesos, en un acto de lealtad ciega, embistió de frente al monstruo.

Fue como ver a un pájaro chocar contra una montaña. El golem ni siquiera se movió. Con un movimiento rápido de su mano de piedra, sujetó el cuello del animal de carga y apretó. El Aplastahuesos cayó muerto al instante, con el cuello comprimido y deforme por la fuerza bruta de la criatura.

Sentí una punzada de dolor en el pecho por la pérdida del animal, pero la urgencia del combate me obligó a concentrarme. Einar se acercó a mí, sus ojos de lobo buscando una respuesta en mi experiencia de minero.

—¡Eh, viejo minero! —gritó Einar sobre el rugido del volcán—. ¡Alguna debilidad que tenga el oricalco! ¡Cómo mierda lo extraen o lo moldean si es tan resistente! ¿Qué le hace daño a este metal?

Miré al golem azulado que ahora caminaba hacia nosotros, anulando cada chispa de magia a su alrededor.

—¡El oricalco no se rompe, Einar! —le grité de vuelta, apretando el mango de mi pico—. ¡Se vibra! ¡Es un metal de resonancia! ¡Si no podemos cortarlo, tenemos que hacerlo estallar desde dentro con su propia frecuencia!

(Narra Ulm)

—¡Se vibra, Einar! —le repetí, mi voz compitiendo con los alaridos de Arleth desde el risco—. ¡El oricalco se extrae con martillos de frecuencia y se moldea con calor sónico! ¡Si es puro, cada impacto lo hace más denso, pero una vibración constante lo desmorona como arena!

Miré a mi alrededor desesperado. El Aplastahuesos yacía muerto y Berg estaba herido. Necesitábamos algo que generara un sonido lo suficientemente fuerte y constante para que esa mole azulada se fragmentara.

—¡Viktor! —rugí, señalando los restos de su laúd que ahora formaban parte de la estructura del golem—. ¡Tú eres el puto músico! ¡Haz que esa cosa cante hasta que estalle!

(Narra Viktor)

Me puse en pie, sacudiéndome el polvo de la túnica. Miré mi laúd destruido, o lo que quedaba de él, atrapado en el pecho del golem. Las cuerdas de oricalco brillaban bajo la runa de Arleth, vibrando en una frecuencia inaudible que nos estaba matando a todos.

—Me pides un solo de despedida sin instrumento, gigante —dije, aunque una sonrisa cínica se dibujó en mi rostro—. Pero tienes razón. El oricalco tiene una “nota” fundamental. Si la encontramos, el golem no será más que un montón de chatarra azulada.

Me saqué de la manga una pequeña flauta de hueso, un objeto que parecía insignificante comparado con la magnitud del monstruo.

—¡Einar! ¡Ulm! —ordené—. ¡Necesito que lo golpeen al unísono! No para romperlo, sino para hacerlo sonar. ¡Golpéenlo como si fuera un tambor de guerra! ¡Aelnora, mantén ese domo o la siguiente descarga de Arleth nos convertirá en ceniza antes de que termine la melodía!

(Narra Einar)

No pregunté. El instinto me decía que el bardo sabía de qué hablaba. Me lancé hacia el flanco derecho del golem, mientras Ulm corría hacia el izquierdo con su pico en alto.

—¡Ahora, grandote! —grité.

Entré en una furia rítmica. Mis garras de oricalco chocaron contra el muslo del monstruo. Clang. Ulm golpeó el otro lado con su pico. Clang.

Al principio, el sonido era sordo, muerto. Pero Viktor empezó a soplar la flauta, emitiendo un silbido agudo, penetrante, que parecía taladrarme los oídos. Con cada nota del bardo, nuestros golpes empezaron a resonar de forma diferente. El golem, que antes se movía con una pesadez imparable, se detuvo en seco. Sus extremidades empezaron a temblar.

—¡Sigan! —gritó Viktor, su voz distorsionada por la magia sónica—. ¡Está encontrando su frecuencia!

Arleth, dándose cuenta de nuestro plan, soltó un alarido de pura agonía y levantó las manos.

—¡No lo tocarán! —rugió la rúnica, y una lluvia de lanzas de tierra empezó a caer sobre el domo de Aelnora.

(Narra Valka)

Desperté con el sabor de la sangre y el azufre en la boca. Me dolía hasta el último pelo de la cabeza, pero ver a ese monstruo azulado vibrar frente a mis amigos me devolvió la consciencia de golpe. Me puse de pie con esfuerzo, apoyándome en los restos de la mesa.

—Maldito bardo… —mascullé, viendo a Viktor tocar esa flauta como si su vida dependiera de ello.

Vi una de las cuerdas de oricalco de su laúd vibrando violentamente en el pecho del golem. Estaba a punto de alcanzar el punto de ruptura. Arleth estaba concentrada en destruir a Aelnora, ignorándome por completo.

—Mi turno, bruja —susurré.

A pesar del dolor, corrí. No hacia el golem, sino hacia Arleth. Si ella era la que mantenía la runa unida, un buen tajo de Pecado y Penitencia en su costado la haría perder la concentración. Pero el aire alrededor de ella estaba ardiendo. El volcán parecía responder a su furia, y el suelo bajo sus pies empezaba a tornarse de un rojo incandescente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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